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miércoles, 30 de mayo de 2012

Historia de las Ideas Políticas Resúmenes parte 47



En la asignatura de Historia de las Ideas Políticas del primer cuatrimestre del Grado en Sociología de la UNED, algun@s compañer@s realizamos un trabajo coral; resúmenes del libro Ideas y Formas Políticas: Del triunfo del Absolutismo a la Posmodernidad, bibliografía básica de esta asignatura. Quiero agradecer el esfuerzo, compromiso y dedicación desplegado por tod@s.  Derechos reservados, sus autores.

José Rodrigo Crespo - Tema 1 El triunfo del absolutismo // Elisa Ruiz Rodríguez - Tema 2 De la Ilustración al Estado Liberal // Alejandro Gessé Ponce - Tema 3 Los fundamentos de la democracia: de Rosseau a la Revolución Francesa // María Hernando García - Tema 4 El idealismo // Tomás Javier Prieto González - Tema 5 Tradicionalismo y Conservadurismo // Mónica Platero - Tema 6 El pensamiento político norteamericano: de los Founding Fathers a la consolidación de la nación americana // Juan José Amate Ruiz - Tema 7 El liberalismo posrevolucionario // Víctor Riesgo Gómez - Tema 8 Utilitarismo y liberalismo en Inglaterra // Pedro Medina Charavía - Tema 9 Del socialismo utópico al anarquismo // Carla Torres Segura - Tema 10 El anarquismo // Antonio Jesús Acevedo Blanco - Tema 11 Karl Marx y el Marxismo // José Bargallo Roges - Tema 12 El nacionalismo en el siglo XXI // Julio Monteagudo Diz – Tema 13 Totalitarismo (I): Fascismo y Nacional-Socialismo // Inocencia González Fernández Tema 14 Totalitarismo (II): El Comunismo Marxista-Leninista // Eva Del Riego Eguiluz – Tema 15 Los Liberalismo de posguerra // Carolina Judith Rabazo Pérez - Tema 16 Políticas del posmodernismo


El Fascismo: la vía italiana hacia el totalitarismo

La participación italiana en la Gran Guerra significó para el país afrontar un considerable esfuerzo de integración espiritual mediante la movilización de millones de soldados y más de seiscientos mil muertos. Al lado de la movilización militar, estuvo la movilización civil y productiva en términos industriales, que presentó un gran crecimiento del país. Italia  estuvo al lado de los vencedores pero fue marginada, la posguerra estuvo llena de contradicciones y violencias destructivas.
Mussolini
El nacionalismo italiano consideró que la participación en la Guerra había supuesto una victoria mutilada. Una de las manifestaciones más significativas fue la ocupación de Fiume por las tropas italianas, que instauro en la ciudad una regencia y promulgó la Carta del Carnaro; muchos fascistas vieron el ideal del futuro Estado italiano. La Carta establecía simultáneamente,  en un modelo común, dos dimensiones esenciales del futuro régimen fascista: la dimensión socioeconómica, que refleja el modelo corporativo y productivista; y la dimensión cultural, que se plasmó en la introducción de criterios y modos estéticos en la política.
La Revolución bolchevique inflamó a las masas de la izquierda, pero no lograron el poder. El bienio rojo (1919-1920) se caracterizó por la conflictividad social, la ocupación de las fábricas, la indecisión socialista-marxista y la división del movimiento obrero.
Mussolini fundo en Milán los Fasci Italiani di Combatimento, que consiguieron articular una fuerza política, consistente, armada y violenta. Organizados como partido-milicia, los Fasci habían surgido de la fusión de varias fuerzas políticas dispares: nacionalistas, futuristas, sindicalistas revolucionarios, excombatientes. Mussolini logró, gracias a su movimiento, integrar alrededor a los sectores de la alta burguesía industrial y agraria y clases medias emergentes y excombatientes. Su programa político se autodefinía como revolucionario, por ser antidogmático y antidemagógico. Propugnaba el sufragio universal y la legibilidad para las mujeres; la abolición del Senado; la instauración del sistema corporativo de relaciones laborales; la jornada de ocho horas; el salario mínimo; participación de los trabajadores en el funcionamiento técnico de las industrias; institucionalización de la milicia Nacional; nacionalización de las fábricas de armamento y explosivos; política exterior nacional “entendida en un sentido de valorizar a la Nación italiana en el mundo en la competencia pacífica de la civilización”.
Los inicios del poder fascista se dieron confusamente en la llamada Marcha sobre Roma (1922), que marcó la claudicación del Estado liberal ante la presión de grupos armados bajo banderas fascistas.
Desde el acceso al poder de Mussolini pudo observarse una clara política de subversión total de los ordenamientos liberales. El adjetivo totalitario tuvo su cuna en Italia, totalitarios, porque manifestaban una clara tendencia hacia el dominio absoluto e incontrolado de la vida política y administrativa. El totalitarismo representaba un desafío inaudito jamás lanzado antes a las bases que se había fundado la política europea desde hacía más de un siglo.
Una vez en el poder, Mussolini logró una dictadura personal y del Partido Nacional Fascista, que en 1922 se había fusionado con los nacionalistas, aboliendo progresivamente las instituciones del régimen liberal.
Marcha sobre Roma
Tras  la superación de las crisis Mateotti, el propio Mussolini asumió el término totalitario de forma positiva. Paulatinamente, el régimen liberal fue transformado en régimen totalitario. Los partidos políticos y los sindicatos de clase fueron declarados fuera de la ley. El derecho a huelga abolido. Los sindicatos fascistas lograron ser considerados como la única representación legal de los intereses de la clase obrera. El Gran Consejo Fascista se convirtió en el órgano supremo encargado de coordinar todas las actividades del nuevo régimen. El centro del régimen fue el Estado y el partido quedó relegado a un papel secundario, el régimen fue el resultado de una serie de pactos con la Monarquía, la Iglesia, el Ejército y la alta burguesía; todo lo cual limitó sus aspiraciones totalitarias.
Sin embargo, el proyecto político totalitario existió. Y el fascismo pudo contar con el apoyo de un importante sector de la intelectualidad italiana.
El intelectual fascista más significado fue Gentile, filosofo, siempre se sintió muy compenetrado con los valores de la tradición del Risorgimento, interpretados desde una perspectiva laica. Junto a Croce, combatió el positivismo y la escolástica, y ofreció su propia interpretación del marxismo: las formas reales del espíritu, el acto de pensar, son el arte, como subjetividad, la religión como objetividad y la filosofía como síntesis dialéctica.
El actualismo se presentaba como un historicismo absoluto, para el que nada es y todo deviene. No hay más realidad que la realidad querida; no hay más obstáculo que la voluntad. Para el actualismo, no hay ni puede haber un corte neto entre el pensamiento y la acción, entre la cultura y la vida moral y civil.
Gentile entendió la filosofía desde una perspectiva política y pedagógica. Antes de su adhesión al fascismo, Gentile se considera liberal, pero distinguía entre dos tipos de liberalismo. Condenaba al liberalismo del siglo XVIII, al que juzgaba de individualista y materialista, basado en las abstracciones del contractualismo rousseauniano. Gentile consideraba el genuino y autentico liberalismo aquel que atribuye al Estado el valor primerio y absoluto frente a los individuos y a sus intereses particulares. El límite de fondo del liberalismo clásico nacido del siglo XVIII está en presuponer la libertad del Estado y en concebirlo como condicionado por la voluntad y por los derechos de los individuo. El único liberalismo consecuente era el derivado del renacimiento espiritualista del siglo XIX, que revalorizaba la libertad del Estado y el Estado concebido como realidad ética universal.
Frente al liberalismo individualista, Gentile estima que el individuo sólo se realiza plenamente cuando llega a ser consciente de sí mismo como algo intrínseca y sustancialmente relacionado con los otros. Esta consciencia surge previamente de la familia. Esta consciencia se articula más ampliamente por la pertenencia del individuo a entidades a las que representa un interés colectivo inmediato y aquellas que para realizarse a sí mismas debe oponerse en consonancia con la totalidad de los diversos intereses. El individuo se crea a sí mismo como personalidad a través de sus agentes, y esos agentes, la familia, la corporación, el sindicato, la Iglesia, etc., reciben todo el reconocimiento jurídico del Estado, que es su encarnación concreta. Por medio de ellos, el Estado se desprende el individuo de su particularidad momentánea y se hace con su verdadero yo. La humanidad sólo se hace realidad a través de la Nación, y el individuo sólo puede alzarse hasta la conciencia de su humanidad a través y como miembro de la Nación.
El desarrollo del hombre como hombre necesita de una regular y esencial implicación de otros hombres en el amor, en el lenguaje, en el arte, en la religión y en la conciencia.
Esto constituye la sociedad, la sociedad concreta de la nación. Y puesto que la Nación es el medio a través del que estas implicaciones tienen lugar y la sociedad sólo es posible concretamente por virtud de un Estado como voluntad autoconsciente dada históricamente, el Estado se revela como fundamentalmente ético dirigido hacia la articulación de la humanidad real de los individuos, que son sus momentos constitutivos. El Estado representa la voluntad real, distinta de los momentos e irreflexivos deseos de los yos particulares. Tal voluntad libera e impone obligaciones. Al manifestar esa voluntad revela su ordenamiento como acuerdo con la Ley Moral.
Gentile contribuyó decisivamente a relacionar a un sector de la alta intelectualidad italiana con los fascistas. Fue el redactor del Manifiesto de los Intelectuales del Fascismo, en el que se definía al fascismo como un movimiento político y religioso, cuyos orígenes se encontraban en el Risorgimento y en los movimientos como la Joven Italia. Su carácter religioso explicaba su intransigencia y su recurso a la violencia frente a un Estado, como el liberal, al que se definía como agnóstico y abstencionista. Croce se convirtió en el líder de la oposición político-intelectual al régimen fascista.
Gentile pretende elaborar el perfil filosófico del nuevo régimen. Por encargo de Mussolini que añadió algunos planteamientos de su antiguo ideario sindicalista revolucionario, Gentile redactó los puntos de La Doctrina del Fascismo, en los que se fijaron los elementos fundamentales de la concepción fascista del Estado. El Fascismo se autodefinía como antiindividualista. Gentile se pronunciaba también por el individuo y reafirmaba al Estado como auténtica realidad del individuo. Se pronunciaba igualmente por la libertad, en la medida en que esta era el atributo del hombre real. Una libertad que coincidió con el Estado y con el individuo en cuanto perteneciente al Estado. El Fascismo se definió como totalitario, y el Estado se autoafirmaba como síntesis y unidad de todos los valores, que interpreta, potencia y desarrolla toda la vida del pueblo. La doctrina fascista se presentaba como antidemocrática sólo si el concepto de pueblo se reducía a una entidad numérica. Para Gentile, la Nación no es una realidad natural; tampoco fruto de la voluntad de los individuos; se trataba de la realización de un proyecto político encarnado en el Estado, que da al pueblo, consciente de su propia unidad moral, una voluntad, y por consiguiente una existencia efectiva. La Nación, como Estado, es una realidad ética, que existe y vive en la medida en que se desarrolla. En este sentido, tenía derecho a extenderse fuera de su marco territorial, como fruto de la voluntad de su imperio. El Fascismo rechazaba el pacifismo, se oponía al marxismo,  “que paraliza el movimiento histórico en la lucha de clases e ignora la unidad estatal que funde las clases en una sola realidad económica y moral”; lo mismo que al sindicalismo de clase.
Victor Emmanuel III
Esta transformación de las instituciones políticas se acompañó de un cambio en las relaciones entre la economía y política. Detrás se encontraba la exigencia de intervencionismo estatal en la economía, nacido del proceso de corporativización de las sociedades europeas y de la crisis del capitalismo liberal. Para Mussolini, el Estado era quien podía resolver las dramáticas contradicciones del capitalismo. El Fascismo fue, en el terreno económico, una tentativa capitalista de superar la crisis de postguerra y de reorganizar la producción sobre nuevas bases centralizadas. Mussolini estableció ciertas afinidades y paralelismo entre su Estado ético y el New Deal de Roosevelt. En 1927 la Carta del Trabajo (de Rocco) trazaba las líneas del Estado corporativo, del Estado que debería armonizar las fuerzas del trabajo en nombre los intereses superiores de la Nación. La Nación italiana era un organismo cuyos fines, vida y medios son superiores por duración a los individuos, una unidad moral, política y económica que se realiza integralmente en el Estado fascista. El corporativismo fascista era monístico; se encontraba ligado al idealismo actualista; y en consecuencia subordinaba las corporaciones del Estado. Sus formulaciones más radicales, suponía la subordinación de todos los elementos de la sociedad al Estado, concebido este como síntesis de los intereses materiales y espirituales de la nación; lo que conduciría a la abolición del conflicto de clases.
El Fascismo se configuró como una concepción estética de la política. En el Estado totalitario, la vida civil se convertía en un espectáculo continuo, donde el hombre nuevo fascista se exaltaba en el flujo de las masas, con la repetición de ritos, la exposición y veneración de símbolos, como vehículos de solidaridad colectiva. La organización fascista del consenso de masas se fundaba en esas ceremonias. El Fascismo reducía, casi inevitablemente, la participación política al espectáculo de masas. Ofreció al pueblo, no sus derechos, sino la oportunidad de expresarse introduciendo la estética en su política. Su finalidad era conjurar el espíritu nacionalista, infundir respeto al régimen y crear un estado de ánimo para la guerra.
En el ámbito de lo simbólico radicaba la importancia de la religión política fascista. En torno a 1926-32 se consolidó la liturgia política fascista, que llegó a confundirse con el culto a la Patria. El partido único, como nueva elite política dirigente, fue concebido para el reclutamiento de las élites y para la educación de las masas, a través, sobre todo, de las organizaciones juveniles, los Balillas, o de las organizaciones recreativas y culturales. El partido único se configuró como una especie de seminario, donde se criaba y educaba a los nuevos dirigentes del Estado totalitario. Las juventudes fascistas tenían que pasar por una serie de ritos semejantes a la confirmación católica. El culto a los caídos suponía la exaltación del sentido comunitario de la sociedad, que integraba al individuo en el grupo.
El elemento esencial de la religión fascista fue el mito Mussolini, a cuyo carisma se atribuían efectos taumatúrgicos. Era el Duce, el estadista, el escritor, el profeta, el mesías, el apóstol. Se trataba, en definitiva, del prototipo de nuevo italiano. Para la burguesía, el salvador de la Patria; para las clases populares que no habían sufrido la violencia fascista, el hijo del pueblo.
Las relaciones del nuevo régimen con la Iglesia Católica pasaron por diversas fases. Mussolini era anticlerical, pero intentó evitar conflictos, y consideraba que el catolicismo podría ser utilizado para la expansión nacional.
Relaciones con el Vaticano
La conciliación con la Santa Sede, los Pactos de Letrán (1929), dan prestigio al fascismo. La situación de no reconocimiento del Estado italiano por la iglesia católica se remonta a la llamada “cuestión romana” en 1870. El Tratado reconoce ahora la soberanía del Papa sobre la ciudad del Vaticano y se le indemniza por la pérdida de los Estados de la Iglesia. No obstante, se fue abriendo un foso entre las tendencias autoritarias del Duce y la Iglesia en las cuestiones de familia, enseñanza y religión. Fueron mal recibidos por los sectores laicos y anticlericales del partido y del régimen, porque consideraban que los pactos entraban en contradicción con el totalitarismo proclamado por el Fascismo.
El régimen fascista disfrutó de un consenso generalizado en la sociedad italiana. La llegada de Hitler al poder tuvo un profundo impacto en el régimen italiano. Los fascistas no simpatizaban con el nacional-socialismo. Hasta 1936, la Italia fascista fue un serio obstáculo para la creación de la Gran Alemania, mediante la anexión de Austria. El Fascismo se consideraba un movimiento político de carácter universal. La conquista de Abisinia, y las consiguientes sanciones de la Sociedad de Naciones y la enemistad inglesa, unido a la participación italiana en la guerra civil española, tuvieron como consecuencia el acercamiento entre Hitler y Mussolini, luego plasmado en el Eje Roma-Berlín. Lo cual influyó en la evolución ideológica del régimen italiano. En 1938 se promulgó la Declaración de la Raza, donde se establecían una serie de medidas discriminatorias contra la población de estirpe hebrea y de religión judía. Lo que afecto a no pocos antiguos simpatizantes y militantes fascistas.
La desastrosa intervención de Italia en la Segunda Guerra Mundial provocó la caída del régimen fascista en 1943, con la destitución de Mussolini, por parte del rey Víctor Manuel III, y su ulterior prisión. Liberado por los alemanes, el Duce y sus partidarios fundaron la Republica Social Italiana.
Con la derrota en la guerra, el Partido Fascista fue declarado ilegal, aunque sus seguidores se agruparon en torno al Movimiento Social Italiano.

martes, 29 de mayo de 2012

Historia de las Ideas Políticas Resúmenes Parte 46


En la asignatura de Historia de las Ideas Políticas del primer cuatrimestre del Grado en Sociología de la UNED, algun@s compañer@s realizamos un trabajo coral; resúmenes del libro Ideas y Formas Políticas: Del triunfo del Absolutismo a la Posmodernidad, bibliografía básica de esta asignatura. Quiero agradecer el esfuerzo, compromiso y dedicación desplegado por tod@s.  Derechos reservados, sus autores.

José Rodrigo Crespo - Tema 1 El triunfo del absolutismo // Elisa Ruiz Rodríguez - Tema 2 De la Ilustración al Estado Liberal // Alejandro Gessé Ponce - Tema 3 Los fundamentos de la democracia: de Rosseau a la Revolución Francesa // María Hernando García - Tema 4 El idealismo // Tomás Javier Prieto González - Tema 5 Tradicionalismo y Conservadurismo // Mónica Platero - Tema 6 El pensamiento político norteamericano: de los Founding Fathers a la consolidación de la nación americana // Juan José Amate Ruiz - Tema 7 El liberalismo posrevolucionario // Víctor Riesgo Gómez - Tema 8 Utilitarismo y liberalismo en Inglaterra // Pedro Medina Charavía - Tema 9 Del socialismo utópico al anarquismo // Carla Torres Segura - Tema 10 El anarquismo // Antonio Jesús Acevedo Blanco - Tema 11 Karl Marx y el Marxismo // José Bargallo Roges - Tema 12 El nacionalismo en el siglo XXI // Julio Monteagudo Diz – Tema 13 Totalitarismo (I): Fascismo y Nacional-Socialismo // Inocencia González Fernández Tema 14 Totalitarismo (II): El Comunismo Marxista-Leninista // Eva Del Riego Eguiluz – Tema 15 Los Liberalismo de posguerra // Carolina Judith Rabazo Pérez - Tema 16 Políticas del posmodernismo



INTRODUCCIÓN

En general para que un régimen político sea considerado como totalitario se consideran indispensables los siguientes elementos:
1.     Una ideología suficientemente elaborada y con pretensión abarcadora y exclusiva que descansa, en parte, en el rechazo de los valores tradicionales y en la recusación del pasado, y, en parte, en la invocación de expectativas de futuro. Proyecto de una nueva sociedad e, incluso, de un hombre nuevo.
2.     Un movimiento de masas uniformado, centralizado y políticamente unificado, que se considera como portador de una politización tan total como sea posible  una integración de los ciudadanos y de una superación de la sociedad liberal y de clases.
3.     Pleno control de todos los medios relevantes de comunicación y de coacción.
4.     Control burocrático de la economía y de las relaciones sociales por el camino del dirigismo estatal, de la socialización o de las nacionalizaciones.
5.     Liderazgo carismático
6.     Democracia plebiscitaria o directa, basada en la aclamación como mecanismo idóneo de expresión de la voluntad popular. El paso de lo privado a lo público sólo podía tener lugar cuando el individuo manifestaba su opinión formando parte de la multitud reunida en la plaza pública.
Los totalitarismos tienen como objetivo esencial la supresión de las fronteras entre el estado y la sociedad. Postulan la absorción de la sociedad civil por el Estado. En su variante fascista y nacional-socialista, presuponen la sociedad de masas. Surgen de lo que el historiador George L. Mosse ha denominado la nacionalización de las masas, es decir, de la construcción de la identidad nacional a través de instituciones como la escuela o el Ejército, de monumentos, festividades, liturgias, lugares sagrados, etc. Estos movimientos de vieron favorecidos por el clima intelectual de la época, provocado por la crisis del positivismo y de las filosofías racionalistas.
Sus orígenes más próximos se encuentran, sin embargo, en la experiencia movilizadora de la Gran Guerra, que contribuyó decisivamente a trasformar la mentalidad y la cultura política de las masas. Al finalizar la guerra las sociedades europeas entraron en un período de profunda inestabilidad política. Las legitimidades tradicionales entraron en crisis. Se buscaban alternativas sociales y políticas a un liberalismo y a un parlamentarismo cada vez más debilitados por la experiencia de la guerra y la revolución bolchevique.
Sin embargo fascismo y nacional-socialismo fueron movimientos políticos, sociales y culturales ideológicamente diversos. Pese a coincidir en: antimarxismo, interclasismo, fijación del liderazgo carismático, legitimidad plebiscitaria, populismo, corporativismo; diferían en la interpretación del hecho nacional. Para el fascismo era estatal y proyectiva, que no se define ni por la tradición, ni en función del origen étnico de sus componentes, sino a partir de una memoria colectiva, de un culto común y de una voluntad de integrarse en la comunidad nacional. Por el contrario, la concepción nacional-socialista era racial.

 Fascismo italiano
Orígenes ideológicos

Ideológicamente, el fascismo italiano fue la expresión política de posguerra de los movimientos intelectuales nacidos del Risorgimento (proceso que a lo largo del siglo XIX llevó a la unión de los diversos estados en que estaba dividida la península Itálica) y de la crisis del positivismo iniciada a finales del siglo XIX. Las corrientes ideológicas que desembocan en el fascismo se nutren de diversos aspectos del nacionalismo italiano, del sindicalismo revolucionario y del neohegelianismo.

Giuseppe Mazzini
La nacionalización de las masas (la participación activa del conjunto de la población en la vida política y su integración en la sociedad nacional, a través de ritos, símbolos, mitos, fiestas, monumentos, etc, al igual que de los principales agentes de socialización, desde la escuela al servicio militar. Un proceso en el que participa no sólo el Estado, sino sociedades culturales y gimnásticas e incluso sectores importantes del movimiento obrero) en Italia tuvo mucho menos éxito que en Alemania o Francia. El Risorgimento tuvo como consecuencia la ruptura de la alianza entre el Estado y la Iglesia. El nacionalismo italiano decimonónico tuvo por su principal adalid a Giuseppe Mazzini, portavoz de un nacionalismo laico basado en la Religión de la Patria. Mazzini decía que no podía existir la unidad política nacional sin una unidad moral en torno a una fe colectiva y una conciencia de misión. En el fondo, la nación era una comunión de creyentes. Su modelo era republicano, unitario y revolucionario.
El nuevo Estado italiano inició una ambiciosa campaña de expansión colonial en África, y en sus deseos de ampliar su presencia en el Cuerno de África, recibió un duro golpe en la batalla de Adua (Abisinia).

Los fracasos del primer imperialismo italiano dieron origen a las primeras publicaciones de carácter nacionalista. En 1910, apareció la Asociación Nacionalista Italiana, cuyo principal teórico fue Corradini. El nuevo nacionalismo italiano tenía como objetivo la lucha contra el liberalismo y la articulación de una cultura y de una mística nacional unitaria, a través de los mitos de la Roma antigua, de la Italia medioeval y el Renacimiento. Los nacionalistas italianos glorificaban el progreso económico, las élites burguesas, al igual que reivindicaban la expansión colonial. Se tiñó de tendencias populistas, con el célebre concepto de nación proletaria. Su unidad política era aún incipiente, en consecuencia, el objetivo común, por encima de las clases y de las ideologías, debía ser la expansión colonial, sobre todo en África; y no la democracia o la lucha de clases.

Surgieron tendencias nacionalistas de izquierda, cuyo proyecto político era acercar el movimiento nacionalista al sindicalismo revolucionario, coincidentes ambos en el rechazo hacia la democracia liberal y el pacifismo, a favor de una común visión heroico-histórica, mística y activista de la política.

A ello se unió la incidencia cultural de la escuela neoidealista, comprometida en el redescubrimiento de los contenidos y de las sugerencias de la tradición cultural italiana y vieron en el Estado la misión ética característica de la filosofía hegeliana, subrayando la necesidad de una amplia labor formativa y educativa de la nuevas generaciones, opuesta tanto al catolicismo como al positivismo y el marxismo. La victoria de los neoidealistas fue arrasadora y cambio no sólo la concepción general de la filosofía, sino el gusto, el estilo, las aficiones de toda una época cultural. Las vanguardias artísticas contribuyeron igualmente a la modernización  y nacionalización de la cultura italiana, mediante la exaltación de la innovación tecnológica y económica, de la velocidad y el riesgo. El Futurismo era una filosofía de la vida, concebida como una lucha inagotable, que exaltaba, entre otras cosas, la guerra.
Fue importante el desarrollo de la ciencia política italiana, con la obra de los sociología elitistas Mosca y Pareto. Eran liberales, pero no demócratas. El liberalismo italiano rechazó siempre la concepción rousseauniana del gobierno popular. Tomaron como premisa científica el fundamento siempre minoritario del poder, a través de su teoría de la élite o de la clase política. Para Pareto, la vida social está caracterizada por una continua circulación de élites de diverso tipo y valor, insistió en que en la vida social y la historia, las acciones no-lógicas prevalecen definitivamente sobre las acciones lógicas. Otro sociólogo alemán, Robert Michels, nacionalizado italiano abordó el tema de la compatibilidad entre los ideales democráticos y la férrea ley de la oligarquía, que rige a los modernos partidos políticos de masas.
Benito Mussolini
A todo ello es preciso añadir la formación político-intelectual de Benito Mussolini, como futuro líder del movimiento fascista italiano. Militó en el Partido Socialista, dentro de su sector más revolucionario y maximalista. Su formación fue, sin embargo, ecléctica. Tuvo ocasión de asistir a las clases Pareto en la Universidad de Lausana (Suiza). Su teoría de la elite marcó profundamente su pensamiento político. A esta influencia hay que añadir Marx, Nietzsche y sindicalistas revolucionarios (Sorel entre otros). Mussolini lucho contra el reformismo social-demócrata y el liberalismo. Mussolini soñaba con el derrocamiento del régimen liberal mediante la huelga general y con la formación de un sistema proletario regido por los sindicatos. La idea de Sorel más influyente en Mussolini fue la del mito como director e inspirador de las energías y de las acciones políticas. El mito no es una especie de utopía, sino todo lo contrario: no la descripción de una perfecta sociedad del futuro, sino la llamada a una batalla decisiva. Su valor no es cognitivo; no se trata de una predicación científica; es una fuerza que inspira y organiza la conciencia militante de un grupo autosuficiente. El mito del proletariado es la huelga general. Sólo mediante un mito puede un grupo combativo mantener su solidaridad, heroísmo y espíritu de autosacrificio. Se trata de un estado mental que espera y se prepara para la violenta destrucción del orden existente.
Tras sus campañas contra la guerra de Libia,  Mussolini consiguió convertirse en una figura nacional, que encabezaba la corriente revolucionaria el socialismo italiano, una corriente que salió vencedora en el congreso celebrado en Reggio Emilia en julio de 1912. A partir de esa fecha empezó una época de ruptura con la ideas del socialismo. Desilusionado por la incapacidad revolucionaria del proletariado y de los socialistas, evolucionó, al estallar la gran Guerra, hacia posiciones nacionalistas e intervencionistas. Se trataba de un nacionalismo de nuevo tipo, que busca la síntesis con un socialismo que ya se autodefinía como antimarxista, y que apostaba por la colaboración entre las distintas clases sociales. Su objetivo era la modernización de la sociedad italiana, a través de una tercera vía entre el capitalismo liberal y el socialismo marxista. El mito por excelencia ya no sería la huelga general, sino la nación italiana.
Tras su decisión de apoyo a la entrada de Italia en la Gran Guerra, Mussolini fue expulsado del Partido Socialista y fundó su propio periódico “Il Popolo d’Italia”.