Mostrando entradas con la etiqueta fascismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta fascismo. Mostrar todas las entradas

domingo, 3 de agosto de 2014

“Si las élites no reaccionan, las cosas se pondrán muy feas”

Artículo de Milagros Pérez Oliva publicado el 3 de agosto en El País.

Nancy Fraser es ese tipo de mujer que parece avanzar en la edad sin inmutarse, acumulando sabiduría. A caballo entre la serenidad reflexiva y la pasión intelectual, analiza las crisis del presente, su complejidad, con un foco de largo alcance. Sus trabajos en el campo de la filosofía política se han centrado en los problemas de la justicia social. En su libro Escalas de justicia (Herder, 2008) aborda las tres dimensiones que considera esenciales, todas ellas definidas por palabras que empiezan por r: los problemas de redistribución de la riqueza en el plano económico; los de reconocimiento en el ámbito de los derechos individuales y colectivos, y los problemas de representación, en el ámbito político. Fraser, estadounidense de 67 años, ha vivido y analizado el paso del capitalismo de Estado organizado, del que surgió el modelo social europeo que ha propiciado las mayores cotas de justicia social, al capitalismo neoliberal, que ha minado el Estado de bienestar y nos ha llevado a la grave crisis de 2008. Ahora está convencida de vivir a las puertas de otra transición. ¿Hacia dónde? En cualquier caso, los problemas que hay que afrontar, los procesos que condicionan la vida de la gente, desbordan por completo el marco westfaliano. Son transfronterizos, globales.

Nancy Frasser alerta sobre las consecuencias del aumento de las desigualdades y sobre la obsolescencia de las formas actuales de participación política. Considera urgente encontrar nuevos mecanismos para la toma democrática de decisiones. También a escala trasnacional. De ello hablamos, aprovechando una visita a Barcelona, invitada por el Centro de Cultura Contemporánea.
Pregunta. La crisis que se inició en 2008 ha trastocado muchas cosas y aún no parece que quiera irse. ¿Cómo cree que influirá a largo plazo?
Respuesta. Esta crisis tiene muchas dimensiones. Estalló en 2008 como una crisis financiera y rápidamente derivó en una crisis económica general, pero no quedó ahí. Al tener que endeudarse los Gobiernos para hacer frente a sus consecuencias, pronto se convirtió en una crisis de la deuda soberana, y como la respuesta a esta situación fue la política de austeridad, ha terminado provocando una grave crisis social. Y todo ello sobre otra crisis de fondo, de la que se habla poco pero que continúa agravándose, que es la ecológica. El resultado ha sido un gran sufrimiento para la población. La precariedad se ha instalado como horizonte de futuro y, claro, eso está derivando en una crisis política de imprevisibles consecuencias.

P. ¿Qué tipo de crisis política?
R. La severidad del sufrimiento social y la falta de respuesta han llevado a los ciudadanos a pensar que sus Gobiernos trabajan para los bancos y los inversores, en lugar de trabajar para la gente. La legitimidad de los Gobiernos, de toda la estructura política, ha quedado muy dañada, tanto en el ámbito nacional como en el europeo, y también globalmente. Se ponen en cuestión aspectos fundamentales del sistema político, y también del económico. La ciudadanía percibe que no tiene instituciones o canales a los que puedan dirigir sus quejas, sus reclamaciones, sus propuestas. Es un momento muy difícil, muy parecido al que se vivió en los años treinta del siglo pasado.
P. Las desigualdades ya crecían antes, pero la crisis las ha exacerbado. Algunos se sorprenden de que, con el paro que hay y el rápido empobrecimiento de amplias capas de la población, no se haya producido un estallido social. ¿Cómo cree que evolucionará el sistema a partir de ahora?

R. Hay diferentes posibilidades. Una es que las élites políticas, hasta ahora pasivas, tomen conciencia del problema, se pongan en marcha y acuerden introducir ciertas reformas en el control de las instituciones financieras para prevenir una situación como la que se produjo en 2008 por falta de regulación. En este caso, el sistema seguirá cojeando más o menos como está, la desigualdad seguirá aumentando y aspectos fundamentales, como la crisis ecológica, seguirán sin abordarse. El segundo escenario es que las élites políticas no reaccionen y la situación continúe deteriorándose. En ese caso las cosas pueden ponerse muy feas. Podemos ver un planeta gravemente dañado, desgarrado por guerras y conflictos por el agua, el petróleo o las tierras cultivables; escasearán recursos fundamentales y el deterioro social llevará a un deterioro ético; será un mundo lleno de tensiones en el que predominará la mentalidad del “sálvese quien pueda”.
P. Algo de eso ya se está empezando a ver. ¿Sería el triunfo del individualismo egoísta, de la sociedad de cazadores de la que habla Zygmunt Bauman?
R. Sí, algo así. Pero hay una tercera posibilidad, y es que los movimientos sociales, organizados en sociedad civil, fuercen a las élites políticas a cambiar, a revisar las estructuras, desde la forma de los partidos a los mecanismos de participación. Y que ello permita crear nuevas formas de participación que propicien cambios sociales profundos. Cambios a mejor, que hagan evolucionar el actual capitalismo financiero de corte neoliberal a una forma de capitalismo más igualitarista y, por tanto, más estable.
P. En su descripción, este último parece el menos costoso.
R. Sí, pero aún cabe un cuarto escenario, muy distinto: el de que se desencadenen grandes cambios revolucionarios que nos lleven más allá del capitalismo, aunque este es muy poco probable. En cualquier caso, la gran cuestión que subyace en el trasfondo de las crisis que vivimos es la forma que vaya a adoptar el capitalismo.
P. En las últimas décadas hemos asistido al afianzamiento del sector financiero como motor de todo el sistema. Esta forma de capitalismo, que crece con la globalización, tiene un componente especulativo estructural, intrínseco al modelo. ¿Cree que aceptará reglas y restricciones?
R. Es difícil, pero ha habido otros periodos en los que el propio sistema ha sabido encontrar formas de cambiar. Por ejemplo, en los años treinta del siglo pasado, tras la gran recesión de 1929, supo articular una nueva forma de capitalismo más regulado, que ha perdurado muchos años. Precisamente la ruptura de esas reglas por la hegemonía de las teorías neoliberales es lo que nos ha llevado a la actual situación.
P. Pero entonces las empresas tenían unos propietarios interesados en llegar a compromisos con las fuerzas sociales para asegurar la estabilidad del sistema. Querían legar las empresas a sus hijos. Ahora, las sociedades pertenecen a miles de propietarios dispersos y con escasa capacidad de decisión. La gestión está en manos de unos ejecutivos que ya no tienen ni los mismos vínculos ni las mismas motivaciones.

R. Todo eso hace que sea más difícil imaginar que pueda surgir un impulso reformador desde el interior del propio sistema. Pero también hemos escuchado algunas voces individuales muy influyentes, como las de Warren Buffett, George Soros o Bill Gates, gente con cierta visión que piensa diferente. Sin embargo, lo que puede forzar al mundo de los negocios a reaccionar y aceptar cambios es la militancia organizada desde la base de la sociedad. En los años treinta, el capital tenía mucho miedo de las revolucione
P. Pero el miedo a la revolución también llevó a buena parte del poder económico a los brazos del fascismo.
R. Sí, esa posibilidad también está ahora sobre el escenario. Lo hemos visto en las elecciones al Parlamento Europeo: formas de fascismo o neofascismo.
P. En España, Grecia o Portugal, los países más castigados por la crisis, se han producido huelgas generales y amplias protestas contra la política de austeridad que han sido ignoradas. ¿No le parece peligroso que, en ciertos círculos radicales, pueda prosperar la idea de que a lo único a lo que el poder parece sensible sea la violencia?
R. Coincido en la crítica que se hace a la completa falta de responsabilidad de los poderes públicos, que solo parecen responder a las presiones de los mercados y los inversores. Pero la tentación de la violencia es muy preocupante y espero que los movimientos sociales no evolucionen en esa dirección, porque sería un desastre. La única vía para cambiar realmente las cosas es la organización pacífica de la gente. Si hay violencia, la gente les dará la espalda, no les seguirá por esa vía.
P. Las encuestas reflejan la crisis de los partidos tradicionales. ¿Qué tipo de organización permitiría superar el descrédito de su forma de intermediar?
R. En este periodo en el que la actividad política toma la forma de movimientos sociales, vemos una creciente distancia entre el cuerpo electoral y los representantes de los partidos políticos. Pero recientemente, a causa de la severidad de la crisis, hemos visto también la emergencia de fuerzas políticas como Syriza en Grecia, o el fenómeno Podemos en España, organizaciones de nuevo cuño que aspiran a llegar a las instituciones sin renunciar a sus formas de representación de base. La idea de que los movimientos sociales puedan tener un pie en el sistema político y otro en la sociedad civil me resulta muy interesante.
P. ¿Y es compatible?
R. Sí, creo que sí, que se puede intentar. Veremos cómo evoluciona.
 Artículo de Milagros Pérez Oliva publicado el 3 de agosto en El País.


miércoles, 30 de mayo de 2012

Historia de las Ideas Políticas Resúmenes parte 47



En la asignatura de Historia de las Ideas Políticas del primer cuatrimestre del Grado en Sociología de la UNED, algun@s compañer@s realizamos un trabajo coral; resúmenes del libro Ideas y Formas Políticas: Del triunfo del Absolutismo a la Posmodernidad, bibliografía básica de esta asignatura. Quiero agradecer el esfuerzo, compromiso y dedicación desplegado por tod@s.  Derechos reservados, sus autores.

José Rodrigo Crespo - Tema 1 El triunfo del absolutismo // Elisa Ruiz Rodríguez - Tema 2 De la Ilustración al Estado Liberal // Alejandro Gessé Ponce - Tema 3 Los fundamentos de la democracia: de Rosseau a la Revolución Francesa // María Hernando García - Tema 4 El idealismo // Tomás Javier Prieto González - Tema 5 Tradicionalismo y Conservadurismo // Mónica Platero - Tema 6 El pensamiento político norteamericano: de los Founding Fathers a la consolidación de la nación americana // Juan José Amate Ruiz - Tema 7 El liberalismo posrevolucionario // Víctor Riesgo Gómez - Tema 8 Utilitarismo y liberalismo en Inglaterra // Pedro Medina Charavía - Tema 9 Del socialismo utópico al anarquismo // Carla Torres Segura - Tema 10 El anarquismo // Antonio Jesús Acevedo Blanco - Tema 11 Karl Marx y el Marxismo // José Bargallo Roges - Tema 12 El nacionalismo en el siglo XXI // Julio Monteagudo Diz – Tema 13 Totalitarismo (I): Fascismo y Nacional-Socialismo // Inocencia González Fernández Tema 14 Totalitarismo (II): El Comunismo Marxista-Leninista // Eva Del Riego Eguiluz – Tema 15 Los Liberalismo de posguerra // Carolina Judith Rabazo Pérez - Tema 16 Políticas del posmodernismo


El Fascismo: la vía italiana hacia el totalitarismo

La participación italiana en la Gran Guerra significó para el país afrontar un considerable esfuerzo de integración espiritual mediante la movilización de millones de soldados y más de seiscientos mil muertos. Al lado de la movilización militar, estuvo la movilización civil y productiva en términos industriales, que presentó un gran crecimiento del país. Italia  estuvo al lado de los vencedores pero fue marginada, la posguerra estuvo llena de contradicciones y violencias destructivas.
Mussolini
El nacionalismo italiano consideró que la participación en la Guerra había supuesto una victoria mutilada. Una de las manifestaciones más significativas fue la ocupación de Fiume por las tropas italianas, que instauro en la ciudad una regencia y promulgó la Carta del Carnaro; muchos fascistas vieron el ideal del futuro Estado italiano. La Carta establecía simultáneamente,  en un modelo común, dos dimensiones esenciales del futuro régimen fascista: la dimensión socioeconómica, que refleja el modelo corporativo y productivista; y la dimensión cultural, que se plasmó en la introducción de criterios y modos estéticos en la política.
La Revolución bolchevique inflamó a las masas de la izquierda, pero no lograron el poder. El bienio rojo (1919-1920) se caracterizó por la conflictividad social, la ocupación de las fábricas, la indecisión socialista-marxista y la división del movimiento obrero.
Mussolini fundo en Milán los Fasci Italiani di Combatimento, que consiguieron articular una fuerza política, consistente, armada y violenta. Organizados como partido-milicia, los Fasci habían surgido de la fusión de varias fuerzas políticas dispares: nacionalistas, futuristas, sindicalistas revolucionarios, excombatientes. Mussolini logró, gracias a su movimiento, integrar alrededor a los sectores de la alta burguesía industrial y agraria y clases medias emergentes y excombatientes. Su programa político se autodefinía como revolucionario, por ser antidogmático y antidemagógico. Propugnaba el sufragio universal y la legibilidad para las mujeres; la abolición del Senado; la instauración del sistema corporativo de relaciones laborales; la jornada de ocho horas; el salario mínimo; participación de los trabajadores en el funcionamiento técnico de las industrias; institucionalización de la milicia Nacional; nacionalización de las fábricas de armamento y explosivos; política exterior nacional “entendida en un sentido de valorizar a la Nación italiana en el mundo en la competencia pacífica de la civilización”.
Los inicios del poder fascista se dieron confusamente en la llamada Marcha sobre Roma (1922), que marcó la claudicación del Estado liberal ante la presión de grupos armados bajo banderas fascistas.
Desde el acceso al poder de Mussolini pudo observarse una clara política de subversión total de los ordenamientos liberales. El adjetivo totalitario tuvo su cuna en Italia, totalitarios, porque manifestaban una clara tendencia hacia el dominio absoluto e incontrolado de la vida política y administrativa. El totalitarismo representaba un desafío inaudito jamás lanzado antes a las bases que se había fundado la política europea desde hacía más de un siglo.
Una vez en el poder, Mussolini logró una dictadura personal y del Partido Nacional Fascista, que en 1922 se había fusionado con los nacionalistas, aboliendo progresivamente las instituciones del régimen liberal.
Marcha sobre Roma
Tras  la superación de las crisis Mateotti, el propio Mussolini asumió el término totalitario de forma positiva. Paulatinamente, el régimen liberal fue transformado en régimen totalitario. Los partidos políticos y los sindicatos de clase fueron declarados fuera de la ley. El derecho a huelga abolido. Los sindicatos fascistas lograron ser considerados como la única representación legal de los intereses de la clase obrera. El Gran Consejo Fascista se convirtió en el órgano supremo encargado de coordinar todas las actividades del nuevo régimen. El centro del régimen fue el Estado y el partido quedó relegado a un papel secundario, el régimen fue el resultado de una serie de pactos con la Monarquía, la Iglesia, el Ejército y la alta burguesía; todo lo cual limitó sus aspiraciones totalitarias.
Sin embargo, el proyecto político totalitario existió. Y el fascismo pudo contar con el apoyo de un importante sector de la intelectualidad italiana.
El intelectual fascista más significado fue Gentile, filosofo, siempre se sintió muy compenetrado con los valores de la tradición del Risorgimento, interpretados desde una perspectiva laica. Junto a Croce, combatió el positivismo y la escolástica, y ofreció su propia interpretación del marxismo: las formas reales del espíritu, el acto de pensar, son el arte, como subjetividad, la religión como objetividad y la filosofía como síntesis dialéctica.
El actualismo se presentaba como un historicismo absoluto, para el que nada es y todo deviene. No hay más realidad que la realidad querida; no hay más obstáculo que la voluntad. Para el actualismo, no hay ni puede haber un corte neto entre el pensamiento y la acción, entre la cultura y la vida moral y civil.
Gentile entendió la filosofía desde una perspectiva política y pedagógica. Antes de su adhesión al fascismo, Gentile se considera liberal, pero distinguía entre dos tipos de liberalismo. Condenaba al liberalismo del siglo XVIII, al que juzgaba de individualista y materialista, basado en las abstracciones del contractualismo rousseauniano. Gentile consideraba el genuino y autentico liberalismo aquel que atribuye al Estado el valor primerio y absoluto frente a los individuos y a sus intereses particulares. El límite de fondo del liberalismo clásico nacido del siglo XVIII está en presuponer la libertad del Estado y en concebirlo como condicionado por la voluntad y por los derechos de los individuo. El único liberalismo consecuente era el derivado del renacimiento espiritualista del siglo XIX, que revalorizaba la libertad del Estado y el Estado concebido como realidad ética universal.
Frente al liberalismo individualista, Gentile estima que el individuo sólo se realiza plenamente cuando llega a ser consciente de sí mismo como algo intrínseca y sustancialmente relacionado con los otros. Esta consciencia surge previamente de la familia. Esta consciencia se articula más ampliamente por la pertenencia del individuo a entidades a las que representa un interés colectivo inmediato y aquellas que para realizarse a sí mismas debe oponerse en consonancia con la totalidad de los diversos intereses. El individuo se crea a sí mismo como personalidad a través de sus agentes, y esos agentes, la familia, la corporación, el sindicato, la Iglesia, etc., reciben todo el reconocimiento jurídico del Estado, que es su encarnación concreta. Por medio de ellos, el Estado se desprende el individuo de su particularidad momentánea y se hace con su verdadero yo. La humanidad sólo se hace realidad a través de la Nación, y el individuo sólo puede alzarse hasta la conciencia de su humanidad a través y como miembro de la Nación.
El desarrollo del hombre como hombre necesita de una regular y esencial implicación de otros hombres en el amor, en el lenguaje, en el arte, en la religión y en la conciencia.
Esto constituye la sociedad, la sociedad concreta de la nación. Y puesto que la Nación es el medio a través del que estas implicaciones tienen lugar y la sociedad sólo es posible concretamente por virtud de un Estado como voluntad autoconsciente dada históricamente, el Estado se revela como fundamentalmente ético dirigido hacia la articulación de la humanidad real de los individuos, que son sus momentos constitutivos. El Estado representa la voluntad real, distinta de los momentos e irreflexivos deseos de los yos particulares. Tal voluntad libera e impone obligaciones. Al manifestar esa voluntad revela su ordenamiento como acuerdo con la Ley Moral.
Gentile contribuyó decisivamente a relacionar a un sector de la alta intelectualidad italiana con los fascistas. Fue el redactor del Manifiesto de los Intelectuales del Fascismo, en el que se definía al fascismo como un movimiento político y religioso, cuyos orígenes se encontraban en el Risorgimento y en los movimientos como la Joven Italia. Su carácter religioso explicaba su intransigencia y su recurso a la violencia frente a un Estado, como el liberal, al que se definía como agnóstico y abstencionista. Croce se convirtió en el líder de la oposición político-intelectual al régimen fascista.
Gentile pretende elaborar el perfil filosófico del nuevo régimen. Por encargo de Mussolini que añadió algunos planteamientos de su antiguo ideario sindicalista revolucionario, Gentile redactó los puntos de La Doctrina del Fascismo, en los que se fijaron los elementos fundamentales de la concepción fascista del Estado. El Fascismo se autodefinía como antiindividualista. Gentile se pronunciaba también por el individuo y reafirmaba al Estado como auténtica realidad del individuo. Se pronunciaba igualmente por la libertad, en la medida en que esta era el atributo del hombre real. Una libertad que coincidió con el Estado y con el individuo en cuanto perteneciente al Estado. El Fascismo se definió como totalitario, y el Estado se autoafirmaba como síntesis y unidad de todos los valores, que interpreta, potencia y desarrolla toda la vida del pueblo. La doctrina fascista se presentaba como antidemocrática sólo si el concepto de pueblo se reducía a una entidad numérica. Para Gentile, la Nación no es una realidad natural; tampoco fruto de la voluntad de los individuos; se trataba de la realización de un proyecto político encarnado en el Estado, que da al pueblo, consciente de su propia unidad moral, una voluntad, y por consiguiente una existencia efectiva. La Nación, como Estado, es una realidad ética, que existe y vive en la medida en que se desarrolla. En este sentido, tenía derecho a extenderse fuera de su marco territorial, como fruto de la voluntad de su imperio. El Fascismo rechazaba el pacifismo, se oponía al marxismo,  “que paraliza el movimiento histórico en la lucha de clases e ignora la unidad estatal que funde las clases en una sola realidad económica y moral”; lo mismo que al sindicalismo de clase.
Victor Emmanuel III
Esta transformación de las instituciones políticas se acompañó de un cambio en las relaciones entre la economía y política. Detrás se encontraba la exigencia de intervencionismo estatal en la economía, nacido del proceso de corporativización de las sociedades europeas y de la crisis del capitalismo liberal. Para Mussolini, el Estado era quien podía resolver las dramáticas contradicciones del capitalismo. El Fascismo fue, en el terreno económico, una tentativa capitalista de superar la crisis de postguerra y de reorganizar la producción sobre nuevas bases centralizadas. Mussolini estableció ciertas afinidades y paralelismo entre su Estado ético y el New Deal de Roosevelt. En 1927 la Carta del Trabajo (de Rocco) trazaba las líneas del Estado corporativo, del Estado que debería armonizar las fuerzas del trabajo en nombre los intereses superiores de la Nación. La Nación italiana era un organismo cuyos fines, vida y medios son superiores por duración a los individuos, una unidad moral, política y económica que se realiza integralmente en el Estado fascista. El corporativismo fascista era monístico; se encontraba ligado al idealismo actualista; y en consecuencia subordinaba las corporaciones del Estado. Sus formulaciones más radicales, suponía la subordinación de todos los elementos de la sociedad al Estado, concebido este como síntesis de los intereses materiales y espirituales de la nación; lo que conduciría a la abolición del conflicto de clases.
El Fascismo se configuró como una concepción estética de la política. En el Estado totalitario, la vida civil se convertía en un espectáculo continuo, donde el hombre nuevo fascista se exaltaba en el flujo de las masas, con la repetición de ritos, la exposición y veneración de símbolos, como vehículos de solidaridad colectiva. La organización fascista del consenso de masas se fundaba en esas ceremonias. El Fascismo reducía, casi inevitablemente, la participación política al espectáculo de masas. Ofreció al pueblo, no sus derechos, sino la oportunidad de expresarse introduciendo la estética en su política. Su finalidad era conjurar el espíritu nacionalista, infundir respeto al régimen y crear un estado de ánimo para la guerra.
En el ámbito de lo simbólico radicaba la importancia de la religión política fascista. En torno a 1926-32 se consolidó la liturgia política fascista, que llegó a confundirse con el culto a la Patria. El partido único, como nueva elite política dirigente, fue concebido para el reclutamiento de las élites y para la educación de las masas, a través, sobre todo, de las organizaciones juveniles, los Balillas, o de las organizaciones recreativas y culturales. El partido único se configuró como una especie de seminario, donde se criaba y educaba a los nuevos dirigentes del Estado totalitario. Las juventudes fascistas tenían que pasar por una serie de ritos semejantes a la confirmación católica. El culto a los caídos suponía la exaltación del sentido comunitario de la sociedad, que integraba al individuo en el grupo.
El elemento esencial de la religión fascista fue el mito Mussolini, a cuyo carisma se atribuían efectos taumatúrgicos. Era el Duce, el estadista, el escritor, el profeta, el mesías, el apóstol. Se trataba, en definitiva, del prototipo de nuevo italiano. Para la burguesía, el salvador de la Patria; para las clases populares que no habían sufrido la violencia fascista, el hijo del pueblo.
Las relaciones del nuevo régimen con la Iglesia Católica pasaron por diversas fases. Mussolini era anticlerical, pero intentó evitar conflictos, y consideraba que el catolicismo podría ser utilizado para la expansión nacional.
Relaciones con el Vaticano
La conciliación con la Santa Sede, los Pactos de Letrán (1929), dan prestigio al fascismo. La situación de no reconocimiento del Estado italiano por la iglesia católica se remonta a la llamada “cuestión romana” en 1870. El Tratado reconoce ahora la soberanía del Papa sobre la ciudad del Vaticano y se le indemniza por la pérdida de los Estados de la Iglesia. No obstante, se fue abriendo un foso entre las tendencias autoritarias del Duce y la Iglesia en las cuestiones de familia, enseñanza y religión. Fueron mal recibidos por los sectores laicos y anticlericales del partido y del régimen, porque consideraban que los pactos entraban en contradicción con el totalitarismo proclamado por el Fascismo.
El régimen fascista disfrutó de un consenso generalizado en la sociedad italiana. La llegada de Hitler al poder tuvo un profundo impacto en el régimen italiano. Los fascistas no simpatizaban con el nacional-socialismo. Hasta 1936, la Italia fascista fue un serio obstáculo para la creación de la Gran Alemania, mediante la anexión de Austria. El Fascismo se consideraba un movimiento político de carácter universal. La conquista de Abisinia, y las consiguientes sanciones de la Sociedad de Naciones y la enemistad inglesa, unido a la participación italiana en la guerra civil española, tuvieron como consecuencia el acercamiento entre Hitler y Mussolini, luego plasmado en el Eje Roma-Berlín. Lo cual influyó en la evolución ideológica del régimen italiano. En 1938 se promulgó la Declaración de la Raza, donde se establecían una serie de medidas discriminatorias contra la población de estirpe hebrea y de religión judía. Lo que afecto a no pocos antiguos simpatizantes y militantes fascistas.
La desastrosa intervención de Italia en la Segunda Guerra Mundial provocó la caída del régimen fascista en 1943, con la destitución de Mussolini, por parte del rey Víctor Manuel III, y su ulterior prisión. Liberado por los alemanes, el Duce y sus partidarios fundaron la Republica Social Italiana.
Con la derrota en la guerra, el Partido Fascista fue declarado ilegal, aunque sus seguidores se agruparon en torno al Movimiento Social Italiano.

martes, 29 de mayo de 2012

Historia de las Ideas Políticas Resúmenes Parte 46


En la asignatura de Historia de las Ideas Políticas del primer cuatrimestre del Grado en Sociología de la UNED, algun@s compañer@s realizamos un trabajo coral; resúmenes del libro Ideas y Formas Políticas: Del triunfo del Absolutismo a la Posmodernidad, bibliografía básica de esta asignatura. Quiero agradecer el esfuerzo, compromiso y dedicación desplegado por tod@s.  Derechos reservados, sus autores.

José Rodrigo Crespo - Tema 1 El triunfo del absolutismo // Elisa Ruiz Rodríguez - Tema 2 De la Ilustración al Estado Liberal // Alejandro Gessé Ponce - Tema 3 Los fundamentos de la democracia: de Rosseau a la Revolución Francesa // María Hernando García - Tema 4 El idealismo // Tomás Javier Prieto González - Tema 5 Tradicionalismo y Conservadurismo // Mónica Platero - Tema 6 El pensamiento político norteamericano: de los Founding Fathers a la consolidación de la nación americana // Juan José Amate Ruiz - Tema 7 El liberalismo posrevolucionario // Víctor Riesgo Gómez - Tema 8 Utilitarismo y liberalismo en Inglaterra // Pedro Medina Charavía - Tema 9 Del socialismo utópico al anarquismo // Carla Torres Segura - Tema 10 El anarquismo // Antonio Jesús Acevedo Blanco - Tema 11 Karl Marx y el Marxismo // José Bargallo Roges - Tema 12 El nacionalismo en el siglo XXI // Julio Monteagudo Diz – Tema 13 Totalitarismo (I): Fascismo y Nacional-Socialismo // Inocencia González Fernández Tema 14 Totalitarismo (II): El Comunismo Marxista-Leninista // Eva Del Riego Eguiluz – Tema 15 Los Liberalismo de posguerra // Carolina Judith Rabazo Pérez - Tema 16 Políticas del posmodernismo



INTRODUCCIÓN

En general para que un régimen político sea considerado como totalitario se consideran indispensables los siguientes elementos:
1.     Una ideología suficientemente elaborada y con pretensión abarcadora y exclusiva que descansa, en parte, en el rechazo de los valores tradicionales y en la recusación del pasado, y, en parte, en la invocación de expectativas de futuro. Proyecto de una nueva sociedad e, incluso, de un hombre nuevo.
2.     Un movimiento de masas uniformado, centralizado y políticamente unificado, que se considera como portador de una politización tan total como sea posible  una integración de los ciudadanos y de una superación de la sociedad liberal y de clases.
3.     Pleno control de todos los medios relevantes de comunicación y de coacción.
4.     Control burocrático de la economía y de las relaciones sociales por el camino del dirigismo estatal, de la socialización o de las nacionalizaciones.
5.     Liderazgo carismático
6.     Democracia plebiscitaria o directa, basada en la aclamación como mecanismo idóneo de expresión de la voluntad popular. El paso de lo privado a lo público sólo podía tener lugar cuando el individuo manifestaba su opinión formando parte de la multitud reunida en la plaza pública.
Los totalitarismos tienen como objetivo esencial la supresión de las fronteras entre el estado y la sociedad. Postulan la absorción de la sociedad civil por el Estado. En su variante fascista y nacional-socialista, presuponen la sociedad de masas. Surgen de lo que el historiador George L. Mosse ha denominado la nacionalización de las masas, es decir, de la construcción de la identidad nacional a través de instituciones como la escuela o el Ejército, de monumentos, festividades, liturgias, lugares sagrados, etc. Estos movimientos de vieron favorecidos por el clima intelectual de la época, provocado por la crisis del positivismo y de las filosofías racionalistas.
Sus orígenes más próximos se encuentran, sin embargo, en la experiencia movilizadora de la Gran Guerra, que contribuyó decisivamente a trasformar la mentalidad y la cultura política de las masas. Al finalizar la guerra las sociedades europeas entraron en un período de profunda inestabilidad política. Las legitimidades tradicionales entraron en crisis. Se buscaban alternativas sociales y políticas a un liberalismo y a un parlamentarismo cada vez más debilitados por la experiencia de la guerra y la revolución bolchevique.
Sin embargo fascismo y nacional-socialismo fueron movimientos políticos, sociales y culturales ideológicamente diversos. Pese a coincidir en: antimarxismo, interclasismo, fijación del liderazgo carismático, legitimidad plebiscitaria, populismo, corporativismo; diferían en la interpretación del hecho nacional. Para el fascismo era estatal y proyectiva, que no se define ni por la tradición, ni en función del origen étnico de sus componentes, sino a partir de una memoria colectiva, de un culto común y de una voluntad de integrarse en la comunidad nacional. Por el contrario, la concepción nacional-socialista era racial.

 Fascismo italiano
Orígenes ideológicos

Ideológicamente, el fascismo italiano fue la expresión política de posguerra de los movimientos intelectuales nacidos del Risorgimento (proceso que a lo largo del siglo XIX llevó a la unión de los diversos estados en que estaba dividida la península Itálica) y de la crisis del positivismo iniciada a finales del siglo XIX. Las corrientes ideológicas que desembocan en el fascismo se nutren de diversos aspectos del nacionalismo italiano, del sindicalismo revolucionario y del neohegelianismo.

Giuseppe Mazzini
La nacionalización de las masas (la participación activa del conjunto de la población en la vida política y su integración en la sociedad nacional, a través de ritos, símbolos, mitos, fiestas, monumentos, etc, al igual que de los principales agentes de socialización, desde la escuela al servicio militar. Un proceso en el que participa no sólo el Estado, sino sociedades culturales y gimnásticas e incluso sectores importantes del movimiento obrero) en Italia tuvo mucho menos éxito que en Alemania o Francia. El Risorgimento tuvo como consecuencia la ruptura de la alianza entre el Estado y la Iglesia. El nacionalismo italiano decimonónico tuvo por su principal adalid a Giuseppe Mazzini, portavoz de un nacionalismo laico basado en la Religión de la Patria. Mazzini decía que no podía existir la unidad política nacional sin una unidad moral en torno a una fe colectiva y una conciencia de misión. En el fondo, la nación era una comunión de creyentes. Su modelo era republicano, unitario y revolucionario.
El nuevo Estado italiano inició una ambiciosa campaña de expansión colonial en África, y en sus deseos de ampliar su presencia en el Cuerno de África, recibió un duro golpe en la batalla de Adua (Abisinia).

Los fracasos del primer imperialismo italiano dieron origen a las primeras publicaciones de carácter nacionalista. En 1910, apareció la Asociación Nacionalista Italiana, cuyo principal teórico fue Corradini. El nuevo nacionalismo italiano tenía como objetivo la lucha contra el liberalismo y la articulación de una cultura y de una mística nacional unitaria, a través de los mitos de la Roma antigua, de la Italia medioeval y el Renacimiento. Los nacionalistas italianos glorificaban el progreso económico, las élites burguesas, al igual que reivindicaban la expansión colonial. Se tiñó de tendencias populistas, con el célebre concepto de nación proletaria. Su unidad política era aún incipiente, en consecuencia, el objetivo común, por encima de las clases y de las ideologías, debía ser la expansión colonial, sobre todo en África; y no la democracia o la lucha de clases.

Surgieron tendencias nacionalistas de izquierda, cuyo proyecto político era acercar el movimiento nacionalista al sindicalismo revolucionario, coincidentes ambos en el rechazo hacia la democracia liberal y el pacifismo, a favor de una común visión heroico-histórica, mística y activista de la política.

A ello se unió la incidencia cultural de la escuela neoidealista, comprometida en el redescubrimiento de los contenidos y de las sugerencias de la tradición cultural italiana y vieron en el Estado la misión ética característica de la filosofía hegeliana, subrayando la necesidad de una amplia labor formativa y educativa de la nuevas generaciones, opuesta tanto al catolicismo como al positivismo y el marxismo. La victoria de los neoidealistas fue arrasadora y cambio no sólo la concepción general de la filosofía, sino el gusto, el estilo, las aficiones de toda una época cultural. Las vanguardias artísticas contribuyeron igualmente a la modernización  y nacionalización de la cultura italiana, mediante la exaltación de la innovación tecnológica y económica, de la velocidad y el riesgo. El Futurismo era una filosofía de la vida, concebida como una lucha inagotable, que exaltaba, entre otras cosas, la guerra.
Fue importante el desarrollo de la ciencia política italiana, con la obra de los sociología elitistas Mosca y Pareto. Eran liberales, pero no demócratas. El liberalismo italiano rechazó siempre la concepción rousseauniana del gobierno popular. Tomaron como premisa científica el fundamento siempre minoritario del poder, a través de su teoría de la élite o de la clase política. Para Pareto, la vida social está caracterizada por una continua circulación de élites de diverso tipo y valor, insistió en que en la vida social y la historia, las acciones no-lógicas prevalecen definitivamente sobre las acciones lógicas. Otro sociólogo alemán, Robert Michels, nacionalizado italiano abordó el tema de la compatibilidad entre los ideales democráticos y la férrea ley de la oligarquía, que rige a los modernos partidos políticos de masas.
Benito Mussolini
A todo ello es preciso añadir la formación político-intelectual de Benito Mussolini, como futuro líder del movimiento fascista italiano. Militó en el Partido Socialista, dentro de su sector más revolucionario y maximalista. Su formación fue, sin embargo, ecléctica. Tuvo ocasión de asistir a las clases Pareto en la Universidad de Lausana (Suiza). Su teoría de la elite marcó profundamente su pensamiento político. A esta influencia hay que añadir Marx, Nietzsche y sindicalistas revolucionarios (Sorel entre otros). Mussolini lucho contra el reformismo social-demócrata y el liberalismo. Mussolini soñaba con el derrocamiento del régimen liberal mediante la huelga general y con la formación de un sistema proletario regido por los sindicatos. La idea de Sorel más influyente en Mussolini fue la del mito como director e inspirador de las energías y de las acciones políticas. El mito no es una especie de utopía, sino todo lo contrario: no la descripción de una perfecta sociedad del futuro, sino la llamada a una batalla decisiva. Su valor no es cognitivo; no se trata de una predicación científica; es una fuerza que inspira y organiza la conciencia militante de un grupo autosuficiente. El mito del proletariado es la huelga general. Sólo mediante un mito puede un grupo combativo mantener su solidaridad, heroísmo y espíritu de autosacrificio. Se trata de un estado mental que espera y se prepara para la violenta destrucción del orden existente.
Tras sus campañas contra la guerra de Libia,  Mussolini consiguió convertirse en una figura nacional, que encabezaba la corriente revolucionaria el socialismo italiano, una corriente que salió vencedora en el congreso celebrado en Reggio Emilia en julio de 1912. A partir de esa fecha empezó una época de ruptura con la ideas del socialismo. Desilusionado por la incapacidad revolucionaria del proletariado y de los socialistas, evolucionó, al estallar la gran Guerra, hacia posiciones nacionalistas e intervencionistas. Se trataba de un nacionalismo de nuevo tipo, que busca la síntesis con un socialismo que ya se autodefinía como antimarxista, y que apostaba por la colaboración entre las distintas clases sociales. Su objetivo era la modernización de la sociedad italiana, a través de una tercera vía entre el capitalismo liberal y el socialismo marxista. El mito por excelencia ya no sería la huelga general, sino la nación italiana.
Tras su decisión de apoyo a la entrada de Italia en la Gran Guerra, Mussolini fue expulsado del Partido Socialista y fundó su propio periódico “Il Popolo d’Italia”.