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martes, 10 de diciembre de 2013

Resúmenes Sociología Política Parte 8

En la asignatura Sociología Política del primer cuatrimestre del Grado en Sociología de la UNED curso 2013/14, elaboré los resúmenes de los capítulos de la bibliografía obligatoria de la asignatura. Derechos reservados, sus autores.


TEMA 1: Las múltiples relaciones entre sociedad y política. El campo de estudio de la sociología política. "Sociedad y política: una relación multidimensional" Autores: Maria Luz Morán y Jorge Benedicto. Capítulo 1 del libro de J. Benedicto y M.L. Morán, Sociología Política, Temas de Sociología política, Madrid, 1995 // TEMA 2: El proceso histórico de modernización. Estado y mercado, las dos instituciones claves “Modernización y cambio sociopolítico" - Autor: Enrique Gil Calvo. Capítulo 11 del libro de J. Benedicto y M.L. Morán, Sociología Política, Temas de Sociología política, Madrid, 1995 (1º reimp. 2009) // TEMA 3: El surgimiento y desarrollo de la democracia en la sociedad capitalista "Democracia y sociedad industrial" - Autor: Ludolfo Paramio. Capítulo 5 del libro de J. Benedicto y M.L. Morán, Sociología Política, Temas de Sociología política, Madrid, 1995 (1º reimp. 2009). // TEMA 4: Las bases sociales de la política democrática "El concepto de cleavage en las ciencias sociales" Autora: Susana Aguilar. Capítulo 1 del libro de S. Aguilar y E. Chuliá, Identidad y opcion. dos formas de entender la política, Madrid, 2007. "Elecciones para elegir" Autora: Elisa Chuliá. Capítulo 6 del libro de S. Aguilar y E. Chuliá, Identidad y opcion. dos formas de entender la política, Madrid, 2007.// TEMA 5: La construcción de los universos políticos de los ciudadanos. Socialización y cultura política "La construcción de los universos políticos de los ciudadanos" Autor: Jorge Benedicto. Capítulo 8 del libro de J. Benedicto y M.L. Morán, Sociología Política, Temas de Sociología política, Madrid, 1995 (1º reimp. 2009). // TEMA 6: Participación y acción colectiva "Perspectivas teóricas y aproximaciones metodológicas al estudio de la participación" Auotres: Maria Jesus Funes y Jordi Monferrer. Capítulo 1 del libro de R. Adell y M.J.  Funes, Movimientos Sociales: Cambio social y participación. Madrid, UNED, 2003. "Participación política, grupos y movimientos". Autor: Gianfranco Pasquino. Capítulo 5 del libro de G. Pasquino y otros, Manual de Ciencia Política. Madrid, Alianza Editorial, 1991.

Centralización, conversión civil y mundialización

Tilly considera el Estado y capital como las dos dimensiones en que cabe descomponer los procesos de modernización: procesos de concentración del poder económico.

En su origen remoto (hacia el año 1000) el sistema europeo se descomponía en una mirada de pequeñas unidades locales autosuficientes. En su actual terminal, el sistema europeo se compone de unas pocas decenas de Estados nacionales políticamente independientes, muy centralizados jurídicamente y encuadrados en laxas organizaciones supranacionales, que administran las regiones territoriales de su competencia en que se divide un único mercado económico muy integrado mundialmente, basado en la permanente reconversión industrial que busca la máxima rentabilidad productiva.

El nombre de modernización histórica, a lo largo de esos mil años aproximados de modernización histórica, el sistema europeo presenció un paulatino y desigual proceso de progresiva concentración del poder: tanto del poder político-militar como del poder capitalista-mercantil. Esos distintos procesos de progresiva concentración relativa del poder y del capital difirieron sensiblemente de unos territorios a otros, clasificados por Tilly en tres vías típicas: vía intensiva en coerción, vía intensiva en capital y vía de coerción capitalizada.

  1. La vía intensiva en coerción dio en aquellos territorios que presenciaron una muy elevada concentración del poder político coercitivo en ausencia de concentraciones comparables de capital. Es la vía adoptada por aquellos reinos europeos que apostaron por la fuerza en vez de hacerlo por la riqueza.
  2. La vía intensiva en capital adoptó en aquellos territorios que, renunciando a unificarse políticamente, dedicaron casi todos sus esfuerzos a intensificar la concentración de capital financiero, mercantil o productivo. La forma característica que adoptaron fue la defecación de ciudades-Estado. Fue en las concentraciones urbanas de capital, creadoras de espesas redes mercantiles de largo alcance, donde se inventó de hecho el capitalismo.
  3. La vía que al final se impuso militarmente fue la tercera, intermedia entre las dos anteriores: de coerción capitalizada. Sólo los reinos que apostaron a la vez tanto por la concentración de capital como por la de poder político lograron a la larga vencer en más ocasiones definitivas a sus adversarios. Tilly se alinea junto a los teóricos del realismo político: por su mayor eficacia militar.


La reconversión cívica de los estados

Según Tilly el proceso de conversión civil del Estado observa que tras alcanzarse el máximo de concentración del poder coercitivo, comienza a predominar desde entonces la concentración de capital sobre la concentración de poder militar, que deja continuamente de crecer en términos relativos.

Este proceso de conversión civil del Estado se demuestra porque disminuye progresivamente la proporción relativa de recursos que se destina a asuntos militares en beneficio de la que se destina a asuntos civiles. Este proceso evolutivo lo describe Tilly como descompuesto en cuatro etapas de progresiva eficacia coercitiva:

  • Patrimonialismo: ejércitos feudales antes de 1400
  • Mediación: ejércitos de mercenarios privados de 1400 a 1700
  • Nacionalización: ejércitos nacionales de reclutamiento obligatorio de 1700 a 1850
  • Profesionalización: ejércitos profesionales industrializados desde 1850 hasta hoy

Para Tilly la clave del proceso de esta conversión civil no reside tanto en el progreso de la eficacia técnica del poder militar como el progreso de las reivindicaciones del personal civil. El aparato militar de los Estados es cada vez más potente, pero cualitativamente resulta cada vez menos poderoso porque pasa a estar bajo el poder de los dirigentes civiles del Estado.

McNeill: la única forma de incrementar el poder coercitivo es logrando que se desarrollo la sociedad civil que lo hace posible, al proporcionar los recursos que nos necesarios para ello. Cuanto más se desarrolle la sociedad civil y el mercado, más o mejores recursos puede aportar para el esfuerzo bélico. La acumulación histórica de las sucesivas concesiones políticas que debe ir haciendo el Estado a sus miembros civiles interiores para poder incrementar sostenidamente su propio poder frente al exterior.

La consecuencia imprevista o el subproducto colateral es, pues, la democratización y el desarrollo político: la conversión del Estado absoluto del Antiguo Régimen en el moderno Estado (social y democrático) de Derecho. EL poder del Estado será puesto al servicio ya no de su expansionismo militar, como hasta entonces, sino al servicio del expansionismo económico (capitalista y mercantil) de su sociedad civil.

Por razones ahora civiles y económicas se inicia el expansionismo europeo predestinado a extenderse por todo el mundo, exportando a todas partes tanto el modelo institucional del Estado-nación como el del mercado libre y abierto. Esta mundialización de la modernidad se produce con una notable salvedad: la de que mientras sí se exporta y se expande la lógica de la centralización política no sucede lo mismo con el anterior corolario europeo de su posterior democratización civil.

Para Tilly, este proceso de conversión civil del Estado sólo se dio una vez en Europa durante la modernización histórica, pero ya no se volverá a dar después en el Tercer Mundo. De ahí que se plantee hoy tan grave contradicción entre el desarrollo económico del Tercer Mundo y su problemática democratización.

Todos los procesos de modernización tardía, posteriores y externos al inicial modelo europeo (y norteamericano), han repetido una misma secuencia canónica:

  • La centralización política (construcción del Estado, nacionalismo, autoritarismo, etc.)
  • Después el crecimiento económico (industrialización, desarrollo del mercado interno)
  • Por último la apertura al comercio exterior (mundialización)


Pero también se diría que les falta lo esencial: el proceso intermedio de conversión civil del Estado que constituye esa especie de eslabón perdido que permite dar el salto desde la premodernizad hasta la verdadera modernidad.

viernes, 22 de noviembre de 2013

“Los viejos demonios han vuelto a Europa”

Artículo de Xosé Hermida publicado en El Pais el 31 de octubre de 2013.

En el principio fue la ira. “Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles”, reza el verso inicial de La Ilíada, que para el filósofo Peter Sloterdijk (Kalrsruhe, 1947) equivale a la “primera palabra de Europa”. La ira y la indignación han sido una piedra angular del continente, y con él, de todo el mundo occidental. El recorrido histórico por las consecuencias políticas de esa energía humana dieron origen a un libro —Ira y tiempo, editado en España por Siruela— del más controvertido y seguramente más influyente, tras Jürgen Habermas, de los pensadores alemanes contemporáneos. Sloterdijk ha estado dos días en Santiago para recibir un singular premio por esa obra. El galardón, llamado Bento Spinoza en honor del gran filósofo de origen judío portugués, está organizado por el instituto compostelano Rosalía de Castro, cuyos alumnos, junto a los de otros cuatro colegios públicos gallegos, eligieron Ira y tiempo como el mejor ensayo. “Por una vez no me ha premiado un jurado gerontocrático”, bromeaba ayer, con una mezcla de ironía y sorpresa, el pensador alemán, que no oculta su inquietud por el futuro de una Europa a la que “vuelven los viejos demonios, ahora bajo la forma de nacionalismo económico”.
Muy popular en Alemania, donde es frecuente verle en televisión hablando de casi todo —desde fútbol a cómo dejar de fumar— su capacidad para la provocación es casi legendaria. Irrumpió de la forma más escandalosa en 1999, cuando algunos —entre ellos el propio Habermas— vieron resucitar los fantasmas del nazismo con su libro Normas para el parque humano que defendía las técnicas de mejora genética del homo sapiens. Hace tres años, un artículo suyo en el Frankfurter Allgemeine Zeitung, en el que arremetía contra la “cleptocracia fiscal” de los Estados de bienestar europeos y propugnaba sustituir los impuestos por donativos voluntarios, provocó otro enorme incendio. Ira y tiempo contiene un furibundo ataque contra lo que llama “izquierda fascista”, y eso le ha servido para que desde el otro lado del espectro ideológico el filósofo comunista Slavoj Zizek lo haya definido como “un liberal-conservador que ejerce de enfant terrible del pensamiento alemán contemporáneo”.

La izquierda, según Sloterdijk, ha funcionado históricamente como un mecanismo de “organización política de la ira” o, para ser más precisos, como “un banco de ira”. “La gente depositaba allí sus frustraciones y, como en un banco, otros gestionaban ese capital para devolverle los intereses en forma de autoestima para ellos y desprecio para sus enemigos”, explica Sloterdijk desde su imponente estatura, mirando siempre por encima de unas pequeñas gafas y con un cabello alborotado que corrobora esa imagen de enfant terrible, aún a sus 66 años, Él acabó de escribir su libro en 2006 y, desde entonces, la “atmósfera ha cambiado mucho en el mundo”, advierte. “La ira, la cólera, la indignación, han cobrado más fuerza. Lo que pasa es que ahora no hay un banco mundial de la ira. Ese papel lo jugó la izquierda desde el siglo XIX, pero hoy ya no es capaz de desempeñarlo. El islamismo es únicamente un banco local de ira, sin alcance mundial. Ahora la gente puede quedarse en casa con su cólera y meterla debajo de la almohada o del colchón, porque ya no hay nadie que pueda sacar rendimiento político de eso ni devolverle intereses”.
Su durísimo diagnóstico sobre las consecuencias de organizar políticamente la ira, desde el primer anarquismo de Bakunin hasta el estalinismo o el maoísmo, no implica que Sloterdijk desdeñe el papel que ha desempeñado la indignación en la historia de Occidente. Y lo subraya cuando comenta el fenómeno del 15-M en España: “Esto no es nada nuevo, aunque sí la forma cómo se manifiesta. La República es hija de la indignación. De ella nace el primer movimiento democrático en la antigua Roma, donde la monarquía da paso a la República por la indignación popular contra la violación de Lucrecia por el hijo del rey. Lo mismo vale para la Revolución Francesa. En ese sentido, los jóvenes españoles demuestran que viven la auténtica tradición democrática”. Pero esa energía no puede ser canalizada por fuerzas como “la izquierda francesa, que parece una empresa del Estado, solo pendiente de los funcionarios”. “Se necesita algo completamente diferente, un instinto más emprendedor. Y pensar que no se puede forzar la economía. No vale con masacrar a dos millonarios y repartir su fortuna dando 20 euros a cada persona en paro. No creo que eso sea una solución política”.

La disputa entre el Norte y el Sur en Europa tras el estallido de la crisis ha abierto una brecha cuyos peligros resultan muy evidentes para Sloterdijk: “Han vuelto los antiguos demonios a Europa. Ya no se trata del viejo nacionalismo, ahora es un nacionalismo económico venenoso. Y sin duda se debe a los defectos en la construcción política de Europa. El euro fue sobre todo un proyecto político, y los especialistas ya advirtieron entonces de que eso podría llevar a una explosión. Pero los políticos siguieron adelante con lo suyo. Y esa explosión es lo que estamos viendo ahora. Hay un retroceso en el sentimiento transnacional”. El pensador resume la división continental entre países partidarios de la estabilidad económica, como Alemania, y los defensores de “políticas inflacionistas, como los Estados del Sur”. “Las diferencias neonacionalistas vienen de mezclar la política con esos problemas técnicos. Si no evitamos esa mezcla, Europa puede saltar por los aires”, afirma.


Un cierto sentido de la ironía impregna la obra de Sloterdijk y aflora cuando se pregunta si de verdad Alemania desea mandar sobre Europa: “Todo esto es un malentendido trágico. Los alemanes rezan todas las noches para no tener que gobernar Europa. Pero qué le vamos a hacer, son grandes y fuertes, y no se pueden esconder como cuando uno es pequeñito y se mete detrás de un árbol. El problema no es que Alemania quiera el poder, sino que se trata de una obligación a la que debe acostumbrarse. Pero los alemanes son muy cuidadosos y muy respetuosos”.

Artículo de Xosé Hermida publicado en El Pais el 31 de octubre de 2013.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Historia de las Ideas Políticas Resúmenes parte 47



En la asignatura de Historia de las Ideas Políticas del primer cuatrimestre del Grado en Sociología de la UNED, algun@s compañer@s realizamos un trabajo coral; resúmenes del libro Ideas y Formas Políticas: Del triunfo del Absolutismo a la Posmodernidad, bibliografía básica de esta asignatura. Quiero agradecer el esfuerzo, compromiso y dedicación desplegado por tod@s.  Derechos reservados, sus autores.

José Rodrigo Crespo - Tema 1 El triunfo del absolutismo // Elisa Ruiz Rodríguez - Tema 2 De la Ilustración al Estado Liberal // Alejandro Gessé Ponce - Tema 3 Los fundamentos de la democracia: de Rosseau a la Revolución Francesa // María Hernando García - Tema 4 El idealismo // Tomás Javier Prieto González - Tema 5 Tradicionalismo y Conservadurismo // Mónica Platero - Tema 6 El pensamiento político norteamericano: de los Founding Fathers a la consolidación de la nación americana // Juan José Amate Ruiz - Tema 7 El liberalismo posrevolucionario // Víctor Riesgo Gómez - Tema 8 Utilitarismo y liberalismo en Inglaterra // Pedro Medina Charavía - Tema 9 Del socialismo utópico al anarquismo // Carla Torres Segura - Tema 10 El anarquismo // Antonio Jesús Acevedo Blanco - Tema 11 Karl Marx y el Marxismo // José Bargallo Roges - Tema 12 El nacionalismo en el siglo XXI // Julio Monteagudo Diz – Tema 13 Totalitarismo (I): Fascismo y Nacional-Socialismo // Inocencia González Fernández Tema 14 Totalitarismo (II): El Comunismo Marxista-Leninista // Eva Del Riego Eguiluz – Tema 15 Los Liberalismo de posguerra // Carolina Judith Rabazo Pérez - Tema 16 Políticas del posmodernismo


El Fascismo: la vía italiana hacia el totalitarismo

La participación italiana en la Gran Guerra significó para el país afrontar un considerable esfuerzo de integración espiritual mediante la movilización de millones de soldados y más de seiscientos mil muertos. Al lado de la movilización militar, estuvo la movilización civil y productiva en términos industriales, que presentó un gran crecimiento del país. Italia  estuvo al lado de los vencedores pero fue marginada, la posguerra estuvo llena de contradicciones y violencias destructivas.
Mussolini
El nacionalismo italiano consideró que la participación en la Guerra había supuesto una victoria mutilada. Una de las manifestaciones más significativas fue la ocupación de Fiume por las tropas italianas, que instauro en la ciudad una regencia y promulgó la Carta del Carnaro; muchos fascistas vieron el ideal del futuro Estado italiano. La Carta establecía simultáneamente,  en un modelo común, dos dimensiones esenciales del futuro régimen fascista: la dimensión socioeconómica, que refleja el modelo corporativo y productivista; y la dimensión cultural, que se plasmó en la introducción de criterios y modos estéticos en la política.
La Revolución bolchevique inflamó a las masas de la izquierda, pero no lograron el poder. El bienio rojo (1919-1920) se caracterizó por la conflictividad social, la ocupación de las fábricas, la indecisión socialista-marxista y la división del movimiento obrero.
Mussolini fundo en Milán los Fasci Italiani di Combatimento, que consiguieron articular una fuerza política, consistente, armada y violenta. Organizados como partido-milicia, los Fasci habían surgido de la fusión de varias fuerzas políticas dispares: nacionalistas, futuristas, sindicalistas revolucionarios, excombatientes. Mussolini logró, gracias a su movimiento, integrar alrededor a los sectores de la alta burguesía industrial y agraria y clases medias emergentes y excombatientes. Su programa político se autodefinía como revolucionario, por ser antidogmático y antidemagógico. Propugnaba el sufragio universal y la legibilidad para las mujeres; la abolición del Senado; la instauración del sistema corporativo de relaciones laborales; la jornada de ocho horas; el salario mínimo; participación de los trabajadores en el funcionamiento técnico de las industrias; institucionalización de la milicia Nacional; nacionalización de las fábricas de armamento y explosivos; política exterior nacional “entendida en un sentido de valorizar a la Nación italiana en el mundo en la competencia pacífica de la civilización”.
Los inicios del poder fascista se dieron confusamente en la llamada Marcha sobre Roma (1922), que marcó la claudicación del Estado liberal ante la presión de grupos armados bajo banderas fascistas.
Desde el acceso al poder de Mussolini pudo observarse una clara política de subversión total de los ordenamientos liberales. El adjetivo totalitario tuvo su cuna en Italia, totalitarios, porque manifestaban una clara tendencia hacia el dominio absoluto e incontrolado de la vida política y administrativa. El totalitarismo representaba un desafío inaudito jamás lanzado antes a las bases que se había fundado la política europea desde hacía más de un siglo.
Una vez en el poder, Mussolini logró una dictadura personal y del Partido Nacional Fascista, que en 1922 se había fusionado con los nacionalistas, aboliendo progresivamente las instituciones del régimen liberal.
Marcha sobre Roma
Tras  la superación de las crisis Mateotti, el propio Mussolini asumió el término totalitario de forma positiva. Paulatinamente, el régimen liberal fue transformado en régimen totalitario. Los partidos políticos y los sindicatos de clase fueron declarados fuera de la ley. El derecho a huelga abolido. Los sindicatos fascistas lograron ser considerados como la única representación legal de los intereses de la clase obrera. El Gran Consejo Fascista se convirtió en el órgano supremo encargado de coordinar todas las actividades del nuevo régimen. El centro del régimen fue el Estado y el partido quedó relegado a un papel secundario, el régimen fue el resultado de una serie de pactos con la Monarquía, la Iglesia, el Ejército y la alta burguesía; todo lo cual limitó sus aspiraciones totalitarias.
Sin embargo, el proyecto político totalitario existió. Y el fascismo pudo contar con el apoyo de un importante sector de la intelectualidad italiana.
El intelectual fascista más significado fue Gentile, filosofo, siempre se sintió muy compenetrado con los valores de la tradición del Risorgimento, interpretados desde una perspectiva laica. Junto a Croce, combatió el positivismo y la escolástica, y ofreció su propia interpretación del marxismo: las formas reales del espíritu, el acto de pensar, son el arte, como subjetividad, la religión como objetividad y la filosofía como síntesis dialéctica.
El actualismo se presentaba como un historicismo absoluto, para el que nada es y todo deviene. No hay más realidad que la realidad querida; no hay más obstáculo que la voluntad. Para el actualismo, no hay ni puede haber un corte neto entre el pensamiento y la acción, entre la cultura y la vida moral y civil.
Gentile entendió la filosofía desde una perspectiva política y pedagógica. Antes de su adhesión al fascismo, Gentile se considera liberal, pero distinguía entre dos tipos de liberalismo. Condenaba al liberalismo del siglo XVIII, al que juzgaba de individualista y materialista, basado en las abstracciones del contractualismo rousseauniano. Gentile consideraba el genuino y autentico liberalismo aquel que atribuye al Estado el valor primerio y absoluto frente a los individuos y a sus intereses particulares. El límite de fondo del liberalismo clásico nacido del siglo XVIII está en presuponer la libertad del Estado y en concebirlo como condicionado por la voluntad y por los derechos de los individuo. El único liberalismo consecuente era el derivado del renacimiento espiritualista del siglo XIX, que revalorizaba la libertad del Estado y el Estado concebido como realidad ética universal.
Frente al liberalismo individualista, Gentile estima que el individuo sólo se realiza plenamente cuando llega a ser consciente de sí mismo como algo intrínseca y sustancialmente relacionado con los otros. Esta consciencia surge previamente de la familia. Esta consciencia se articula más ampliamente por la pertenencia del individuo a entidades a las que representa un interés colectivo inmediato y aquellas que para realizarse a sí mismas debe oponerse en consonancia con la totalidad de los diversos intereses. El individuo se crea a sí mismo como personalidad a través de sus agentes, y esos agentes, la familia, la corporación, el sindicato, la Iglesia, etc., reciben todo el reconocimiento jurídico del Estado, que es su encarnación concreta. Por medio de ellos, el Estado se desprende el individuo de su particularidad momentánea y se hace con su verdadero yo. La humanidad sólo se hace realidad a través de la Nación, y el individuo sólo puede alzarse hasta la conciencia de su humanidad a través y como miembro de la Nación.
El desarrollo del hombre como hombre necesita de una regular y esencial implicación de otros hombres en el amor, en el lenguaje, en el arte, en la religión y en la conciencia.
Esto constituye la sociedad, la sociedad concreta de la nación. Y puesto que la Nación es el medio a través del que estas implicaciones tienen lugar y la sociedad sólo es posible concretamente por virtud de un Estado como voluntad autoconsciente dada históricamente, el Estado se revela como fundamentalmente ético dirigido hacia la articulación de la humanidad real de los individuos, que son sus momentos constitutivos. El Estado representa la voluntad real, distinta de los momentos e irreflexivos deseos de los yos particulares. Tal voluntad libera e impone obligaciones. Al manifestar esa voluntad revela su ordenamiento como acuerdo con la Ley Moral.
Gentile contribuyó decisivamente a relacionar a un sector de la alta intelectualidad italiana con los fascistas. Fue el redactor del Manifiesto de los Intelectuales del Fascismo, en el que se definía al fascismo como un movimiento político y religioso, cuyos orígenes se encontraban en el Risorgimento y en los movimientos como la Joven Italia. Su carácter religioso explicaba su intransigencia y su recurso a la violencia frente a un Estado, como el liberal, al que se definía como agnóstico y abstencionista. Croce se convirtió en el líder de la oposición político-intelectual al régimen fascista.
Gentile pretende elaborar el perfil filosófico del nuevo régimen. Por encargo de Mussolini que añadió algunos planteamientos de su antiguo ideario sindicalista revolucionario, Gentile redactó los puntos de La Doctrina del Fascismo, en los que se fijaron los elementos fundamentales de la concepción fascista del Estado. El Fascismo se autodefinía como antiindividualista. Gentile se pronunciaba también por el individuo y reafirmaba al Estado como auténtica realidad del individuo. Se pronunciaba igualmente por la libertad, en la medida en que esta era el atributo del hombre real. Una libertad que coincidió con el Estado y con el individuo en cuanto perteneciente al Estado. El Fascismo se definió como totalitario, y el Estado se autoafirmaba como síntesis y unidad de todos los valores, que interpreta, potencia y desarrolla toda la vida del pueblo. La doctrina fascista se presentaba como antidemocrática sólo si el concepto de pueblo se reducía a una entidad numérica. Para Gentile, la Nación no es una realidad natural; tampoco fruto de la voluntad de los individuos; se trataba de la realización de un proyecto político encarnado en el Estado, que da al pueblo, consciente de su propia unidad moral, una voluntad, y por consiguiente una existencia efectiva. La Nación, como Estado, es una realidad ética, que existe y vive en la medida en que se desarrolla. En este sentido, tenía derecho a extenderse fuera de su marco territorial, como fruto de la voluntad de su imperio. El Fascismo rechazaba el pacifismo, se oponía al marxismo,  “que paraliza el movimiento histórico en la lucha de clases e ignora la unidad estatal que funde las clases en una sola realidad económica y moral”; lo mismo que al sindicalismo de clase.
Victor Emmanuel III
Esta transformación de las instituciones políticas se acompañó de un cambio en las relaciones entre la economía y política. Detrás se encontraba la exigencia de intervencionismo estatal en la economía, nacido del proceso de corporativización de las sociedades europeas y de la crisis del capitalismo liberal. Para Mussolini, el Estado era quien podía resolver las dramáticas contradicciones del capitalismo. El Fascismo fue, en el terreno económico, una tentativa capitalista de superar la crisis de postguerra y de reorganizar la producción sobre nuevas bases centralizadas. Mussolini estableció ciertas afinidades y paralelismo entre su Estado ético y el New Deal de Roosevelt. En 1927 la Carta del Trabajo (de Rocco) trazaba las líneas del Estado corporativo, del Estado que debería armonizar las fuerzas del trabajo en nombre los intereses superiores de la Nación. La Nación italiana era un organismo cuyos fines, vida y medios son superiores por duración a los individuos, una unidad moral, política y económica que se realiza integralmente en el Estado fascista. El corporativismo fascista era monístico; se encontraba ligado al idealismo actualista; y en consecuencia subordinaba las corporaciones del Estado. Sus formulaciones más radicales, suponía la subordinación de todos los elementos de la sociedad al Estado, concebido este como síntesis de los intereses materiales y espirituales de la nación; lo que conduciría a la abolición del conflicto de clases.
El Fascismo se configuró como una concepción estética de la política. En el Estado totalitario, la vida civil se convertía en un espectáculo continuo, donde el hombre nuevo fascista se exaltaba en el flujo de las masas, con la repetición de ritos, la exposición y veneración de símbolos, como vehículos de solidaridad colectiva. La organización fascista del consenso de masas se fundaba en esas ceremonias. El Fascismo reducía, casi inevitablemente, la participación política al espectáculo de masas. Ofreció al pueblo, no sus derechos, sino la oportunidad de expresarse introduciendo la estética en su política. Su finalidad era conjurar el espíritu nacionalista, infundir respeto al régimen y crear un estado de ánimo para la guerra.
En el ámbito de lo simbólico radicaba la importancia de la religión política fascista. En torno a 1926-32 se consolidó la liturgia política fascista, que llegó a confundirse con el culto a la Patria. El partido único, como nueva elite política dirigente, fue concebido para el reclutamiento de las élites y para la educación de las masas, a través, sobre todo, de las organizaciones juveniles, los Balillas, o de las organizaciones recreativas y culturales. El partido único se configuró como una especie de seminario, donde se criaba y educaba a los nuevos dirigentes del Estado totalitario. Las juventudes fascistas tenían que pasar por una serie de ritos semejantes a la confirmación católica. El culto a los caídos suponía la exaltación del sentido comunitario de la sociedad, que integraba al individuo en el grupo.
El elemento esencial de la religión fascista fue el mito Mussolini, a cuyo carisma se atribuían efectos taumatúrgicos. Era el Duce, el estadista, el escritor, el profeta, el mesías, el apóstol. Se trataba, en definitiva, del prototipo de nuevo italiano. Para la burguesía, el salvador de la Patria; para las clases populares que no habían sufrido la violencia fascista, el hijo del pueblo.
Las relaciones del nuevo régimen con la Iglesia Católica pasaron por diversas fases. Mussolini era anticlerical, pero intentó evitar conflictos, y consideraba que el catolicismo podría ser utilizado para la expansión nacional.
Relaciones con el Vaticano
La conciliación con la Santa Sede, los Pactos de Letrán (1929), dan prestigio al fascismo. La situación de no reconocimiento del Estado italiano por la iglesia católica se remonta a la llamada “cuestión romana” en 1870. El Tratado reconoce ahora la soberanía del Papa sobre la ciudad del Vaticano y se le indemniza por la pérdida de los Estados de la Iglesia. No obstante, se fue abriendo un foso entre las tendencias autoritarias del Duce y la Iglesia en las cuestiones de familia, enseñanza y religión. Fueron mal recibidos por los sectores laicos y anticlericales del partido y del régimen, porque consideraban que los pactos entraban en contradicción con el totalitarismo proclamado por el Fascismo.
El régimen fascista disfrutó de un consenso generalizado en la sociedad italiana. La llegada de Hitler al poder tuvo un profundo impacto en el régimen italiano. Los fascistas no simpatizaban con el nacional-socialismo. Hasta 1936, la Italia fascista fue un serio obstáculo para la creación de la Gran Alemania, mediante la anexión de Austria. El Fascismo se consideraba un movimiento político de carácter universal. La conquista de Abisinia, y las consiguientes sanciones de la Sociedad de Naciones y la enemistad inglesa, unido a la participación italiana en la guerra civil española, tuvieron como consecuencia el acercamiento entre Hitler y Mussolini, luego plasmado en el Eje Roma-Berlín. Lo cual influyó en la evolución ideológica del régimen italiano. En 1938 se promulgó la Declaración de la Raza, donde se establecían una serie de medidas discriminatorias contra la población de estirpe hebrea y de religión judía. Lo que afecto a no pocos antiguos simpatizantes y militantes fascistas.
La desastrosa intervención de Italia en la Segunda Guerra Mundial provocó la caída del régimen fascista en 1943, con la destitución de Mussolini, por parte del rey Víctor Manuel III, y su ulterior prisión. Liberado por los alemanes, el Duce y sus partidarios fundaron la Republica Social Italiana.
Con la derrota en la guerra, el Partido Fascista fue declarado ilegal, aunque sus seguidores se agruparon en torno al Movimiento Social Italiano.

martes, 29 de mayo de 2012

Historia de las Ideas Políticas Resúmenes Parte 46


En la asignatura de Historia de las Ideas Políticas del primer cuatrimestre del Grado en Sociología de la UNED, algun@s compañer@s realizamos un trabajo coral; resúmenes del libro Ideas y Formas Políticas: Del triunfo del Absolutismo a la Posmodernidad, bibliografía básica de esta asignatura. Quiero agradecer el esfuerzo, compromiso y dedicación desplegado por tod@s.  Derechos reservados, sus autores.

José Rodrigo Crespo - Tema 1 El triunfo del absolutismo // Elisa Ruiz Rodríguez - Tema 2 De la Ilustración al Estado Liberal // Alejandro Gessé Ponce - Tema 3 Los fundamentos de la democracia: de Rosseau a la Revolución Francesa // María Hernando García - Tema 4 El idealismo // Tomás Javier Prieto González - Tema 5 Tradicionalismo y Conservadurismo // Mónica Platero - Tema 6 El pensamiento político norteamericano: de los Founding Fathers a la consolidación de la nación americana // Juan José Amate Ruiz - Tema 7 El liberalismo posrevolucionario // Víctor Riesgo Gómez - Tema 8 Utilitarismo y liberalismo en Inglaterra // Pedro Medina Charavía - Tema 9 Del socialismo utópico al anarquismo // Carla Torres Segura - Tema 10 El anarquismo // Antonio Jesús Acevedo Blanco - Tema 11 Karl Marx y el Marxismo // José Bargallo Roges - Tema 12 El nacionalismo en el siglo XXI // Julio Monteagudo Diz – Tema 13 Totalitarismo (I): Fascismo y Nacional-Socialismo // Inocencia González Fernández Tema 14 Totalitarismo (II): El Comunismo Marxista-Leninista // Eva Del Riego Eguiluz – Tema 15 Los Liberalismo de posguerra // Carolina Judith Rabazo Pérez - Tema 16 Políticas del posmodernismo



INTRODUCCIÓN

En general para que un régimen político sea considerado como totalitario se consideran indispensables los siguientes elementos:
1.     Una ideología suficientemente elaborada y con pretensión abarcadora y exclusiva que descansa, en parte, en el rechazo de los valores tradicionales y en la recusación del pasado, y, en parte, en la invocación de expectativas de futuro. Proyecto de una nueva sociedad e, incluso, de un hombre nuevo.
2.     Un movimiento de masas uniformado, centralizado y políticamente unificado, que se considera como portador de una politización tan total como sea posible  una integración de los ciudadanos y de una superación de la sociedad liberal y de clases.
3.     Pleno control de todos los medios relevantes de comunicación y de coacción.
4.     Control burocrático de la economía y de las relaciones sociales por el camino del dirigismo estatal, de la socialización o de las nacionalizaciones.
5.     Liderazgo carismático
6.     Democracia plebiscitaria o directa, basada en la aclamación como mecanismo idóneo de expresión de la voluntad popular. El paso de lo privado a lo público sólo podía tener lugar cuando el individuo manifestaba su opinión formando parte de la multitud reunida en la plaza pública.
Los totalitarismos tienen como objetivo esencial la supresión de las fronteras entre el estado y la sociedad. Postulan la absorción de la sociedad civil por el Estado. En su variante fascista y nacional-socialista, presuponen la sociedad de masas. Surgen de lo que el historiador George L. Mosse ha denominado la nacionalización de las masas, es decir, de la construcción de la identidad nacional a través de instituciones como la escuela o el Ejército, de monumentos, festividades, liturgias, lugares sagrados, etc. Estos movimientos de vieron favorecidos por el clima intelectual de la época, provocado por la crisis del positivismo y de las filosofías racionalistas.
Sus orígenes más próximos se encuentran, sin embargo, en la experiencia movilizadora de la Gran Guerra, que contribuyó decisivamente a trasformar la mentalidad y la cultura política de las masas. Al finalizar la guerra las sociedades europeas entraron en un período de profunda inestabilidad política. Las legitimidades tradicionales entraron en crisis. Se buscaban alternativas sociales y políticas a un liberalismo y a un parlamentarismo cada vez más debilitados por la experiencia de la guerra y la revolución bolchevique.
Sin embargo fascismo y nacional-socialismo fueron movimientos políticos, sociales y culturales ideológicamente diversos. Pese a coincidir en: antimarxismo, interclasismo, fijación del liderazgo carismático, legitimidad plebiscitaria, populismo, corporativismo; diferían en la interpretación del hecho nacional. Para el fascismo era estatal y proyectiva, que no se define ni por la tradición, ni en función del origen étnico de sus componentes, sino a partir de una memoria colectiva, de un culto común y de una voluntad de integrarse en la comunidad nacional. Por el contrario, la concepción nacional-socialista era racial.

 Fascismo italiano
Orígenes ideológicos

Ideológicamente, el fascismo italiano fue la expresión política de posguerra de los movimientos intelectuales nacidos del Risorgimento (proceso que a lo largo del siglo XIX llevó a la unión de los diversos estados en que estaba dividida la península Itálica) y de la crisis del positivismo iniciada a finales del siglo XIX. Las corrientes ideológicas que desembocan en el fascismo se nutren de diversos aspectos del nacionalismo italiano, del sindicalismo revolucionario y del neohegelianismo.

Giuseppe Mazzini
La nacionalización de las masas (la participación activa del conjunto de la población en la vida política y su integración en la sociedad nacional, a través de ritos, símbolos, mitos, fiestas, monumentos, etc, al igual que de los principales agentes de socialización, desde la escuela al servicio militar. Un proceso en el que participa no sólo el Estado, sino sociedades culturales y gimnásticas e incluso sectores importantes del movimiento obrero) en Italia tuvo mucho menos éxito que en Alemania o Francia. El Risorgimento tuvo como consecuencia la ruptura de la alianza entre el Estado y la Iglesia. El nacionalismo italiano decimonónico tuvo por su principal adalid a Giuseppe Mazzini, portavoz de un nacionalismo laico basado en la Religión de la Patria. Mazzini decía que no podía existir la unidad política nacional sin una unidad moral en torno a una fe colectiva y una conciencia de misión. En el fondo, la nación era una comunión de creyentes. Su modelo era republicano, unitario y revolucionario.
El nuevo Estado italiano inició una ambiciosa campaña de expansión colonial en África, y en sus deseos de ampliar su presencia en el Cuerno de África, recibió un duro golpe en la batalla de Adua (Abisinia).

Los fracasos del primer imperialismo italiano dieron origen a las primeras publicaciones de carácter nacionalista. En 1910, apareció la Asociación Nacionalista Italiana, cuyo principal teórico fue Corradini. El nuevo nacionalismo italiano tenía como objetivo la lucha contra el liberalismo y la articulación de una cultura y de una mística nacional unitaria, a través de los mitos de la Roma antigua, de la Italia medioeval y el Renacimiento. Los nacionalistas italianos glorificaban el progreso económico, las élites burguesas, al igual que reivindicaban la expansión colonial. Se tiñó de tendencias populistas, con el célebre concepto de nación proletaria. Su unidad política era aún incipiente, en consecuencia, el objetivo común, por encima de las clases y de las ideologías, debía ser la expansión colonial, sobre todo en África; y no la democracia o la lucha de clases.

Surgieron tendencias nacionalistas de izquierda, cuyo proyecto político era acercar el movimiento nacionalista al sindicalismo revolucionario, coincidentes ambos en el rechazo hacia la democracia liberal y el pacifismo, a favor de una común visión heroico-histórica, mística y activista de la política.

A ello se unió la incidencia cultural de la escuela neoidealista, comprometida en el redescubrimiento de los contenidos y de las sugerencias de la tradición cultural italiana y vieron en el Estado la misión ética característica de la filosofía hegeliana, subrayando la necesidad de una amplia labor formativa y educativa de la nuevas generaciones, opuesta tanto al catolicismo como al positivismo y el marxismo. La victoria de los neoidealistas fue arrasadora y cambio no sólo la concepción general de la filosofía, sino el gusto, el estilo, las aficiones de toda una época cultural. Las vanguardias artísticas contribuyeron igualmente a la modernización  y nacionalización de la cultura italiana, mediante la exaltación de la innovación tecnológica y económica, de la velocidad y el riesgo. El Futurismo era una filosofía de la vida, concebida como una lucha inagotable, que exaltaba, entre otras cosas, la guerra.
Fue importante el desarrollo de la ciencia política italiana, con la obra de los sociología elitistas Mosca y Pareto. Eran liberales, pero no demócratas. El liberalismo italiano rechazó siempre la concepción rousseauniana del gobierno popular. Tomaron como premisa científica el fundamento siempre minoritario del poder, a través de su teoría de la élite o de la clase política. Para Pareto, la vida social está caracterizada por una continua circulación de élites de diverso tipo y valor, insistió en que en la vida social y la historia, las acciones no-lógicas prevalecen definitivamente sobre las acciones lógicas. Otro sociólogo alemán, Robert Michels, nacionalizado italiano abordó el tema de la compatibilidad entre los ideales democráticos y la férrea ley de la oligarquía, que rige a los modernos partidos políticos de masas.
Benito Mussolini
A todo ello es preciso añadir la formación político-intelectual de Benito Mussolini, como futuro líder del movimiento fascista italiano. Militó en el Partido Socialista, dentro de su sector más revolucionario y maximalista. Su formación fue, sin embargo, ecléctica. Tuvo ocasión de asistir a las clases Pareto en la Universidad de Lausana (Suiza). Su teoría de la elite marcó profundamente su pensamiento político. A esta influencia hay que añadir Marx, Nietzsche y sindicalistas revolucionarios (Sorel entre otros). Mussolini lucho contra el reformismo social-demócrata y el liberalismo. Mussolini soñaba con el derrocamiento del régimen liberal mediante la huelga general y con la formación de un sistema proletario regido por los sindicatos. La idea de Sorel más influyente en Mussolini fue la del mito como director e inspirador de las energías y de las acciones políticas. El mito no es una especie de utopía, sino todo lo contrario: no la descripción de una perfecta sociedad del futuro, sino la llamada a una batalla decisiva. Su valor no es cognitivo; no se trata de una predicación científica; es una fuerza que inspira y organiza la conciencia militante de un grupo autosuficiente. El mito del proletariado es la huelga general. Sólo mediante un mito puede un grupo combativo mantener su solidaridad, heroísmo y espíritu de autosacrificio. Se trata de un estado mental que espera y se prepara para la violenta destrucción del orden existente.
Tras sus campañas contra la guerra de Libia,  Mussolini consiguió convertirse en una figura nacional, que encabezaba la corriente revolucionaria el socialismo italiano, una corriente que salió vencedora en el congreso celebrado en Reggio Emilia en julio de 1912. A partir de esa fecha empezó una época de ruptura con la ideas del socialismo. Desilusionado por la incapacidad revolucionaria del proletariado y de los socialistas, evolucionó, al estallar la gran Guerra, hacia posiciones nacionalistas e intervencionistas. Se trataba de un nacionalismo de nuevo tipo, que busca la síntesis con un socialismo que ya se autodefinía como antimarxista, y que apostaba por la colaboración entre las distintas clases sociales. Su objetivo era la modernización de la sociedad italiana, a través de una tercera vía entre el capitalismo liberal y el socialismo marxista. El mito por excelencia ya no sería la huelga general, sino la nación italiana.
Tras su decisión de apoyo a la entrada de Italia en la Gran Guerra, Mussolini fue expulsado del Partido Socialista y fundó su propio periódico “Il Popolo d’Italia”.

lunes, 28 de mayo de 2012

Historia de las Ideas Políticas Resúmenes Parte 45


En la asignatura de Historia de las Ideas Políticas del primer cuatrimestre del Grado en Sociología de la UNED, algun@s compañer@s realizamos un trabajo coral; resúmenes del libro Ideas y Formas Políticas: Del triunfo del Absolutismo a la Posmodernidad, bibliografía básica de esta asignatura. Quiero agradecer el esfuerzo, compromiso y dedicación desplegado por tod@s.  Derechos reservados, sus autores.

José Rodrigo Crespo - Tema 1 El triunfo del absolutismo // Elisa Ruiz Rodríguez - Tema 2 De la Ilustración al Estado Liberal // Alejandro Gessé Ponce - Tema 3 Los fundamentos de la democracia: de Rosseau a la Revolución Francesa // María Hernando García - Tema 4 El idealismo // Tomás Javier Prieto González - Tema 5 Tradicionalismo y Conservadurismo // Mónica Platero - Tema 6 El pensamiento político norteamericano: de los Founding Fathers a la consolidación de la nación americana // Juan José Amate Ruiz - Tema 7 El liberalismo posrevolucionario // Víctor Riesgo Gómez - Tema 8 Utilitarismo y liberalismo en Inglaterra // Pedro Medina Charavía - Tema 9 Del socialismo utópico al anarquismo // Carla Torres Segura - Tema 10 El anarquismo // Antonio Jesús Acevedo Blanco - Tema 11 Karl Marx y el Marxismo // José Bargallo Roges - Tema 12 El nacionalismo en el siglo XXI // Julio Monteagudo Diz – Tema 13 Totalitarismo (I): Fascismo y Nacional-Socialismo // Inocencia González Fernández Tema 14 Totalitarismo (II): El Comunismo Marxista-Leninista // Eva Del Riego Eguiluz – Tema 15 Los Liberalismo de posguerra // Carolina Judith Rabazo Pérez - Tema 16 Políticas del posmodernismo



¿QUÉ ES UNA NACIÓN? E. RENAN, H. VON TREISCHKE.

Ernest Renan
A la altura del último tercio del siglo XIX ya era clara la distinción entre un nacionalismo político y otro cultural, y el debate entre “nación” o “nacionalismo” se encontraba en  un momento creciente. La reorganización del mapa de Europa  con la unificación de Alemania e Italia, con cambios en los Balcanes y Francia tras el desastre de Sedan (1871), se preguntaban qué significaba Francia y cuál era su esencia. En este contexto de incertidumbre, en 1882, E. Renan promulgó una resonante en la Sorbona, con el título ¿Qué es una nación? En la que habló de la nación como “un plebiscito cotidiano”, pero también como “el resultado histórico inducido por una serie de hechos que convergen en un mismo sentido” y que hicieron expresar su firme voluntad de tener un futuro en común. Pero además, E. Renan también resaltaba lo erróneo de equiparar a la nación con la raza o la lengua, como también era necesaria la nación como garantía de la existencia de la libertad, que se demuestra en la firme voluntad de tener un futuro común. Las ideas de Renan no eran novedosas. La nación era un hecho político, no un hecho cultural o racial, pero aceptaba que se fortaleciera mediante el desarrollo de elementos que crearan solidaridad (la educación obligatoria, museos, servicio militar, elementos que según E. Weber ayudaron a que el ciudadano tomara conciencia de su nacionalidad.

En el otro lado del Rhin, el discurso de Fitche se convirtió en mito; la filosofía de Hegel ayudó a que la nación alemana se convirtiera en una realidad primordial del alemán. Con la victoria de Sedam quedó demostrado el poder y la fuerza de la nueva Alemania.

H. von Treitschke
Heinrich von Treitschke (1834-1896) Este historiador, hijo de un general, fue un ferviente defensor de la unificación alemana bajo la dirección del Estado prusiano. Fue un admirador de Bismark y la dinastía de los Hozenzollern, en el se conjugaron sobre todo los “Los discursos a la nación alemana” de Fitche y del irracionalismo, también la filosofía de Hegel, ya que creía en el papel del Estado como director de la vida del ciudadano, a lo que unió la justificación de la institucionalización del autoritarismo y de la fuerza para lograr sus objetivos.
Para él, la nación alemana era una realidad latente por el hecho de existir una cultura alemana, prueba de su unidad de origen. Heredero de Fitche y tenía influencia de la filosofía hegeliana. En su opinión era necesario que el pueblo alemán cumpliera la misión que se le había encomendado y para la que estaba determinado, y esa era que mostrara al mundo, a través de la fuerza, si fuera necesario, la grandeza de su filosofía, de su política y de su legado cultural, para que sirviera de elemento civilizador, y así poder desempeñar un papel protagonista en las relaciones internacionales. Para él, como para los nacionalistas culturales alemanes, ser alemán era hablar alemán, ser poseedor de la cultura alemana y todos los obstáculos que impidieran esto había que destruirlos. L. von Treichske fue un ferviente defensor de la patria y la nación alemana y por ello un ferviente antisemita y un xenófobo, en general. Fue miembro del Reichstag, donde fue partidario de que Alemania entrara de lleno en la carrera imperialista, enfrentándose al resto de potencias europeas, para hacer más grande y próspera la nación alemana. Una misión para la que no dudó en justificar el uso de la fuerza militar.

EL VIRAJE RADICAL DEL NACIONALISMO, EL IMPERIALISMO Y LA XENOFOBIA.

En el último tercio del siglo XIX, las grandes potencias europeas iniciaron una carrera por crear un imperio colonial, y en ello influyeron tanto motivos económicos como políticos, relacionados con el prestigio internacional. Para Niall Ferguson, el imperialismo fue un proceso de colonización, cristianización, capitalización y conquista, de grandes extensiones de territorios (África, América y Asia). En este proceso se desarrollaron una gran multitud de sistemas políticos de gobierno de estas colonias, lo que marcó la forma y la extensión en la que se desarrolló el imperialismo sobre las colonias.

En general, los grupos conservadores relacionaban, el imperialismo con la idea de la superioridad de las naciones europeas. De este modo, entre las potencias europeas se produjo el reparto de África, tras la conferencia de Berlin se produjo el reparto de influencia en los Balcanes y se consolidaron los enclaves portuarios de ingleses, portugueses y franceses en la India y Sureste asiático, donde se inició un comercio mundial a gran escala, pero también un trasvase de formas políticas, económicas y sociales.

En todo este proceso, el nacionalismo tuvo un papel protagonista como elemento de legitimación política del discurso imperialista. El colonialismo y el imperialismo no solo tuvieron que ver con el desarrollo de la lógica del capitalismo y de sus modos de producción, como así lo pusieron de manifiesto los estudios marxistas sobre la cuestión, sino que también tuvo que ver con el ejercicio de gobierno autoritario, basándose en la idea de superioridad, sobre extensiones de terreno cada vez mayores. Se buscaba la grandeza y la hegemonía en las relaciones internacionales, romper con el equilibrio europeo del periodo anterior.

En el desarrollo de esta idea de superioridad también incidieron algunos otros factores como el darwinismo social, cuyo principal representante fue H. Spencer (1820-1903) y del racismo representado por Joseph A. Gobinau (1816-1882) que ayudaron a que en el discurso imperialista se conjugaran exaltaciones nacionales y que hicieron que el nacionalismo desarrollara su versión más étnica, esencialista y xenófoba. Fue así como se elaboró un discurso en el que la superioridad de unas razas sobre otras se convirtió en uno de sus pilares centrales. Un discurso que no solo se aplicó a las colonias, sino que también apareció en el debate político de los Estados europeos.

En Francia, por ejemplo, la derrota de Sedán (1871) fue un trauma de primera magnitud, que llevó a intelectuales y políticos a reflexionar sobre que era Francia y cuáles debían ser los valores nacionales. Aparecieron partidos políticos nacionalistas que cuestionaron las conquistas de la revolución y que rechazaban incluso la propia idea de República, a favor de la tradición, el catolicismo y la monarquía como los valores esenciales de Francia. Este fue a grandes rasgos el corolario político de Action francaise, el partido políticdfo ultranacionalista que abanderó este discurso xenófobo, reaccionario y antisemita. Un discurso que se hizo muy popular en Francia con el “affaire Dreyfuss”, pero que se inició en la sociedad francesa tras la derrota de Sedán.