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sábado, 11 de enero de 2014

La desigualdad corroe el proyecto europeo

Artículo de Claudi Pérez publicado el 5 de enero de 2014 en El Pais.
Seis años largos después del arranque de la Gran Recesión, el número de británicos que se ven obligados a acudir a instituciones benéficas para comer se ha multiplicado por 20, según un informe reciente de Trussell Trust. Italia reconoció la semana pasada a través de su Gobierno que los niveles de pobreza han subido a máximos desde 1997. El número de españoles atendidos en los servicios de acogida de Cáritas ha pasado de 370.000 a 1,3 millones en lo que va de crisis. A Grecia han vuelto enfermedades como la malaria y la peste.
La pobreza es una abstracción, menos para quienes la padecen: los síntomas de empobrecimiento colectivo y de creciente desigualdad están por todas partes. Desde la Gran Depresión hasta la década de los setenta, Occidente se volvió cada vez menos desigual gracias a lo que los economistas llaman políticas contracíclicas; a partir de ahí todo eso empezó a arrojarse por la borda. La crisis actual no ha hecho sino agudizar las desigualdades en Europa.
Los datos que ofrecen Eurostat, la Comisión Europea, la OCDE, el Banco Mundial y los informes del Luxembourg Income Studies son rotundos. Los índices de desigualdad crecieron durante los ochenta y se redujeron en los noventa, en general, en los países avanzados —aunque en España fue justo al revés—, para volver a agrandarse en los años previos a la crisis. Europa era en 2007 más desigual que en 1970. Una vez iniciada la Gran Recesión, la brecha entre ricos y pobres siguió creciendo levemente hasta 2010, y cogió velocidad con el estallido de la crisis de deuda —aunque ahí los datos aún tienen que confirmar con todas las de la ley los ya numerosos indicios—, que llevó al continente a activar duras políticas de austeridad.
Entre los países más desiguales del continente figuran los bálticos, los latinos —España ocupa el segundo lugar y es también el segundo país que más ha incrementado la desigualdad entre los Veintiocho— y los de Europa del Este, junto con los anglosajones, Reino Unido e Irlanda. Los menos desiguales son los centroeuropeos, que en algunos casos, como los de Alemania y Holanda, han aprovechado la crisis para reducir el abanico entre ricos y pobres.
El alud de cifras de fuentes diversas es abrumador, y a veces contradictorio. Pero pueden espigarse algunos números que subrayan esa tendencia indiscutible hacia la mayor desigualdad. El 20% de los europeos más ricos gana cinco veces más que el 20% más pobre —un indicador que crece muy levemente en la eurozona— si bien en países como Grecia y España esa cifra es de hasta siete veces más, según Eurostat. En España, en particular, los datos de desigualdad crecen a toda velocidad, a un ritmo muy superior a la media. Y, al igual que en los países anglosajones, la cicatriz es especialmente visible en el 1% más rico: en 1976, el presidente de la tercera entidad bancaria española ganaba ocho veces más que el empleado medio; hoy gana 44 veces más.
El ritmo es asfixiante, aunque las magnitudes aún están lejos de las de EE UU: el primer ejecutivo de General Motors se llevaba a casa unas 66 veces el sueldo de un empleado medio; hoy, el presidente de Wal-Mart gana un salario unas 900 veces mayor. En general, la tendencia es preocupante en toda Europa, pero no caben los tenebrismos: las desigualdades son superiores en EE UU y en los países emergentes, donde la renta per cápita sube y millones de personas han salido de la pobreza, pero los más ricos son mucho más ricos que los pobres en comparación con los estándares europeos.
La media docena de fuentes consultadas para esta información coinciden en ese diagnóstico. Thomas Picketty, autor de un monumental libro sobre desigualdad —Capital en el Siglo XXI, aún no traducido al español—, asegura a este diario que la creciente desigualdad europea obedece a varias razones. En economías con bajo nulo crecimiento económico y de población, los efectos redistributivos del sistema fiscal y del Estado de Bienestar son menores. La crisis agudiza esa tendencia: reduce prestaciones, dificulta el acceso a la educación de los desfavorecidos y, en general, “avería el denominado ascensor social”. La globalización, la financiarización de las economías y la ingeniería fiscal han agudizado esa tendencia. “El problema básico de la UE es que nuestras insitituciones políticas no funcionan: activaron durísimos planes de austeridad para restaurar la credibilidad fiscal, pero nada de eso ha funcionado. Europa necesita imperiosamente más unión política, pero esta vez para acabar con la competencia fiscal, para volver a disponer de instrumentos que permitan luchar contra la desigualdad”, apunta.
La desigualdad es corrosiva; el historiador Tony Judt, ya fallecido, aseguraba que corrompe a las sociedades desde dentro. La Comisión Europea ha empezado a activarse ante un problema que se adivina más y más importante, pero con los mecanismos habituales: promete poner en marcha un indicador de desigualdad y, a falta de políticas —y dinero fresco—, ha apretado el botón de alerta: “Europa encarda una era de desigualdad creciente; la crisis ha golpeado particularmente a los más débiles, a las generaciones más jóvenes y a las ciudades y regiones más pobres. En los dos últimos año s hay más de siete millones de personas adicionales en riesgo de pobreza. Hay que moverse para salvaguardar el modelo social europeo”, explica el comisario Laszlo Andor.
Porque eso es lo que está en juego: las tendencias actuales corroen el contrato social europeo y puede que eso acabe desencadenando problemas sociales. Pese a que la crisis invita a ser prudente, ya ha habido acciones más o menos violentas (Grecia, Portugal, el movimiento 15-M) que se han movilizado contra ese incremento de la brecha entre ricos y pobres, pese a que esos brotes son aún insuficientes para concentrar el suficiente capital político. Y aun así, la sensación de que la alternancia política es meramente decorativa, la impresión cada vez más generalizada de que nada cambia en Bruselas, en Fráncfort o en Berlín, los verdaderos centros de decisión europeos, puede provocar que toda esa presión derivada del incremento de las desigualdades es evacúe hacia los populismos, según temen fuentes europeas. “Los extremismos, además, buscan chivos expiatorios —la inmigración, la corrupción, el descrédito de las instituciones— y desvían el punto de mira del que debería ser el auténtico objetivo: reformas fiscales audaces y cooperación fiscal internacional para taponar los agujeros negros del sistema financiero”, apunta una fuente europea.
Charles Wyplosz, del Graduate Institute, añade que la Gran Recesión “no ha dejado de elevar el grado de desigualdad, y no va a dejar de hacerlo: ¿Quiénes han perdido su empleo, y quiénes van a seguir perdiéndolo? Para suavizar eso se inventaron las políticas contracícilicas: para acortar recesiones y aliviar el sufrimiento de los más desfavorecidos. Pero Europa insiste en que este es el precio que hay que pagar para purgar los pecados del pasado, el despilfarro fiscal y la falta de reformas. En cierto modo, los políticos que han abrazado esa narrativa tienen razón, pero en algún momento alguien tiene que darse cuenta de que todo este castigo tiene algo de inmoral y puede llevarse por delante el proyecto europeo”.
La desigualdad es uno de los aspectos más controvertidos y va y viene, una y otra vez. En el siglo XIX, Karl Marx y David Ricardo alertaron de las incógnitas que suponían altos niveles de desigualdad para el conjunto del sistema. Tras el crack de 1929 llegaron décadas de esplendor y el debate se soterró cuando los niveles de desigualdad bajaron drásticamente. En algunos lugares, algunos indicadores de desigualdad vuelven a niveles próximos a los años previos a la Gran Depresión: Estados Unidos ha tomado nota y su presidente, Barack Obama, señala la lucha contra la desigualdad como “uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo”; Nueva York ha elegido a un alcalde, Bill DeBlasio, que llevaba la desigualdad como el mascarón de proa de su campaña; los mejores economistas se enzarzan en agrias polémicas al respecto.
En Europa, cuna de Marx y Ricardo, el nivel del debate es muy inferior. Pero empieza a estar ahí. ¿Qué dicen los marxistas al respecto? Costas Lapavitsas, profesor de la Universidad de Londres, es tajante: “Las políticas de rescate han agravado la desigualdad en todos los aspectos: salarios, pensiones, desempleo, laminación del Estado del Bienestar. Queda claro que la UE no tiene ya un programa keynesiano, que proyecte poder blando a través del crecimiento y el nivel de vida: se ha convertido en un proyecto neoliberal puro, elitista, socialmente insensible, que promueve una nueva estratificación social. Dadas las pobres perspectivas de Europa, las cosas solo pueden empeorar: política y socialmente, más desigualdad sería un serio peligro para Europa a la vista de los extremismos que vienen”.

Desde la ortodoxia, un economista muy diferente a Lapavitsas, Daren Acemoglu, apunta en la misma dirección: “Lo más peligroso de la desigualdad es cuando llega a tocar la política: la democracia corre riesgos cuando hay gente con mucho dinero que puede llegar a tener un enorme poder”. El sociólogo español José María Maravall huye de tenebrismos y explica que la tendencia hacia la mayor desigualdad es inequívoca, pero en el pasado “ya pudo controlarse a través del gasto social y de las orientaciones políticas de los Gobiernos europeos en determinadas épocas, la más reciente durante los años noventa”. ¿Hay políticos en Europa dispuestos a dar un golpe de timón con políticas redistributivas, y electorados dispuestos a apoyarles?

Artículo de Claudi Pérez publicado el 5 de enero de 2014 en El Pais.

viernes, 22 de noviembre de 2013

“Los viejos demonios han vuelto a Europa”

Artículo de Xosé Hermida publicado en El Pais el 31 de octubre de 2013.

En el principio fue la ira. “Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles”, reza el verso inicial de La Ilíada, que para el filósofo Peter Sloterdijk (Kalrsruhe, 1947) equivale a la “primera palabra de Europa”. La ira y la indignación han sido una piedra angular del continente, y con él, de todo el mundo occidental. El recorrido histórico por las consecuencias políticas de esa energía humana dieron origen a un libro —Ira y tiempo, editado en España por Siruela— del más controvertido y seguramente más influyente, tras Jürgen Habermas, de los pensadores alemanes contemporáneos. Sloterdijk ha estado dos días en Santiago para recibir un singular premio por esa obra. El galardón, llamado Bento Spinoza en honor del gran filósofo de origen judío portugués, está organizado por el instituto compostelano Rosalía de Castro, cuyos alumnos, junto a los de otros cuatro colegios públicos gallegos, eligieron Ira y tiempo como el mejor ensayo. “Por una vez no me ha premiado un jurado gerontocrático”, bromeaba ayer, con una mezcla de ironía y sorpresa, el pensador alemán, que no oculta su inquietud por el futuro de una Europa a la que “vuelven los viejos demonios, ahora bajo la forma de nacionalismo económico”.
Muy popular en Alemania, donde es frecuente verle en televisión hablando de casi todo —desde fútbol a cómo dejar de fumar— su capacidad para la provocación es casi legendaria. Irrumpió de la forma más escandalosa en 1999, cuando algunos —entre ellos el propio Habermas— vieron resucitar los fantasmas del nazismo con su libro Normas para el parque humano que defendía las técnicas de mejora genética del homo sapiens. Hace tres años, un artículo suyo en el Frankfurter Allgemeine Zeitung, en el que arremetía contra la “cleptocracia fiscal” de los Estados de bienestar europeos y propugnaba sustituir los impuestos por donativos voluntarios, provocó otro enorme incendio. Ira y tiempo contiene un furibundo ataque contra lo que llama “izquierda fascista”, y eso le ha servido para que desde el otro lado del espectro ideológico el filósofo comunista Slavoj Zizek lo haya definido como “un liberal-conservador que ejerce de enfant terrible del pensamiento alemán contemporáneo”.

La izquierda, según Sloterdijk, ha funcionado históricamente como un mecanismo de “organización política de la ira” o, para ser más precisos, como “un banco de ira”. “La gente depositaba allí sus frustraciones y, como en un banco, otros gestionaban ese capital para devolverle los intereses en forma de autoestima para ellos y desprecio para sus enemigos”, explica Sloterdijk desde su imponente estatura, mirando siempre por encima de unas pequeñas gafas y con un cabello alborotado que corrobora esa imagen de enfant terrible, aún a sus 66 años, Él acabó de escribir su libro en 2006 y, desde entonces, la “atmósfera ha cambiado mucho en el mundo”, advierte. “La ira, la cólera, la indignación, han cobrado más fuerza. Lo que pasa es que ahora no hay un banco mundial de la ira. Ese papel lo jugó la izquierda desde el siglo XIX, pero hoy ya no es capaz de desempeñarlo. El islamismo es únicamente un banco local de ira, sin alcance mundial. Ahora la gente puede quedarse en casa con su cólera y meterla debajo de la almohada o del colchón, porque ya no hay nadie que pueda sacar rendimiento político de eso ni devolverle intereses”.
Su durísimo diagnóstico sobre las consecuencias de organizar políticamente la ira, desde el primer anarquismo de Bakunin hasta el estalinismo o el maoísmo, no implica que Sloterdijk desdeñe el papel que ha desempeñado la indignación en la historia de Occidente. Y lo subraya cuando comenta el fenómeno del 15-M en España: “Esto no es nada nuevo, aunque sí la forma cómo se manifiesta. La República es hija de la indignación. De ella nace el primer movimiento democrático en la antigua Roma, donde la monarquía da paso a la República por la indignación popular contra la violación de Lucrecia por el hijo del rey. Lo mismo vale para la Revolución Francesa. En ese sentido, los jóvenes españoles demuestran que viven la auténtica tradición democrática”. Pero esa energía no puede ser canalizada por fuerzas como “la izquierda francesa, que parece una empresa del Estado, solo pendiente de los funcionarios”. “Se necesita algo completamente diferente, un instinto más emprendedor. Y pensar que no se puede forzar la economía. No vale con masacrar a dos millonarios y repartir su fortuna dando 20 euros a cada persona en paro. No creo que eso sea una solución política”.

La disputa entre el Norte y el Sur en Europa tras el estallido de la crisis ha abierto una brecha cuyos peligros resultan muy evidentes para Sloterdijk: “Han vuelto los antiguos demonios a Europa. Ya no se trata del viejo nacionalismo, ahora es un nacionalismo económico venenoso. Y sin duda se debe a los defectos en la construcción política de Europa. El euro fue sobre todo un proyecto político, y los especialistas ya advirtieron entonces de que eso podría llevar a una explosión. Pero los políticos siguieron adelante con lo suyo. Y esa explosión es lo que estamos viendo ahora. Hay un retroceso en el sentimiento transnacional”. El pensador resume la división continental entre países partidarios de la estabilidad económica, como Alemania, y los defensores de “políticas inflacionistas, como los Estados del Sur”. “Las diferencias neonacionalistas vienen de mezclar la política con esos problemas técnicos. Si no evitamos esa mezcla, Europa puede saltar por los aires”, afirma.


Un cierto sentido de la ironía impregna la obra de Sloterdijk y aflora cuando se pregunta si de verdad Alemania desea mandar sobre Europa: “Todo esto es un malentendido trágico. Los alemanes rezan todas las noches para no tener que gobernar Europa. Pero qué le vamos a hacer, son grandes y fuertes, y no se pueden esconder como cuando uno es pequeñito y se mete detrás de un árbol. El problema no es que Alemania quiera el poder, sino que se trata de una obligación a la que debe acostumbrarse. Pero los alemanes son muy cuidadosos y muy respetuosos”.

Artículo de Xosé Hermida publicado en El Pais el 31 de octubre de 2013.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Resúmenes Cambio Social II Parte 29

En la asignatura de Cambio Social II del segundo cuatrimestre del Grado en Sociología de la UNED curso 2012/13, algunos compañeros realizamos los resúmenes de los capítulos de la bibliografía obligatoria de la asignatura. Derechos reservados, sus autores.


1- Los movimientos sociales como fuerzas de cambio “Sociología del cambio social” de Sztompka, capítulo 19, pp. 303 a 330. Tomás Javier Prieto González // “Las revoluciones: la cumbre del cambio social” de Sztompka, capítulo 20, pp. 331 a 350. Tomás Javier Prieto González 2- Los movimientos sociales: principales teorías Perspectivas teóricas y aproximaciones metodológicas al estudio de la participación (Funes/Monferrer, en Funes/Adell, capítulo 1, pp 21 a 58) // Tomás Javier Prieto González // El estudio del contexto político a través de la protesta colectiva. Participación y democracia (Adell, en Funes/Adell, capítulo 3, pp 77 a 108). // Julia Ortega Tovar Participación y democracia: Asociaciones y poder local (Brugué/Font en Funes/Adell, capítulo 4, pp 109 a 132). Julia Ortega Tovar 3- Los nuevos movimientos sociales en el contexto histórico y de la mundialización Génesis y desarrollo de los movimientos sociales desde una perspectiva histórica. El movimiento obrero (Pastor, en Funes/Adell, capítulo 2, pp 59 a 76). Tomás Javier Prieto González // La dimensión individual en la acción colectiva (Funes, en Funes/Adell, capítulo 8, pp 225 a 254). José Antonio Puig Camps // Los movimientos antiglobalización (Ibarra/Martí, en Funes/Adell, capítulo 10, pp 285). José Antonio Puig Camps 4- Estudios de caso y campañas Dimensión simbólica y cultural del movimiento feminista (Robles/de Miguel, en Funes/Adell, capítulo 5, pp 133 a 162). Víctor Riesgo Gómez // Identidad colectiva y movimiento gay (Monferrer, en Funes/Adell, capítulo 6, pp 163 a 190) //  Javier Hermoso Ruiz Organización y estructura del movimiento ecologista (Jiménez, en Funes/Adell, capítulo 7, pp 191 a 224). Blas García Ruiz

1.    Caso práctico: El movimiento obrero español

El análisis ha de partir necesariamente de una referencia a las características que revisten en él los factores antes mencionados a escala general. El proceso de formación del Estado, el tránsito a la industrialización y al capitalismo así como la consiguiente tendencia a la proletarización de una parte creciente de la población suelen ser los elementos principales a tener en cuenta. “La especialidad del caso español está en el hecho de que, pese a haber sido la cuna de uno de los primeros Estados modernos de Europa, su proceso de consolidación se vio debilitado tanto por su fracaso imperial como por las tensiones centro-periferia internas en la península y por el peso mayor que tiene una estructura social de base agraria en pleno SXIX”; explicaría que el proceso de formación de un Estado nacional liberal-democrático fuera mucho más tardío, débil y controvertido, como se pudo comprobar con el fracaso de la Primera República y el desarrollo de “un militarismo reactivo que reforzaba kos rasgos pretorianos del aparato estatal ante el temor de que fuera puesto en cuestión el orden social interno”.

El proceso de industrialización es también tardío en comparación con los países del “Centro” europeo, a la vez que lento y territorialmente desigual y con la paradoja de que el “centro” político no se corresponde con los principales centros económicos en formación. Esto hace más difícil todavía lograr una asociación exitosa entre construcción del Estado, formación de una nación y desarrollo de un capitalismo unificado.

Se une el hecho de que el nuevo proletariado procede hasta prácticamente los comienzos del SXX de los artesanos y no directamente del campo. Este dato, común con otros países, se prolonga más en nuestro caso e influye en el proceso de aparición de los primeros conflictos sociales. Esa combinación de los factores ayudaría a explicar cómo la conciencia de la condición obrera así como su percepción como algo permanente sólo se dan a finales del SXIX.

Se puede encontrar el punto de partida de ese movimiento en las pioneras luchas por el derecho a asociarse, en la prensa escrita en la primera Huelga General, en 1855, en Cataluña y, sobre todo, en las adhesiones a la Primera Internacional que se producen durante el “sexenio revolucionario” y la Primera República. Así, en 1870 se fundó la Federación Regional Española de la Asociación Internacional de Trabajadores. La llegada de la Restauración monárquica facilitará el triunfo de los “antiautoritarios” dentro de la sección de esa Internacional, prefigurando el antiestatismo y el antipoliticismo como rasgos culturales característicos de la mayoría del movimiento obrero español. La corriente socialista aparece como un núcleo más ligado a una minoría que se mueve en una tensión constante entre su vocación reformadora, más vinculada a la realidad europea, y la presión sindicalista revolucionaria autóctona.

La adopción del Primero de Mayo como jornada simbólica de lucha de los trabajadores se produce en 1890. Ya en el marco de la “crisis del 98”, el antimilitarismo se convierte en otra seña de identidad del movimiento obrero mediante su participación en la oposición a la guerra en Cuba y contra el envío de tropas a la guerra con Marruecos, especialmente en Barcelona durante la “Semana Trágica”.

Se va configurando una división sindical entre la UGT y la nueva Confederación Nacional del Trabajo (CNT), que conoce un crecimiento vertiginoso que supera ampliamente a la primera. Se produce una ampliación del repertorio de las formas de acción colectiva pasando “del motín a la huelga, de la defensa del precio a la reivindicación de3l salario, de la acción local reactiva a formas más coordinadas, organizadas y “proactivas” de canalización del conflicto social, más nacionalizadas también.

El año 1917, coincidente con la Revolución Rusa, es el de la convocatoria de la primera “Huelga General Revolucionaria” por los dos grandes sindicatos iniciando así un ciclo de movilizaciones que se cierra en torno a 1920. Es el periodo del llamado “trienio bolchevista” en el campo andaluz que, junto con el proletariado catalán, marca un punto de inflexión en las relaciones capital-trabajo y tropieza muy pronto con una dura respuesta represiva. Ya no es tanto el conjunto de los trabajadores el que genera temores y desconfianzas como sus elites dirigentes, a las que se ve como portavoces de la subversión social.

La UGT se ve empujada junto con una mayoría del PSOE hacia la radicalización frente al ascenso de la derecha, como se comprueba en las movilizaciones desencadenadas en Octubre de 1934. En ese periodo el crecimiento de los sindicatos es enorme, consolidándose como organizaciones que logran una representatividad significativa de la mayoría del movimiento obrero.

El desenlace final de la guerra civil supone la destrucción de estas organizaciones y, con ella, el cierre de toda una larga etapa histórica de desarrollo de una cultura obrera, ya que significó “la desaparición de una tradicional cultura obrera, sindical, antipolítica y antiestatal revolucionaria”.

Bajo el franquismo asistimos a un proceso de nueva industrialización y de la aparición de una nueva generación obrera, procedente en su mayor parte de las zonas rurales y concentrada ahora en la periferia de las grandes concentraciones urbanas. En ese marco de ausencia de libertades políticas y sindicales la relación del nuevo movimiento obrero con la acción política empezará a ser bastante distinta a la vivida hasta entonces.

Las mismas condiciones de la dictadura explican que las luchas adquieran una dimensión política y que, por tanto, las organizaciones proto-sindicales tiendan a asumir funciones de sustitución de los partidos políticos además de las tradicionales.

El año 1962 constituye un punto de inflexión tanto porque marca un nuevo ciclo de conflictividad obrera como porque permite el desarrollo de las CCOO en un nuevo contexto de transformación socioeconómica. Las CCOO se verán definidas como movimiento “sociopolítico”, reflejando así la nueva relación entre la lucha sindical y la política y superando los rasgos antipolíticos anteriores a la guerra civil. La idea de Huelga General ya no tiene la dimensión antisistema que tenía en el pasado sino que adquiere ahora un carácter político, antidictatorial y democrático, favorable a la “modernización” de la sociedad española. Las vísperas de la nueva etapa son también las de la reorientación de CCOO en la medida que los partidos asumen su nuevo protagonismo público y legal y se van frustrando las expectativas de creación de un movimiento sindical unitario.

La transición política, la integración en la Comunidad Europea y la tendencia a aplicar el “modelo” del Estado de bienestar y del neocorporativismo en nuestro país a partir de los Pactos de la Moncloa de octubre de 1977, pese a ser firmados sólo por los partidos, contribuyen a la homologación de los sindicatos españoles con los que se desarrollan a escala europea. En esos años se producen varias huelgas generales contra determinadas medidas gubernamentales, relacionadas generalmente con reformas laborales o de las pensiones, mostrando de nuevo la dimensión política del movimiento, pero en este caso contra “policies” concretas y no contra el gobierno o del régimen político. El panorama organizativo se hace más plural, relacionado con la línea de fractura centro periferia; logran un notable arraigo social también sindicatos de ámbito no estatal, especialmente en la Comunidad Autónoma Vasca y Galicia.

Cabe ahora la hipótesis de que en el contexto de la “globalización” neoliberal y de la Unión Europea los sindicatos asuman una nueva dimensión sociopolítica, entrando así a cuestionar no sólo políticas concretas sino también el discurso y el proyecto ideológicos que las impulsan, en un contexto de crisis de la “concertación social”.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Resúmenes Cambio Social II Parte 22

En la asignatura de Cambio Social II del segundo cuatrimestre del Grado en Sociología de la UNED curso 2012/13, algunos compañeros realizamos los resúmenes de los capítulos de la bibliografía obligatoria de la asignatura. Derechos reservados, sus autores.


1- Los movimientos sociales como fuerzas de cambio “Sociología del cambio social” de Sztompka, capítulo 19, pp. 303 a 330. Tomás Javier Prieto González // “Las revoluciones: la cumbre del cambio social” de Sztompka, capítulo 20, pp. 331 a 350. Tomás Javier Prieto González 2- Los movimientos sociales: principales teorías Perspectivas teóricas y aproximaciones metodológicas al estudio de la participación (Funes/Monferrer, en Funes/Adell, capítulo 1, pp 21 a 58) // Tomás Javier Prieto González // El estudio del contexto político a través de la protesta colectiva. Participación y democracia (Adell, en Funes/Adell, capítulo 3, pp 77 a 108). // Julia Ortega Tovar Participación y democracia: Asociaciones y poder local (Brugué/Font en Funes/Adell, capítulo 4, pp 109 a 132). Julia Ortega Tovar 3- Los nuevos movimientos sociales en el contexto histórico y de la mundialización Génesis y desarrollo de los movimientos sociales desde una perspectiva histórica. El movimiento obrero (Pastor, en Funes/Adell, capítulo 2, pp 59 a 76). Tomás Javier Prieto González // La dimensión individual en la acción colectiva (Funes, en Funes/Adell, capítulo 8, pp 225 a 254). José Antonio Puig Camps // Los movimientos antiglobalización (Ibarra/Martí, en Funes/Adell, capítulo 10, pp 285). José Antonio Puig Camps 4- Estudios de caso y campañas Dimensión simbólica y cultural del movimiento feminista (Robles/de Miguel, en Funes/Adell, capítulo 5, pp 133 a 162). Víctor Riesgo Gómez // Identidad colectiva y movimiento gay (Monferrer, en Funes/Adell, capítulo 6, pp 163 a 190) //  Javier Hermoso Ruiz Organización y estructura del movimiento ecologista (Jiménez, en Funes/Adell, capítulo 7, pp 191 a 224). Blas García Ruiz


PARTICIPACIÓN Y DEMOCRACIA. ASOCIACIONES Y PODER LOCAL.


INTRODUCCIÓN: LAS DOS ALMAS DEL ÁMBITO LOCAL

La aproximación al ámbito local es una tarea siempre compleja, se citan dos mundos que representan lógicas y dinámicas diferentes. Jeremy Bentham  se refería ya en el siglo XVIII a los ayuntamientos como organizadores funcionales que contribuían, en tanto que protagonistas de la descentralización administrativa del estado, a mejorar la eficiencia de las actuaciones públicas.  John Stuart Mill se refería a  los municipios como escuelas de ciudadanía, como espacios de proximidad entre los gobernantes y los gobernados, y como una forma de dispersar el poder político sobre el territorio, caracterizados los ayuntamientos por su capacidad para impulsar y mejorar la democracia.

Desde entonces los ayuntamientos han mezclado y combinado el diferentes proporciones los dos enfoques. La tradición anglosajona subraya el alma eficientista de la administración local, mientras que la tradición francesa se decanta por el alma democrática.

El decantamiento hacia el alma eficientista nos sitúa en un escenario dominado por la lógica de la democracia representativa, mientras que el alma democrática nos acerca a los postulados de la democracia participativa. La democracia  representativa puede interpretarse como un mecanismo que nos permite seleccionar aquellas élites gobernantes que, a partir de la legítima elección, van a sumir las responsabilidades gubernamentales. La democracia participativa,  supone que la involucración de los ciudadanos en las tareas gubernamentales no pude ser secuencias, sino que debe canalizarse hacia el día a día de las actividades de gobierno. La democracia representativa deja poco margen de actuación al mundo asociativo, ya que prefiere la relación electoral. Las asociaciones pueden ser útiles  para colaborar en la organización  y la prestación de determinados servicios o como interlocutores con los que consultar determinados aspectos de la política local, partiendo  de un modelo de democracia participativa donde los ciudadanos y sus grupos pueden participar activamente en el día a día de las políticas municipales.

El fortalecimiento de una u otra de las almas municipales depende de la tradición de cada país; también de la coyuntura y del momento histórico en el que nos encontremos. El modelo dominante de democracia local va a ser un condicionante esencial para entender el papel que juegan las asociaciones en cada caso.

Se contrasta el llamado modelo del municipio de bienestar con el actual municipio relacional. En el contraste entre ambos modelos destacar su relación con determinadas coyunturas históricas y sus implicaciones sobre la democracia local y el entorno asociativo que la acompaña. Tres grandes interrogantes que intentaremos profundizar en ellos: ¿el porqué, el quién, y el cómo de la participación?

  1. EL MUNICIPIO DE BIENESTAR Y LA DEMOCRACIA REPRESENTATIVA
Con Estado de bienestar nos referimos a una combinación de elementos económicos, sociales, tecnológicos, productivos y políticos que, sumados y entremezclados, generaron una situación de crecimiento económico y estabilidad social sin precedentes en nuestro entorno occidental. En este apartado destacaremos la relación entre los gobiernos locales, la democracia y la participación asociativa.

El Estado de bienestar hay quien lo ha definido como un pacto entre gobernantes y gobernados: los primeros ofrecerían un volumen creciente de servicios a cambio de que los segundos limitaran su participación política al momento electoral.  Intercambio entre eficiencia administrativa y pasividad política, ajustado a un modelo de democracia representativa y elitista. El Estado de bienestar ha venido acompañado de unas dinámicas democráticas caracterizadas tanto por desactivar el posible activismo de la sociedad civil como por potenciar la acumulación de responsabilidades púbicas en manos de las élites políticas y burocráticas. El resultado ha sido una democracia instrumental. La participación de las asociaciones se ve seriamente limitada.

Al Estado de bienestar los ayuntamientos tienen asignado un papel estrictamente ejecutor: acaparan todas las actividades y marginan el potencial participativo de la sociedad civil y el mundo asociativo. Los ayuntamientos se convierten en lo que Cockburn llamó Estado local, y resumió como el brazo ejecutor de las políticas de bienestar del Estado de Bienestar, lo que decanta al municipio del bienestar hacia su alma eficientista y hacia una visión estrictamente representativa e instrumental de la democracia local.  Deja poco espacio a la participación de las asociaciones.
Esta situación caracteriza el municipalismo español de los años ochenta; las administraciones locales  concentradas en tareas de construcción de los principales equipamientos, infraestructuras y servicios municipales, por lo que se impone la lógica eficientista, porque se trata de hacer cosas.

Las asociaciones pasan de un papel reivindicativo central en los inicios de la democracia local a una situación de letargo y domesticación, con un alto nivel de actividad y presencia. Los años ochenta fueron testigos de cambios importantes en el papel y la actividad de las asociaciones. La crisis del movimiento asociativo fueron los propios ayuntamientos democráticos, los cuales vaciaron a las asociaciones tanto de contenidos como de sus líderes. Se inicia un nuevo modelo de relación entre las asociaciones y los ayuntamientos. Estamos en una situación más madura, las asociaciones han de olvidar sus quejas y reivindicaciones para establecer alianzas de colaboración con los poderes públicos. Las nuevas relaciones se basan en la co-producción de servicios y en las subvenciones. El resultado es una nueva desactivación del tradicional potencial participativo de las asociaciones, que se trasladan a un espacio prestacional donde se convierten en una especie de pseudo-administración. A finales de los ochenta, los ayuntamientos han ganado colaboradores y las asociaciones disponen de recursos y soportes institucionales, mientras que la comunidad se ha quedado sin aquellos espacios donde volcar sus inquietudes, sus demandas y sus malestares.

martes, 21 de mayo de 2013

Saskia Sassen: “Pedir sacrificios mientras se rescatan bancos es un abuso”

Artículo de María Benito publicado en El Confidencial el 19 de mayo de 2013


La socióloga Saskia Sassen ha sido galardonada esta semana con el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales por “su contribución a la sociología urbana y el análisis de las dimensiones social, económica y política de la globalización”. Esta profesora de la Universidad de Columbia (Nueva York), que obtuvo en 1991 el reconocimiento internacional con la publicación de La ciudad global sobre los nuevos espacios urbanos, se muestra muy crítica con el actual modelo financiero y con los efectos de las políticas de austeridad que se han puesto en marcha en Europa como consecuencia de la crisis. Sus últimos libros en español Territorio, autoridad, Derechos (Editorial Katz) y La nueva geopolítica,  publicado por CCCB (Casa de Caritat, Barcelona) este año. 
- ¿Es la globalización del modelo económico occidental la causa de la crisis?
Las crisis cíclicas forman parte del funcionamiento de una economía de mercados. Pero estamos viviendo  crisis que van mucho más allá de eso. La financiarización de una parte creciente de nuestras economías ha generado la inestabilidad extrema que estamos viendo. Otro factor a tener en cuenta es la reorientación de la política de Estado en todos nuestros países hacia la concesión de privilegios a la lógica financiera. Hay que diferenciar la lógica financiera de la bancaria: todos necesitamos préstamos: el estudiante que quiere avanzar su educación, la familia que compra una vivienda, la pequeña empresa que quiere aumentar la eficiencia de su proceso de producción, etc. Pero las finanzas son algo diferente: necesitan financiarizar otros sectores para obtener rentas y se está vendiendo algo que no se tiene. En eso reside su gran creatividad y su necesidad de invadir otros sectores. En la actualidad se han financiarizado las hipotecas, los préstamos para comprar coches, las tarjetas de crédito y también las deudas de gobiernos nacionales y municipales.
-En el debate sobre austeridad o crecimiento, ¿quién tiene razón? ¿Cuáles son las consecuencias de la austeridad?
Saskia Sassen. (EFE)
Creo que es crítico, importantísimo, impulsar el crecimiento económico. La llamada austeridad de estos años no ha funcionado y la modesta estabilidad que puede haber generado en algunos sectores se asienta sobre las espaldas de las familias y negocios que han sido expulsados de la economía. Se está produciendo un empobrecimiento radical y destructivo del tejido social y económico. Y ¿para qué? Para estabilizar el sistema financiero bajo el supuesto que eso es bueno para la economía. Pero no son dos temas distintos, la renta financiera y la economía. Se podría llegar a una unión fructífera de ambas aunque en las últimas décadas no se haya conseguido.
-¿Es razonable que se pida a los españoles que hagan sacrificios económicos, mientras con dinero público se rescatan bancos y comunidades autónomas?
No. Es un abuso del contrato entre el Estado y los ciudadanos.
-¿Cómo cree que está afectando la crisis a la estructura y las relaciones sociales a España?

Muy negativamente y en muchos aspectos. Quiero hacer hincapié en uno: está destruyendo una economía fuerte, de empresas industriales y comerciales de alta calidad con mercados globales. Tanto España como Italia tienen economías fuertes y las nuevas políticas que se están aplicando, que privilegian la renta (frente a la estabilidad)  financiera, las están destruyendo. Y eso va a ser difícil de recuperar, ya que la construcción de esas empresas y el desarrollo de un producto de alta calidad ha costado generaciones.
-¿Cómo habría que gestionar el malestar social que la austeridad provoca en España, Italia, Grecia y Portugal?
Estamos viendo procesos profundamente destructivos y va a costar mucho tiempo recuperarse. La alta tasa de suicidio en Grecia e Italia es un indicador claro. Existe el enorme riesgo de toda una nueva generación perdida, de que haya un espacio económico reducido, de que se deterioren infraestructuras físicas y sociales para la economía y la vida cotidiana. Y todo esto en nombre,  no tanto de la estabilidad económica, sino de la capacidad del sistema financiero para seguir consiguiendo una renta extremadamente alta. Como decía antes, todos necesitamos préstamos bancarios, pero lo que ha pasado en los últimos 30 años va mucho más allá: es una renta prodigiosa. El valor del capital financiero medido por los activos pendientes de pago de Estados Unidos era de 630 billones en el 2007, frente a los 54 billones a los que ascendía su Producto Interior Bruto. En el 2012 el PIB global había caído a 45 billones, pero el valor financiero de las deudas era superior el trillón. Este crecimiento se debe, en parte, a los préstamos enormes por parte de los gobiernos. Es decir, ¡al dinero de los ciudadanos!
-¿Qué opina del 15M y otros movimientos ciudadanos?
Es un movimiento importante. Yo lo veo como indicador de la quiebra del contrato social del estado liberal del siglo XX, que tuvo como uno de sus grandes triunfos el Estado del bienestar, el Estado regulatorio. En el centro de este proyecto de Estado se encuentra una amplia clase media, que es la que más se ha beneficiado del desarrollo, si bien fueron a menudo los movimientos sindicales los que lucharon duro para conseguirlo. Eso es lo que  empieza a quebrarse  en los últimos 20 años y ha estallado con esta generación de jóvenes. Ellos cumplieron con los requisitos (estudio, buena conducta, etc.) para construir una buena vida, obtener un buen  trabajo y labrarse un buen futuro. Pero el sistema y el Estado les han fallado, porque se han privilegiado en exceso los grandes intereses económicos. En ese sentido los que se han beneficiado de las desregulaciones han sido el sistema financiero y las grandes empresas globalizadas.
Creo que este movimiento ha contribuido a educar y hacer ver a un público amplio las distorsiones que se pueden ver en la gestión que hace el Gobierno de los impuestos de la ciudadanía. Creo que es un movimiento social, de recuperación de economías que aplican la lógica de la redistribución de los beneficios del crecimiento económico, como sucedía cuando surgió la gran clase media hacia la mitad del siglo XX en muchos países de occidente.
-¿Cómo se puede mantener un Estado del bienestar y la inversión en gasto social en el caso de estados como España que tienen un déficit que no pueden sostener?

Hay que determinar cuál es el origen del déficit, que varía en cada país. En el caso de EEUU, las guerras han jugado un papel importante. Privilegiar a sectores que no pagan todos sus impuestos o que reciben exenciones fiscales no ayuda. Pero creo que el déficit en muchos de nuestros países proviene de la excesiva captura de recursos por parte de ciertos sectores económicos. Esto se vio con gran claridad cuando estalló la crisis del 2008 y tantos recursos de los bancos centrales se desviaron al sector bancario, incluido el de las altas finanzas. En EEUU el Estado terminó transfiriendo al sector bancario y financiero  unos 7 billones de dólares… Y en la otra cara de la moneda vemos que no se está protegiendo a las pequeñas empresas que generan la gran mayoría de los puestos de trabajo. En el espíritu de la austeridad, se han eliminado muchísimos puestos de  trabajo en el Gobierno, lo que sirve para generar ingresos a corto plazo, pero que a largo solo lleva al hundimiento de la economía.
-Usted ha dicho que el estado neoliberal ha creado una clase media que no es capaz de hacer nada, en el sentido de que los jóvenes licenciados están sentados esperando a que el sistema vuelva a reclamarlos… ¿Se está expulsando a una generación muy preparada?
Lo que he dicho es que el Estado liberal, del bienestar, nos ha hecho a todos un poco consumidores de nuestra ciudadanía, de nuestros derechos….Y ya no sabemos cómo hacer, en el sentido de construir. Tenemos que relocalizar la función del crédito recuperando la pequeña banca, las cajas de ahorro. Para proyectos grandes se necesita a las grandes entidades, pero para la mayoría de la población de un país, la pequeña banca es suficiente. Y esto importa, porque la renta (el interés que obtiene la pequeña banca de los préstamos)  recircula en la comunidad. 
-¿Por qué cree que los jóvenes universitarios, una vez que se ha hundido el consumo, no son capaces de crear de forma activa sus propias formas de vida?
Creo que la sociedad está empezando a darse cuenta de esto, pero ¡no es fácil! En ese sentido el 15M,  a través del trabajo duro de ocupar, ha desarrollado capacidades para hacer –mantener la paz en el espacio ocupado, la comida para alimentar a todos. Eso va desarrollando capacidades sociales. Yo creo que lo que estamos viendo es un punto en una trayectoria que va ir desarrollándose, va a llevar tiempo y va a haber periodos de estancamiento, pero es una trayectoria que va más allá de lo que está sucediendo ahora.
-¿Cuáles son las principales consecuencias sociales del modelo neoliberal que dice se ha implantado en los países europeos?
La destrucción de pequeñas empresas de buena calidad, la destrucción de vecindarios a través de las ejecuciones hipotecarias, etc. También se destruye el tejido social. De esta forma se  va desintegrando el ensamblaje de lo económico, lo social, lo cultural…
-La inmigración es un fenómeno característico de la globalización, pero la crisis ha provocado que exista un rechazo creciente en Europa a los inmigrantes. ¿Cuáles son las consecuencias?
A lo largo de la historia siempre ha habido discriminación y odio hacia el inmigrante, pero también siempre ha habido algunos actores –inmigrantes y ciudadanos- que han luchado por su incorporación. Ese proceso implica el fortalecimiento y la mejora de los derechos de los ciudadanos. Esto va contra la interpretación que se hace en la actualidad de que darle derechos a los inmigrantes significa que perdemos. Yo he escrito un libro sobre esta dinámica histórica en Europa, un continente con racismos y odios muy fuertes. (Guests and Aliens, New York: New Press)

Artículo de María Benito publicado en El Confidencial el 19 de mayo de 2013

lunes, 29 de abril de 2013

El estudiante que salvó al mundo de la austeridad


 Artículo de Sandro Pozzi publicado en El País el 28 de abril de 2013
Los profesores de Harvard Kenneth Rogoff y
Carmen Reinhart. / M. F. CALVERT
Cuando la deuda de un país supera el 90% del PIB, el crecimiento de la economía es inviable. El aserto, nacido de dos cerebros de Harvard y sobre el que se asientan las políticas de austeridad que están a punto de dinamitar los pilares del Estado de bienestar en medio mundo, ha resultado tan falaz como las armas de destrucción masiva que sirvieron para justificar la invasión de Irak.
“Es exagerado hacer la comparación, pero acepto la analogía porque es cierto que se están adoptando políticas a partir de premisas que son falsas”. Quien habla es Thomas Herndon, el estudiante de 28 años que, en su camino para sacarse un doctorado en Economía en la Universidad de Massachusetts, ha desenmascarado la mentira macroeconómica más significativa de los últimos años, y sobre la que EE UU y Europa se han apoyado en su campaña por la austeridad fiscal y el recorte drástico del gasto.
Herndon cuenta que se frotaba los ojos al cruzar los datos de su trabajo ordinario de carrera con los del hipercitado informe de los profesores de la prestigiosa Universidad de Harvard Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff. Los errores eran básicos. De hecho, al principio pensó que el equivocado era él. No podía ser que dos reputadas eminencias hubieran podido pasar por alto cosas así.
El estudio que está en el centro de la controversia global lo publicaron Reinhart y Rogoff en la American Economic Review en 2010. Ahí defienden cómo el crecimiento cae de golpe cuando la deuda pública de un país supera el 90% del PIB. Reinhart, nacida en La Habana (Cuba) hace 57 años, fue economista jefa durante tres años del difunto Bear Stearns, la primera víctima de la crisis financiera. Eso fue en los años 1980, antes de ocupar varios cargos en el Fondo Monetario Internacional (FMI), donde llegó a ser la número dos en el departamento de investigación antes de llegar a Harvard. Rogoff, de 60 años, fue su jefe en el FMI, donde tuvo un sonado encontronazo con Joseph Stiglitz a cuenta de la crítica que el premio Nobel hizo de esa institución en su libro El malestar en la globalización (2002).

No fueron pocos los políticos que echaron mano del trabajo para defender que se pase la podadora al gasto para volver a la senda de un crecimiento sano y robusto. Entre ellos, Paul Ryan, el candidato republicano a la vicepresidencia de EE UU. También el comisario europeo de Asuntos Económicos, Olli Rehn, y el expresidente del Banco Central Europeo Jean-Claude Trichet. Ninguno cuestionó la metodología del trabajo, ni sus datos, como hizo el joven Herndon.
“Estaba convencido desde el principio de que algo iba realmente mal con el estudio. Y cuando me llegaron los datos [los autores le mandaron las tablas de Excel que utilizaron, a petición del estudiante], se confirmaron mis sospechas”, relata Herndon. El joven estudiante, criado en Austin (Texas), de padre texano y madre de Hong Kong, al que le gusta tocar el bajo, le pasó las tablas a su novia, Kyla Walters. Ella tiene un doctorado en Sociología y gracias a su trabajo de investigación está muy acostumbrada a cruzar números. “No creo que te estés equivocando”, le respondió.
El siguiente paso fue acudir a Michael Ash y Robert Pollin, dos de sus profesores, que ahora le cubren las espaldas, pero que en un primer momento se mostraron más bien incrédulos. Lo que no logró anticipar Herndon, ni tampoco Ash y Pollin, es lo que venía a continuación. Hay economistas que les han llamado para emprender con ellos una batalla contra la idea de que el alto endeudamiento frena el crecimiento.
Pero hasta ahora ni un solo dirigente político se ha puesto en contacto con el trío para conocer su teoría. Aun así, el estudiante señala que el trabajo “está empezando a marcar la diferencia en los círculos de decisión política”. Cita, por ejemplo, el blog de John Taylor. El reputado economista por Stanford asegura que el error puesto en evidencia por el joven influyó en la decisión de los ministros de Finanzas del G-20 para omitir en su comunicado de la semana pasada una referencia al nivel de endeudamiento.
En el origen del fiasco está un encargo convencional de los profesores. Pidieron a los alumnos que emularan resultados estadísticos de estudios ya publicados. Él eligió el estudio de Reinhart y Rogoff porque, “aunque era poco atractivo”, le pareció oportuno vistas las dificultades que tienen Europa y EE UU para salir del agujero de la recesión y del impacto de las políticas que se están adoptando en los países.

Los profesores de Harvard ahora cuestionados le facilitaron en enero todo el material que necesitaba para descifrar el estudio y le dieron libertad para publicar lo que quisiera. “Vi el error muy rápido”, dice Herndon. A comienzos de abril, Reinhart y Rogoff admitieron que habían cometido algunos fallos a la hora de codificar las cifras. Pero siguen defendiendo su metodología e insisten en que existe una clara correlación entre alto endeudamiento y lento crecimiento. “Este lamentable desliz no afecta al mensaje central”, dicen en una nota.
Herndon, que habla siempre en plural, admite que criticar el trabajo de los dos profesores de Harvard “es lo más fácil” y no cree que hubiera una intencionalidad cuando omitieron ciertos datos, como el hecho de que Australia, Canadá y Nueva Zelanda crecieran en periodos de alto endeudamiento, o se equivocaran en alguna suma al introducir mal las órdenes en la celdilla de Excel. Pero está convencido también de que la teoría no puede replicarse, porque está mal planteada. Y apoya que se adopten políticas de estímulo para salir de la recesión. “La austeridad es contraproducente, crea sufrimiento”.
El estudiante Thomas Herndon
El joven no se declara ni conservador ni liberal; dice que no le gustan las etiquetas. Pero sí parece tener muy claro que “es falso decir que el alto endeudamiento es malo”. Por eso cree que lo que deben hacer los dirigentes es ver las circunstancias específicas en las que la deuda puede ser efectiva en un escenario de recesión. Su prioridad ahora, comenta, es terminar el segundo semestre y recopilar ideas para su tesis final.
De momento se está dedicando con sus profesores a publicar los primeros hallazgos para después seguir desarrollando el trabajo a lo largo del verano, integrando mejoras estadísticas. Y entre clase y clase busca tiempo para conceder entrevistas e incluso acercarse a Nueva York para verse con Stephen Colbert, el conductor del programa satírico The Colbert report. Colbert le dedicó esta semana dos espacios a su trabajo, lo que muestra hasta qué punto está caliente el debate. En el primero se dedicó a mofarse de los profesores de Harvard y de los que se apoyaron en su estudio para aventurar “una nueva crisis económica alimentada por la deuda”. “¿Sabes que has enfadado a mucha gente en el campo de la austeridad, importantes y muy poderosos?”, le preguntó después. “La Universidad me cuida mucho”, le respondió. Herndon admite no estar preparado para la avalancha mediática. “Ni siquiera tenía una buena foto”, comenta. Y las siglas con las que los tres autores firman el trabajo, HAP, tomada de la inicial de sus apellidos, ha inspirado ya una expresión entre los estudiantes: “To get happed”, que alguien te señale los errores.
El joven cree que su experiencia hará que los estudiantes presten mucha más atención a la hora de comprobar una y otra vez los resultados de sus trabajos. “Serán mucho más cuidadosos”. Como le dijo Colbert, la pareja de Harvard no se dio cuenta de los errores porque no hay nadie por encima de ellos que les revise sus estudios. Ahora, como señala Kyla, su chico tendrá menos tiempo para practicar música, pero sus perspectivas de trabajo han mejorado.

 Artículo de Sandro Pozzi publicado en El País el 28 de abril de 2013