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martes, 30 de abril de 2013

La solución del 1%


Artículo de Paul Krugman publicado en El País el 28 de abril de 2013
Manifestaciones del movimiento Ocupa Wall Street en
mayo de 2012 en Santa Mónica. / LUCY NICHOLSON
Los debates económicos rara vez terminan con un KO técnico. Pero el gran debate político de los últimos años entre los keynesianos, que abogan por mantener y, de hecho, aumentar el gasto público durante una depresión, y los austerianos, que exigen recortes inmediatos del gasto, se acerca a ello, al menos en el mundo de las ideas. En estos momentos, la postura austeriana ha caído por su propio peso; no solo es que sus predicciones sobre el mundo real fuesen completamente erróneas, sino que la investigación académica que se invocaba para respaldar esa postura ha resultado estar plagada de equivocaciones, omisiones y estadísticas dudosas.
Aun así, sigue habiendo dos grandes preguntas. La primera: ¿cómo llegó la doctrina de la austeridad a ser tan influyente en un primer momento? Y la segunda: ¿cambiarán en algo las políticas ahora que las principales afirmaciones austerianas se han convertido en carnaza para los programas de humor de madrugada?
Sobre la primera pregunta: la preponderancia de los austerianos en los círculos influyentes debería inquietar a cualquiera a quien le guste creer que la política se basa en hechos reales o, incluso, que está muy influida por ellos. Después de todo, los dos principales estudios que ofrecen la supuesta justificación intelectual de la austeridad —el de Alberto Alesina y Silvia Ardagna sobre la “austeridad expansiva” y el de Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff sobre el peligroso “umbral” de la deuda, situado en el 90% del PIB— tuvieron que enfrentarse a críticas devastadoras nada más publicarse.
Y los estudios no resistieron un análisis pormenorizado. Hacia finales de 2010, el Fondo Monetario Internacional (FMI) refundió el estudio de Alesina y Ardagna con datos mejores e invalidó sus hallazgos, mientras que muchos economistas plantearon dudas fundamentales sobre el de Reinhart y Rogoff mucho antes de que conociésemos el famoso error de Excel. Por otra parte, los acontecimientos del mundo real —el estancamiento en Irlanda, que fue el primer modelo de austeridad, la caída de los tipos de interés en Estados Unidos, que se suponía que iba a enfrentarse a una crisis fiscal inminente— rápidamente convirtieron las predicciones austerianas en sandeces.

Sin embargo, la austeridad mantuvo e incluso reforzó su dominio sobre la opinión de la élite. ¿Por qué?
Parte de la respuesta seguramente resida en el deseo generalizado de ver la economía como una obra que ensalza la moral y las virtudes, de convertirla en un cuento sobre el exceso y sus consecuencias. Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, cuenta la historia, y ahora estamos pagando el precio inevitable. Los economistas pueden explicar hasta la saciedad que esto es un error, que la razón por la que tenemos un paro tan elevado no es que gastásemos demasiado en el pasado, sino que estamos gastando demasiado poco ahora y que este problema puede y debería resolverse. Da igual; muchas personas tienen el sentimiento visceral de que hemos pecado y debemos buscar la redención mediante el sufrimiento (y ni los argumentos económicos ni la observación de que la gente que ahora sufre no es en absoluto la misma que pecó durante los años de la burbuja sirven de mucho).
Pero no se trata solo del enfrentamiento entre la emoción y la lógica. No es posible entender la influencia de la doctrina de la austeridad sin hablar sobre las clases y la desigualdad.
A fin de cuentas, ¿qué es lo que quiere la gente de la política económica? Resulta que la respuesta depende de a quién preguntemos, una cuestión documentada en un reciente artículo de investigación de los politólogos Benjamin Page, Larry Bartels y Jason Seawright. El artículo compara las preferencias políticas de los estadounidenses corrientes con las de los muy ricos y los resultados son reveladores.
Así, al estadounidense medio le preocupan un poco los déficits presupuestarios, lo cual no es ninguna sorpresa dado el constante aluvión de historias de miedo sobre el déficit en los medios de comunicación, pero los ricos, en su inmensa mayoría, consideran que el déficit es el problema más importante al que nos enfrentamos. ¿Y cómo debería reducirse el déficit presupuestario? Los ricos están a favor de recortar el gasto federal en asistencia sanitaria y la Seguridad Social —es decir, en “derechos a prestaciones”—, mientras que los ciudadanos en general quieren realmente que aumente el gasto en esos programas.

Han captado la idea: el plan de austeridad se parece mucho a la simple expresión de las preferencias de la clase superior, oculta tras una fachada de rigor académico. Lo que quiere el 1% con los ingresos más altos se convierte en lo que las ciencias económicas dicen que debemos hacer.
¿Realmente redunda en interés de los ricos una depresión prolongada? Es dudoso, dado que una economía próspera suele ser buena para casi todo el mundo. Lo que sí es cierto, sin embargo, es que los años transcurridos desde que tomamos el camino de la austeridad han sido pésimos para los trabajadores, pero nada malos para los ricos, que se han beneficiado del aumento de los rentdimientos y de los precios de las acciones aun cuando el paro a largo plazo empeora. Puede que el 1% no desee realmente una economía débil, pero les está yendo lo bastante bien como para dejarse llevar por sus perjuicios.
Y esto hace que uno se pregunte hasta qué punto cambiará las cosas el hundimiento intelectual de la postura austeriana. En la medida en que tengamos una política del 1%, por el 1 % y para el 1 %, ¿no seguiremos viendo únicamente nuevas justificaciones para las viejas políticas de siempre?
Espero que no; me gustaría creer que las ideas y los hechos importan, al menos un poco. De lo contrario, ¿qué estoy haciendo con mi vida? Pero supongo que veremos qué grado de cinismo está justificado.
Paul Krugman es profesor de Economía de Princeton y premio Nobel de 2008
© New York Times Service 2013
Traducción de News Clips.

Artículo de Paul Krugman publicado en El País el 28 de abril de 2013

lunes, 29 de abril de 2013

El estudiante que salvó al mundo de la austeridad


 Artículo de Sandro Pozzi publicado en El País el 28 de abril de 2013
Los profesores de Harvard Kenneth Rogoff y
Carmen Reinhart. / M. F. CALVERT
Cuando la deuda de un país supera el 90% del PIB, el crecimiento de la economía es inviable. El aserto, nacido de dos cerebros de Harvard y sobre el que se asientan las políticas de austeridad que están a punto de dinamitar los pilares del Estado de bienestar en medio mundo, ha resultado tan falaz como las armas de destrucción masiva que sirvieron para justificar la invasión de Irak.
“Es exagerado hacer la comparación, pero acepto la analogía porque es cierto que se están adoptando políticas a partir de premisas que son falsas”. Quien habla es Thomas Herndon, el estudiante de 28 años que, en su camino para sacarse un doctorado en Economía en la Universidad de Massachusetts, ha desenmascarado la mentira macroeconómica más significativa de los últimos años, y sobre la que EE UU y Europa se han apoyado en su campaña por la austeridad fiscal y el recorte drástico del gasto.
Herndon cuenta que se frotaba los ojos al cruzar los datos de su trabajo ordinario de carrera con los del hipercitado informe de los profesores de la prestigiosa Universidad de Harvard Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff. Los errores eran básicos. De hecho, al principio pensó que el equivocado era él. No podía ser que dos reputadas eminencias hubieran podido pasar por alto cosas así.
El estudio que está en el centro de la controversia global lo publicaron Reinhart y Rogoff en la American Economic Review en 2010. Ahí defienden cómo el crecimiento cae de golpe cuando la deuda pública de un país supera el 90% del PIB. Reinhart, nacida en La Habana (Cuba) hace 57 años, fue economista jefa durante tres años del difunto Bear Stearns, la primera víctima de la crisis financiera. Eso fue en los años 1980, antes de ocupar varios cargos en el Fondo Monetario Internacional (FMI), donde llegó a ser la número dos en el departamento de investigación antes de llegar a Harvard. Rogoff, de 60 años, fue su jefe en el FMI, donde tuvo un sonado encontronazo con Joseph Stiglitz a cuenta de la crítica que el premio Nobel hizo de esa institución en su libro El malestar en la globalización (2002).

No fueron pocos los políticos que echaron mano del trabajo para defender que se pase la podadora al gasto para volver a la senda de un crecimiento sano y robusto. Entre ellos, Paul Ryan, el candidato republicano a la vicepresidencia de EE UU. También el comisario europeo de Asuntos Económicos, Olli Rehn, y el expresidente del Banco Central Europeo Jean-Claude Trichet. Ninguno cuestionó la metodología del trabajo, ni sus datos, como hizo el joven Herndon.
“Estaba convencido desde el principio de que algo iba realmente mal con el estudio. Y cuando me llegaron los datos [los autores le mandaron las tablas de Excel que utilizaron, a petición del estudiante], se confirmaron mis sospechas”, relata Herndon. El joven estudiante, criado en Austin (Texas), de padre texano y madre de Hong Kong, al que le gusta tocar el bajo, le pasó las tablas a su novia, Kyla Walters. Ella tiene un doctorado en Sociología y gracias a su trabajo de investigación está muy acostumbrada a cruzar números. “No creo que te estés equivocando”, le respondió.
El siguiente paso fue acudir a Michael Ash y Robert Pollin, dos de sus profesores, que ahora le cubren las espaldas, pero que en un primer momento se mostraron más bien incrédulos. Lo que no logró anticipar Herndon, ni tampoco Ash y Pollin, es lo que venía a continuación. Hay economistas que les han llamado para emprender con ellos una batalla contra la idea de que el alto endeudamiento frena el crecimiento.
Pero hasta ahora ni un solo dirigente político se ha puesto en contacto con el trío para conocer su teoría. Aun así, el estudiante señala que el trabajo “está empezando a marcar la diferencia en los círculos de decisión política”. Cita, por ejemplo, el blog de John Taylor. El reputado economista por Stanford asegura que el error puesto en evidencia por el joven influyó en la decisión de los ministros de Finanzas del G-20 para omitir en su comunicado de la semana pasada una referencia al nivel de endeudamiento.
En el origen del fiasco está un encargo convencional de los profesores. Pidieron a los alumnos que emularan resultados estadísticos de estudios ya publicados. Él eligió el estudio de Reinhart y Rogoff porque, “aunque era poco atractivo”, le pareció oportuno vistas las dificultades que tienen Europa y EE UU para salir del agujero de la recesión y del impacto de las políticas que se están adoptando en los países.

Los profesores de Harvard ahora cuestionados le facilitaron en enero todo el material que necesitaba para descifrar el estudio y le dieron libertad para publicar lo que quisiera. “Vi el error muy rápido”, dice Herndon. A comienzos de abril, Reinhart y Rogoff admitieron que habían cometido algunos fallos a la hora de codificar las cifras. Pero siguen defendiendo su metodología e insisten en que existe una clara correlación entre alto endeudamiento y lento crecimiento. “Este lamentable desliz no afecta al mensaje central”, dicen en una nota.
Herndon, que habla siempre en plural, admite que criticar el trabajo de los dos profesores de Harvard “es lo más fácil” y no cree que hubiera una intencionalidad cuando omitieron ciertos datos, como el hecho de que Australia, Canadá y Nueva Zelanda crecieran en periodos de alto endeudamiento, o se equivocaran en alguna suma al introducir mal las órdenes en la celdilla de Excel. Pero está convencido también de que la teoría no puede replicarse, porque está mal planteada. Y apoya que se adopten políticas de estímulo para salir de la recesión. “La austeridad es contraproducente, crea sufrimiento”.
El estudiante Thomas Herndon
El joven no se declara ni conservador ni liberal; dice que no le gustan las etiquetas. Pero sí parece tener muy claro que “es falso decir que el alto endeudamiento es malo”. Por eso cree que lo que deben hacer los dirigentes es ver las circunstancias específicas en las que la deuda puede ser efectiva en un escenario de recesión. Su prioridad ahora, comenta, es terminar el segundo semestre y recopilar ideas para su tesis final.
De momento se está dedicando con sus profesores a publicar los primeros hallazgos para después seguir desarrollando el trabajo a lo largo del verano, integrando mejoras estadísticas. Y entre clase y clase busca tiempo para conceder entrevistas e incluso acercarse a Nueva York para verse con Stephen Colbert, el conductor del programa satírico The Colbert report. Colbert le dedicó esta semana dos espacios a su trabajo, lo que muestra hasta qué punto está caliente el debate. En el primero se dedicó a mofarse de los profesores de Harvard y de los que se apoyaron en su estudio para aventurar “una nueva crisis económica alimentada por la deuda”. “¿Sabes que has enfadado a mucha gente en el campo de la austeridad, importantes y muy poderosos?”, le preguntó después. “La Universidad me cuida mucho”, le respondió. Herndon admite no estar preparado para la avalancha mediática. “Ni siquiera tenía una buena foto”, comenta. Y las siglas con las que los tres autores firman el trabajo, HAP, tomada de la inicial de sus apellidos, ha inspirado ya una expresión entre los estudiantes: “To get happed”, que alguien te señale los errores.
El joven cree que su experiencia hará que los estudiantes presten mucha más atención a la hora de comprobar una y otra vez los resultados de sus trabajos. “Serán mucho más cuidadosos”. Como le dijo Colbert, la pareja de Harvard no se dio cuenta de los errores porque no hay nadie por encima de ellos que les revise sus estudios. Ahora, como señala Kyla, su chico tendrá menos tiempo para practicar música, pero sus perspectivas de trabajo han mejorado.

 Artículo de Sandro Pozzi publicado en El País el 28 de abril de 2013

jueves, 25 de abril de 2013

Las consecuencias económicas del Excelgate



Artículo de José Ignacio Torreblanca publicado el 22 de abril de 2013

¿Pudo un error en una hoja de cálculo haber destruido casi por completo la economía de Occidente?, se pregunta Paul Krugman en su tribuna “La depresión de Excel”. “¿Cuántos puestos de trabajo se han perdido por culpa de Rogoff y Reinhart”? inquiere Dean Baker en The Guardian .
El escándalo en torno al fallido trabajo académico de Reinhart y Rogoff sobre la el crecimiento y el endeudamiento ha vuelto a poner encima de la mesa las delgadas líneas que en muchas ocasiones separan el análisis económico de la ideología política (el texto original de Herdnon, Ash y Pollin, está aquí:  Does High Public Debt Consistently Stifle Economic Growth? A Critique of Reinhart and Rogoff)
El caso, que bien podríamos denominar como el “Excelgate” ( Descargar HAP-RR-GITD-code) ha dejado por lo suelos la reputación de Reinhart y Rogoff, dos hasta la fecha respetadísimos académicos por, entre muchos trabajos considerados de primera fila, su imprescindible estudio “Esta vez es distinto: ocho siglos de necedad financiera” sobre crisis de deuda, burbujas financieras y bancarrotas a lo largo de la historia.
Lean la entrada de Luis Garicano “El error de Reinhart y Rogoff” en el blog Nada es Gratis y se quedaran  boquiabiertos: casos que faltan, errores de codificación y mediciones mal ponderadas. “¿Cómo es posible”, se pregunta  Garicano, “que dos economistas de tanto prestigio cometieran errores tan de principiante como excluir del análisis precisamente los datos que desmentían su análisis  sobre las consecuencias de un endeudamiento excesivo?”
Sin duda que, como académicos, Reinhart y Rogoff han fallado estrepitosamente (vean aquí su respuesta). Si la academia debe contribuir al debate público con datos contrastados y análisis informados, este desde luego no ha sido el caso. Al contrario, el trabajo de Reinhart y Rogoff, citado en repetidas ocasiones por el Ministro alemán de Hacienda, Wolfgang Schäuble, para justificar las decisiones políticas de la eurozona, ha servido para reforzar los prejuicios en lugar de para desmonatarlos.
Por fortuna, tal y como está estructurado hoy el conocimiento, su error ha podido ser detectado por otros economistas y puesto al descubierto (para una versión resumida, véase Robert Pollin y Michael Ash “Why Reinhart and Rogoff are wrong about austerity”, Financial Times 18 abril 2013).
Sin embargo, detrás de todo ello queda una enorme preocupación: coincidiendo con la reunión de primavera del FMI, la impresión dominante entre los expertos es la de perplejidad. Pocos lo confiesan en público, pero la mayoría de los expertos no terminan de entender qué es lo que le está pasando a las economías avanzadas, que no despegan a pesar de tener tipo de interés sumamente bajos. “Los banqueros centrales vuelan a ciegas” concluía de forma alarmante Financial Times el pasado día 18.
No es la primera vez en la historia que la ceguera y necedad de unos políticos aferrados a modelos erróneos desencadena un conflicto. En su famoso estudio “Las consecuencias económicas de la paz”, Keynes avisó del suicidio que suponía hacer pagar reparaciones de guerra a Alemania, “Si aspiramos deliberadamente al empobrecimiento de la Europa central, la venganza, no dudo en predecirlo, no tardará”.
No pretendo trazar una analogía bélica con el actual empobrecimiento del sur de Europa, sino simplemente mostrar mi preocupación porque la política de austeridad genere tal nivel de resentimiento que, sin llegar a la guerra, haga el proyecto europeo inviable.

Artículo de José Ignacio Torreblanca publicado el 22 de abril de 2013


miércoles, 24 de abril de 2013

El error de Reinhart y Rogoff

Artículo de Luis Garicano publicado el 18 de abril de 2013 en Nada es gratis.



Uno de los argumentos empíricos a favor de las desastrosas políticas de austeridad que ha seguido en la zona Euro en los últimos años (aparte del realmente importante, que es que el norte no quiere poner el dinero) ha sido la investigación de historia económica de Reinhart y Rogoff, primero en su libro (nunca un libro vino tan a tiempo), que no está bajo sospecha, y luego en un trabajo publicado en los “Papers y Proceedings” de la American Economic Review de Mayo del 2010, que ha provocado ayer una tormenta gigante en la blogosfera.
El principal resultado de este último trabajo era que cuando la tasa de endeudamiento público de un país sobrepasaba el 90%, el crecimiento económico bajaba brutalmente, hasta hacerse negativo. Tres investigadores de la Unviersidad de Massachussets, Thomas Herndon, Michael Ash, y Robert Pollin, acaban de colgar una dura crítica de la metodología y los resultados de Reinhart y Rogoff. (el link incluye todos los datos, o sea que es un buen trabajo para los que sois profes les pongáis a los estudiantes a replicar). Básicamente, acusan a Reinhart y Rogoff de tres errores garrafales. Reinghart y Rogoff acaban de publicar (a 17/4/2013) su respuesta.
1) Excluir del cómputo algunos países y algunos años, específicamente, Australia, Nueva Zelanda y Canadá en los años 46-50, años de mucho crecimiento y alta deuda.
2) Errores en el código. En la hoja de Excel (pero estos señores hacen trabajo empírico… en Excel?!)  excluyen cinco países, Australia, Austria, Bélgica, Canadá y Dinamarca, del análisis. Estos países tienen alta deuda y alto crecimiento (ver Bélgica). Estos errores son aceptados por  Reinhart y Rogoff en su respuesta, (“Herndon, Ash and Pollin accurately point out the coding error that omits several countries from the averages in figure 2. Full stop. HAP are on point. The authors show our accidental omission has a fairly marginal effect on the 0-90% buckets in figure 2. However, it leads to a notable change in the average growth rate for the over 90% debt group.”)
3.) Ponderar de manera extraña los países, de forma que las observaciones de muchos años de deuda excesiva quedan reducidas a una observación. Aquí Reinhart y Rogoff en su respuesta se defienden, y dicen que a ellos les interesan los “episodios” y no las observaciones individuales. Sinceramente, no es forma de hacer el trabajo empírico.
Reinhart y Rogoff, en su respuesta, dicen que su trabajo también presentaba las regresiones en medianas, y que estas llegaban a la misma conclusión que sus críticos, Herndon, Ash y Pollin- una caída media del 1% del crecimiento del PIB con deuda por encima del 90%. Obviamente, no era eso lo que se acentuaba en los medios, sino la conclusión de que con deuda por encima del 90%, el crecimiento se volvía negativo. El Economist presenta un bonito gráfico que resume bien las diferencias y muestra el error clarísimamente en el “over 90″ :





En la práctica, esta debacle no altera ninguno de los argumentos que hemos hecho aquí, dado que nuestra visión no ha sido la de Schauble de llegar al crecimiento por la austeridad; al revés, hemos dicho, y seguimos diciendo, que es prácticamente imposible desapalancar una economía sin que el sector público rellene, al menos parcialmente los huecos que va dejando el sector privado (ver esta entrada de Tano del 2009 por ejemplo) y que la clave son las reformas estructurales, combinadas con los impagos privados necesarios (si este blog ha tenido un tema, este ha sido “las bancarrotas necesarias” de bancos y cajas y empresas privadas) no la austeridad—de hecho, como hemos dicho desde el principio el peligro era dejar que la austeridad matara el impulso reformista, es decir, hemos visto la austeridad como enemiga de las reformas necesarias para mejorar el crecimiento económico (ver el artículo del FT de Jesús y mío de agosto del 2012″)
Dos lecciones más, para economistas:
1) Por favor, prohibido usar Excel para hacer trabajo empírico, que somos todos mayorcitos.
2) Los Papers and Proceedings de la AER, el volumen de Mayo, no son sometidos a “refereeing”. El volumen se compone de las sesiones a las que invita el Presidente de la American Economic Association, es decir suponen su visión de lo que es la investigación más importante del momento. Es decir, este problema nos recuerda lo importante que son los procesos de revisión, en los que, sin duda, los revisores (referees) hubieran exigido muchas más pruebas antes de aceptar el trabajo a publicar.

Artículo de Luis Garicano publicado el 18 de abril de 2013 en Nada es gratis.


martes, 23 de abril de 2013

La depresión del Excel


Artículo de Paul Krugman publicado en El País el 21 de abril de 2013
En esta era de la información, los errores matemáticos pueden llevar al desastre. La Mars Orbiter de la NASA se estrelló porque los ingenieros olvidaron hacer la conversión a unidades del sistema métrico; el plan de la ballena de Londres de JPMorgan Chase salió mal en parte porque quienes hicieron los modelos dividieron por una suma en lugar de por una media. De modo que, ¿fue un error de codificación de Excel lo que destruyó las economías del mundo occidental? Esta es la historia hasta la fecha: a principios de 2010, dos economistas de Harvard, Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff, divulgaron un artículo, Growth in a time of debt (Crecimiento en una época de endeudamiento), que pretendía identificar un umbral crítico, un punto de inflexión, para la deuda pública. Una vez que la deuda supera el 90% del producto interior bruto, afirmaban, el crecimiento económico cae en picado.
Reinhart y Rogoff tenían credibilidad gracias a un libro anterior admirado por todo el mundo sobre la historia de las crisis financieras, y el momento escogido era perfecto. El artículo se publicó justo después de que Grecia entrase en crisis y apelaba directamente al deseo de muchos funcionarios de virar del estímulo a la austeridad. En consecuencia, el artículo se hizo famoso inmediatamente; seguramente era, y es, el análisis económico más influyente de los últimos años.
El hecho es que Reinhart y Rogoff alcanzaron rápidamente un estatus casi sagrado entre los autoproclamados guardianes de la responsabilidad fiscal; la afirmación sobre el punto de inflexión se trató no como una hipótesis controvertida, sino como un hecho incuestionable. Por ejemplo, un editorial de The Washington Post de principios de este año advertía contra una posible bajada de la guardia en el frente del déficit porque estamos “peligrosamente cerca de la marca del 90% que los economistas consideran una amenaza para el crecimiento económico sostenible”. Fíjense en la expresión: “los economistas”, no “algunos economistas”, y no digamos ya “algunos economistas, a los que contradicen enérgicamente otros con credenciales igual de buenas”, que es la realidad.

Porque lo cierto es que el texto de Reinhart y Rogoff se enfrentó a críticas considerables desde el principio y la controversia aumentó con el tiempo. Nada más publicarse el artículo, muchos economistas señalaron que una correlación negativa entre la deuda y el comportamiento económico no significaba necesariamente que la deuda elevada fuese la causa de un crecimiento lento. Podría ocurrir perfectamente lo contrario, y que el mal comportamiento económico condujese a una deuda elevada. De hecho, este es evidentemente el caso de Japón, que se endeudó enormemente después de que su crecimiento se hundiese a principio de los noventa.
Con el tiempo, surgió otro problema: otros investigadores, usando datos de deuda y crecimiento aparentemente comparables, no fueron capaces de replicar los resultados de Reinhart y Rogoff. Lo habitual era que encontrasen cierta correlación entre la deuda elevada y el crecimiento lento (pero nada que se pareciese a un punto de inflexión en el 90% ni, de hecho, en ningún nivel concreto de deuda).
Finalmente, Reinhart y Rogoff permitieron que unos investigadores de la Universidad de Massachusetts analizasen la hoja de cálculo original; y el misterio de los resultados irreproducibles se resolvió. En primer lugar, habían omitido algunos datos; en segundo lugar, emplearon unos procedimientos estadísticos poco habituales y muy cuestionables; y finalmente, sí, cometieron un error de codificación de Excel. Si corregimos estos errores y rarezas, obtenemos lo que otros investigadores han descubierto: cierta correlación entre la deuda elevada y el crecimiento lento, sin nada que indique cuál de ellos causa qué, pero sin rastro alguno de ese umbral del 90%.

En respuesta a esto, Reinhart y Rogoff han admitido el error de codificación, han defendido sus demás decisiones y han afirmado que nunca aseguraron que la deuda provoque necesariamente un crecimiento más lento. Esto es un tanto insincero porque repetidamente dieron a entender esa idea aunque evitasen formularla expresamente. Pero, en cualquier caso, lo que realmente importa no es lo que quisieron decir, sino el modo en que se ha interpretado su trabajo: los entusiastas de la austeridad anunciaron a bombo y platillo que ese supuesto punto de inflexión del 90% era un hecho probado y un motivo para recortar drásticamente el gasto público incluso con un paro elevadísimo.

Por eso debemos situar el fiasco de Reinhart y Rogoff en el contexto más amplio de la obsesión por la austeridad: el evidentemente intenso deseo de los legisladores, políticos y expertos de todo el mundo occidental de dar la espalda a los parados y, en cambio, usar la crisis económica como excusa para reducir drásticamente los programas sociales.
Lo que pone de manifiesto el asunto de Reinhart y Rogoff es la medida en que se nos ha vendido la austeridad con pretextos falsos. Durante tres años, el giro hacia la austeridad se nos ha presentado no como una opción sino como una necesidad. Las investigaciones económicas, insisten los defensores de la austeridad, han demostrado que suceden cosas terribles una vez que la deuda supera el 90% del PIB. Pero las investigaciones económicas no han demostrado tal cosa; un par de economistas hicieron esa afirmación, mientras que muchos otros no estuvieron de acuerdo. Los responsables políticos abandonaron a los parados y tomaron el camino de la austeridad porque quisieron, no porque tuviesen que hacerlo.
¿Servirá de algo que se haya hecho caer a Reinhart y Rogoff de su pedestal? Me gustaría pensar que sí. Pero preveo que los sospechosos habituales simplemente encontrarán algún otro análisis económico cuestionable que canonizar, y la depresión no terminará nunca.
Paul Krugman es profesor de Economía de Princeton y premio Nobel 2008.
Traducción de News Clips.

Artículo de Paul Krugman publicado en El País el 21 de abril de 2013