Mostrando entradas con la etiqueta Keynes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Keynes. Mostrar todas las entradas

domingo, 26 de noviembre de 2017

Todo lo que está pasando en el mundo tiene que ver con el miedo Parte 4


Basarse en lo que se sabe de los demás, y en lo que los demás saben que sabemos, es la base de la especulación. Según Keynes, el equilibrio existe en cuanto todos los jugadores (inversores, consumidores) manejen la misma información. Si no hay información, para comparar entre iguales la llamada especularidad se rompe. “En una situación de incertidumbre radical, impredecible como la que
El coloso, El gigante, El pánico. F. Goya 

prevalece en los merados financieros cuando precisamente ya no ofrecen a los agentes una referencia común, el único comportamiento racional, según Keynes, es imitar a los demás”[1], es tajante Dupuy.
El último capítulo de El Pánico es un reclamo de la sociología cuantitativa como ciencia que compita con la economía en el ámbito de la psicología de masas. Para ello se tienen en cuenta las variables de las que hablábamos más arriba, el corpus de informaciones, los deseos, las decisiones. Y no sólo estos factores tomados de manera individual y aislada sino en función del grado de contaminación por cercanía con iguales. Para ello Dupuy establece una serie de ecuaciones que pueden servir para dirimir comportamientos asintóticos, en función de determinados umbrales de los individuos.
En definitiva, Dupuy propone quizás un modelo más racional de análisis y no tan psicólogico: “Queda claro por lo tanto que, sobre comportamientos colectivos, tal y como estos se manifiestan, no se pueden fundamentar razonamientos relativos a la psicología de los agentes. ¡Qué diferencia, si se compara con las teorías tradicionales de la masa y el pánico, que no dudaban en recurrir a todas las complejidades de la psicología de las profundidades!”[2].
Jean-Pierre Dupuy El pánico.
Editorial GEDISA. Barcelona 1999


[1] Dupuy – página 104
[2] Dupuy – página 112

martes, 30 de abril de 2013

La solución del 1%


Artículo de Paul Krugman publicado en El País el 28 de abril de 2013
Manifestaciones del movimiento Ocupa Wall Street en
mayo de 2012 en Santa Mónica. / LUCY NICHOLSON
Los debates económicos rara vez terminan con un KO técnico. Pero el gran debate político de los últimos años entre los keynesianos, que abogan por mantener y, de hecho, aumentar el gasto público durante una depresión, y los austerianos, que exigen recortes inmediatos del gasto, se acerca a ello, al menos en el mundo de las ideas. En estos momentos, la postura austeriana ha caído por su propio peso; no solo es que sus predicciones sobre el mundo real fuesen completamente erróneas, sino que la investigación académica que se invocaba para respaldar esa postura ha resultado estar plagada de equivocaciones, omisiones y estadísticas dudosas.
Aun así, sigue habiendo dos grandes preguntas. La primera: ¿cómo llegó la doctrina de la austeridad a ser tan influyente en un primer momento? Y la segunda: ¿cambiarán en algo las políticas ahora que las principales afirmaciones austerianas se han convertido en carnaza para los programas de humor de madrugada?
Sobre la primera pregunta: la preponderancia de los austerianos en los círculos influyentes debería inquietar a cualquiera a quien le guste creer que la política se basa en hechos reales o, incluso, que está muy influida por ellos. Después de todo, los dos principales estudios que ofrecen la supuesta justificación intelectual de la austeridad —el de Alberto Alesina y Silvia Ardagna sobre la “austeridad expansiva” y el de Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff sobre el peligroso “umbral” de la deuda, situado en el 90% del PIB— tuvieron que enfrentarse a críticas devastadoras nada más publicarse.
Y los estudios no resistieron un análisis pormenorizado. Hacia finales de 2010, el Fondo Monetario Internacional (FMI) refundió el estudio de Alesina y Ardagna con datos mejores e invalidó sus hallazgos, mientras que muchos economistas plantearon dudas fundamentales sobre el de Reinhart y Rogoff mucho antes de que conociésemos el famoso error de Excel. Por otra parte, los acontecimientos del mundo real —el estancamiento en Irlanda, que fue el primer modelo de austeridad, la caída de los tipos de interés en Estados Unidos, que se suponía que iba a enfrentarse a una crisis fiscal inminente— rápidamente convirtieron las predicciones austerianas en sandeces.

Sin embargo, la austeridad mantuvo e incluso reforzó su dominio sobre la opinión de la élite. ¿Por qué?
Parte de la respuesta seguramente resida en el deseo generalizado de ver la economía como una obra que ensalza la moral y las virtudes, de convertirla en un cuento sobre el exceso y sus consecuencias. Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, cuenta la historia, y ahora estamos pagando el precio inevitable. Los economistas pueden explicar hasta la saciedad que esto es un error, que la razón por la que tenemos un paro tan elevado no es que gastásemos demasiado en el pasado, sino que estamos gastando demasiado poco ahora y que este problema puede y debería resolverse. Da igual; muchas personas tienen el sentimiento visceral de que hemos pecado y debemos buscar la redención mediante el sufrimiento (y ni los argumentos económicos ni la observación de que la gente que ahora sufre no es en absoluto la misma que pecó durante los años de la burbuja sirven de mucho).
Pero no se trata solo del enfrentamiento entre la emoción y la lógica. No es posible entender la influencia de la doctrina de la austeridad sin hablar sobre las clases y la desigualdad.
A fin de cuentas, ¿qué es lo que quiere la gente de la política económica? Resulta que la respuesta depende de a quién preguntemos, una cuestión documentada en un reciente artículo de investigación de los politólogos Benjamin Page, Larry Bartels y Jason Seawright. El artículo compara las preferencias políticas de los estadounidenses corrientes con las de los muy ricos y los resultados son reveladores.
Así, al estadounidense medio le preocupan un poco los déficits presupuestarios, lo cual no es ninguna sorpresa dado el constante aluvión de historias de miedo sobre el déficit en los medios de comunicación, pero los ricos, en su inmensa mayoría, consideran que el déficit es el problema más importante al que nos enfrentamos. ¿Y cómo debería reducirse el déficit presupuestario? Los ricos están a favor de recortar el gasto federal en asistencia sanitaria y la Seguridad Social —es decir, en “derechos a prestaciones”—, mientras que los ciudadanos en general quieren realmente que aumente el gasto en esos programas.

Han captado la idea: el plan de austeridad se parece mucho a la simple expresión de las preferencias de la clase superior, oculta tras una fachada de rigor académico. Lo que quiere el 1% con los ingresos más altos se convierte en lo que las ciencias económicas dicen que debemos hacer.
¿Realmente redunda en interés de los ricos una depresión prolongada? Es dudoso, dado que una economía próspera suele ser buena para casi todo el mundo. Lo que sí es cierto, sin embargo, es que los años transcurridos desde que tomamos el camino de la austeridad han sido pésimos para los trabajadores, pero nada malos para los ricos, que se han beneficiado del aumento de los rentdimientos y de los precios de las acciones aun cuando el paro a largo plazo empeora. Puede que el 1% no desee realmente una economía débil, pero les está yendo lo bastante bien como para dejarse llevar por sus perjuicios.
Y esto hace que uno se pregunte hasta qué punto cambiará las cosas el hundimiento intelectual de la postura austeriana. En la medida en que tengamos una política del 1%, por el 1 % y para el 1 %, ¿no seguiremos viendo únicamente nuevas justificaciones para las viejas políticas de siempre?
Espero que no; me gustaría creer que las ideas y los hechos importan, al menos un poco. De lo contrario, ¿qué estoy haciendo con mi vida? Pero supongo que veremos qué grado de cinismo está justificado.
Paul Krugman es profesor de Economía de Princeton y premio Nobel de 2008
© New York Times Service 2013
Traducción de News Clips.

Artículo de Paul Krugman publicado en El País el 28 de abril de 2013

jueves, 25 de abril de 2013

Las consecuencias económicas del Excelgate



Artículo de José Ignacio Torreblanca publicado el 22 de abril de 2013

¿Pudo un error en una hoja de cálculo haber destruido casi por completo la economía de Occidente?, se pregunta Paul Krugman en su tribuna “La depresión de Excel”. “¿Cuántos puestos de trabajo se han perdido por culpa de Rogoff y Reinhart”? inquiere Dean Baker en The Guardian .
El escándalo en torno al fallido trabajo académico de Reinhart y Rogoff sobre la el crecimiento y el endeudamiento ha vuelto a poner encima de la mesa las delgadas líneas que en muchas ocasiones separan el análisis económico de la ideología política (el texto original de Herdnon, Ash y Pollin, está aquí:  Does High Public Debt Consistently Stifle Economic Growth? A Critique of Reinhart and Rogoff)
El caso, que bien podríamos denominar como el “Excelgate” ( Descargar HAP-RR-GITD-code) ha dejado por lo suelos la reputación de Reinhart y Rogoff, dos hasta la fecha respetadísimos académicos por, entre muchos trabajos considerados de primera fila, su imprescindible estudio “Esta vez es distinto: ocho siglos de necedad financiera” sobre crisis de deuda, burbujas financieras y bancarrotas a lo largo de la historia.
Lean la entrada de Luis Garicano “El error de Reinhart y Rogoff” en el blog Nada es Gratis y se quedaran  boquiabiertos: casos que faltan, errores de codificación y mediciones mal ponderadas. “¿Cómo es posible”, se pregunta  Garicano, “que dos economistas de tanto prestigio cometieran errores tan de principiante como excluir del análisis precisamente los datos que desmentían su análisis  sobre las consecuencias de un endeudamiento excesivo?”
Sin duda que, como académicos, Reinhart y Rogoff han fallado estrepitosamente (vean aquí su respuesta). Si la academia debe contribuir al debate público con datos contrastados y análisis informados, este desde luego no ha sido el caso. Al contrario, el trabajo de Reinhart y Rogoff, citado en repetidas ocasiones por el Ministro alemán de Hacienda, Wolfgang Schäuble, para justificar las decisiones políticas de la eurozona, ha servido para reforzar los prejuicios en lugar de para desmonatarlos.
Por fortuna, tal y como está estructurado hoy el conocimiento, su error ha podido ser detectado por otros economistas y puesto al descubierto (para una versión resumida, véase Robert Pollin y Michael Ash “Why Reinhart and Rogoff are wrong about austerity”, Financial Times 18 abril 2013).
Sin embargo, detrás de todo ello queda una enorme preocupación: coincidiendo con la reunión de primavera del FMI, la impresión dominante entre los expertos es la de perplejidad. Pocos lo confiesan en público, pero la mayoría de los expertos no terminan de entender qué es lo que le está pasando a las economías avanzadas, que no despegan a pesar de tener tipo de interés sumamente bajos. “Los banqueros centrales vuelan a ciegas” concluía de forma alarmante Financial Times el pasado día 18.
No es la primera vez en la historia que la ceguera y necedad de unos políticos aferrados a modelos erróneos desencadena un conflicto. En su famoso estudio “Las consecuencias económicas de la paz”, Keynes avisó del suicidio que suponía hacer pagar reparaciones de guerra a Alemania, “Si aspiramos deliberadamente al empobrecimiento de la Europa central, la venganza, no dudo en predecirlo, no tardará”.
No pretendo trazar una analogía bélica con el actual empobrecimiento del sur de Europa, sino simplemente mostrar mi preocupación porque la política de austeridad genere tal nivel de resentimiento que, sin llegar a la guerra, haga el proyecto europeo inviable.

Artículo de José Ignacio Torreblanca publicado el 22 de abril de 2013


miércoles, 13 de marzo de 2013

CONDUCTAS DE HOMO ECONOMICUS ¿AMENAZA PARA LA(S) DIVERSIDAD(ES)? Parte 3


Publicación de Víctor Riesgo Gómez. Estudiante de Grado en Sociología UNED

El presente trabajo debe ser encuadrado en el ámbito académico formativo. Está realizado por un estudiante de tercer curso de Sociología de la Universidad Nacional a Distancia. Su principal finalidad es la de profundizar en la reflexión de uno de los puntos propuestos por el profesor José Antonio Nieto en su obra seminal “Sociodiversidad y sexualidad”, publicado en la editorial “Talasa” y eje central sobre el que articula la asignatura Sociología de la Diversidad.

Del planteamiento realizado por el profesor Nieto, en la obra antes mencionada, en su reorientación conceptual respecto a la antigua sociología de la desviación que él reconvierte en sociodiversidad, se ha escogido desarrollar, en la medida de lo posible, la atención a las explicaciones potenciales de las conductas malsanas para amplias capas sociales consistentes en el afán del lucro desmedido.

El planteamiento que aquí se hace consiste en plantear la hipótesis de que estas conductas, lejos de ser conductas innatas y naturales en los seres humanos, se han convertido, a causa del diseño institucional y cultural resultado del productivismo de inspiración liberal, en las conductas favorecidas y premiadas.

Estas conductas han estado subdimensionadas en la tradicional sociología de la desviación. Con el nuevo enfoque que propone el profesor Nieto se exhorta a su atención. Las explicaciones para este exhorto parecen evidentes. Las consecuencias que se derivan de dichas conductas para sujetos sociales, que no son ni causantes ni beneficiarios de las mismas, se antojan trágicas. El “ajuste” al que son sometidos los sistemas públicos en los países del sur de Europa en el presente, “ajuste” que a su vez han sufrido en sus carnes integrantes de otros pueblos por el mundo en el pasado reciente, es la consecuencia inmediata y de mayor visibilidad. Resultado de este “ajuste” la equidad, la igualdad de oportunidades, o la simple posibilidad de supervivencia en condiciones mínimas de existencia, se ven seriamente amenazadas para numerosos integrantes del sistema social. Se antoja paradójico que los “paganos” rara vez son los “causantes”, con lo cual otra víctima que queda por el camino es el mismo sistema de legitimación de asignación de recursos y responsabilidades, siendo éste uno de los ejes medulares que sustentan cualquier sistema de organización social. El peligro añadido de este derrumbe se deriva de la posibilidad creciente de emergencia y centralidad de otro de los ejes que venga a ocupar el espacio del desaparecido, este es la violencia o la amenaza de ejercerla por parte de aquellos que ostentan la mayor parte del poder. Siendo el último recurso que se emplea desde instancias “superiores” para sujetar pueblos y sociedades donde el descontento y la indignación aumentan de manera proporcional a la percepción de impunidad y centralidad de las conductas sobre las que aquí se pretende poner el acento.

DEL KEINESIANISMO DE POSGUERRA AL RENACER DEL (NEO)LIBERALISMO

Para ilustrar este tránsito histórico voy a emplear como fuente principal al geógrafo y teórico social David Harvey y su obra “Breve Historia del Neoliberalismo”. (16)

El horror y el remordimiento colectivo de por lo ocurrido desde el año 29 en adelante, junto a la necesidad de unir esfuerzos en la reconstrucción, lleva a las sociedades occidentales a construir los estados de bienestar, si bien con diferencias entre sí. (17) Estos sistemas de reparto de recursos y de esfuerzos se construyen enterrando el hacha de guerra social. El conflicto de clase pasa a un segundo plano. Las fuerzas políticas dominantes en Europa Occidental oscilan entre democristianos y socialdemócratas. Los liberales puros apenas cuentan con poder.

En este escenario de cierto consenso un grupo de académicos de firmes convicciones liberales se agrupa en torno a Fiedrich Von Hayek y Ludwig Von Mises como figuras más destacadas. El grupo, reunido por primera vez en el balneario alpino de Mont Pelerin en el año de 1947, comienza su declaración afirmando que “Los valores centrales de la civilización están en peligro. (…) este peligro “se ha visto favorecido por una disminución en la creencia en la propiedad privada y el mercado competitivo” (18) El objetivo que se marcan es contribuir a la defensa y mejora de los ideales que ellos perciben amenazados.
En su origen este grupo de presión apenas tiene influencia sobre la sociedad de su tiempo, a pesar del prestigio de alguno de sus miembros. Harvey, entre otros, señala cómo las políticas planificadoras de la economía se habían impuesto en gran parte de occidente. Por regla general, se defendía un «compromiso de clase» entre el capital y la fuerza de trabajo como garante fundamental de la paz y de la tranquilidad en el ámbito doméstico. Los Estados intervinieron de manera activa en la política industrial y se implicaron en la fijación de fórmulas establecidas de salario social diseñando una variedad de sistemas de protección (asistencia sanitaria y educación, entre otros).(19)

A finales de los 60 y principios de los 70 las cosas comienzan a torcerse. Tiene lugar aquello que algunos teóricos denominan “crisis de acumulación de capital”. Las consecuencias para Harvey son que: El crecimiento tanto del desempleo como de la inflación se disparó por doquier anunciando la entrada en una fase de “estanflación” global que se prolongó durante la mayor parte de la década de 1970. (20) Las posibles soluciones que se vislumbran ante esta nueva situación vendrían en dos sentidos opuestos. Una opción apuesta por profundizar las políticas socialdemócratas, aun a costa de reducir retribuciones salariales y márgenes empresariales y financieros. De otro lado, las tesis más conservadoras, alimentadas  por los teóricos de Mont Pelerin, proponen un retorno a la lógica del mercado como único principio regulador.

Harvey basa su análisis en la tradicional perspectiva marxiana de la lucha de clases para explicar la causa de que se impusiesen unas tesis u otras. Tener una participación estable de una tarta creciente es una cosa. Pero cuando en la década de 1970 el crecimiento se hundió, los tipos de interés real fueron negativos y unos dividendos y beneficios miserables se convirtieron en la norma, las clases altas de todo el mundo se sintieron amenazadas. En Estados Unidos, el control de la riqueza (en oposición a la renta) por parte del 1 % más rico de la población, se había mantenido bastante estable a lo largo del siglo XX. Pero en la década de 1970, cayó de manera precipitada cuando el valor de los activos (acciones, propiedades, ahorros) se desplomó. Las clases altas tenían que realizar movimientos decisivos si querían resguardarse de la aniquilación política y económica. (21).

Se puede afirmar sin ambages que las tesis vencedoras fueron más cercanas al círculo de Mont Pelerin que las de las socialdemocrácias tradicionales o las más radicales del “eurocomunismo”. Algunos hechos significativo que así lo muestran son que el Nobel de economía de 1974 fue a manos de Hayek, ya en sus últimos días, o a las de otro de los miembros de Mont Pelerin, Friedman, en 1976. Los ascensos de Thatcher en Gran Bretaña o de Reagan en USA apuntan también en este sentido. Un punto culminante en este camino es el giro a la política monetaria de la reserva federal de manos de Volcker. El incremento de los tipos de interés de manera paulatina y sostenida supuso de facto el empobrecimiento de amplias capas sociales y de multitud de estados. El mecanismo de la deuda, como ha documentado David Graeber (22), constituía de nuevo un giro más de tuerca hacia la extensión de la dominación.

A partir de este momento, finales de los 70 y principios de los 80, la ampliación y profundización de las políticas de inspiración neoliberal parecen fuera de toda discusión. Para Harvey se inicia un proceso denominado “acumulación por desposesión” que representa el deseo de reconstituir el poder de clase dirigente. Las clases altas y las clases corporativas, (23) independizan sus intereses de los del resto de clases sociales. Si observamos otras crisis profundas en el pasado podemos comprobar que Las clases superiores, insistiendo en la naturaleza sacrosanta de sus derechos de propiedad, prefirieron entonces destruir el sistema antes que entregar parte alguna de sus privilegios o de su poder. (24)

El poder del mercado y de las finanzas se extienden sobre el resto de sectores sociales. La luz trazadora de la realidad económica no se encuentra en la producción industrial o de servicios. Las finanzas se elevan sobre sí mismas y construyen universos autorreferentes casi estancos. Los escándalos de Enron o de Arthur-Anderssen fueron apenas un anticipo de lo que se nos venía encima. La actividad financiera ya no se corresponde ni tiene correlato en la realidad material. Los entornos institucionales y políticos no son ajenos a esta transformación, la “puerta giratoria” funciona con elevada fluidez. Los bancos son rescatados por todo el planeta de sus operaciones fraudulentas o altamente especulativas. A cambio, el precio a pagar por sectores sociales crecientes, es la pérdida de derechos fundamentales. La deuda pública no para de crecer a tasas crecientes de interés mientras el sector financiero obtiene financiación de los Bancos Centrales a tasas negativas. Todo es susceptible de ser sometido a reglas de productividad y competitividad, aunque quienes elaboren los informes en que se informan dichos criterios sean seleccionados por los mismos que  se lucrarán con su privatización. 

Publicación de Víctor Riesgo Gómez. Estudiante de Grado en Sociología UNED

domingo, 6 de enero de 2013

Así cambió la economía el mundo

Artículo de Joaquín Estefanía publicado en El País el 4 de enero de 2013

John Maynard Keynes, uno de los grandes
protagonistas del libro "La gran búsqueda",
en 1940 / TIM GIDAL (GEITY)

Durante las décadas de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado se desarrolló una gran polémica, hoy totalmente olvidada, entre economistas de uno y otro lado del océano. Se la denominó la controversia entre los dos Cambridges, pues enfrentó a científicos sociales del Cambridge británico con los del Cambridge de Massachusetts (EE UU). Unos y otros (gente tan importante como Joan Robinson, Paul Samuelson, Robert Solow, Franco Modigliani, Michal Kalecki, Nicholas Kaldor,…) eran keynesianos en una u otra medida pero pasaron años enfrascados en una teoría sobre el capital.

La historia del pensamiento económico es la historia de sus controversias. A través de ellas se ha avanzado en los dos últimos siglos y medio, desde que se considera la Economía como una ciencia social. Un periodo en el que la teoría ha pasado de ocuparse básicamente de lo que no podía hacerse a lo que debe hacerse para mejorar, para llegar a la buena vida de los ciudadanos. La gran búsqueda, de la escritora y periodista estadounidense de origen alemán Sylvia Nasar (editorial Debate) es un fantástico relato de cómo la Economía ha cambiado el modo de vida de los habitantes del planeta, a través de las ideas. Marshall o Keynes, dos de las cimas de ese pensamiento durante el siglo XX, destacaron el papel de la Economía moderna como organón, lo que significa herramienta; más que un conjunto de verdades es un motor de análisis diseñado para alcanzar la verdad, un instrumento que nunca será perfecto sino que requiere continuas mejoras, adaptaciones e innovaciones para ejercer su función.

Keynes, que fue discípulo de Marshall, entendía la economía como “un aparato de la mente” cuyo cometido, como cualquier otra ciencia social, es analizar el mundo y aprovechar al máximo sus posibilidades; un instrumento del conocimiento que permite resolver lo que el genial economista de Cambridge denominó “el problema político de la humanidad”, la combinación de tres principios: la eficiencia económica, la justicia social y la libertad individual.

La escritora y periodista estadounidense
Sylvia Nasar es la autora
de "La gran búsqueda".
Liberales frente a intervencionistas, hayekianos frente a keynesianos, malthusianos frente a quienes no lo eran, marxistas contra liberales e intervencionistas, keynesianosbastardos (de derechas) frente a keynesianos de izquierdas, postkeynesianos frente a partidarios de una síntesis neoclásica y keynesiana, friedmanitas, neoconservadores, partidarios de la regulación, fabianos, socialistas, schumpeterianos… de todos estos debates se salió avanzando. Hay multitud de ejemplos en La gran búsqueda. Por ejemplo, en los años treinta, marcados por la Gran Depresión, a falta de una teoría satisfactoria sobre la crisis, los economistas ingleses se dividieron en dos bandos y preanunciaron la madre de todas las batallas: un grupo partidario de la intervención, liderado por Keynes, y por el llamado Cambridge Circus, en el que estaban algunos de sus discípulos más dilectos que coquetearon con el marxismo como doctrina y con el comunismo como sistema político: Piero Sraffa, Joan Robinson, Richard Kahn (que ha vuelto a la actualidad por una polémica muy actual, que ha emergido del Fondo Monetario Internacional: el papel del multiplicador keynesiano). Es muy curioso cómo Keynes, que era un liberal a la antigua usanza, más cercano a la aristocracia que a la burguesía, que despreciaba al Partido Laborista y ponía a la URSS en el mismo saco que a la Alemania fascista y que odiaba a Stalin, fue tan condescendiente con el izquierdismo marxista de algunos de sus colaboradores. Tendía a ver el fanatismo de los jóvenes economistas simpatizantes con la URSS como una excentricidad inofensiva en fase pasajera. No pensaba que la ideología debiera ser un obstáculo para la amistad o la investigación y, en todo caso, admiraba el idealismo y el valor de estas personas. En 1939 escribió: “En la política de hoy no hay nadie que valga la pena fuera de las filas de los liberales, salvo la generación de comunistas intelectuales de menos de 35 años”. Aunque estuvieran engañados, eran “un material magnífico”, demasiado bueno para no ser aprovechado.

El otro grupo de economistas ingleses, el de los liberales partidarios de la no intervención en la economía (las recesiones se curan solas), estaban relacionados con la London School of Economics, encabezados por Lionel Robbins, molestos por la hegemonía de Cambridge en el pensamiento económico. Robbins, que fichó a Von Hayek para sus filas, quería convertir la London School (fundada y subvencionada por los fabianos, una especie de socialistas utópicos) en “la contrapartida liberal del colectivismo de Cambridge”. La presencia de economistas en uno u otro grupo fue bastante móvil, dependiendo de las circunstancias, aunque los dos jefes de filas fueron Keynes y Hayek.

El primero, alrededor de cuya obra gira casi siempre la toma de posición de los demás, es el astro transversal de La gran búsqueda. Cuando muere su maestro, Alfred Marshall, escribe una necrológica de lo que Keynes considera un buen economista, que sigue vigente hoy. “El gran economista”, escribe Keynes, “debe poseer una rara combinación de dotes (…) Debe ser matemático, historiador, estadista y filósofo (en cierto grado). Debe comprender los símbolos y hablar con palabras corrientes. Debe contemplar lo particular en términos de lo general y tocar lo abstracto y lo concreto con el mismo vuelo de pensamiento. Debe estudiar el presente a la luz del pasado y con vistas al futuro. Ninguna parte de la naturaleza del hombre debe quedar por completo fuera de su consideración. Debe ser simultáneamente desinteresado y utilitario: tan fuera de la realidad y tan incorruptible como un artista, y sin embargo, en algunas ocasiones, tan cerca de la tierra como el político”.

Artículo de Joaquín Estefanía publicado en El País el 4 de enero de 2013


domingo, 3 de junio de 2012

Historia de las Ideas Políticas Resúmenes Parte 51


En la asignatura de Historia de las Ideas Políticas del primer cuatrimestre del Grado en Sociología de la UNED, algun@s compañer@s realizamos un trabajo coral; resúmenes del libro Ideas y Formas Políticas: Del triunfo del Absolutismo a la Posmodernidad, bibliografía básica de esta asignatura. Quiero agradecer el esfuerzo, compromiso y dedicación desplegado por tod@s.  Derechos reservados, sus autores.

José Rodrigo Crespo - Tema 1 El triunfo del absolutismo // Elisa Ruiz Rodríguez - Tema 2 De la Ilustración al Estado Liberal // Alejandro Gessé Ponce - Tema 3 Los fundamentos de la democracia: de Rosseau a la Revolución Francesa // María Hernando García - Tema 4 El idealismo // Tomás Javier Prieto González - Tema 5 Tradicionalismo y Conservadurismo // Mónica Platero - Tema 6 El pensamiento político norteamericano: de los Founding Fathers a la consolidación de la nación americana // Juan José Amate Ruiz - Tema 7 El liberalismo posrevolucionario // Víctor Riesgo Gómez - Tema 8 Utilitarismo y liberalismo en Inglaterra // Pedro Medina Charavía - Tema 9 Del socialismo utópico al anarquismo // Carla Torres Segura - Tema 10 El anarquismo // Antonio Jesús Acevedo Blanco - Tema 11 Karl Marx y el Marxismo // José Bargallo Roges - Tema 12 El nacionalismo en el siglo XXI // Julio Monteagudo Diz – Tema 13 Totalitarismo (I): Fascismo y Nacional-Socialismo // Inocencia González Fernández Tema 14 Totalitarismo (II): El Comunismo Marxista-Leninista // Eva Del Riego Eguiluz – Tema 15 Los Liberalismo de posguerra // Carolina Judith Rabazo Pérez - Tema 16 Políticas del posmodernismo



INTRODUCCIÓN

Tras la Primera Guerra Mundial se produce el auge del corporativismo y el  ascenso del bolchevismo y de los regímenes fascista y nacional-socialista, y se produjo el auténtico derrumbe del orden liberal. En las sociedades de tradición liberal, como Inglaterra y Estados Unidos, tuvo lugar el ascenso del intervencionismo estatal y la construcción del Estado del bienestar (Welfare State). En la Inglaterra de entreguerras, John Maynard Keynes, lord Beveridge y otros liberales revisionistas intentaron llegar a un punto de encuentro entre el viejo orden liberal-capitalista y los nuevos ideales socialistas. 

Isaiah Berlin
Durante la Segunda Guerra Mundial, allí donde la opinión política no era franca y explícitamente socialista, reinaba el consenso general de que el futuro se encontraba en el Estado interventor y una economía, no de mercado libre, sino mixta y dirigida por el Estado. Keynes defiende la capacidad del Estado para controlar la demanda en la economía de mercado a través de una intervención adecuada, aumentando el gesto público durante las recesiones, sobre todo para mantener el pleno empleo.

Y también durante la Segunda Guerra Mundial y los años inmediatamente posteriores se produjeron importantes contribuciones a la renovación del liberalismo clásico, tanto a nivel político y filosófico como a nivel económico. En la década de los años cincuenta del siglo XX, el historiador israelí Jacob Talmon esgrimió, desde supuestos liberales, una crítica a la democracia, en su célebre obra Los orígenes de la democracia totalitaria (1952). El historiador israelí veía en la Ilustración el origen de las corrientes democráticas: el liberalismo empirista y pluralista; y el totalitarismo holístico y mesiánico. En cuanto movimiento universalista y racionalista, el comunismo era considerado como un totalitarismo de izquierdas, al cual se opone un totalitarismo de derechas, representado por el fascismo y el nacional-socialismo. Talmon señala una doble genealogía: por un lado, la mitología racial era el origen del nacional-socialismo; por otro, la democracia  rousseauniana era el origen del comunismo.

El historiador y filósofo Isaiah Berlin, con su libro Dos conceptos de libertad (1958), ofreció una reafirmación del concepto liberal clásico de libertad, enfatizando la importancia de las denominadas libertades negativas, es decir, las que consisten en la ausencia de restricción y coerción. Según Berlin, el valor de la elección, y por lo tanto de la libertad humana, deriva precisamente del pluralismo de valores.

FRIEDRICH VON HAYEK: EL LIBERALISMO CONSERVADOR

Hayek
Friedrich August von Hayek nació en Viena el 8 de mayo de 1899. Su padre pertenecía a la baja nobleza austriaca. Entre sus primos se encontraba el filósofo Ludwig Wittgenstein. En la Universidad de Viena, tuvo como profesor, entre otros, a Hans Kelsen; y consiguió el título de doctor en Derecho. Igualmente, estudió ciencias políticas. En un primer momento, sus ideas políticas eran de corte fabiano.

Sus intereses se fueron centrando en cuestiones económicas. Fue decisivo su encuentro con Ludwig von Mises, uno de los representantes de la Escuela Austriaca de Economía. Esta escuela se había iniciado con la publicación de los Principios de Economía Política de Carl Menger, en 1870. Junto con las obras de León Walras y Stanley Jevons, éste provocó la llamada revolución marginalista y subjetivista en la teoría económica. Sus conceptos fundamentales son el subjetivismo, el individualismo, el proceso de mercado y la capacidad empresarial.

Según Hayek y Mises los gobiernos carecen del conocimiento suficiente como para reproducir el equilibrio perfecto de la teoría pura y que la marginación del empresario, y en consecuencia de los beneficios, significa que los administradores no tiene incentivos para realizar una eficiente asignación de recursos.

En 1931 fue invitado por Lionel Robbins a Londres y se estableció en Inglaterra, adquiriendo en 1938 la nacionalidad británica. Y, desde entonces, siempre se consideró “culturalmente británico”. En ese nuevo contexto, Hayek destacó por su enfrentamiento personal con Keynes, lo que le condujo, al ostracismo intelectual durante gran parte de su vida.

En 1944, Hayek publicó Road to Serfdon (Camino de servidumbre), donde defendió que en la planificación económica socialista se encontraba la causa última de las diversas formas de totalitarismo del siglo XX, unidas por una misma hostilidad hacia el mercado y por una misma voluntad de control estatal de la economía. Según Hayek, el totalitarismo era la antítesis de una sociedad libre, es decir, fundada en las libertades negativas y en las fuerzas impersonales del mercado. El socialismo era portador de un amenaza mortal no tanto para la democracia, sino sobre todo para las libertades negativas. Camino de servidumbre teorizaba una concepción neoliberal -el mercado como fundamento armonioso y autosuficiente del orden social, la defensa de la propiedad, Gobierno de la Ley, etc.-. Sin embargo, no se oponía a una cierta intervención del Estado, defendiendo “la certidumbre de un mínimo dado de sostén para todos”, es decir, un mínimo de alimentos, techo, vestidos suficientes para preservar la salud y la capacidad de trabajar, así como un seguro asistido por el Estado contra la enfermedad, los accidentes y los desastres naturales.

En 1947, Hayek y otros treinta y ocho intelectuales decidieron fundar la Sociedad Mont Pèlerin, cuyo objetivo era crear una asociación internacional de pensadores comprometidos en la defensa de los valores del liberalismo clásico. Entre sus miembros, se encontraron Milton Friedman, Bertrand de Jouvenel, Lionel Robbins, Karl Raimund Popper, Michael Polanyi y Ludwig con Mises.

En 1949, Hayek se traslada a los Estados Unidos, donde tuvo oportunidad de relacionarse con Milton Friedman, Frank Knight, Goerge J. Stigler y Gary Becker, unidos todos por su antikeynesianismo. Tres años después se marchó a la Universidad de Friburgo, donde tomó contacto con los representantes de la escuela ordoliberal alemana: Alexander Rüstow, Wilhelm Röpke y Walter Eucken. Su tarea consistió en asesorar a los gobernantes alemanes en su afán de reemplazar la economía planificada del período de la guerra por otra basada en el libre mercado. Entre 1969 y 1977, residió en Salzburgo.

Desde entonces, su labor se centró en la crítica del socialismo y la defensa del liberalismo clásico. Tal es el proyecto que subyace en sus obras más célebres: Los fundamentos de la libertad, Derecho, legislación y libertad, La fatal arrogancia, La contrarrevolución en la ciencia, etc. Su punto de partida es la crítica epistemológica al cientificismo y constructivismo, cuyos antecedentes ideológicos y filosóficos se encuentran en Descartes, Bacon, Rouseau, Sant-Simon, Comte y Hegel. El cientificismo consiste en la falsa aplicación de los métodos de las ciencias naturales a las ciencias morales y sociales. El racionalismo constructivista es toda forma de pensamiento que considere que la razón puede llevar a edificar una sociedad nueva y mejor, creando de la nada sus instituciones. Los constructivistas consideran que las instituciones ya existentes son productos de la creación deliberada de alguien, por lo menos en todos los aspectos que racionalmente se consideran positivos. El enfoque científico y constructivista es inherentemente colectivista.

Kant
Frente al cientificismo y al constructivismo Hayek cree que la base epistemológica de la sociedad liberal es el racionalismo evolutivo, cuya tesis central es que el orden social es espontáneo. Cada situación analizada es resultado de una infinidad de sucesos interrelacionados que no permiten su selección y aislamiento del resto. Siguiendo a Hume y a Kant, Hayek estima que la mente humana no es una instancia independiente del mundo exterior; es un elenco de normas cuyo origen se encuentra en ese mundo exterior. Hayek mantiene que nuestra civilización debe basarse en la posibilidad de que el hombre puede otorgar fiabilidad a muchas realidades que no pueden ser conocidas plenamente en el sentido cartesiano. Y este es precisamente el papel desempeñado por la tradición y por las instituciones de la sociedad. Hayek entiende por tradición el conjunto de los hábitos, de normas y de instituciones que conforman la sociedad. La tradición es la depositaria de las mejores prácticas. A pesar de su agnosticismo, Hayek alaba las instituciones religiosas como principales guardianes de la tradición.

Hayek elabora una concepción del devenir histórico como algo totalmente abierto. Los únicos instrumentos de los que dispone  el científico social son las teorías que permiten elaborar leyes económicas y la información contenida en las instituciones sociales.

Respecto a la aparición del mercado, Hayek descarta la posibilidad de que el mercado haya sido creado de  manera consciente y deliberada. El mercado se crea inadvertidamente, una vez que los hombres se dan cuenta de que es más útil llegar a un acuerdo con gentes que producen otros bienes que emplear la violencia para hacerse con esos mismos bienes. Otro tanto puede decirse de la propiedad privada: no ha sido “inventada” por nadie. Surge porque se abandonaron otras prácticas que ya no satisfacían las necesidades del grupo.

Hayek estima que va produciéndose una eliminación selectiva de las conductas menos convenientes, a la vez que la civilización progresa gracias a la incorporación de los instrumentos y las instituciones que hayan probado su superioridad. En síntesis, se trata de demostrar que las normas que se difundan serán las que rigen las prácticas y costumbres de los grupos de mayor éxito. Lo decisivo es que se mantenga incólume la confianza en una forma de comportamiento que en el pasado ha demostrado su utilidad. El resultado es un progreso autogenerado. De ahí que en muchas ocasiones Hayek haga referencia a un orden espontáneo para aludir al tipo de proceso descrito.

Como corolario de esta teoría, Hayek rechaza todos los proyectos de reforma económico-política auspiciados por la socialdemocracia, el liberalismo utilitarista o el positivismo jurídico. Todos ellos son, para Hayek, variantes del constructivismo político. De la misma forma, rechaza los fundamentos del decisionismo político de Carl Schmitt y del positivismo jurídico de Hans Kelsen.

Hayek realiza una defensa del gobierno estrictamente limitado, el mercado libre, el impersonal gobierno de la ley, al igual que del desarrollo social por mediante del crecimiento espontáneo y no mediante la planificación consciente y la coerción.

Hayek parte de una defensa de la libertad negativa, que define como ausencia de coacción. Una sociedad libre es la que permite al individuo realizar sus proyectos dentro de sus posibilidades, sin que ninguna autoridad pública -elegida o no- ni ninguna persona privada se arroguen la facultad de impedir a nadie el camino a seguir. La libertad se caracteriza por el respeto a ese margen de decisión personal. La libertad económica consiste en que el marco legal vigente no ponga trabas ni a la acumulación de bienes, ni al libre acceso de los mismos por parte de cada ciudadano. Como resultado final tenemos un modelo de sociedad basado en la primacía del mercado, en la retirada del  Estado y en la responsabilidad individual.

La igualdad en el pensamiento de Hayek es sinónimo de igualdad ante la ley; sólo esta es compatible con la garantía de la libertad negativa. La desigualdad social es entendida por Hayek como un rasgo natural y un elemento beneficioso para fomentar el progreso social, porque auspicia las ansias de emulación. Una sociedad igualitaria es una sociedad irremesiblemente condenada la estancamiento y, con el tiempo,al declive económico y cultural.

Hayek no admite el principio de justicia distributiva porque lo juzga incompatible con el Estado de Derecho, dado que supone la vulneración de la libertad negativa. A su juicio, la justicia distributiva es “el caballo de Troya del totalitarismo”. En opinión de Hayek, sólo el comportamiento de los individuos puede ser enjuiciado éticamente. La justicia social exige planificación económica y atribución al poder político de la facultad de asignar funciones, remuneraciones y recompensas a cualquier ciudadano.

Hayek. Premio Nobel de Economía 1974
Para Hayek, la libertad positiva, es decir, la participación política, ocupa un lugar secundario. Liberalismo y democracia no eran sinónimos. La democracia se ocupa del problema de quien debe dirigir el gobierno. El liberalismo requiere que todo poder y, en consecuencia, también el de la mayoría, sea limitado. Lo contrario de la democracia era el gobierno autoritario; mientras que lo contrario del liberalismo era el totalitarismo. Ninguno de los dos sistemas excluía al otro. Una democracia podía empuñar poderes totalitarios; y era concebible que un gobierno autoritario pudiera actuar sobre principios liberales. El liberalismo era, así, incompatible con todas las otras formas de gobierno ilimitado. La opinión de la mayoría sería menos sabia que las decisiones individuales. Para Hayek, en definitiva,  la democracia era esencialmente un medio, un expediente utilitario para salvaguardar la paz interna y la libertad individual. Hayek denuncia que los poderes elegidos democráticamente han sido empleados para recortar sistemáticamente las libertades negativas, mediante la planificación económica, la presión fiscal, políticas de nacionalización, control de precios o de salarios. Y en otras ocasiones, poderes elegidos democráticamente han optado por restringir otras libertades esenciales, como las de pensamiento o la religiosa.

El imperio de la ley exige que los poderes coactivos del Estado no puedan emplearse sino en conformidad con las normas generales; exige que la ley no haga excepción de personas; exige la independencia de los jueces y que éstos no estén sometidos a ambiciones políticas; y exige, por fin, que se proteja el ámbito reservado para la acción y para la propiedad.

Para restaurar la impersonalidad y la universalidad de las leyes, Hayek propone diferenciar el Estado y el gobierno, estableciendo un sistema bicameral. La cámara legislativa estaría compuesta de sabios de más de cuarenta y cinco años, elegidos por representación proporcional. La cámara gubernativa será elegida por escrutinio mayoritario y tendrá por objeto el control del gobierno. Existirá también un Tribunal Constitucional, compuesto por jueces profesionales y antoguos miembros de las dos asambleas. Su función sería dirimir los confictos de competencias entre ambas cámaras.

Hayek no discute la existencia del Estado; pero sus funciones son muy diferentes a las del Estado socialista y a las del Estado benefactor. Corresponde al Estado la defensa y protección de los derechos derivados de la evolución espontánea. En el ámbito económico, debería intervenir para reforzar el propio mercado, ya sea por vía legislativa o a través de políticas públicas. Igualmente, Hayek se muestra partidario de que el Estado asuma aquellas tareas que sean de utilidad pública cuando no puedan llevarse a cabo mediante la iniciativa privada. red de carreteras, ferrocarriles, puertos y aeropuertos. Admite igualmente la existencia de un sistema público de sanidad y de seguridad social.

Hayek recibió, en 1974, el Premio Nobel de Economía. Sus ideas políticas y económicas disfrutaron a partir de esa fecha de gran influencia, sobre todo en los gobiernos presididos por Margaret Thatcher en Inglaterra, y de Ronald Reagan en Estados Unidos. En 1991 recibió la Medal of Freedom, a instancias del entonces presidente norteamericano George Bush. Hayek falleción en Fiburgo en 1992.

lunes, 21 de mayo de 2012

El declive del ciclo socialdemócrata



Enrique Gil Calvo / 21 de mayo 2012
Enrique Gil Calvo
¿Asistimos al final del ciclo histórico de hegemonía progresista? Para entender la decadencia de la socialdemocracia puede ser útil atender los planteamientos sociológicos de Colin Crouch (La postdemocracia, Taurus, 2004) o Emmanuel Todd (Después de la democracia, Akal, 2010), que analizan su declive en clave infraestructural. Según esta perspectiva, por socialdemocracia puede entenderse la coalición histórica que se construyó entre el movimiento obrero organizado y las nuevas clases medias de funcionarios, empleados de servicios y profesionales por cuenta ajena (no confundir con las viejas clases medias de agricultores, comerciantes, artesanos y profesionales autónomos). Los intereses de ambos bloques no tenían por qué coincidir, al estar separados por la barrera de su desigual dotación en capital humano: en el movimiento obrero predominaban los estudios primarios y la formación profesional mientras que las nuevas clases medias poseían titulaciones secundarias y superiores, actuando en origen el bachillerato como barrera de clase. De ahí el tradicional desencuentro entre trabajadores de cuello blanco y de cuello azul, que históricamente se reflejó en la desconfianza entre el reformismo socialista de extracción burguesa y el revolucionarismo obrero de anarquistas o comunistas. Pero esa distancia de clase pudo ser salvada mediante el acuerdo socialdemócrata que estableció un pacto de mutua colaboración entre ambos bloques para unir sus fuerzas conquistando el poder por medios pacíficos y electorales.
Un acuerdo mediante el que la parte obrera (blue collars) aceptaba supeditarse al liderazgo burgués (white collars) a cambio de que el gobierno común garantizase a todas las clases populares su acceso a los canales de movilidad social ascendente e igualdad de oportunidades. Este programa común que selló la coalición entre la clase obrera industrial y las clases medias urbanas es el que pudo desarrollarse en toda Europa tras la segunda guerra mundial, dando lugar a los célebres treinta años gloriosos (1945-1975) que crearon la sociedad de la afluencia presidida por el Estado de bienestar. Y lo menos que puede decirse es que semejante programa común se vio coronado por el éxito más completo. Pues en efecto, la coalición socialdemócrata conquistó el poder y se mantuvo en él por varias legislaturas mientras a la vez se desarrollaban los mecanismos meritocráticos que extendieron a todas las clases sociales la escolarización tanto secundaria como universitaria, además del resto de derechos sociales (salud, pensiones y servicios universales).
Ahora bien, si consideramos el inicio de la década de los 70 como el apogeo del ciclo socialdemócrata es porque a partir de esa fecha comenzó su progresivo declive, asociado al impacto de la crisis económica internacional tras el choque petrolífero de 1974. Una crisis que también modificó el sistema capitalista, pasando del modelo keynesiano afín al estatalismo socialdemócrata al modelo monetarista afín al planteamiento liberal-conservador partidario del libre mercado. No obstante, tras ciertos retrocesos iniciales, la socialdemocracia se pudo recomponer mediante la denominada Tercera Vía de adaptación al mercado que teorizó el sociólogo Anthony Giddens, logrando resistir en el poder hasta bien entrado el siglo XXI. Pero finalmente, el estallido de las sucesivas burbujas crediticias (punto.com en 2001, hipotecassubprime en 2007, eurodeuda en 2010) ha terminado por alejar cada vez más a la socialdemocracia del poder, aunque ocasionalmente todavía gane ciertas elecciones. En suma, todo indica que el declive de la socialdemocracia ya se ha consumado. ¿Cómo se puede explicar su decadencia aparentemente irreversible? Exploremos algunas razones.
La primera explicación es infraestructural y se debe al debilitamiento ineluctable de uno de los dos bloques fundadores de la coalición socialdemócrata: la clase obrera. Como consecuencia del advenimiento de la sociedad postindustrial teorizado por el sociólogo Daniel Bell, se ha producido una creciente desestructuración del sistema de clases que ha fragmentado y descompuesto a todas ellas. Pero sobre todo, la que ha sufrido ese proceso de desarticulación en mayor medida ha sido la vieja clase obrera de trabajadores industriales o blue collars, que ha visto reducirse sus efectivos en términos absolutos y relativos, obligando a sus hijos a desertar de ella mientras asistía a la llegada de nuevos contingentes inmigrantes de trabajadores manuales sin cualificar destinados a la agricultura, la construcción y los servicios personales. Por tanto, las clases medias cualificadas ya no tienen nada que ganar manteniendo su coalición con las clases industriales en retroceso, y de ahí que tiendan a romperla cayendo en una creciente volatilidad electoral. Sobre todo si tenemos en cuenta que también ellas han perdido gran parte de su poder e influencia, aunque no en términos cuantitativos pues siguen siendo las más numerosas, pero sí cualitativos como vamos a ver.
Y es que la otra explicación del declive de la izquierda resulta paradójica, pues podría decirse que la socialdemocracia ha muerto (o al menos se extingue) como consecuencia imprevista de su propio éxito. En efecto, el desarrollo del Estado de bienestar, con su provisión universal de derechos sociales, ha generado dos efectos no queridos que han resultado contraproducentes para la coalición socialdemócrata. El primero es que, al ofrecer servicios públicos de protección social provistos por redes formales administrativas, ha suplido primero y ha terminado por sustituir después a las redes sociales informales de confianza, solidaridad y compromiso colectivo (grupos de ayuda mutua, movimiento asociativo, etcétera) que antes articulaban el tejido social dotándolo de espesor y densidad cívica. En consecuencia, tanto las clases trabajadoras como las clases medias urbanas han ido viendo cómo se devaluaba y amortizaba su anterior capital social, pasando a disgregarse y atomizarse hasta caer en el aislamiento de la individualización y el familismo amoral. Algo que no puede ser compensado por las redes virtuales tipo Facebook que comercializa elmarketing de la industria digital.
Y la segunda consecuencia no querida del éxito socialdemócrata es la devaluación del sistema educativo a causa de su democratización universal, que ha terminado por amortizar su potencial meritocrático. Cuando sólo la clase media cursaba estudios superiores, sus títulos eran muy apreciados porque dotaban de un fuerte impulso selectivo hacia la movilidad ascendente. En cambio, cuando la universidad se masifica y amplía a todas las clases sociales, sus títulos dejan de ser selectivos y por tanto se devalúan al dejar de proporcionar movilidad ascendente: es el fenómeno del mileurismo (o depreciación de los profesionales urbanos) que surge cuando la inversión académica en titulación superior ya no puede rentabilizarse tanto en el mercado de trabajo. Y este efecto contraproducente, que está devaluando la meritocracia y amortizando el capital humano, es el que más ha hecho por romper la anterior coalición socialdemócrata entre trabajadores de cuello azul y profesionales de cuello blanco, al perder aquellos su capital social y estos su capital humano. En suma, como señala Todd, la socialdemocracia ha entrado en decadencia porque las clases medias tituladas, por temor a su desclasamiento, han dejado de solidarizarse con los trabajadores sin titular: de ahí su rebelión fiscal, su cinismo político y su transfuguismo electoral.
¿Es irreversible el declinar del ciclo socialdemócrata? ¿O cabe esperar que se reactive por efecto de una nueva oscilación pendular? Si el anterior análisis es acertado, la recuperación de la socialdemocracia exigiría tres requisitos difíciles de reunir. Ante todo se debería recuperar la revalorización del trabajo como fuente de realización personal, tras caer en el desprecio a causa del consumo mimético. Después habría que regenerar el capital social de la izquierda, reconstruyendo sus redes informales de confianza y reciprocidad, lo que exige superar el sectarismo amoral y la xenofobia etnocéntrica. Y además se precisa un nuevo tipo de liderazgo tipo 15M, capaz de tender puentes interculturales creando nuevas coaliciones mayoritarias. Factores que podrían entrar en reacción sinérgica si la crisis actuase como agente catalizador. Pero ello no resultará posible sin una estrategia que anude compromisos con posibles aliados, un proyecto que visualice metas comunes a alcanzar y un relato que lo haga creíble despertando emociones entusiastas. Es el puerto prometido que aguarda más allá del sombrío horizonte actual.
Artículo publicado en El Pais. Opinión el 21 de mayo de 2012.
Enrique Gil Calvo es catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid.