Mostrando entradas con la etiqueta Enrique Gil Calvo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Enrique Gil Calvo. Mostrar todas las entradas

sábado, 11 de agosto de 2012

‘Performances’


‘Performances’

Somos una de las democracias europeas con niveles más bajos de movilización convencional



En el campo de la sociología política, hay consenso en torno a la idea de que el modelo español de participación cívica es de tipo bipolar. Somos una de las democracias europeas con niveles más bajos de movilización convencional (medida por los índices de asociación, afiliación, pago de cuotas, aportación de trabajo voluntario, asistencia regular a reuniones, etcétera) mientras que en cambio exhibimos los índices más elevados de movilización no convencional: manifestaciones callejeras, protestas populares, boicot al consumo…
Se trata, pues, de un modelo inconstante de movilización volcánica, espasmódica o eruptiva, que habitualmente está desactivada actuando al ralentí con perfil muy bajo, pero que en ciertas ocasiones excepcionales se reactiva por momentos con extraordinaria intensidad. Así ocurrió con la movilización del Nunca Mais contra el chapapote del Prestige en 2002, con la gran manifestación del 15 de febrero de 2003 contra la inminente invasión de Irak, con los motines del 13M de 2004 ante las sedes del PP tras la matanza de Atocha…, o el año pasado, con las grandes movilizaciones de los indignados del 15-M.
Y el común denominador de todos estos hitos del repertorio no convencional de conflictividad política es que:
1) Se trata de movilizaciones reactivas, convocadas en activa protesta contra hechos previos manifiestamente injustos e indignantes.
2) Son organizadas con gran inventiva y efectismo buscando el factor sorpresa para recabar la atención y la simpatía del público expectante.
3) Se representan ocupando el espacio público para ejecutar sobre él grandes performances escénicas de segura e inmediata repercusión mediática.
Y esta característica peculiar de nuestra cultura política, que se manifiesta con gran continuidad histórica tanto en la derecha como en la izquierda del arco ideológico (desde las procesiones episcopales hasta las algaradas iconoclastas), se ha visto extraordinariamente potenciada por la revolución mediática de las nuevas tecnologías. En efecto, en la era de las redes sociales, el imperativo categórico para acceder a la categoría del trending topic es impactar al navegante internauta con dosis insólitas de efectismo escandaloso y sensacionalista, so pena de caer en el olvido, la indiferencia o la redundancia.
Por eso, hoy en día, para tener éxito convocando protestas y manifestaciones hay que hacerlo con mentalidad de hacker creativo e innovador, escenificando para ello el más sorprendente repertorio de performances no convencionales que se puedan escenificar ante las cámaras. Esta es la mejor y aún la única forma de sacudir a la vez tanto la pereza intelectual de los medios informativos como la propensión al escepticismo del escarmentado público español.
Enrique Gil Calvo es catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid.
Artículo publicado por Enrique Gil Calvo en EL PAIS el 8 de agosto de 2012.

lunes, 21 de mayo de 2012

El declive del ciclo socialdemócrata



Enrique Gil Calvo / 21 de mayo 2012
Enrique Gil Calvo
¿Asistimos al final del ciclo histórico de hegemonía progresista? Para entender la decadencia de la socialdemocracia puede ser útil atender los planteamientos sociológicos de Colin Crouch (La postdemocracia, Taurus, 2004) o Emmanuel Todd (Después de la democracia, Akal, 2010), que analizan su declive en clave infraestructural. Según esta perspectiva, por socialdemocracia puede entenderse la coalición histórica que se construyó entre el movimiento obrero organizado y las nuevas clases medias de funcionarios, empleados de servicios y profesionales por cuenta ajena (no confundir con las viejas clases medias de agricultores, comerciantes, artesanos y profesionales autónomos). Los intereses de ambos bloques no tenían por qué coincidir, al estar separados por la barrera de su desigual dotación en capital humano: en el movimiento obrero predominaban los estudios primarios y la formación profesional mientras que las nuevas clases medias poseían titulaciones secundarias y superiores, actuando en origen el bachillerato como barrera de clase. De ahí el tradicional desencuentro entre trabajadores de cuello blanco y de cuello azul, que históricamente se reflejó en la desconfianza entre el reformismo socialista de extracción burguesa y el revolucionarismo obrero de anarquistas o comunistas. Pero esa distancia de clase pudo ser salvada mediante el acuerdo socialdemócrata que estableció un pacto de mutua colaboración entre ambos bloques para unir sus fuerzas conquistando el poder por medios pacíficos y electorales.
Un acuerdo mediante el que la parte obrera (blue collars) aceptaba supeditarse al liderazgo burgués (white collars) a cambio de que el gobierno común garantizase a todas las clases populares su acceso a los canales de movilidad social ascendente e igualdad de oportunidades. Este programa común que selló la coalición entre la clase obrera industrial y las clases medias urbanas es el que pudo desarrollarse en toda Europa tras la segunda guerra mundial, dando lugar a los célebres treinta años gloriosos (1945-1975) que crearon la sociedad de la afluencia presidida por el Estado de bienestar. Y lo menos que puede decirse es que semejante programa común se vio coronado por el éxito más completo. Pues en efecto, la coalición socialdemócrata conquistó el poder y se mantuvo en él por varias legislaturas mientras a la vez se desarrollaban los mecanismos meritocráticos que extendieron a todas las clases sociales la escolarización tanto secundaria como universitaria, además del resto de derechos sociales (salud, pensiones y servicios universales).
Ahora bien, si consideramos el inicio de la década de los 70 como el apogeo del ciclo socialdemócrata es porque a partir de esa fecha comenzó su progresivo declive, asociado al impacto de la crisis económica internacional tras el choque petrolífero de 1974. Una crisis que también modificó el sistema capitalista, pasando del modelo keynesiano afín al estatalismo socialdemócrata al modelo monetarista afín al planteamiento liberal-conservador partidario del libre mercado. No obstante, tras ciertos retrocesos iniciales, la socialdemocracia se pudo recomponer mediante la denominada Tercera Vía de adaptación al mercado que teorizó el sociólogo Anthony Giddens, logrando resistir en el poder hasta bien entrado el siglo XXI. Pero finalmente, el estallido de las sucesivas burbujas crediticias (punto.com en 2001, hipotecassubprime en 2007, eurodeuda en 2010) ha terminado por alejar cada vez más a la socialdemocracia del poder, aunque ocasionalmente todavía gane ciertas elecciones. En suma, todo indica que el declive de la socialdemocracia ya se ha consumado. ¿Cómo se puede explicar su decadencia aparentemente irreversible? Exploremos algunas razones.
La primera explicación es infraestructural y se debe al debilitamiento ineluctable de uno de los dos bloques fundadores de la coalición socialdemócrata: la clase obrera. Como consecuencia del advenimiento de la sociedad postindustrial teorizado por el sociólogo Daniel Bell, se ha producido una creciente desestructuración del sistema de clases que ha fragmentado y descompuesto a todas ellas. Pero sobre todo, la que ha sufrido ese proceso de desarticulación en mayor medida ha sido la vieja clase obrera de trabajadores industriales o blue collars, que ha visto reducirse sus efectivos en términos absolutos y relativos, obligando a sus hijos a desertar de ella mientras asistía a la llegada de nuevos contingentes inmigrantes de trabajadores manuales sin cualificar destinados a la agricultura, la construcción y los servicios personales. Por tanto, las clases medias cualificadas ya no tienen nada que ganar manteniendo su coalición con las clases industriales en retroceso, y de ahí que tiendan a romperla cayendo en una creciente volatilidad electoral. Sobre todo si tenemos en cuenta que también ellas han perdido gran parte de su poder e influencia, aunque no en términos cuantitativos pues siguen siendo las más numerosas, pero sí cualitativos como vamos a ver.
Y es que la otra explicación del declive de la izquierda resulta paradójica, pues podría decirse que la socialdemocracia ha muerto (o al menos se extingue) como consecuencia imprevista de su propio éxito. En efecto, el desarrollo del Estado de bienestar, con su provisión universal de derechos sociales, ha generado dos efectos no queridos que han resultado contraproducentes para la coalición socialdemócrata. El primero es que, al ofrecer servicios públicos de protección social provistos por redes formales administrativas, ha suplido primero y ha terminado por sustituir después a las redes sociales informales de confianza, solidaridad y compromiso colectivo (grupos de ayuda mutua, movimiento asociativo, etcétera) que antes articulaban el tejido social dotándolo de espesor y densidad cívica. En consecuencia, tanto las clases trabajadoras como las clases medias urbanas han ido viendo cómo se devaluaba y amortizaba su anterior capital social, pasando a disgregarse y atomizarse hasta caer en el aislamiento de la individualización y el familismo amoral. Algo que no puede ser compensado por las redes virtuales tipo Facebook que comercializa elmarketing de la industria digital.
Y la segunda consecuencia no querida del éxito socialdemócrata es la devaluación del sistema educativo a causa de su democratización universal, que ha terminado por amortizar su potencial meritocrático. Cuando sólo la clase media cursaba estudios superiores, sus títulos eran muy apreciados porque dotaban de un fuerte impulso selectivo hacia la movilidad ascendente. En cambio, cuando la universidad se masifica y amplía a todas las clases sociales, sus títulos dejan de ser selectivos y por tanto se devalúan al dejar de proporcionar movilidad ascendente: es el fenómeno del mileurismo (o depreciación de los profesionales urbanos) que surge cuando la inversión académica en titulación superior ya no puede rentabilizarse tanto en el mercado de trabajo. Y este efecto contraproducente, que está devaluando la meritocracia y amortizando el capital humano, es el que más ha hecho por romper la anterior coalición socialdemócrata entre trabajadores de cuello azul y profesionales de cuello blanco, al perder aquellos su capital social y estos su capital humano. En suma, como señala Todd, la socialdemocracia ha entrado en decadencia porque las clases medias tituladas, por temor a su desclasamiento, han dejado de solidarizarse con los trabajadores sin titular: de ahí su rebelión fiscal, su cinismo político y su transfuguismo electoral.
¿Es irreversible el declinar del ciclo socialdemócrata? ¿O cabe esperar que se reactive por efecto de una nueva oscilación pendular? Si el anterior análisis es acertado, la recuperación de la socialdemocracia exigiría tres requisitos difíciles de reunir. Ante todo se debería recuperar la revalorización del trabajo como fuente de realización personal, tras caer en el desprecio a causa del consumo mimético. Después habría que regenerar el capital social de la izquierda, reconstruyendo sus redes informales de confianza y reciprocidad, lo que exige superar el sectarismo amoral y la xenofobia etnocéntrica. Y además se precisa un nuevo tipo de liderazgo tipo 15M, capaz de tender puentes interculturales creando nuevas coaliciones mayoritarias. Factores que podrían entrar en reacción sinérgica si la crisis actuase como agente catalizador. Pero ello no resultará posible sin una estrategia que anude compromisos con posibles aliados, un proyecto que visualice metas comunes a alcanzar y un relato que lo haga creíble despertando emociones entusiastas. Es el puerto prometido que aguarda más allá del sombrío horizonte actual.
Artículo publicado en El Pais. Opinión el 21 de mayo de 2012.
Enrique Gil Calvo es catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid.


sábado, 12 de mayo de 2012

Pandemia de pesimismo

Charo Nogueira. 11 de mayo 2012. El País

"Con la que está cayendo". La muletilla se ha instalado en las conversaciones cotidianas, en un día a día atravesado de malas noticias, pendientes del Ibex o de una prima de riesgo "que ya parece de nuestra familia", ironiza el sociólogo Daniel Kaplún. Así, desde hace meses. Muchos. Y sin saber hasta cuándo. La crisis económica extiende un halo de pesimismo social, un manto de tristeza y falta de expectativas que cala en los ciudadanos. No se ve la salida. "No hay futuro y, por tanto, tampoco hay presente", plantea el catedrático de Sociología Enrique Gil Calvo, de la Universidad Complutense. "Hemos pasado de la preocupación a la angustia", diagnostica su colega José Juan Toharia, de la Autónoma madrileña. La que está cayendo refleja un sentimiento colectivo y, también, emociones individuales. Las negativas, el trío de ansiedad, ira y depresión, se pueden disparar, advierte el psicólogo Antonio Cano. Los médicos de familia ya lo notan. ¿Hay salida a la falta de salidas?
Unos ciudadanos están aguaitados por lo que han perdido
y otros, por lo que pueden perder. / Santi Burgos
"Estamos en una situación de miedo generalizado y pocas veces ha habido tantas razones para sentirlo: cae la economía, la cifra de parados ha subido de 1,8 millones a 5,6 en apenas cuatro años. Además, cuando pensábamos que ya salíamos de una crisis que tenía forma de uve resulta que se ha recrudecido, que la uve era en realidad una uve doble. Y ha llegado la austeridad", diagnostica Gil Calvo. Ello ha llevado a la sensación de "pesadilla" desde que, en 2010, comenzaron los recortes. Un mal sueño vestido de impotencia y que abona un "desánimo general" sin fin. "Ni hay remedio, ni hay remediadores. No se ve la salida. El PSOE ha fracasado. El PP, también, y ya no hay bomberos". Sin apagafuegos, ni soluciones o liderazgos interiores, según Gil Calvo. Y mientras, "cada vez una nueva vuelta de tuerca más en el fondo del pozo". Y "con el síndrome de los viernes: a ver dónde pasan la cuchilla [en el Consejo de Ministros]", añade el psiquiatra Julio Bobes.
"A lo más que podemos aspirar es a no empeorar. Hemos perdido las expectativas y estamos sin horizonte, sin esperanza", explica Daniel Kaplún, sociólogo experto en opinión pública. La víctima es la clase media, "depauperada". "Son los que han perdido el empleo o la fuente de ingresos, como los pequeños empresarios o los autónomos, incluidos los que no logran cobrar lo que se les debe. Muchos están al límite de la exclusión social, o han caído en ella", describe. Suponen "más de un tercio de la población", calcula.
Gente acostumbrada a una vida más o menos rumbosa enfrentada a una secuencia de "pérdida de ingresos, reducción de los gastos con visibilidad social y que otorgan estatus —como el coche— y, también, de los dispendios fuera de casa", a menudo un elemento de socialización. Sobra el tiempo, algo que sufren más los hombres, por ser menos dados a ocuparlo en tareas domésticas o en socializar, prosigue. Pero unos y otras "sienten una mezcla de culpa y vergüenza que les lleva al ensimismamiento, a aislarse, en parte para no gastar", prosigue Kaplún. Una situación que se atenúa en la medida en que sus compañeros o vecinos caen en la misma pauperización que ellos. "Entonces se asume que es un fenómeno colectivo y ya no hay que ocultar las dificultades". Mal de muchos...
Luego, están los "asustados", casi otro tercio de la población, estima Kaplún. Son "gente que conserva íntegro, o casi, su salario o su tasa de beneficio". "Se preguntan 'cuándo me va a tocar'. Están paralizados, mirando las barbas del vecino, y dejan de consumir por las dudas".
Fuente: Centro de investigaciones Sociológicas (CIS)
Unos gastan menos a la fuerza y otros, por temor al futuro. Se derrumba la confianza. La del consumidor, según el índice que elabora el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) se situó bajo mínimos en abril: 50,3 —sobre un máximo de 200, que indican el optimismo total—, 13 puntos menos que en marzo. La valoración del momento actual es peor aún: 31,9, 18 puntos menos. Solo uno de cada cinco entrevistados cree que la situación de la economía y el empleo mejorarán en los próximos seis meses.
Tristeza, desánimo, ensimismamiento. Y, con la autoestima por los suelos. "Hemos pasado de ser los nuevos ricos de Europa, hasta 2008 y con dinero de los alemanes, a ser los nuevos pobres, cuya salvación depende, de nuevo, de Alemania, y quizá de Francia", apunta Gil Calvo. "Lo que me asusta es que se nos dice que somos culpables, que lo tenemos merecido y que tenemos que hacer penitencia por haber vivido por encima de nuestras posibilidades. Estamos interiorizando lo que creen de nosotros". De ahí que renazca el sentimiento de inferioridad respecto a la Europa del norte, apunta.
"Estamos en estado de shock, pero no es un accidente, es una estrategia de clase que busca objetivos determinantes. Hay un 1%, los especuladores, que se están forrando", apunta Kaplún. "Decimos 'la que está cayendo', pero es un eufemismo que implica que nadie tiene la culpa. Como si fuera un accidente, una lluvia incontrolable que provoca inundaciones. Pero no. No es la que está cayendo, es la que nos han tirado encima. Los mercados son, en realidad, personas". Verlo así supone cierto alivio, porque la toma de conciencia ayuda, plantea.
Cayendo por su cuenta o arrojado, pero está ahí. Un clima social de parálisis, resignación y pesimismo. A la espera de que algún día escampe. O no. Solo el 18,7% de los españoles cree que la situación económica será mejor dentro de un año, según el último barómetro del CIS. Casi nueve de cada diez consideran que ahora es mala o muy mala y seis de cada diez la consideran peor que hace un año. El gran problema es la epidemia de paro —lo es para seis de cada diez encuestados—. Es el que más afecta en términos personales —al 38,4% de los entrevistados—.
La crisis económica como enfermedad social y, también, individual. "Genera un sentimiento de que ya no está en manos de cada uno lo que pase con su vida", asegura José Luis Linaza, catedrático de Psicología de la Universidad Autónoma de Madrid. "Uno de los problemas más serios que tenemos es que muchos seres humanos no ven un futuro en el plazo de años. Y no son uno ni dos", prosigue. Un futuro que está ligado a un empleo, que es la llave maestra de las expectativas vitales. "Eso se traduce, o bien en el intento de hacer algo o en la sensación de imposibilidad para hacerlo, en una indefensión aprendida que lleva a decir 'no puedo intervenir en el futuro de mi vida'. Esto último lleva a la apatía y a la depresión. Y cuando la depresión, aunque siempre individual, se convierte en una especie de fenómeno colectivo, es un problema mayor", describe Linaza.
"Crece exponencialmente la sensación de desesperanza y de horizonte cerrado, aunque a veces responda más a un temor que a una situación real. Y si no hay esperanza ni horizonte, ¿para qué esforzarse?", prosigue el psicólogo. "Me impresiona la gente que deja de mandar currículos porque tiene la certeza de que no servirá de nada", añade. Es el desaliento personal, alimentado por el colectivo. "El pesimismo general contribuye a la depresión individual", explica Linaza. Y eso, en una recesión "peor que la de 1929", que deja una estela de "ciudadanos mucho más replegados sobre sí mismos y con la familia como balón de oxígeno". Una sociedad "más ensimismada", y bombardeada con malas noticias día tras día, recorte tras recorte, lo que "genera un clima de pesimismo colectivo", un ambiente quizás alentado "porque el mal de muchos beneficia a unos pocos, los especuladores".
El pesimismo colectivo se alimenta con malas noticias, que producen "saturación", afirma Linaza. El cansancio lleva a veces a querer ignorarlas, pero "todos hemos tenido que aprender economía", tercia Kaplún. "Las malas noticias aumentan las emociones negativas", asegura Antonio Cano, catedrático de Psicología de la Complutense y presidente de la Sociedad Española de Ansiedad y Estrés. "La información amenazante, como la posibilidad de despidos, genera ansiedad. Las noticias sobre pérdidas, como las estadísticas que reflejan el aumento del paro, provocan tristeza", explica.
La pesada factura de la crisis. "Ocasiona cambios en el estilo de vida y en las emociones", prosigue Cano "y los políticos no ayudan a que los ciudadanos manejen mejor las emociones". En la situación actual pueden aumentar las emociones negativas, "aunque todavía no hay datos que lo corroboren". Se refiere sobre todo a tres, que ya menudeaban antes de la crisis "y que son estables": ansiedad, ira y depresión. "La primera surge cuando tememos que suceda algo malo. Por ejemplo, el miedo a perder el empleo. Cuando eso ocurre, aparece la ira, por vernos en esa situación. Y llega la tristeza por la pérdida, que suele ser un paso para la depresión", describe.
Este experto asegura que aún no hay estudios que midan los posibles efectos del deterioro económico en la salud mental de los españoles. Pero no los descarta, habida cuenta de que una persona sin empleo tiene "2,2 veces más probabilidades de tener trastornos depresivos o de ansiedad", señala este catedrático. Con todo, es cauto sobre una posible depresión colectiva. "No se corresponde con las cifras: el 6% de la población tiene síntomas de trastorno de ansiedad y el 4%, de depresión", afirma.
Sin datos, pero con certezas. "La situación de restricción a la que estamos abocados por todos los frentes, incluido el económico y las presiones laborales, tiene un impacto indudable en aspectos psicológicos", tercia Julio Bobes, de la Fundación Española de Psiquiatría y Salud Mental. "Provoca trastornos adaptativos, porque hay que modificar el esquema existencial. Es como cuando uno pasa de comer lo que quiere a estar a dieta". "Muchos ciudadanos se ven en riesgo vital y eso les genera más ansiedad y angustia y más dificultades para dormir, para hacer las cosas", describe. Sin embargo, los trastornos de adaptación, "aunque pesan en la salud mental, no se traducen en un aumento de este tipo de enfermedades", sentencia.
El malestar tampoco desemboca en más consultas a los psiquiatras, según Bobes, pero sí llega a las de primaria. "Llevamos nuestra incomodidad al médico de familia", asegura. Los profesionales lo corroboran: "Con la crisis ha aumentado la proporción de consultas por problemas que derivan de un malestar psíquico", asegura Josep Basora, presidente de la Sociedad Española de Medicina Familiar y Comunitaria.
Mucha subida de la tensión, mucho insomnio, mucha fatiga, ansiedad, angustia de anticipación. Síntomas o consecuencias de un malestar psíquico que se extiende no solo a los protagonistas de una situación difícil, sino también a sus familias, a menudo sobrecargadas de tareas. "Antes de la crisis, el 28% de las consultas al médico de familia se debía a problemas de malestar psíquico. Ahora el porcentaje es mayor, aunque ha caído el número de visitas de pacientes", añade Basora. Una paradoja.
Los españoles van menos al médico —"quizá por la sobrecarga de tareas en casa y el miedo a perder tiempo de trabajo", esboza Basora—, pero lo necesitarían más: "Estamos constatando que el malestar social influye en la salud de las personas", añade.
Empobrecidos, culpables, sin futuro... Y temerosos. "El miedo es el único valor que se transmite más rápido que las enfermedades, y es altamente contagioso", advierte el psiquiatra Bobes. Así las cosas, ¿qué salida existe cuando no se ve ninguna?
"Vivimos con temor. A que nos despidan, a que los gastos aumenten más que los ingresos... pero luego cada individuo reacciona de distinta manera. En la misma situación, unos son optimistas y otros, depresivos. Influye mucho cómo interpreta cada uno la realidad", plantea Cano. La reacción está marcada por la personalidad, la genética y elementos sociales, como el apoyo familiar, que en España es "muy fuerte" y amortigua los efectos de la crisis sobre las personas. Cano propone dosis de optimismo —"ayuda a blindarse"— y memoria: "Hemos superado otras crisis. Podemos aprovechar para corregir errores".
"Hay que tener metas personales claras, apoyos aunque solo sean morales, y no tirar la toalla", propone Linaza. "Tenemos que pensar que nadie va a resolver nuestros propios problemas. O pensamos que somos parte de la solución o no habrá solución", añade. "No encontramos una salida, que tiene que ser colectiva", afirma Kaplún. Pero ve algún rayo para la esperanza, como los que nacen de una suerte de "cabreo" compartido y se traducen en iniciativas como la plataforma contra los desahucios por impagos de hipoteca o los trueques de tiempo, entre otras cosas, "porque cada vez hay menos dinero". A lo 15-M, quizá. Pero Gil Calvo echa un jarro de agua fría: "La indignación era posible hace un año, cuando parecía que algunas cosas podían cambiar. Ahora eso parece haber pasado. Frente a la indignación de entonces, la resignación de ahora", zanja.
Cuestión de talante. Aislamiento frente a colectivización del malestar. Y mientras, sigue cayendo.
Artículo de Charo Nogueira publicado el 11 de mayo de 2012 en El País.