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jueves, 12 de enero de 2017

Conciencia moral de la globalización


Zygmunt Bauman, en Oviedo en Octubre de 2010. REUTERS
Los que tuvimos la fortuna de conocer a Zygmunt Bauman no podemos deslindar su teoría del personaje inquisitivo e irónico que siempre nos sorprendía con un nuevo giro en su evaluación de este curioso mundo de la globalización. Pasará a la historia intelectual como el teórico de la modernidad líquida, esa forma de organización social en la que nada permanece, en la que todo es fugaz, incompleto, indefinido, donde, en efecto, todo lo sólido se desvanece en el aire. Detrás de su evaluación hay, sin embargo, una preocupación profunda por la pérdida de la dimensión de ética pública. Hoy habríamos abandonado ya el sentido de misión colectiva asociado a la modernidad clásica. El poder ya no está en manos de la política, ha emigrado a otras instancias libres de todo control democrático. Los derechos económicos están fuera del alcance del Estado; los derechos políticos se han reducido al pensamiento único de los mercados desregulados del neoliberalismo; y los derechos sociales son reemplazados por el deber individual de velar por nosotros mismos.

El resultado es una situación de “vulnerabilidad mutuamente asegurada”. De ahí también su última insistencia en trazar los contornos de la nueva geografía del mal, eso que él denominaba la adiaforización, la neutralización y banalización de lo éticamente incorrecto. El mal ya no reside solo en las guerras o en las ideologías totalitarias; se arraiga también en la indiferencia ante el sufrimiento de los demás, como en la cuestión de los refugiados, o en las “orgías verbales de odio anónimo, cloacas virtuales de defecación en los otros y los incomparables despliegues de insensibilidad” que encontramos en Internet.

Como Thomas Hobbes o Norberto Bobbio, es de los pensadores que culminaron su obra en la senectud. A partir de los ochenta años entró en una sorprendente productividad y en un incesante activismo intelectual. No había semestre en el que no publicara algún libro, que no diera alguna entrevista. Por eso su ausencia va a ser tan dolorosa.

Hemos perdido al guía, al viejo y sabio maestro que siempre supo arrojarnos algo de luz en tiempos de oscuridad, en uno de los momentos de mayor desconcierto teórico.

Fuente: El País

miércoles, 18 de marzo de 2015

Marca ciudad como gubernamentalidad neo-liberal. Gisela Cánepa Koch II

I.3 Objeto de estudio: Programa “Muévete, San Borja”
Este trabajo de campo se realizó desde mediados del 2009 hasta la misma periodicidad del 2011, acerca del programa municipal «Muévete, San Borja», desarrollado en un distrito de clase media de Lima, San Borja. A través de este programa se ha tenido la oportunidad de ver cómo una gestión organizada en torno a la noción de ‘marca ciudad’ opera como un instrumento de gobierno dentro de una lógica neoliberal. La metodología llevada a cabo ha sido “a través de entrevistas, conversaciones informales, registros visuales, recopilación de documentos, así como de observación participante” (Cánepa, 2012:45).
En esta investigación Cánepa propone algunas cuestiones como sustantivas para conocer la realidad observada:
  1. Qué dice el programa sobre los nuevos modos de gobernar la ciudad,
  2. de qué manera opera la cultura en el ámbito de la gestión municipal, y
  3. qué implicaciones tiene el mandato de la participación en la gestión del gobierno municipal de San Borja y para el desarrollo de una institucionalidad democrática en Perú. En este punto se apoya en los estudios sobre marketing urbano, especialmente en aquellos que lo conciben como una forma de gestionar la ciudad y de construir ciudadanos, y concluye que muchas de las estrategias de este tipo de marketing están operando en el programa «Muévete, San Borja»: comunicar lo que se viene realizando, identificar las potencialidades de la ciudad, etc.

En Perú, la calle había tenido una connotación negativa -a diferencia de lo que ocurre en otras sociedades, como las europeas-, pues se asociaba con las clases más bajas, y aclara que este país ha tenido una tradición aristocrática muy arraigada, por lo que han seguido vigentes las discriminaciones de tipo racial y étnico. Sin embargo, con lo que presenció en el distrito de San Borja, se dio cuenta de que el significado de la calle estaba cambiando, ya que la municipalidad estaba ofreciendo ese espacio urbano para desarrollar actividades de esparcimiento y deportivas en familia.
Por otra parte, es importante significar el hecho de que San Borja “ha sido estereotipado como el distrito de una clase media emprendedora” (Cánepa, 2012:49), que se encuentra entre una nueva clase media emergente -formada por ciudadanos que se consideraban de segunda clase y que, a través de actividades informales, han adquirido mucho dinero y capacidad de consumo- y una clase media-alta más elitista. Por último, Cánepa se refiere a la carga negativa que ha tenido el distrito por encontrarse en él el Cuartel General del Ejército de Perú -más conocido como Pentagonito-, en el que, durante los años de violencia política, se produjeron torturas y desapariciones, por lo que se trataba de un lugar que manchaba el prestigio de San Borja. Ofrecía la posibilidad de “renovar la mala imagen que la historia reciente (…) le daba a la zona” (Cánepa, 2012:45). Sin embargo, ahora eran justo las calles del perímetro del Pentagonito las que se cerraban para realizar actividades recreativas y deportivas, lo cual significaba un cambio enorme con respecto a cómo se estaba revalorando también ese espacio en particular, al que, durante los años de violencia, ni siquiera se podía acceder.
Como referencia directa al asunto que ocupa esta investigación, la antropóloga comienza describiendo «Muévete, San Borja» como una invitación a poner en práctica los mandatos del proyecto municipal, especialmente aquellos que se refieren a sus programas de “salud preventiva” (Cánepa, 2012:52), que a su vez se inscriben en los parámetros dictados por la Organización Mundial de la Salud. Se trata de un programa que promueve estilos de vida saludables a través de la organización de eventos y actividades deportivas y de ocio. Sin embargo, aclara que esta iniciativa no es algo novedoso, sino que ya se venía desarrollando al menos en el ámbito latinoamericano. De hecho, «Muévete, Bogotá» es el programa que el alcalde de San Borja toma como referencia para llevar a cabo el suyo.
I.4 Un lema como imperativo en los lenguajes performativos

El lema de esta iniciativa, puede ser leído como una propuesta para ocuparse del cuidado personal, a la vez que para participar de un proyecto comunitario y público, aportando a la sostenibilidad de la salud de los vecinos y a la creación y consolidación de la identidad del distrito. Este programa se configura como una plataforma para escenificar la propia gestión municipal -es decir, la capacidad de movilizar a la gente dentro de un marco de actividades reguladas y en un espacio delimitado-, y que es en el marco de esta programación que el eslogan «Muévete, San Borja» se repite en distintas variantes: «San Borja se mueve por amor», «San Borja se seguirá moviendo», etc. Pero, en este caso, se observa que «muévete» es un imperativo, porque en términos lingüísticos, los imperativos son parte de los lenguajes performativos. Y este mandato de que hay que moverse, de que hay que ser participativo, es asumido por los vecinos de San Borja -y otros vecinos de Lima que van al distrito- de manera bastante eficaz.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Marca ciudad como gubernamentalidad neo-liberal


A partir de los conceptos de gubernamentalidad y performatividad exploraremos los modos en que una gestión municipal basada en el concepto y las prácticas de marca ciudad opera como una instancia de poder en la conformación de un orden y un sujeto público neo-liberal. Organizaremos la discusión a partir del estudio de caso del programa de salud preventiva "Muévete San Borja" implementado en un distrito de la capital del Perú.







Gisela CANEPA KOCH

Profesora principal de la Pontificia Universidad Católica del Perú, Facultad de Ciencias Sociales, en el área de Antropología y fundadora del programa de maestría en Antropología Visual de la Escuela de Posgrado. Obtuvo su doctorado en Antropología en la Universidad de Chicago, Illinois (USA). Ha publicado varios libros y cuenta con numerosos artículos publicados en libros y en revistas especializadas y de divulgación en el Perú y en el extranjero. Ha editado cuatro videos de la Serie Video Etnográficos del IDE-PUCP. Coordina el Taller CULTURA, PERSONA y PODER donde viene investigando sobre el neoliberalismo como régimen cultural y la problemática del poder. Ha obtenido varias becas de investigación, como la George Foster Research Fellowship de la Fundación Alexander von Humboldt (2014-2015).


Entre sus áreas de investigación se encuentran: formación de identidades étnicas y regionales; políticas de representación cultural y esfera pública; formas de cultura expresiva (ritual, danzas, folklore, cultura popular); teoría de la performance, antropología visual, y cultura y governementalidad neoliberal.

sábado, 4 de octubre de 2014

¿Por qué hoy no es posible la revolución?

Artículo de Byung-Chul Han publicado en EL PAÍS el 3 de octubre de 2014

Cuando hace un año debatí con Antonio Negri en el Berliner Schaubühne, tuvo lugar un enfrentamiento entre dos críticas del capitalismo. Negri estaba entusiasmado con la idea de la resistencia global al empire, al sistema de dominación neoliberal. Se presentó como revolucionario comunista y se denominaba a sí mismo profesor escéptico. Con énfasis conjuraba a la multitud, la masa interconectada de protesta y revolución, a la que confiaba la tarea de derrocar al empire.La posición del comunista revolucionario me pareció muy ingenua y alejada de la realidad. Por ello intenté explicarle a Negri por qué las revoluciones ya no son posibles.

¿Por qué el régimen de dominación neoliberal es tan estable? ¿Por qué hay tan poca resistencia? ¿Por qué toda resistencia se desvanece tan rápido? ¿Por qué ya no es posible la revolución a pesar del creciente abismo entre ricos y pobres? Para explicar esto es necesario una comprensión adecuada de cómo funcionan hoy el poder y la dominación.
Quien pretenda establecer un sistema de dominación debe eliminar resistencias. Esto es cierto también para el sistema de dominación neoliberal. La instauración de un nuevo sistema requiere un poder que se impone con frecuencia a través de la violencia. Pero este poder no es idéntico al que estabiliza el sistema por dentro. Es sabido que Margaret Thatcher trataba a los sindicatos como “el enemigo interior” y les combatía de forma agresiva. La intervención violenta para imponer la agenda neoliberal no tiene nada que ver con el poder estabilizador del sistema.
El poder estabilizador de la sociedad disciplinaria e industrial era represivo. Los propietarios de las fábricas explotaban de forma brutal a los trabajadores industriales, lo que daba lugar a protestas y resistencias. En ese sistema represivo son visibles tanto la opresión como los opresores. Hay un oponente concreto, un enemigo visible frente al que tiene sentido la resistencia.
El sistema de dominación neoliberal está estructurado de una forma totalmente distinta. El poder estabilizador del sistema ya no es represor, sino seductor, es decir, cautivador. Ya no es tan visible como en el régimen disciplinario. No hay un oponente, un enemigo que oprime la libertad ante el que fuera posible la resistencia. El neoliberalismo convierte al trabajador oprimido en empresario, en empleador de sí mismo. Hoy cada uno es un trabajador que se explota a sí mismo en su propia empresa. Cada uno es amo y esclavo en una persona. También la lucha de clases se convierte en una lucha interna consigo mismo: el que fracasa se culpa a sí mismo y se avergüenza. Uno se cuestiona a sí mismo, no a la sociedad.
Es ineficiente el poder disciplinario que con gran esfuerzo encorseta a los hombres de forma violenta con sus preceptos y prohibiciones. Es esencialmente más eficiente la técnica de poder que se preocupa de que los hombres por sí mismos se sometan al entramado de dominación. Su particular eficiencia reside en que no funciona a través de la prohibición y la sustracción, sino a través del deleite y la realización. En lugar de generar hombres obedientes, pretende hacerlos dependientes. Esta lógica de la eficiencia es válida también para la vigilancia. En los años ochenta, se protestó de forma muy enérgica contra el censo demográfico. Incluso los estudiantes salieron a la calle. Desde la perspectiva actual, los datos necesarios como oficio, diploma escolar o distancia del puesto de trabajo suenan ridículos. Era una época en la que se creía tener enfrente al Estado como instancia de dominación que arrebataba información a los ciudadanos en contra de su voluntad. Hace tiempo que esta época quedó atrás. Hoy nos desnudamos de forma voluntaria. Es precisamente este sentimiento de libertad el que hace imposible cualquier protesta. La libre iluminación y el libre desnudamiento propios siguen la misma lógica de la eficiencia que la libre autoexplotación. ¿Contra qué protestar? ¿Contra uno mismo?
Byung-Chun Han
Es importante distinguir entre el poder que impone y el que estabiliza. El poder estabilizador adquiere hoy una forma amable,smart, y así se hace invisible e inatacable. El sujeto sometido no es ni siquiera consciente de su sometimiento. Se cree libre. Esta técnica de dominación neutraliza la resistencia de una forma muy efectiva. La dominación que somete y ataca la libertad no es estable. Por ello el régimen neoliberal es tan estable, se inmuniza contra toda resistencia porque hace uso de la libertad, en lugar de someterla. La opresión de la libertad genera de inmediato resistencia. En cambio, no sucede así con la explotación con la libertad. Después de la crisis asiática, Corea del Sur estaba paralizada. Entonces llegó el FMI y concedió crédito a los coreanos. Para ello, el Gobierno tuvo que imponer la agenda liberal con violencia contra las protestas. Hoy apenas hay resistencia en Corea del Sur. Al contrario, predomina un gran conformismo y consenso con depresiones y síndrome de Burnout. Hoy Corea del Sur tiene la tasa de suicidio más alta del mundo. Uno emplea violencia contra sí mismo, en lugar de querer cambiar la sociedad. La agresión hacia el exterior que tendría como resultado una revolución cede ante la autoagresión.
Hoy no hay ninguna multitud cooperante, interconectada, capaz de convertirse en una masa protestante y revolucionaria global. Por el contrario, la soledad del autoempleado aislado, separado, constituye el modo de producción presente. Antes, los empresarios competían entre sí. Sin embargo, dentro de la empresa era posible una solidaridad. Hoy compiten todos contra todos, también dentro de la empresa. La competencia total conlleva un enorme aumento de la productividad, pero destruye la solidaridad y el sentido de comunidad. No se forma una masa revolucionaria con individuos agotados, depresivos, aislados.
No es posible explicar el neoliberalismo de un modo marxista. En el neoliberalismo no tiene lugar ni siquiera la “enajenación” respecto del trabajo. Hoy nos volcamos con euforia en el trabajo hasta el síndrome de Burnout [fatiga crónica, ineficacia]. El primer nivel del síndrome es la euforia. Síndrome de Burnout y revolución se excluyen mutuamente. Así, es un error pensar que la multitud derroca al empire parasitario e instaura la sociedad comunista.
¿Y qué pasa hoy con el comunismo? Constantemente se evocan elsharing (compartir) y la comunidad. La economía del sharing ha de suceder a la economía de la propiedad y la posesión. Sharing is caring, [compartir es cuidar], dice la máxima de la empresa Circler en la nueva novela de Dave Eggers, The Circle. Los adoquines que conforman el camino hacia la central de la empresa Circler contienen máximas como “buscad la comunidad” o “involucraos”. Cuidar es matar, debería decir la máxima de Circler. Es un error pensar que la economía del compartir, como afirma Jeremy Rifkin en su libro más reciente La sociedad del coste marginal nulo, anuncia el fin del capitalismo, una sociedad global, con orientación comunitaria, en la que compartir tiene más valor que poseer. Todo lo contrario: la economía del compartir conduce en última instancia a la comercialización total de la vida.
El cambio, celebrado por Rifkin, que va de la posesión al “acceso” no nos libera del capitalismo. Quien no posee dinero, tampoco tiene acceso al sharing. También en la época del acceso seguimos viviendo en el Bannoptikum, un dispositivo de exclusión, en el que los que no tienen dinero quedan excluidos. Airbnb, el mercado comunitario que convierte cada casa en hotel, rentabiliza incluso la hospitalidad. La ideología de la comunidad o de lo común realizado en colaboración lleva a la capitalización total de la comunidad. Ya no es posible la amabilidad desinteresada. En una sociedad de recíproca valoración también se comercializa la amabilidad. Uno se hace amable para recibir mejores valoraciones. También en la economía basada en la colaboración predomina la dura lógica del capitalismo. De forma paradójica, en este bello “compartir” nadie da nada voluntariamente. El capitalismo llega a su plenitud en el momento en que el comunismo se vende como mercancía. El comunismo como mercancía: esto es el fin de la revolución.
Byung-Chun Han es filósofo.
Traducción de Alfredo Bergés.

Artículo de Byung-Chul Han publicado en EL PAÍS el 3 de octubre de 2014

domingo, 29 de junio de 2014

Michel Foucault: una nueva imaginación política

Artículo de Amador Fernández-Savater publicado el 24 de junio de 2014 en eldiario.es


Una escena puede servirnos para arrancar esta reflexión sobre la actualidad del pensamiento político de Michel Foucault, en el treinta aniversario de su muerte.
A finales de 1977, socialistas y comunistas discuten la elaboración de un "programa común" para presentarse conjuntamente a las elecciones generales francesas de marzo 1978.
Ha llegado ya el momento, piensan algunos, de traducir la revuelta de Mayo del 68 en una victoria electoral e institucional a través de la necesaria "unidad de la izquierda". Es hora de la "política con mayúsculas" y de las cosas serias, tras tanta autogestión, tanta democracia directa y tanta autoorganización, inconsistentes para transformar la realidad.
Al mismo tiempo, dos publicaciones organizan un encuentro entre personas comprometidas en la intervención en ámbitos específicos de la sociedad como la educación, la asistencia sanitaria, el urbanismo, el medio ambiente o el trabajo.
Michel Foucault, tal vez la estrella más luminosa en el firmamento intelectual del momento, acude al encuentro y se inscribe en el taller "medicina de barrio". Le Nouvel Observateur (nº 670) recoge sus impresiones al finalizar los trabajos en una breve entrevista titulada: "Una movilización cultural". Entre otras cosas, Foucault dice:
"Yo escribo y trabajo para personas como las que están ahí en ese taller, gentes nuevas que plantean preguntas nuevas. Son las preguntas de las enfermeras o de los guardias de prisiones las que deberían interesar a los intelectuales. Son infinitamente más importantes que los anatemas que se lanzan a la cabeza los profesionales de la intelectualidad parisina. "
"Durante los dos días de intensos debates y discusiones profundamente políticas, ya que se trataba de cuestionar las relaciones de poder, de saber, de dinero, ninguno de los treinta participantes del grupo 'medicina de barrio' usó las palabras 'marzo 1978' o 'elecciones'. Esto es importante y significativo. La innovación ya no pasa por los partidos, los sindicatos, las burocracias, la política. Se trata de un cuidado individual, moral. Ya no preguntamos a la teoría política qué hacer, ya no son necesarios los tutores. El cambio es ideológico, y profundo".
"Un gran movimiento se ha activado durante estos últimos quince años, del que la anti-psiquiatría es el modelo y Mayo del 68, un momento. En las capas que una vez garantizaban la felicidad de la sociedad, como por ejemplo los médicos, ahora hay poblaciones enteras que se vuelven inestables, que se ponen en movimiento, en búsqueda, fuera del vocabulario y las estructuras de costumbre. Es una... no me atrevo a decir revolución cultural, pero sin duda una movilización cultural. Políticamente irrecuperable: se siente que en ningún momento el problema para ellos cambiaría si hubiese un cambio de gobierno. Y eso me alegra." 
El gesto es altamente provocador. Para el filósofo más grande, un modesto taller es más relevante que la discusión sobre el "programa común" de socialistas y comunistas, es ese taller lo que está en línea directa con Mayo del 68 y no la posible victoria electoral del frente de izquierdas, la invención política pasa por un pequeño grupo de gente que se muestra indiferente al cambio eventual de gobierno. Como si estar "a la altura del momento" consistiese en colocarse muy abajo, como si "la política con mayúsculas" se escribiese en realidad con minúsculas.
Provocador sí, pero no caprichoso. El gesto de Foucault es perfectamente coherente con sus desarrollos teóricos de la época. ¿Qué entendía entonces Foucault por poder (si no se trataba del poder político)? ¿Cómo pensaba las resistencias (por fuera del paradigma del partido)? ¿En qué consistía para él una aportación intelectual a las prácticas de emancipación (si no pasaba por firmar manifiestos u opinar sobre la coyuntura)?
Poder, saber y resistencias son tres problemas fundamentales a lo largo de toda la trayectoria del filósofo francés. No soy especialista en su obra, ni me atrevería a intentar restituir en unas pocas líneas toda la complejidad de su meditación sobre estos problemas, pero querría apuntar algunos elementos para tratar de entender mejor dónde residía el valor de esa "movilización cultural" y en qué sentido me parece que la seguimos necesitando hoy.
En primer lugar, la cuestión del poder
"En el pensamiento y el análisis político, aún no se ha guillotinado al rey", escribe Foucault en 1976. ¿Qué significa eso? Foucault alude aquí a la figura de un poder majestuoso, concentrado en un lugar determinado, siempre lejano y en lo alto, que irradia verticalmente su voluntad sobre sus súbditos/víctimas.
Se sustituye al rey por el Estado, el imperio de la ley o la dominación de clase, pero se reproduce una forma de entender el poder: una especie de "sala de mandos" situada en la cúspide de la sociedad. Todo el trabajo de Foucault apunta a romper ese esquema conceptual/mental.
En lugar de un poder que se concentra o se deduce de las grandes figuras (Estado, ley, clase), Foucault nos propone pensarlo como un "campo social de fuerzas". El poder no desciende de un punto soberano, sino que viene de todos los lados: millares de relaciones de fuerza atraviesan y configuran nuestra forma (práctica) de entender la educación, la salud, la ciudad, la sexualidad o el trabajo.
Esas relaciones de fuerza no se codifican únicamente en términos jurídicos (lo que se puede y no se puede hacer según la ley), sino que consisten en una pluralidad infinita de procedimientos extra-legales que funcionan ajustando los cuerpos y los comportamientos a normas (diferentes de una ley). Pensemos por ejemplo en una prisión: su ley explícita dice que se trata de un espacio para la reinserción del preso en la sociedad, pero mil procedimientos cotidianos producen algo bien distinto: un marcaje, una estigmatización del delincuente como delincuente, una exclusión. El análisis exclusivamente jurídico del poder es ciego a esas fuerzas determinantes.
En ese campo social de fuerzas hay, sin duda, "puntos de especial adensamiento": el Estado, la ley, las hegemonías sociales... Son los nodos más grandes de la red de poder. Pero Foucault nos propone pensarlos (invirtiendo radicalmente la perspectiva normal) como "formas terminales". Es decir, no tanto causas como efectos del juego de las relaciones de fuerza. No tanto instancias primeras y generadoras, como segundas y derivadas. Perfiles, contornos, puntas de un iceberg... Los aparatos estatales, las leyes y las hegemonías sociales son las figuras visibles que se recortan sobre el fondo oscuro y en permanente ebullición de la pelea cotidiana.
Formas terminales, pero no pasivas. Las figuras visibles del poder son el resultado del campo social de fuerzas y se apoyan en él, pero a la vez lo fijan (aunque nunca definitivamente). Es decir, encadenan distintas relaciones de fuerza concretas y locales produciendo de ese modo efectos globales y estrategias de conjunto. Una cita muy clara de Foucault al respecto, discutiendo con el marxismo dominante en los años 70: "No me parece que sea la clase burguesa (o tales o cuales de sus elementos) la que impone el conjunto de las relaciones de poder. Digamos que esa clase las aprovecha, las utiliza, las modifica, trata de intensificar unas y de atenuar otras. No hay, pues, un foco único del que todas ellas salgan como si fueran por emanación, sino un entrelazamiento de relaciones de poder que, en suma, hace posible la dominación de una clase social sobre otra, de un grupo sobre otro".
En la famosa entrevista de Jordi Évole a Pepe Mujica, el presentador catalán le preguntó al presidente uruguayo si había cumplido su programa electoral: "Qué va", contestó riendo Mujica, "¿usted cree que un presidente es un rey que hace lo que quiere?" Y le vino a dar a Évole una pequeña "lección foucaultiana" explicándole cómo lo que puede y no puede hacer el poder político está condicionado por el campo social de fuerzas (el entramado jurídico que construye el neoliberalismo a su medida, los mismos deseos y expectativas de los sujetos sociales, etc.).
El poder no es un objeto que se encuentre en un lugar privilegiado que se pueda ocupar o asaltar: el paradigma revolucionario hegemónico en el siglo XX entra aquí en crisis. Sin relación con el campo social de fuerzas, ese lugar está vacío y ese poder es impotente. Hay que repensarlo todo de nuevo, no para desechar la exigencia revolucionaria, sino para reactivarla desde una mirada nueva.
En segundo lugar, la cuestión de las resistencias
"Allí donde hay poder, hay resistencias", reza una célebre máxima foucaultiana. La idea de que el poder no se concentra en un único punto (los dirigentes, la casta política, etc.), sino que se genera y brota desde todos los rincones de la sociedad no es una tesis pesimista sobre la omnipotencia de la dominación. Al contrario: definir el poder como una relación de fuerzas significa entenderlo como la relación entre una acción y otra acción. Una acción de mando y otra acción que le responde. La fuerza no se ejerce sobre un objeto pasivo, sino sobre otra fuerza siempre capaz de acción y de una respuesta no previsible.
En una entrevista de 1977, Foucault llama "la plebe" a todas esas resistencias. En primer lugar, la plebe es una respuesta concreta, local y situada a un procedimiento de poder igualmente concreto, local y situado. Ahí está de hecho su potencia: responde al poder allí donde se ejerce y no en otro lado. "La plebe es menos el exterior de las relaciones de poder que su envés, su límite, su contrapunto; es lo que responde a cualquier avance del poder con un movimiento para deshacerse de él".
En segundo lugar, la plebe no es una realidad sociológica (aquellos que comparten condición social o intereses), sino más bien una falla en las identidades dadas. No es el pueblo, ni los pobres, ni los excluidos: "hay plebe en los cuerpos, en las almas, en los individuos, en el proletariado, también en la burguesía, pero con una extensión, unas formas, unas energías y una irreductibilidades diversas". No hay división binaria entre el bloque de poder y el bloque de las resistencias: poder y resistencia lo atraviesan todo (y a cada uno).
Por último, la plebe no es una sustancia, sino una acción. "La plebe no existe pero hay plebe". Como cuando decimos "la amistad no existe, pero hay pruebas de amistad". Es algo que pasa o simplemente no existe. Es un hecho, una manifestación, un acontecimiento.
¿Puede "organizarse" la plebe, una realidad tan móvil, heterogénea y compleja? La respuesta es sí. Igual que el poder encadena y entrelaza distintas relaciones de fuerza concretas y locales produciendo estrategias globales, las resistencias pueden ser "codificadas estratégicamente" produciendo efectos generales: revoluciones.
¿Cómo? Se trata de evitar al menos dos inercias a la hora de pensar la organización: 1) la simplificación (sólo puede organizarse lo idéntico) y 2) la separación (para organizarse hay que "salir" de los lugares concretos donde las resistencias se desarrollan). Los "sujetos políticos" que hemos conocido a lo largo del siglo XX (el partido político o el grupo armado) siguen ese modelo: pensándose a sí mismos como la cabeza y la articulación de las resistencias, se construyen en realidad como espacios homogéneos, cerrados y aislados de los mundos donde las resistencias viven.
¿Entonces? Se trataría de reimaginar la organización en términos de "circulación" entre los distintos puntos de resistencia. Asumir el carácter disperso y situado de las resistencias, no como un obstáculo a conjurar, sino como una potencia. Pensar, no de qué manera englobar las resistencias bajo formas centralizadas y sin relación orgánica con sus mundos, sino cómo construir "lazos transversales de saber a saber, de un punto de politización a otro, los cruces y los intercambiadores".
La plebe se organiza comunicando y extendiendo sus prácticas de resistencia. Seguramente, si Foucault disfrutó tanto esos talleres de 1978 fue porque abrían un espacio donde las resistencias podían encontrarse y compartir sin poner entre paréntesis sus diferencias y sus mundos propios.
Y por último, la cuestión del saber
"Cada vez que intenté hacer un trabajo teórico, lo hice a partir de elementos de mi propia existencia, siempre en relación con procesos que yo veía desarrollarse en torno a mí", explica Foucault. Para elucidar la experiencia vivida, Foucault podía irse realmente lejos en el tiempo y el espacio (siglos remotos, personajes oscuros, textos perdidos), pero toda su erudición está puesta al servicio de pensar los "problemas, las angustias, las heridas y las inquietudes" del presente.
Es la diferencia entre pensar al pie de la calle y pensar al pie de la letra. En el pensar al pie de la letra, los libros remiten a libros. En el pensar al pie de la calle, los libros resuenan con los problemas de la vida individual y colectiva.
Uno sale más fuerte, más inteligente, más alegre después de leer a Foucault y sin embargo él no hace sino complicarlo todo. ¿Cómo es posible? Mi intuición es esta: la alegría en el pensamiento no tiene que ver con lo reconfortante de las conclusiones a las que se llega, sino con el hecho de descubrirnos capaces de llegar a un sitio por nosotros mismos. Es una experiencia que deja una huella duradera: si hemos sido capaces de pensar algo (lo que sea) por nosotros mismos, podremos volver a hacerlo.
Es lo contrario de lo que Foucault llamó "la posición profética", asociándola a menudo al marxismo: un pensamiento movilizador que en realidad consigue la desmovilización del pensamiento. ¿Cómo? 1) Confundiendo la necesidad histórica y los objetivos a alcanzar, como si estos estuviesen ya escritos en el curso mismo de lo real ("llega el fin del capitalismo", etc.); 2) tapando "el aspecto sombrío y solitario de las luchas": las dificultades, las contradicciones y los claroscuros de la realidad, las fases de silencio e invisibilidad en las que una lucha no goza del protagonismo mediático o la atención de los focos; y 3) buscando todo el rato nuestra adhesión a unas tesis, pero sin requerirnos ningún tipo de trabajo personal.
En lugar de la posición profética de superioridad, que es como la voz en off que describe lo que pasa sin que sepamos nunca de donde sale, Foucault entiende la teoría como una "caja de herramientas". No como un sistema teórico válido siempre, sino como un instrumento adecuado para descifrar la lógica propia de una relación de fuerzas concreta. No como un diagnóstico cerrado y perfecto, sino como lentes que uno debe aprender a graduar por sí mismo. Un pensamiento inacabado que requiere (en los dos sentidos) la activación del otro. "Querría producir efectos de verdad que sean tales que puedan utilizarse en una batalla posible, conducida por quienes lo deseen, en formas por inventar y organizaciones por definir, dejo esa libertad al término de mi discurso a quien quiera hacer algo con ella".
El intelectual (cualquiera) que entiende la teoría como una caja de herramientas no es un gurú, un oráculo ni un guía, sino lo que Foucault llamó un "intelectual específico". No el portavoz de valores universales, sino de situaciones concretas. No quien traza líneas a seguir, sino quien aporta herramientas que pueden usarse libremente. No la voz en off que todo lo sabe, sino la prolongación de la potencia de una lucha. 
Pensar en plural
En esos talleres de 1978 se desarrollaron discusiones "profundamente políticas", pero sin embargo Foucault preferió hablar de "una movilización cultural". ¿Por qué? Creo que lo que Foucault percibió allí fue una modificación en las maneras de ver y pensar. Es decir, un cambio cultural o de paradigma. Algunos elementos de la "nueva imaginación política" que él reclamaba.
Podríamos tal vez definir así uno de esos elementos: pensar en plural. Por ejemplo, no entender el poder como un monopolio del Estado, sino como un campo social de fuerzas. No entender las resistencias como un monopolio de los partidos políticos, sino como posibilidades al alcance de cualquiera, en cualquier lugar. No entender el saber como un monopolio de los especialistas y las Voces Explicadoras, sino como una caja de herramientas sin autor ni propietario, de la que todos podemos servirnos y a la que todos podemos aportar.
Nuestro momento histórico es por supuesto muy distinto de los años 70, pero ¿no sigue siendo imperiosa la necesidad de pensar en plural, sin centro? ¿Pensar y hacer el cambio social, no como algo que pasa por un solo plano (partidos-elecciones-poder político), sino a través de una pluralidad de tiempos, espacios y actores?
Un criterio para distinguir entre "vieja política" y "nueva política" podría ser, mejor que un simple criterio temporal, esta clave: pensar en plural o pensar en uno mismo (como centro).
Así, la vieja política sería aquella que re-centraliza todo el tiempo, absorbiendo todas las energías sociales en torno a unos pocos tiempos, lugares y actores. Esos pocos centros acumularían poder a costa de la pasividad y la desertización del resto (siempre en nombre de la eficacia, etc.).
Por su lado, la nueva política sería la que que vacía una y otra vez el centro potenciando lo demás. La que abre posibilidades de intervención política en lugar de acotarlas a unos espacios privilegiados, la que multiplica las capacidades de cualquiera (de hacer, de decir, de pensar) en lugar de producir espectadores, la que activa conversaciones y no monólogos.
Una de las lecciones foucaultianas que podemos recoger hoy es que la madurez del pensamiento político no consiste en pasar de lo pequeño a lo grande o en "saltar" de las calles a las instituciones (ni en lo contrario), sino en guillotinar por fin al rey e inventarnos lenguajes y mapas para empujar un cambio que será (en) plural o no será.
Textos relacionados:
Algunas referencias que sirvieron para este artículo:  
 Artículo de Amador Fernández-Savater publicado el 24 de junio de 2014 en eldiario.es

domingo, 4 de mayo de 2014

La resurrección de Michel Foucault

Artículo de Juan Manuel Bellver publicado el 25 de abril de 21014 en El Mundo.

"No digo las cosas porque las pienso. Digo las cosas para no pensarlas más", explica Michel Foucault en un vídeo colgado estos días en YouTube bajo el título de 'The Lost Interview' ('La entrevista perdida'). Rescatado de los archivos de la televisión pública holandesa, el programa nos muestra al eminente filósofo francés, en 1971 en su apartamento de la rue Vaugirard, hablando acerca de la locura, la cuestión de género o las culturas extranjeras con su homólogo holandés Fons Elders, en vísperas de un histórico debate con el lingüista estadounidense Noam Chomsky sobre el tema 'La naturaleza humana: Justicia versus poder', celebrado en noviembre de aquel año en la Escuela Superior de Tecnología de Eindhoven y retransmitido igualmente por la Nederlandse Publieke Omroep (NPO).


"Los occidentales tenemos un concepto demasiado elevado de nosotros mismos. Nos creemos una civilización tolerante, que ha acogido todas las culturas que le son ajenas, todas las desviaciones del comportamiento, el lenguaje y la sexualidad", comenta en el mencionado clip. "Me pregunto si eso no es una ilusión, porque para conocer esas culturas ha sido necesario no sólo excluirlas y despreciarlas, sino también explotarlas, conquistarlas y acallarlas a la fuerza, del mismo modo que el puritanismo del siglo XIX amordazó la sexualidad para que ésta se revelase después a través del psicoanálisis y la psicopatología. Así que la universalidad de nuestro saber ha sido adquirida al precio de las exclusiones, prohibiciones, negaciones y rechazos, al precio de la crueldad".
El próximo 25 de junio se cumplirán 30 años de la muerte por sida de uno de los más influyentes pensadores de la segunda mitad del siglo XX y las biografías, recopilaciones de artículos y reediciones se suceden, reivindicando la permanente vigencia de sus planteamientos en estos tiempos convulsos.
Filósofo pero también psicólogo, historiador de las ideas y teórico social, Foucault ha pasado a la posteridad por sus certeros análisis de los sistemas de poder y su relación con el saber, por sus estudios críticos de las instituciones, desde las clínicas hasta los tribunales o las cárceles, y por haber diseccionado las normas sociales y la búsqueda de la verdad en el ser humano, así como las formas de subjetividad, esos criterios que la sociedad impone para definir quién está loco o enfermo, quién es un criminal o un depravado.
Asociado al estructuralismo tras publicar 'Las palabras y las cosas' (1966), donde parte de 'Las meninas' de Velázquez para desarrollar su arqueología de las ciencias humanas desde una perspectiva epistemológica, él mismo se distanció posteriormente de este movimiento, que consideraba demasiado rígido, como tampoco quiso nunca que le clasificaran de autor postestructuralista o posmoderno. Reacio a las etiquetas y los convencionalismos, Foucault dudaba de los signos como dudaba del poder y, acaso consciente de sus debilidades y contradicciones, siempre insistió en que no se juzgara al pensador por su faceta de ser humano.
"No deseo que, durante el programa televisivo, se dedique espacio a mis datos biográficos, ya que los considero irrelevantes para los temas que se van a tratar", le advirtió a su amigo Fons Elders, por carta mecanografiada, antes de prestarse a recibir en su domicilio parisino a la NPO. Y éste cumplió rigurosamente su petición pero, a la hora del montaje, decidió que la entrevista arrancara con un plano fijo de dicha misiva para mostrar la peculiaridad del personaje.
Por mucho que él lo negara, la vida de Paul-Michel Foucault (1926-1984) sí influyó de alguna manera en la construcción de su obra. Nacido en Poitiers, hijo de un eminente cirujano (Paul Foucault), su infancia en una capital de provincias durante la Segunda Guerra Mundial fue la de un niño apabullado por la insistencia de su padre para que estudiara Medicina -al final lo haría su hermano menor Denys- y un alumno irregular que suspendía en Matemáticas pero brillaba en Historia.
Enigmático, solitario y agresivo
Admitido en la prestigiosa École Normale Supérieure (ENS) de París, reducto académico de las élites francesas del que han salido 13 premios Nobel, el muchacho "enigmático, solitario y agresivo" -como le describirían sus compañeros- se quitó allí el nombre de Paul por odio a su progenitor, al tiempo que descubría su homosexualidad con un sentimiento de culpa tan grande que intentó suicidarse con una cuchilla de afeitar.
Cuentan las crónicas que en su internamiento en el Hospital de Saint-Anne, históricamente especializado en trastornos psiquiátricos y adicciones, se halla el secreto de su interés por la Psicología Patológica -disciplina muy reciente en la Francia de la posguerra-, que pasaría a estudiar después de licenciarse en Filosofía en 1948 en la Sorbona, donde solía ufanarse de no haber pisado jamás un aula.
Para aquel tiempo, este devoto de Kant, Nietzsche y Heidegger -pero también del transgresor Georges Bataille- se hizo sorpresivamente militante del Partido Comunista Francés siguiendo a su mentor, Louis Althusser. Pero pronto se desilusionó con las riñas internas del PCF y las noticias sobre los gulag estalinistas que se filtraban desde la URSS. A pesar de ello, en 1951, Althusser le consiguió un puesto de profesor de Psicología en la ENS, donde coincidió con Paul Veyne y Jacques Derrida.
Vino luego un peregrinar por centros extranjeros enseñando francés. En Uppsala (Suecia), escribió en 1954 su primer ensayo, 'Enfermedad mental y personalidad', donde revisaba el concepto de locura y su interpretación a través del tiempo por parte de las autoridades para internar a mendigos y libertinos en instituciones médicas que mezclaban la caridad con la represión. En Varsovia fue asignado en 1958 al Centro de Civilización Francesa, pero pronto la Sluzba Bezpieczenstwa -policía política polaca- detectó sus correrías nocturnas en ambientes gais y le puso en la frontera.
De vuelta a casa, ocupó un puesto de Filosofía en Clermont-Ferrand, donde intimó con el sociólogo Daniel Defert, que sería su compañero hasta el fin de sus días. Siguiendo a este último hasta Túnez, donde le tocó hacer el servicio militar, Foucault se perdió el mayo del 68 en el Hexágono. Pero ese mismo otoño ya estaba en París, inmerso en la ebullición que la capital francesa vivió tras las revueltas callejeras e integrado en una irrepetible camada de pensadores galos (Lévi-Strauss, Roland Barthes, Lacan, Deleuze, Lyotard...), algunos de los cuales participarían con él en la fundación del mítico Centre Universitaire Expérimental de Vincennes, un proyecto docente alternativo y autogestionado, impulsado por el ministro de Educación Edgar Faure como respuesta a las reivindicaciones estudiantiles, que daría lugar después a la Universidad París VIII de Vincennes à Saint-Denis .
Para entonces, nuestro hombre ya era un filósofo admirado, gracias a libros como 'Las palabras y las cosas' (1966) o 'La arqueología del saber' (1969), a los que siguieron otras obras fundamentales como 'Vigilar y castigar' (1975), 'Microfísica del poder' (1980) o 'Historia de la sexualidad' (tres volúmenes de 1976 a 1984), pergeñadas durante su etapa final como catedrático de Historia de los Sistemas de Pensamiento en el reverenciado Collège de France (1970-1984).
LSD y ayatolás
Tal vez porque nunca vivió en directo las barricadas noventayochistas, Foucault se apuntó posteriormente a toda suerte de experiencias marginales o subversivas, desde tomar LSD en 1975 en el corazón del Valle de la Muerte (California), en ese fascinante Zabriskie Point al cual Michelangelo Antonioni dedicó una extravagante película, hasta apoyar en 1979 la revolución iraní del ayatolá Jomeini -luego se arrepentiría- por considerarla como "el nacimiento de una nueva forma de espiritualidad política".
Aquejado del virus VIH, el filósofo más citado del mundo en el ámbito de las Humanidades -según decretaría 'The Times Higher Education Guide' en 2007- falleció en 1984 sin que 'Le Monde' explicara claramente las causas del deceso. Cuatro años después, su admirador y presunto amante Hervé Guibert revelaría su condición de seropositivo en 'Al amigo que no me salvó la vida', ejercicio de autoficción galardonado con el Prix Colette, en el que contaba detalladamente la agonía por síndrome de inmunodeficiencia de un pensador llamado Muzil, alter ego de Foucault.
Antes de dejarnos, el filósofo destruyó muchos de sus documentos inéditos para evitar su difusión y prohibió en su testamento que se realizaran ediciones póstumas de sus escritos, de los cuales se han vendido en Francia hasta la fecha 1,3 millones de ejemplares. A pesar de ello, sus clases magistrales en el Collège de France han dado lugar a 13 volúmenes de transcripciones lanzados por Gallimard, traducidos a 30 idiomas y despachados en el Hexágono al ritmo de 15.000 copias por tomo.
Precisamente uno de aquellos cursos, consagrado en 1979 al neoliberalismo, está siendo reivindicado en los últimos años por su aproximación visionaria a la corriente macro-económica que ha marcado este siglo XXI. Durante tres sesiones, Foucault analizó las teorías de autores entonces poco conocidos, como el austriaco Friedrich Hayek o el estadounidense Gary Becker, futuro Nobel de Economía.
"Con un increíble sentido de la anticipación, reveló que el verdadero proyecto de esta corriente no era liberar al pueblo sino imponer una forma de vida guiada por la tiranía del mercado y la disciplina presupuestaria", señala Eric Aeschimann en 'Le Nouvel Observateur'. "En ese momento, nadie imaginaba la ola neoliberal que caería sobre el planeta. Luego él murió y ese aspecto de su trabajo cayó en el olvido. Hasta que, en 2009, 'La Nouvelle Raison du monde', de Cristian Dardot y Pierre Laval, demostró que Foucault fue también un brillante analista de la economía liberal".

El éxito de dicho ensayo certifica la actualidad del pensamiento 'foucaultiano', que parece haberse vuelto más influyente que el de otros compañeros generacionales como Lacan, Deleuze o Derrida. Para honrarle 30 años después de muerto, Toulouse le dedicará en junio una sesión del Marathon des Mots, igual que el Centro Pompidou parisino ha programado conferencias acerca de la relación de Foucault con el arte, y el canal televisivo Arte emitirá un documental con el significativo título de Foucault contra sí mismo que a él, eterno insatisfecho, quizá no le hubiera hecho mucha gracia.

Artículo de Juan Manuel Bellver publicado el 25 de abril de 21014 en El Mundo.

martes, 21 de mayo de 2013

Saskia Sassen: “Pedir sacrificios mientras se rescatan bancos es un abuso”

Artículo de María Benito publicado en El Confidencial el 19 de mayo de 2013


La socióloga Saskia Sassen ha sido galardonada esta semana con el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales por “su contribución a la sociología urbana y el análisis de las dimensiones social, económica y política de la globalización”. Esta profesora de la Universidad de Columbia (Nueva York), que obtuvo en 1991 el reconocimiento internacional con la publicación de La ciudad global sobre los nuevos espacios urbanos, se muestra muy crítica con el actual modelo financiero y con los efectos de las políticas de austeridad que se han puesto en marcha en Europa como consecuencia de la crisis. Sus últimos libros en español Territorio, autoridad, Derechos (Editorial Katz) y La nueva geopolítica,  publicado por CCCB (Casa de Caritat, Barcelona) este año. 
- ¿Es la globalización del modelo económico occidental la causa de la crisis?
Las crisis cíclicas forman parte del funcionamiento de una economía de mercados. Pero estamos viviendo  crisis que van mucho más allá de eso. La financiarización de una parte creciente de nuestras economías ha generado la inestabilidad extrema que estamos viendo. Otro factor a tener en cuenta es la reorientación de la política de Estado en todos nuestros países hacia la concesión de privilegios a la lógica financiera. Hay que diferenciar la lógica financiera de la bancaria: todos necesitamos préstamos: el estudiante que quiere avanzar su educación, la familia que compra una vivienda, la pequeña empresa que quiere aumentar la eficiencia de su proceso de producción, etc. Pero las finanzas son algo diferente: necesitan financiarizar otros sectores para obtener rentas y se está vendiendo algo que no se tiene. En eso reside su gran creatividad y su necesidad de invadir otros sectores. En la actualidad se han financiarizado las hipotecas, los préstamos para comprar coches, las tarjetas de crédito y también las deudas de gobiernos nacionales y municipales.
-En el debate sobre austeridad o crecimiento, ¿quién tiene razón? ¿Cuáles son las consecuencias de la austeridad?
Saskia Sassen. (EFE)
Creo que es crítico, importantísimo, impulsar el crecimiento económico. La llamada austeridad de estos años no ha funcionado y la modesta estabilidad que puede haber generado en algunos sectores se asienta sobre las espaldas de las familias y negocios que han sido expulsados de la economía. Se está produciendo un empobrecimiento radical y destructivo del tejido social y económico. Y ¿para qué? Para estabilizar el sistema financiero bajo el supuesto que eso es bueno para la economía. Pero no son dos temas distintos, la renta financiera y la economía. Se podría llegar a una unión fructífera de ambas aunque en las últimas décadas no se haya conseguido.
-¿Es razonable que se pida a los españoles que hagan sacrificios económicos, mientras con dinero público se rescatan bancos y comunidades autónomas?
No. Es un abuso del contrato entre el Estado y los ciudadanos.
-¿Cómo cree que está afectando la crisis a la estructura y las relaciones sociales a España?

Muy negativamente y en muchos aspectos. Quiero hacer hincapié en uno: está destruyendo una economía fuerte, de empresas industriales y comerciales de alta calidad con mercados globales. Tanto España como Italia tienen economías fuertes y las nuevas políticas que se están aplicando, que privilegian la renta (frente a la estabilidad)  financiera, las están destruyendo. Y eso va a ser difícil de recuperar, ya que la construcción de esas empresas y el desarrollo de un producto de alta calidad ha costado generaciones.
-¿Cómo habría que gestionar el malestar social que la austeridad provoca en España, Italia, Grecia y Portugal?
Estamos viendo procesos profundamente destructivos y va a costar mucho tiempo recuperarse. La alta tasa de suicidio en Grecia e Italia es un indicador claro. Existe el enorme riesgo de toda una nueva generación perdida, de que haya un espacio económico reducido, de que se deterioren infraestructuras físicas y sociales para la economía y la vida cotidiana. Y todo esto en nombre,  no tanto de la estabilidad económica, sino de la capacidad del sistema financiero para seguir consiguiendo una renta extremadamente alta. Como decía antes, todos necesitamos préstamos bancarios, pero lo que ha pasado en los últimos 30 años va mucho más allá: es una renta prodigiosa. El valor del capital financiero medido por los activos pendientes de pago de Estados Unidos era de 630 billones en el 2007, frente a los 54 billones a los que ascendía su Producto Interior Bruto. En el 2012 el PIB global había caído a 45 billones, pero el valor financiero de las deudas era superior el trillón. Este crecimiento se debe, en parte, a los préstamos enormes por parte de los gobiernos. Es decir, ¡al dinero de los ciudadanos!
-¿Qué opina del 15M y otros movimientos ciudadanos?
Es un movimiento importante. Yo lo veo como indicador de la quiebra del contrato social del estado liberal del siglo XX, que tuvo como uno de sus grandes triunfos el Estado del bienestar, el Estado regulatorio. En el centro de este proyecto de Estado se encuentra una amplia clase media, que es la que más se ha beneficiado del desarrollo, si bien fueron a menudo los movimientos sindicales los que lucharon duro para conseguirlo. Eso es lo que  empieza a quebrarse  en los últimos 20 años y ha estallado con esta generación de jóvenes. Ellos cumplieron con los requisitos (estudio, buena conducta, etc.) para construir una buena vida, obtener un buen  trabajo y labrarse un buen futuro. Pero el sistema y el Estado les han fallado, porque se han privilegiado en exceso los grandes intereses económicos. En ese sentido los que se han beneficiado de las desregulaciones han sido el sistema financiero y las grandes empresas globalizadas.
Creo que este movimiento ha contribuido a educar y hacer ver a un público amplio las distorsiones que se pueden ver en la gestión que hace el Gobierno de los impuestos de la ciudadanía. Creo que es un movimiento social, de recuperación de economías que aplican la lógica de la redistribución de los beneficios del crecimiento económico, como sucedía cuando surgió la gran clase media hacia la mitad del siglo XX en muchos países de occidente.
-¿Cómo se puede mantener un Estado del bienestar y la inversión en gasto social en el caso de estados como España que tienen un déficit que no pueden sostener?

Hay que determinar cuál es el origen del déficit, que varía en cada país. En el caso de EEUU, las guerras han jugado un papel importante. Privilegiar a sectores que no pagan todos sus impuestos o que reciben exenciones fiscales no ayuda. Pero creo que el déficit en muchos de nuestros países proviene de la excesiva captura de recursos por parte de ciertos sectores económicos. Esto se vio con gran claridad cuando estalló la crisis del 2008 y tantos recursos de los bancos centrales se desviaron al sector bancario, incluido el de las altas finanzas. En EEUU el Estado terminó transfiriendo al sector bancario y financiero  unos 7 billones de dólares… Y en la otra cara de la moneda vemos que no se está protegiendo a las pequeñas empresas que generan la gran mayoría de los puestos de trabajo. En el espíritu de la austeridad, se han eliminado muchísimos puestos de  trabajo en el Gobierno, lo que sirve para generar ingresos a corto plazo, pero que a largo solo lleva al hundimiento de la economía.
-Usted ha dicho que el estado neoliberal ha creado una clase media que no es capaz de hacer nada, en el sentido de que los jóvenes licenciados están sentados esperando a que el sistema vuelva a reclamarlos… ¿Se está expulsando a una generación muy preparada?
Lo que he dicho es que el Estado liberal, del bienestar, nos ha hecho a todos un poco consumidores de nuestra ciudadanía, de nuestros derechos….Y ya no sabemos cómo hacer, en el sentido de construir. Tenemos que relocalizar la función del crédito recuperando la pequeña banca, las cajas de ahorro. Para proyectos grandes se necesita a las grandes entidades, pero para la mayoría de la población de un país, la pequeña banca es suficiente. Y esto importa, porque la renta (el interés que obtiene la pequeña banca de los préstamos)  recircula en la comunidad. 
-¿Por qué cree que los jóvenes universitarios, una vez que se ha hundido el consumo, no son capaces de crear de forma activa sus propias formas de vida?
Creo que la sociedad está empezando a darse cuenta de esto, pero ¡no es fácil! En ese sentido el 15M,  a través del trabajo duro de ocupar, ha desarrollado capacidades para hacer –mantener la paz en el espacio ocupado, la comida para alimentar a todos. Eso va desarrollando capacidades sociales. Yo creo que lo que estamos viendo es un punto en una trayectoria que va ir desarrollándose, va a llevar tiempo y va a haber periodos de estancamiento, pero es una trayectoria que va más allá de lo que está sucediendo ahora.
-¿Cuáles son las principales consecuencias sociales del modelo neoliberal que dice se ha implantado en los países europeos?
La destrucción de pequeñas empresas de buena calidad, la destrucción de vecindarios a través de las ejecuciones hipotecarias, etc. También se destruye el tejido social. De esta forma se  va desintegrando el ensamblaje de lo económico, lo social, lo cultural…
-La inmigración es un fenómeno característico de la globalización, pero la crisis ha provocado que exista un rechazo creciente en Europa a los inmigrantes. ¿Cuáles son las consecuencias?
A lo largo de la historia siempre ha habido discriminación y odio hacia el inmigrante, pero también siempre ha habido algunos actores –inmigrantes y ciudadanos- que han luchado por su incorporación. Ese proceso implica el fortalecimiento y la mejora de los derechos de los ciudadanos. Esto va contra la interpretación que se hace en la actualidad de que darle derechos a los inmigrantes significa que perdemos. Yo he escrito un libro sobre esta dinámica histórica en Europa, un continente con racismos y odios muy fuertes. (Guests and Aliens, New York: New Press)

Artículo de María Benito publicado en El Confidencial el 19 de mayo de 2013