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sábado, 2 de julio de 2016

Michel Foucault. Un diálogo sobre el poder.


Foucault señala que los intelectuales han descubierto que las masas no los necesitan para saber. Sin embargo, sostiene que hay un sistema de poder que intercepta e invalida ese saber de las masas, y donde los mismos intelectuales forman parte de ese sistema de poder. El papel del intelectual sería entonces luchar contra las formas de poder allí donde es a la vez su objeto e instrumento: en la dimensión del “saber”, del “discurso”, de la “verdad”, de la “consciencia”. Con ello la teoría no expresaría una práctica, sino que es la práctica, pero no totalizadora, sino local.
Foucault ha puesto entre paréntesis una serie de postulados tradicionales en los análisis del poder. En este diálogo con Deleuze realizan una crítica al poder, a la posición del intelectual y a los medios de lucha frente a la totalización del poder. Ese diálogo comienza con la disertación acerca las relaciones entre teoría y práctica. Éste señala que la práctica se ha concebido o bien como aplicación de la teoría o como inspiradora de la misma. Eran relaciones concebidas bajo la forma de un proceso de totalización, sin embargo ahora las relaciones teoría-práctica son más parciales y fragmentarias: una teoría siempre se aplica a un pequeño campo, y en cuento se profundiza en ella aparecen obstáculos y tropiezos que hacen que sea relevada por otro tipo de discurso. La práctica es un conjunto de relevos de un punto teórico a otro, y la teoría un relevo de una práctica a otra. En este contexto el intelectual teórico ya no es una consciencia representativa.
Deleuze afirma que la teoría no totaliza, es el poder el que realiza esas totalizaciones. La teoría es como una caja de herramientas y es preciso que funcionen para la gente, darle voz a estas personas sería una de las preocupaciones de la antropología. Considerando la situación actual, el poder tiene una visión total o global. Las actuales formas de represión se totalizan fácilmente desde el punto de vista del poder: por ejemplo en la enseñanza o contra la juventud en general. En cualquier caso, formas diversas de exclusión social que las etnografías deberían recoger, como discursos que deben ser interpretados por la Antropología (Los “vínculos laterales” que señala Foucault, como mecanismo para enfrentarse a la política global de poder).
Puedo relacionar este texto con las reflexiones de George Ritzer (2010) respecto a la identificación de las dos ideas nucleares de la metodología de Focault: la “arqueología del saber” y la “genealogía del poder”. Ritzer sistiene que la  preocupación de “decir la verdad” guarda relación directa con la genealogía del poder de Focault. La genealogía es un tipo muy característico de historia intelectual pues está reñida con otros tipos de estudios históricos que atribuyen centralidad a esas leyes o necesidades; es intrísicamente crítica e implica una “interrogación constante de lo que supuestamente es dado, necesario, natural o neutral” (Ritzer, 2010:568).
A Focault le preocupa el modo en que las personas se gobiernan a sí mismas y gobiernan a otras mediante la producción de conocimiento. Pues ese conocimiento genera poder al convertir a las personas en sujetos y al gobernarlos mediante el uso del mismo. Entonces interesaría identificar las técnicas, las tecnologías que se derivan de ese conocimeinto y por el modo en que las utilizan diversas instituciones a fin de ejercer poder sobre las personas. Focault cree que el conocimiento-poder siempre genera oposición; siempre hay resistencia contra él. Lo que le interesa fundamentalmente es el mundo moderno: “escribo la historia del presente” desde el uso crítico para hacer inteligibles las posibilidades del presente.
La paradoja del poder es la de ser visible e invisible a la vez, la de estar presente y oculto al mismo tiempo, indica Foucault. Como podemos observar en el ámbito político actual, seguimos sin saber aún quién detetenta realmente el poder, quién lo ejerce exactamente: nadie es su titular o todos a la vez y, sin embargo, el poder se ejerce en determinada dirección en la clásica dicotomía: unos a un lado (derecha y centro derecha) y otros en el otro (izquierda, centro izquierda); aún no sabiendo quién lo detetenta exactamente, sabemos con certeza quién no lo tiene; una vez más los ciudadados. En todo caso, y tal como hemos podido extraer del texto, de esta indefinición resulta la dificultad para encontrar las formas de lucha adecuadas. Y las luchas se vienen desarrollando alrededor de lugares específicos de poder, como pueden ser un jefe, un funcionario, un profesor, un cocinero, un estudiante, etc., los que algunos hablan de ese “cambio necesario desde abajo”, como prácticas o micro prácticas que realizamos o reproducimos todos los actores societarios. Designar esos lugares, denunciarlos públicamente, es la lucha política continua, porque aunque algunos no quieran hacerlo, obliga a tratar este asunto, forzando a todos los actores del tapete político a abordarlo, quién ha hecho qué, por qué y con qué objetivo; esto es un primer paso necesario y tremendamente sustantivo para la lucha contra el poder.
Bibliografía
Foucault, M, (2012). Un diálogo sobre el poder y otras conversaciones. Alianza Editorial. Madrid. 
Ritzer, G. (2010) Teoría Sociológica Moderna. McGraw Hill. Madrid.

domingo, 29 de junio de 2014

Michel Foucault: una nueva imaginación política

Artículo de Amador Fernández-Savater publicado el 24 de junio de 2014 en eldiario.es


Una escena puede servirnos para arrancar esta reflexión sobre la actualidad del pensamiento político de Michel Foucault, en el treinta aniversario de su muerte.
A finales de 1977, socialistas y comunistas discuten la elaboración de un "programa común" para presentarse conjuntamente a las elecciones generales francesas de marzo 1978.
Ha llegado ya el momento, piensan algunos, de traducir la revuelta de Mayo del 68 en una victoria electoral e institucional a través de la necesaria "unidad de la izquierda". Es hora de la "política con mayúsculas" y de las cosas serias, tras tanta autogestión, tanta democracia directa y tanta autoorganización, inconsistentes para transformar la realidad.
Al mismo tiempo, dos publicaciones organizan un encuentro entre personas comprometidas en la intervención en ámbitos específicos de la sociedad como la educación, la asistencia sanitaria, el urbanismo, el medio ambiente o el trabajo.
Michel Foucault, tal vez la estrella más luminosa en el firmamento intelectual del momento, acude al encuentro y se inscribe en el taller "medicina de barrio". Le Nouvel Observateur (nº 670) recoge sus impresiones al finalizar los trabajos en una breve entrevista titulada: "Una movilización cultural". Entre otras cosas, Foucault dice:
"Yo escribo y trabajo para personas como las que están ahí en ese taller, gentes nuevas que plantean preguntas nuevas. Son las preguntas de las enfermeras o de los guardias de prisiones las que deberían interesar a los intelectuales. Son infinitamente más importantes que los anatemas que se lanzan a la cabeza los profesionales de la intelectualidad parisina. "
"Durante los dos días de intensos debates y discusiones profundamente políticas, ya que se trataba de cuestionar las relaciones de poder, de saber, de dinero, ninguno de los treinta participantes del grupo 'medicina de barrio' usó las palabras 'marzo 1978' o 'elecciones'. Esto es importante y significativo. La innovación ya no pasa por los partidos, los sindicatos, las burocracias, la política. Se trata de un cuidado individual, moral. Ya no preguntamos a la teoría política qué hacer, ya no son necesarios los tutores. El cambio es ideológico, y profundo".
"Un gran movimiento se ha activado durante estos últimos quince años, del que la anti-psiquiatría es el modelo y Mayo del 68, un momento. En las capas que una vez garantizaban la felicidad de la sociedad, como por ejemplo los médicos, ahora hay poblaciones enteras que se vuelven inestables, que se ponen en movimiento, en búsqueda, fuera del vocabulario y las estructuras de costumbre. Es una... no me atrevo a decir revolución cultural, pero sin duda una movilización cultural. Políticamente irrecuperable: se siente que en ningún momento el problema para ellos cambiaría si hubiese un cambio de gobierno. Y eso me alegra." 
El gesto es altamente provocador. Para el filósofo más grande, un modesto taller es más relevante que la discusión sobre el "programa común" de socialistas y comunistas, es ese taller lo que está en línea directa con Mayo del 68 y no la posible victoria electoral del frente de izquierdas, la invención política pasa por un pequeño grupo de gente que se muestra indiferente al cambio eventual de gobierno. Como si estar "a la altura del momento" consistiese en colocarse muy abajo, como si "la política con mayúsculas" se escribiese en realidad con minúsculas.
Provocador sí, pero no caprichoso. El gesto de Foucault es perfectamente coherente con sus desarrollos teóricos de la época. ¿Qué entendía entonces Foucault por poder (si no se trataba del poder político)? ¿Cómo pensaba las resistencias (por fuera del paradigma del partido)? ¿En qué consistía para él una aportación intelectual a las prácticas de emancipación (si no pasaba por firmar manifiestos u opinar sobre la coyuntura)?
Poder, saber y resistencias son tres problemas fundamentales a lo largo de toda la trayectoria del filósofo francés. No soy especialista en su obra, ni me atrevería a intentar restituir en unas pocas líneas toda la complejidad de su meditación sobre estos problemas, pero querría apuntar algunos elementos para tratar de entender mejor dónde residía el valor de esa "movilización cultural" y en qué sentido me parece que la seguimos necesitando hoy.
En primer lugar, la cuestión del poder
"En el pensamiento y el análisis político, aún no se ha guillotinado al rey", escribe Foucault en 1976. ¿Qué significa eso? Foucault alude aquí a la figura de un poder majestuoso, concentrado en un lugar determinado, siempre lejano y en lo alto, que irradia verticalmente su voluntad sobre sus súbditos/víctimas.
Se sustituye al rey por el Estado, el imperio de la ley o la dominación de clase, pero se reproduce una forma de entender el poder: una especie de "sala de mandos" situada en la cúspide de la sociedad. Todo el trabajo de Foucault apunta a romper ese esquema conceptual/mental.
En lugar de un poder que se concentra o se deduce de las grandes figuras (Estado, ley, clase), Foucault nos propone pensarlo como un "campo social de fuerzas". El poder no desciende de un punto soberano, sino que viene de todos los lados: millares de relaciones de fuerza atraviesan y configuran nuestra forma (práctica) de entender la educación, la salud, la ciudad, la sexualidad o el trabajo.
Esas relaciones de fuerza no se codifican únicamente en términos jurídicos (lo que se puede y no se puede hacer según la ley), sino que consisten en una pluralidad infinita de procedimientos extra-legales que funcionan ajustando los cuerpos y los comportamientos a normas (diferentes de una ley). Pensemos por ejemplo en una prisión: su ley explícita dice que se trata de un espacio para la reinserción del preso en la sociedad, pero mil procedimientos cotidianos producen algo bien distinto: un marcaje, una estigmatización del delincuente como delincuente, una exclusión. El análisis exclusivamente jurídico del poder es ciego a esas fuerzas determinantes.
En ese campo social de fuerzas hay, sin duda, "puntos de especial adensamiento": el Estado, la ley, las hegemonías sociales... Son los nodos más grandes de la red de poder. Pero Foucault nos propone pensarlos (invirtiendo radicalmente la perspectiva normal) como "formas terminales". Es decir, no tanto causas como efectos del juego de las relaciones de fuerza. No tanto instancias primeras y generadoras, como segundas y derivadas. Perfiles, contornos, puntas de un iceberg... Los aparatos estatales, las leyes y las hegemonías sociales son las figuras visibles que se recortan sobre el fondo oscuro y en permanente ebullición de la pelea cotidiana.
Formas terminales, pero no pasivas. Las figuras visibles del poder son el resultado del campo social de fuerzas y se apoyan en él, pero a la vez lo fijan (aunque nunca definitivamente). Es decir, encadenan distintas relaciones de fuerza concretas y locales produciendo de ese modo efectos globales y estrategias de conjunto. Una cita muy clara de Foucault al respecto, discutiendo con el marxismo dominante en los años 70: "No me parece que sea la clase burguesa (o tales o cuales de sus elementos) la que impone el conjunto de las relaciones de poder. Digamos que esa clase las aprovecha, las utiliza, las modifica, trata de intensificar unas y de atenuar otras. No hay, pues, un foco único del que todas ellas salgan como si fueran por emanación, sino un entrelazamiento de relaciones de poder que, en suma, hace posible la dominación de una clase social sobre otra, de un grupo sobre otro".
En la famosa entrevista de Jordi Évole a Pepe Mujica, el presentador catalán le preguntó al presidente uruguayo si había cumplido su programa electoral: "Qué va", contestó riendo Mujica, "¿usted cree que un presidente es un rey que hace lo que quiere?" Y le vino a dar a Évole una pequeña "lección foucaultiana" explicándole cómo lo que puede y no puede hacer el poder político está condicionado por el campo social de fuerzas (el entramado jurídico que construye el neoliberalismo a su medida, los mismos deseos y expectativas de los sujetos sociales, etc.).
El poder no es un objeto que se encuentre en un lugar privilegiado que se pueda ocupar o asaltar: el paradigma revolucionario hegemónico en el siglo XX entra aquí en crisis. Sin relación con el campo social de fuerzas, ese lugar está vacío y ese poder es impotente. Hay que repensarlo todo de nuevo, no para desechar la exigencia revolucionaria, sino para reactivarla desde una mirada nueva.
En segundo lugar, la cuestión de las resistencias
"Allí donde hay poder, hay resistencias", reza una célebre máxima foucaultiana. La idea de que el poder no se concentra en un único punto (los dirigentes, la casta política, etc.), sino que se genera y brota desde todos los rincones de la sociedad no es una tesis pesimista sobre la omnipotencia de la dominación. Al contrario: definir el poder como una relación de fuerzas significa entenderlo como la relación entre una acción y otra acción. Una acción de mando y otra acción que le responde. La fuerza no se ejerce sobre un objeto pasivo, sino sobre otra fuerza siempre capaz de acción y de una respuesta no previsible.
En una entrevista de 1977, Foucault llama "la plebe" a todas esas resistencias. En primer lugar, la plebe es una respuesta concreta, local y situada a un procedimiento de poder igualmente concreto, local y situado. Ahí está de hecho su potencia: responde al poder allí donde se ejerce y no en otro lado. "La plebe es menos el exterior de las relaciones de poder que su envés, su límite, su contrapunto; es lo que responde a cualquier avance del poder con un movimiento para deshacerse de él".
En segundo lugar, la plebe no es una realidad sociológica (aquellos que comparten condición social o intereses), sino más bien una falla en las identidades dadas. No es el pueblo, ni los pobres, ni los excluidos: "hay plebe en los cuerpos, en las almas, en los individuos, en el proletariado, también en la burguesía, pero con una extensión, unas formas, unas energías y una irreductibilidades diversas". No hay división binaria entre el bloque de poder y el bloque de las resistencias: poder y resistencia lo atraviesan todo (y a cada uno).
Por último, la plebe no es una sustancia, sino una acción. "La plebe no existe pero hay plebe". Como cuando decimos "la amistad no existe, pero hay pruebas de amistad". Es algo que pasa o simplemente no existe. Es un hecho, una manifestación, un acontecimiento.
¿Puede "organizarse" la plebe, una realidad tan móvil, heterogénea y compleja? La respuesta es sí. Igual que el poder encadena y entrelaza distintas relaciones de fuerza concretas y locales produciendo estrategias globales, las resistencias pueden ser "codificadas estratégicamente" produciendo efectos generales: revoluciones.
¿Cómo? Se trata de evitar al menos dos inercias a la hora de pensar la organización: 1) la simplificación (sólo puede organizarse lo idéntico) y 2) la separación (para organizarse hay que "salir" de los lugares concretos donde las resistencias se desarrollan). Los "sujetos políticos" que hemos conocido a lo largo del siglo XX (el partido político o el grupo armado) siguen ese modelo: pensándose a sí mismos como la cabeza y la articulación de las resistencias, se construyen en realidad como espacios homogéneos, cerrados y aislados de los mundos donde las resistencias viven.
¿Entonces? Se trataría de reimaginar la organización en términos de "circulación" entre los distintos puntos de resistencia. Asumir el carácter disperso y situado de las resistencias, no como un obstáculo a conjurar, sino como una potencia. Pensar, no de qué manera englobar las resistencias bajo formas centralizadas y sin relación orgánica con sus mundos, sino cómo construir "lazos transversales de saber a saber, de un punto de politización a otro, los cruces y los intercambiadores".
La plebe se organiza comunicando y extendiendo sus prácticas de resistencia. Seguramente, si Foucault disfrutó tanto esos talleres de 1978 fue porque abrían un espacio donde las resistencias podían encontrarse y compartir sin poner entre paréntesis sus diferencias y sus mundos propios.
Y por último, la cuestión del saber
"Cada vez que intenté hacer un trabajo teórico, lo hice a partir de elementos de mi propia existencia, siempre en relación con procesos que yo veía desarrollarse en torno a mí", explica Foucault. Para elucidar la experiencia vivida, Foucault podía irse realmente lejos en el tiempo y el espacio (siglos remotos, personajes oscuros, textos perdidos), pero toda su erudición está puesta al servicio de pensar los "problemas, las angustias, las heridas y las inquietudes" del presente.
Es la diferencia entre pensar al pie de la calle y pensar al pie de la letra. En el pensar al pie de la letra, los libros remiten a libros. En el pensar al pie de la calle, los libros resuenan con los problemas de la vida individual y colectiva.
Uno sale más fuerte, más inteligente, más alegre después de leer a Foucault y sin embargo él no hace sino complicarlo todo. ¿Cómo es posible? Mi intuición es esta: la alegría en el pensamiento no tiene que ver con lo reconfortante de las conclusiones a las que se llega, sino con el hecho de descubrirnos capaces de llegar a un sitio por nosotros mismos. Es una experiencia que deja una huella duradera: si hemos sido capaces de pensar algo (lo que sea) por nosotros mismos, podremos volver a hacerlo.
Es lo contrario de lo que Foucault llamó "la posición profética", asociándola a menudo al marxismo: un pensamiento movilizador que en realidad consigue la desmovilización del pensamiento. ¿Cómo? 1) Confundiendo la necesidad histórica y los objetivos a alcanzar, como si estos estuviesen ya escritos en el curso mismo de lo real ("llega el fin del capitalismo", etc.); 2) tapando "el aspecto sombrío y solitario de las luchas": las dificultades, las contradicciones y los claroscuros de la realidad, las fases de silencio e invisibilidad en las que una lucha no goza del protagonismo mediático o la atención de los focos; y 3) buscando todo el rato nuestra adhesión a unas tesis, pero sin requerirnos ningún tipo de trabajo personal.
En lugar de la posición profética de superioridad, que es como la voz en off que describe lo que pasa sin que sepamos nunca de donde sale, Foucault entiende la teoría como una "caja de herramientas". No como un sistema teórico válido siempre, sino como un instrumento adecuado para descifrar la lógica propia de una relación de fuerzas concreta. No como un diagnóstico cerrado y perfecto, sino como lentes que uno debe aprender a graduar por sí mismo. Un pensamiento inacabado que requiere (en los dos sentidos) la activación del otro. "Querría producir efectos de verdad que sean tales que puedan utilizarse en una batalla posible, conducida por quienes lo deseen, en formas por inventar y organizaciones por definir, dejo esa libertad al término de mi discurso a quien quiera hacer algo con ella".
El intelectual (cualquiera) que entiende la teoría como una caja de herramientas no es un gurú, un oráculo ni un guía, sino lo que Foucault llamó un "intelectual específico". No el portavoz de valores universales, sino de situaciones concretas. No quien traza líneas a seguir, sino quien aporta herramientas que pueden usarse libremente. No la voz en off que todo lo sabe, sino la prolongación de la potencia de una lucha. 
Pensar en plural
En esos talleres de 1978 se desarrollaron discusiones "profundamente políticas", pero sin embargo Foucault preferió hablar de "una movilización cultural". ¿Por qué? Creo que lo que Foucault percibió allí fue una modificación en las maneras de ver y pensar. Es decir, un cambio cultural o de paradigma. Algunos elementos de la "nueva imaginación política" que él reclamaba.
Podríamos tal vez definir así uno de esos elementos: pensar en plural. Por ejemplo, no entender el poder como un monopolio del Estado, sino como un campo social de fuerzas. No entender las resistencias como un monopolio de los partidos políticos, sino como posibilidades al alcance de cualquiera, en cualquier lugar. No entender el saber como un monopolio de los especialistas y las Voces Explicadoras, sino como una caja de herramientas sin autor ni propietario, de la que todos podemos servirnos y a la que todos podemos aportar.
Nuestro momento histórico es por supuesto muy distinto de los años 70, pero ¿no sigue siendo imperiosa la necesidad de pensar en plural, sin centro? ¿Pensar y hacer el cambio social, no como algo que pasa por un solo plano (partidos-elecciones-poder político), sino a través de una pluralidad de tiempos, espacios y actores?
Un criterio para distinguir entre "vieja política" y "nueva política" podría ser, mejor que un simple criterio temporal, esta clave: pensar en plural o pensar en uno mismo (como centro).
Así, la vieja política sería aquella que re-centraliza todo el tiempo, absorbiendo todas las energías sociales en torno a unos pocos tiempos, lugares y actores. Esos pocos centros acumularían poder a costa de la pasividad y la desertización del resto (siempre en nombre de la eficacia, etc.).
Por su lado, la nueva política sería la que que vacía una y otra vez el centro potenciando lo demás. La que abre posibilidades de intervención política en lugar de acotarlas a unos espacios privilegiados, la que multiplica las capacidades de cualquiera (de hacer, de decir, de pensar) en lugar de producir espectadores, la que activa conversaciones y no monólogos.
Una de las lecciones foucaultianas que podemos recoger hoy es que la madurez del pensamiento político no consiste en pasar de lo pequeño a lo grande o en "saltar" de las calles a las instituciones (ni en lo contrario), sino en guillotinar por fin al rey e inventarnos lenguajes y mapas para empujar un cambio que será (en) plural o no será.
Textos relacionados:
Algunas referencias que sirvieron para este artículo:  
 Artículo de Amador Fernández-Savater publicado el 24 de junio de 2014 en eldiario.es

lunes, 5 de mayo de 2014

Las palabras y el poder

Artículo de Pedro G. Cuartango publicado el 25/04/2014 en El Mundo
Uno de los libros que he leído con más emoción sin poder parar de la primera página a la última ha sido 'Las palabras y las cosas', publicado por Michel Foucault en 1966 y editado en España por Siglo XXI. Lo devoré a mediados de los años 70 y quedé sencillamente deslumbrado por la brillantez de la prosa y la profundidad del análisis.
'Las palabras y las cosas' es hoy considerado como un texto clásico del estructuralismo, pero la obra fue recibida con una enorme polémica, no exenta de la crítica de Sartre, que vio en el libro "la última barricada de la burguesía". Foucault le respondió mordazmente que poco futuro le aguardaba a la burguesía si dependía de su modesta persona.
Casi medio siglo después de su publicación, 'Las palabras y las cosas' sigue siendo una imprescindible arqueología del saber occidental, tal y como pretendía Foucault, que acertó a establecer el marco en el que surge el conocimiento, subrayando la interdisciplinariedad de las ciencias.
Lo que me fascinó en el texto de Foucault es la idea de la existencia de unas estructuras invisibles desde las cuales sólo es posible comprender lo visible. Aunque luego él renegó formalmente de su adhesión al estructuralismo, esa concepción de lo invisible atraviesa todos sus trabajos posteriores y es básica para entender su reflexión sobre el poder.
En realidad, todo el esfuerzo intelectual del filósofo francés gira en torno a su obsesión por comprender la naturaleza del poder y su plasmación en el ser humano a través de unas instituciones que transmiten y objetivan estrictas relaciones de dominación. En ese sentido, 'Vigilar y castigar' es una indagación sobre la cárcel, 'El nacimiento de la clínica' sobre la enfermedad mental, la 'Arqueología del saber' sobre el conocimiento y 'Historia de la sexualidad' sobre el sexo.
Foucault se negó de forma expresa a definir el poder porque creía probablemente que acotarlo era minusvalorar sus infinitas posibilidades de reproducción. Pensaba que su naturaleza es esencialmente inaprensible. Pero que no podamos conceptualizar el poder no significa que no seamos capaces de observar sus manifestaciones, que se hallan de forma inconsciente en nuestros actos de la vida cotidiana.
El poder, que se materializa a través de instituciones como la educación, la clínica y el Estado, es como un molde que configura ya no sólo nuestra conducta sino, sobre todo, nuestros valores y nuestra forma de ver el mundo. De aquí que la tarea esencial del filósofo sea desenmascarar esa coerción y denunciar su presencia porque, como subrayaba Foucault, la autoridad está ligada a la represión y, por ello, genera frustración.
Es evidente que las ideas de Foucault tuvieron influencia en Mayo del 68, que fue esencialmente una revuelta contra el orden establecido. Pero su filosofía sigue aportándonos una mirada para analizar nuestro tiempo y desmontar muchos de los tópicos de los intelectuales a sueldo de un entramado en el que la economía y la política son las dos caras de la misma moneda.

Pensar hoy en términos de relaciones de dominación, un concepto ligado a la noción de alienación marxista, puede ser excesivo e incluso anacrónico. Pero Foucault sigue siendo un filósofo indispensable por su honestidad intelectual y su originalidad. Los lectores dictan su veredicto día a día al comprar unas obras que él prohibió editar tras su muerte. Su espíritu no morirá jamás.

Artículo de Pedro G. Cuartango publicado el 25/04/2014 en El Mundo

sábado, 5 de abril de 2014

Gilles Deleuze en el espejo de Michel Foucault

Artículo de Pedro Gª Cuartango pubicado el 03 de abril de 2014 en El Mundo


Gilles Deleuze en el espejo de Michel Foucault
Gilles Deleuze en su casa de la avenida Niel
en 1988.
 BRUNO DE MONÉS
El bosque de Vincennes estaba lleno de hojas secas. Había que atravesar sus caminos aquel frío invierno de 1975 para llegar a la Universidad, un moderno edificio de ladrillo oculto por los árboles.
Todavía recuerdo el olor a pachulí del vestíbulo y los pasillos con tenderetes que daban a la Universidad un aire de zoco. La Facultad de Filosofía estaba en el primer piso y allí impartían clase François Chatelet, Alain Badiou, François Lyotard y Gilles Deleuze.
Se me ha quedado grabada también la imagen de Nicos Poulantzas, que daba su curso un piso más abajo, fumando en un pasillo y hablando expresivamente con sus estudiantes. Se suicidó en 1979 al tirarse al vacío desde el último piso de la torre de Montparnasse, abrazado a sus libros. Era una persona afable y simpática.
Fui alumno de todos ellos, pero recuerdo especiamente el curso cuatrimestral de Deleuze sobre el sentido. El aula era grande y destartalada, apenas había sillas y el filósofo se sentaba en una gran mesa, muy cerca de los alumnos. Llegaba a clase con una gabardina y un sombrero de fieltro verde. Esperaba a que se hiciese el silencio y se ponía a hablar con su voz bien timbrada y algo nasal, sin perder su discurso durante casi hora y media.
Deleuze era un personaje socrático que enseñaba mientras pensaba. Hacía preguntas a los alumnos y acostumbraba a refutar sus propios enunciados para luego introducir nuevos argumentos que iluminaban su pensamiento. Era un intelectual que no solamente había profundizado en los clásicos como Platón, Spinoza, Kant, Heidegger y Nietzsche sino que además tenía una sólida formación matemática y científica, que le permitía recurrir a la física para trazar un símil con una idea filosófica.

Recuerdo también que era muy aficionado al cine. Un tarde estuvimos paseando por el bosque mientras él hablaba de 'Ma nuit chez Maud', la película de Eric Rohmer. Deleuze aprovechó la ocasión para reflexionar sobre el tiempo y la noción kantiana de forma a priori.
Todo esto me ha venido a la cabeza al leer el libro 'Michel Foucault y el poder (viajes iniciáticos I)', publicado por Errata Naturae, en el que se recoge un seminario dictado por Gilles Deleuze en Vincennes en el curso 1985-86. El texto es una reflexión sobre la filosofía de Foucault y un homenaje a su amigo, al que conoció en 1952 cuando era profesor de instituto.
Deleuze y Foucault, a pesar de sus polémicas y sus distanciamientos, mantuvieron siempre una admiración mutua. Ambos fueron los promotores de París VIII, la Universidad de Vincennes, fundada en 1968. Como yo pude comprobar durante mi estancia, no había exámenes ni controles académicos, por lo que sus diplomas no eran reconocidos por nadie. Pero eso no le importaba a ninguno de sus entusiastas profesores, entre los que también figuraba la hija de Lacan.
Se decía entonces que unos alumnos bromistas habían matriculado a un caballo y le habían entregado su título con un poco de alfalfa en el patio de Vincennes. Pero seguramente era sólo una leyenda.
La enseñanza en aquel edificio -que, a pesar de su corta vida, se caía a pedazos- era un ejercicio de libertad e inteligencia para el que tuviera el más mínimo interés en implicarse en su impresionante oferta.
Gilles Deleuze impartió apasionantes cursos en Vicennes, donde pasó sus mejores años hasta que decidió quitarse la vida en 1995, debido a sus problemas respiratorios. Pero probablemente ninguno tiene tanto interés como éste sobre la noción de poder en Foucault, en el que entabla un lúcido diálogo con su amigo.
Foucault no quiso definir el poder expresamente en sus obras, pese a que indudablemente es el objeto de la mayoría de sus indagaciones. Y ello porque era consciente de su naturaleza sutil y huidiza -singular dice Deleuze- que impide atraparlo con la Razón universal.
El poder es como una red capilar que atraviesa toda la sociedad y la impregna de forma inconsciente a través de los valores y las instituciones, que siempre expresan relaciones de dominación. Foucault analiza esa penetración del poder en la cárcel, en el manicomio, en la sexualidad y en las escuelas.
Retomando la concepción de su amigo, Deleuze sostiene que el poder es una relación que se propaga como las ondas. Y que hay que analizarlo desde el punto de vista de una micropolítica del deseo, ya que al final se encarna en un conjunto de singularidades individuales.
La noción de poder está indisolublemente ligada a la de saber, por lo que la tarea del filósofo sería desentrañar los mecanismos de perpetuación de la ideología dominante a través del lenguaje y de la educación.
Pero es mejor leer a Deleuze en sus propios términos que intentar desentrañarlo. Era un hombre de extrema curiosidad intelectual, que vivía rodeado de libros y odiaba viajar fuera de París y salir de su apartamento en la avenida Niel. Por el contrario, Foucault era un personaje abierto, que no desdeñaba la oportunidad de recorrer el mundo ni de buscar nuevas experiencias personales.
Ambos fueron dos 'maître penseurs', dos gigantes intelectuales cuyas órbitas se cruzaron para iluminar un nuevo rostro de la realidad. Los dos han muerto hace tiempo, pero nos quedan sus libros.

Artículo de Pedro Gª Cuartango pubicado el 03 de abril de 2014 en El Mundo

viernes, 4 de abril de 2014

Resúmenes Teoría Sociológica III: Contemporánea Parte 19

En la asignatura Teoría Sociológica III: Contemporánea del primer cuatrimestre del Grado en Sociología de la UNED curso 2013/14, elaboré los siguientes resúmenes del libro Teoría sociológica moderna de George Ritzer. MacGraw-Hill 2010, que forma parte de la bibliografía obligatoria de la asignatura.


Teorías del intercambio, de redes y de la elección racional. Teoría del intercambio y conductismo sociológico. Teoría de redes. Teoría de la elección racional. Capítulo 8 (335-378) Tomás Javier Prieto González // Estructuralismo, postestructuralismo y surgimiento de la teoría social posmoderna. Estructuralismo. Postestructuralismo: las ideas de Michel Foucault. Teoría social posmoderna. Capítulo 13 (559-600) Tomás Javier Prieto González // La metateorización sociológica. La metateorización en sociología. La sociología una ciencia multiparadigmática. Hacia un paradigma sociológico más integrado. Apéndice (601-618) Tomás Javier Prieto González

Las ideas de Michel Focault

El pensador más importante asociado al posestructuralismo es Michel Focault. La perspectiva de Focault y en general el posestruturalismo muestra diversas influencias teóricas. Focault no adopta simplemente las ideas de otros, sino que las transforma a medida que las integra en su orientación teórica excepcional. Así, la teoría de Weber de la racionalización constituye una influencia, pero para Focault se encuentra sólo en ciertos “lugares clave” y no constituye una “jaula de hierro”, pues simplemente hay resistencia. Pueden identificarse ideas marxianas, pero sin la limitación de la economía. Le preocupa más la “micropolítica del poder”. Practica la hermenéutica. Focault no cree en la verdad profunda y última; hay siempre más capas de retirar. Se percibe en su obra una influencia fenomenológica, pero Focault rechaza la idea de un sujeto autónomo y dador de significado. Hay también un elemento del estructuralismo, pero no encontramos ningún modelo formativo formal que gobierne la conducta. Focault adopta el interés de Nietzsche por la relación entre el poder y el conocimiento, pero analiza ese vínculo desde una prespectiva más sociológica que Nietzsche.

La obra de Focault es claramente posestrcuturalista. Podemos identificar dos ideas en el núcleo de la metodología de Focault: la “arqueología del saber” y la “genealogía del poder”, las dos coexisten y se apoyan mutuamente en su obra.

Sheridad mantiene que la arqueología del saber de Focault implica la búsqueda de “un conjunto de reglas de formación que determina las condiciones de posibilidad de todo lo que se dice dentro de un discurso particular y en cualquier momento dado”. La arqueología es la búsqueda de “un sistema general de la formación y la transformación de enunciados (en formaciones discursivas)” En el análisis de esos documentos, Focault no busca “comprenderlos”, “organiza el documento, lo divide, lo distribute, lo ordena, y lo dispone en niveles, series establecidad, distinciones entre lo que es relevante y lo que no lo es, descubre elementos, define unidades y describe relaciones”. Focault descarta también la búsqueda de lo sorígenes; son los documentos en sí lo importante y no su momento de origen.

Esta preocupación le orienta hacia el estudio de discursos que guardan relación con la formación de ciencias humanas como la psicología. La arqueología es capaz de distanciarse y desligarse de “las normas y los criterios de validez establecidos en las ciencias y las disciplinas a favor de la inteligibilidad interna de los conjuntos así situados, de sus condiciones de surgimiento, de su existencia y transformación”.

La preocupación de “decir la verdad” guarda relación directa con la genealogía del poder de Focault; el saber y el poder están intrísecamente entrelazados. La genealogía es un tipo muy característico de historia intelectual. La genealogía está reñida con otros tipos de estudios históricos que atribuyen centralidad a esas leyes o necesidades. La genealogía es intrísicamente crítica e implica una “interrogación constante de lo que suùestamente es dado, necesario, natural o neutral”.

La genealogía se ocupa de la relación entre el saber y el poder en las ciencias humanas y sus prácticas relacionadas con la regulación de los cuerpos, el gobierno de la conducta y la formación del yo. La arqueología realiza tareas necesarias para hacer la genealogía. La arqueología implica análisis epíricos de los discursos históricos mientras la genealogía emprende un análisis crítico y seriado de esos discursos históricos y su relación con asuntos de interés en el mundo contemporáneo.

La genealogía debe ser una “historia” del presente. Focault busca iluminar el presente utilizando “recursos históricos para reflejar la contingencia, la singularidad, las interconexiones y las potencialidades de las diversas trayectorias de los elementos que constituyen las disposiciones sociales presentes como experiencias”. Focault se orienta al uso crítico de la historia para hacer inteligibles las posibilidades presentes.

En su genealogía del poder, a Focault le preocupa el modo en que las personas se gobiernan a sí mismas y gobiernan a otras mediante la producción de conocimiento. Cree que el conocimiento genera poder al convertir a las personas en sujetos y al gobernarlos mediante el uso del conocimiento. Focault se interesa por las técnicas, las tecnologías que se derivan del conocimeinto y por el modo en que las utilizan diversas instituciones a fin de ejercer poder sobre las personas. Si Focault no identifica una conpiración entre los miembros de la elite de la sociedad. Focault cree que el conocimiento-poder siempre genera oposición; siempre hay resistencia contra él. Lo que le interesa fundamentalmente es el mundo moderno: “escribo la historia del presente”.

En Historia de la locura en la época clásica, Focault practica una arqueología del saber, en particular de la psiquiatría. Comienza en el Renacimiento, cuando la locura y la razón mo estaban separadas. Pero en la época clásica se estableció una distancia entre ellas, y la razón llegó a vencer a la locura. Focault describe “la ruptura del diálogo” entre la razón y la locura.

La psicología científica del siglo XIX surgió finalmente de la separación entre el demente y el sano que se produjo en el siglo XVIII. Al principio era la medicina la que se encargaba del tratamiento físico y moral del demente, pero, más tarde, la medicina psicológica científica asumió esaa tarea. Para Focault, la psicología y la psiquiataría constituyen una empresa moral, no un esfuerzo científico, que va contra los dementes, que son cada vez menos capaces de protegerse de esa “ayuda”: los dementes están condenados por el llamado avance científico a un “gigantesco encarcelamiento moral”.

Focault rechaza aquí la idea de que en el transcurso del tiempo hemos realizado avances científicos, médicos y humanitarios en el tratamiento de la locura. Lo que percibía era un incremento en la capacidad del sano y de sus agentes para oprimir y reprimir a los locos, a quienes se les tratana igual que a los sanos en el siglo XVI. Ahora estos agentes externos juzgan menos a los locos. Focault estudia las raíces de las ciencias humanas en la distinción entre el demente y el sano y en el ejerciicio del control moral sobre el demente. Esta idea forma parte de su tesis más general sobre el papel de las ciencias humanas en el control moral de las personas.

Focault apunta que la locura ocurre en dos niveles, en el nivel más profundo la locura cobstituye una forma de discurso. El lenguaje del delirio es la verdad última de la locura. Focault sigue utilizando un método estructuralista en El nacimiento de la clínica, donde se centra en el discurso médico y su estructura fundamental. En la Historia de la locura en la época clásica, la medicina es una importante precursora de las ciencias humanas, y en El nacimiento de la clínica esta cuestión adquiere aún más importancia.

La clave es el desarrollo de la clínica, donde los pacientes podían ser observados en camas. Aquí Focault utiliza un término clave, la mirada, una mirada que representa el conocimiento. El conocimiento se derivó de lo que los médicos veían, no de lo que leían en los libros. Como estructuralista, Focault creía que la mirada era un tipo de lenguaje, un lenguaje sin palabras, y lo que le interesaba era la estructura profunda de ese “lenguaje”. La capacidad de ver y tocar (especialmente en las autopsias) a personas enfermas (o muertas) supuso un cambio crucial y una fuente importante de conocimiento. Lo doctores ya no jugaban a lo mismo; se trataba de un juego diferente con reglas diferentes. El juego consistía en que las personas (los pacientes) se habían convertido en objeto de conocimiento y de la práctica científica. Lo que cambió fue la naturaleza del discurso, los nombres de las enfermedades, las clasificaciones, el campo de los objetos.

Una vez más la medicina adopta a los ojos de Focault el papel de precursora de las ciencias humanas. Para Focault el cambio clave consiste en que el individuo se convierte en sujeto y objeto de su propio conocimiento, y el cambio en la medicina no es otro que unos “de los testimonios más visibles de estos cambios en las estructuras fundamentales de la experiencia”.

En Vigilar y castigar Focault se ocupa más del tema de la genealogía del poder que del estructuralismo, del discurso, etc. El periodo que media entre 1757 y la década de 1830, durante el cual se sustituyó la tortura de los prisioneros por el control mediante normas carcelarias. Focault percibe este cambio como producto de un desarrollo irregular, no de una evolución racional. La realidad fue que el castigo se racionalizó y llegó a ser más eficaz con los prisioneros. El vínculo entre en conocimiento y el poder se manifestaba claramente en la tortura y, con el desarrollo de normas, ese vínculo se oscureció. El nuevo sistema de reglas era “más regular, más eficaz, más constante, y sus efectos eran más concretos; en suma, ese cambio aumentó los efectos del castigo y disminuyó sus costes económicos”. A diferencia de la tortura, esta nueva tecnología del poder de castigar se producía al comienzo del proceso de desviación, afectaba a más gente, era más burocrática, más eficaz, más impersonal, más invariable, más sobria, e implicaba la vigilancia no sólo de los criminales, sino también de todas la sociedad.

Una tecnología del poder disciplinario, estaba basada en el modelo militar. Implicaba un sistema de micro poderes. Focault describe una “microfísica del poder” con “innumerables puntos de enfretamiento” y resistencia. Identifica tres instrumentos del poder disciplinario:

1.    La vigilancia jerárquica, o la capacidad de los funcionarios de vigilar todo lo que está bajo su control con una simple mirada.
2.    Es la capacidad de imponer sanciones normalizadoras y castigar a los que violan las normas. De este modo, alguien podría ser juzgado negativamente y castigado por cuestiones relativas al tiempo y a la conducta.
3.    Es el uso del examen para observar a los sujetos e imponer sanciones normalizadoras sobre las personas. El tercer instrumento del poder disciplinario implica los otros dos.

Focault cree que la disciplina funciona bien dentro de las fábricas industriales y del ejército, No obstante, Focault nos transmite su temor a la extensión de esa disciplina, especialmente dentro de la red policial estatal para la que toda la sociedad constituye un campo de percepción y un objeto de disciplina. Focault ve el desarrollo de un sistema carcelario en el que la disciplina se traslada “desde la institución penal al conjunto del cuerpo social”.

La transición de la tortura a las normar carcelarias constituye un cambio del castigo corporal al castigo del alma o la voluntad. Este cambio entraña consideraciones sobre la moralidad y la normalidad. En el nuevo modo de subordinación las personas se definen como el objeto del conocimiento, del discurso científico. La cuestión clave es que las ciencias humanas modernas encuentran sus raíces aquí.

En Vigilar y castigar Focault se ientersa por el modo en que el conocimiento crea las tecnologías que ejercen el poder. El Panóptico constituye una estructura que permite a los funcionarios una observación completa de los criminales. El Panóptico constituye una enorme fuente de poder para los funcionario de prisiones, ya que les da la posibilidad de una vigilancia completa. Su poder es enorme porque los prisioneros llegan a controlarse a sí mismos; dejan de hacer varias cosas por temor a ser vistos por los guardias. El Panóptico es una tipo de laboratorio que facilita la recogida de información sobre las personas. Representa el precursor del laboratorio socio-científico y de otras técnicas de las ciencias sociales para reunir información sobre las personas. Focault cree que el Panóptico es la base de “un tipo de sociedad”.

En la Historia de la sexualidad Focault vuelve a centrase en la genealogía del poder. Para Focault la sexualidad es un “punto de transferencia especialmente denso para las relaciones de poder”. Examina el modo en que el sexo se introduce en el discurso y el modo en que el poder impregna ese discurso. Focault cree que la época victoriana condujo a una explosción de los discursos de la sexualidad. Focault sitúa en las escuelas el lugar donde la represión de la sexualidad actúa.

Focault identifica en las preocupaciones de la medicina más moraloidad que ciencia. Focault critca con dureza la medicina, ya que cree que el objeto de su discurso no es establecer la verdad, sino evitar su emergencia. En la moralidad de la sexualidad se encuentra implicada también la religión, especialmente el cristianismo occidental, la confesión y su necesidad de que el sujeto diga la verdad sobre la sexualidad.

Las preguntas formuladas acerca de quiénes somos han contenido cada vez más la cuestión del sexo. Focault lo resume: “el sexo lo explica todo”.

Focault afirma que el estudio científico del sexo debe centarse en la relación entre el sexo y el poder. El poder reside en una variedad de microlugares. El poder y la resistencia al poder están en todas partes.

Antes del siglo XVIII la sociedad se esforzaba por ejercer control sobre la muerte, pero a principios de ese siglo se comenzó a controlar la vida, especialmente el sexo. El poder sobre la vida (y el sexo) adoptó dos formas:

1.    Se encarnó en la “anatomía política del cuerpo humano”, cuya meta era disciplinar el cuerpo humano (y su sexualidad)
2.    En la biopolítica de la población cuyo objetivo era controlar y regular el crecimiento, la salud, la esperanza de vida etc…, de la población.

(Ver reseña biográfica de Focault en páginas 576-577)

El sexo era central en mabos casos. En el occidente moderno, el sexo ha adquirido mayor importancia que el alma y es caso tan importante como la vida. A través del conocimiento de la sexualidad, la sociedad ejerce más poder sobre la vida. Pero a pesar de este aumento de control, Focault no pierde la esperanza de la emancipación.

Dean afirma que Focault cambió de orientación dese la micropolítica del poder hacia una preocupación por las gubernamentalidades o “procesos heterogéneos no subjetivos…”. Focault no se centra específicamente en el Estado, sino en las “prácticas y racionalidades que constituyen los medios de dominio y gobierno”. A Focault le preocupa el modo en que se regulan los cuerpos, en que se gobierna la conducta y los modos en los que se forma el yo. Le interesaba el autogobierno, el gobierno de los demás y el gobierno del Estado. Para Focault al gobierno le preocupa “el control de la conducta”. La teoría posmoderna ha superado y traspasado el posestructuralismo. Siempre ha sido difícil trazar una línea clara entre el posestructuralismo y la teoría posmoderna; de hecho, no existe tal ínea. El pensamiento posmoderno puede considerarse como una extensión y una exageración del posestructuralismo. El posmodernismo ha sido el desarrollo más importante no sólo en la teoría sociológica, sino una amplia serie de campos académicos y no académicos.