lunes, 5 de mayo de 2014

Las palabras y el poder

Artículo de Pedro G. Cuartango publicado el 25/04/2014 en El Mundo
Uno de los libros que he leído con más emoción sin poder parar de la primera página a la última ha sido 'Las palabras y las cosas', publicado por Michel Foucault en 1966 y editado en España por Siglo XXI. Lo devoré a mediados de los años 70 y quedé sencillamente deslumbrado por la brillantez de la prosa y la profundidad del análisis.
'Las palabras y las cosas' es hoy considerado como un texto clásico del estructuralismo, pero la obra fue recibida con una enorme polémica, no exenta de la crítica de Sartre, que vio en el libro "la última barricada de la burguesía". Foucault le respondió mordazmente que poco futuro le aguardaba a la burguesía si dependía de su modesta persona.
Casi medio siglo después de su publicación, 'Las palabras y las cosas' sigue siendo una imprescindible arqueología del saber occidental, tal y como pretendía Foucault, que acertó a establecer el marco en el que surge el conocimiento, subrayando la interdisciplinariedad de las ciencias.
Lo que me fascinó en el texto de Foucault es la idea de la existencia de unas estructuras invisibles desde las cuales sólo es posible comprender lo visible. Aunque luego él renegó formalmente de su adhesión al estructuralismo, esa concepción de lo invisible atraviesa todos sus trabajos posteriores y es básica para entender su reflexión sobre el poder.
En realidad, todo el esfuerzo intelectual del filósofo francés gira en torno a su obsesión por comprender la naturaleza del poder y su plasmación en el ser humano a través de unas instituciones que transmiten y objetivan estrictas relaciones de dominación. En ese sentido, 'Vigilar y castigar' es una indagación sobre la cárcel, 'El nacimiento de la clínica' sobre la enfermedad mental, la 'Arqueología del saber' sobre el conocimiento y 'Historia de la sexualidad' sobre el sexo.
Foucault se negó de forma expresa a definir el poder porque creía probablemente que acotarlo era minusvalorar sus infinitas posibilidades de reproducción. Pensaba que su naturaleza es esencialmente inaprensible. Pero que no podamos conceptualizar el poder no significa que no seamos capaces de observar sus manifestaciones, que se hallan de forma inconsciente en nuestros actos de la vida cotidiana.
El poder, que se materializa a través de instituciones como la educación, la clínica y el Estado, es como un molde que configura ya no sólo nuestra conducta sino, sobre todo, nuestros valores y nuestra forma de ver el mundo. De aquí que la tarea esencial del filósofo sea desenmascarar esa coerción y denunciar su presencia porque, como subrayaba Foucault, la autoridad está ligada a la represión y, por ello, genera frustración.
Es evidente que las ideas de Foucault tuvieron influencia en Mayo del 68, que fue esencialmente una revuelta contra el orden establecido. Pero su filosofía sigue aportándonos una mirada para analizar nuestro tiempo y desmontar muchos de los tópicos de los intelectuales a sueldo de un entramado en el que la economía y la política son las dos caras de la misma moneda.

Pensar hoy en términos de relaciones de dominación, un concepto ligado a la noción de alienación marxista, puede ser excesivo e incluso anacrónico. Pero Foucault sigue siendo un filósofo indispensable por su honestidad intelectual y su originalidad. Los lectores dictan su veredicto día a día al comprar unas obras que él prohibió editar tras su muerte. Su espíritu no morirá jamás.

Artículo de Pedro G. Cuartango publicado el 25/04/2014 en El Mundo