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domingo, 29 de junio de 2014

Michel Foucault: una nueva imaginación política

Artículo de Amador Fernández-Savater publicado el 24 de junio de 2014 en eldiario.es


Una escena puede servirnos para arrancar esta reflexión sobre la actualidad del pensamiento político de Michel Foucault, en el treinta aniversario de su muerte.
A finales de 1977, socialistas y comunistas discuten la elaboración de un "programa común" para presentarse conjuntamente a las elecciones generales francesas de marzo 1978.
Ha llegado ya el momento, piensan algunos, de traducir la revuelta de Mayo del 68 en una victoria electoral e institucional a través de la necesaria "unidad de la izquierda". Es hora de la "política con mayúsculas" y de las cosas serias, tras tanta autogestión, tanta democracia directa y tanta autoorganización, inconsistentes para transformar la realidad.
Al mismo tiempo, dos publicaciones organizan un encuentro entre personas comprometidas en la intervención en ámbitos específicos de la sociedad como la educación, la asistencia sanitaria, el urbanismo, el medio ambiente o el trabajo.
Michel Foucault, tal vez la estrella más luminosa en el firmamento intelectual del momento, acude al encuentro y se inscribe en el taller "medicina de barrio". Le Nouvel Observateur (nº 670) recoge sus impresiones al finalizar los trabajos en una breve entrevista titulada: "Una movilización cultural". Entre otras cosas, Foucault dice:
"Yo escribo y trabajo para personas como las que están ahí en ese taller, gentes nuevas que plantean preguntas nuevas. Son las preguntas de las enfermeras o de los guardias de prisiones las que deberían interesar a los intelectuales. Son infinitamente más importantes que los anatemas que se lanzan a la cabeza los profesionales de la intelectualidad parisina. "
"Durante los dos días de intensos debates y discusiones profundamente políticas, ya que se trataba de cuestionar las relaciones de poder, de saber, de dinero, ninguno de los treinta participantes del grupo 'medicina de barrio' usó las palabras 'marzo 1978' o 'elecciones'. Esto es importante y significativo. La innovación ya no pasa por los partidos, los sindicatos, las burocracias, la política. Se trata de un cuidado individual, moral. Ya no preguntamos a la teoría política qué hacer, ya no son necesarios los tutores. El cambio es ideológico, y profundo".
"Un gran movimiento se ha activado durante estos últimos quince años, del que la anti-psiquiatría es el modelo y Mayo del 68, un momento. En las capas que una vez garantizaban la felicidad de la sociedad, como por ejemplo los médicos, ahora hay poblaciones enteras que se vuelven inestables, que se ponen en movimiento, en búsqueda, fuera del vocabulario y las estructuras de costumbre. Es una... no me atrevo a decir revolución cultural, pero sin duda una movilización cultural. Políticamente irrecuperable: se siente que en ningún momento el problema para ellos cambiaría si hubiese un cambio de gobierno. Y eso me alegra." 
El gesto es altamente provocador. Para el filósofo más grande, un modesto taller es más relevante que la discusión sobre el "programa común" de socialistas y comunistas, es ese taller lo que está en línea directa con Mayo del 68 y no la posible victoria electoral del frente de izquierdas, la invención política pasa por un pequeño grupo de gente que se muestra indiferente al cambio eventual de gobierno. Como si estar "a la altura del momento" consistiese en colocarse muy abajo, como si "la política con mayúsculas" se escribiese en realidad con minúsculas.
Provocador sí, pero no caprichoso. El gesto de Foucault es perfectamente coherente con sus desarrollos teóricos de la época. ¿Qué entendía entonces Foucault por poder (si no se trataba del poder político)? ¿Cómo pensaba las resistencias (por fuera del paradigma del partido)? ¿En qué consistía para él una aportación intelectual a las prácticas de emancipación (si no pasaba por firmar manifiestos u opinar sobre la coyuntura)?
Poder, saber y resistencias son tres problemas fundamentales a lo largo de toda la trayectoria del filósofo francés. No soy especialista en su obra, ni me atrevería a intentar restituir en unas pocas líneas toda la complejidad de su meditación sobre estos problemas, pero querría apuntar algunos elementos para tratar de entender mejor dónde residía el valor de esa "movilización cultural" y en qué sentido me parece que la seguimos necesitando hoy.
En primer lugar, la cuestión del poder
"En el pensamiento y el análisis político, aún no se ha guillotinado al rey", escribe Foucault en 1976. ¿Qué significa eso? Foucault alude aquí a la figura de un poder majestuoso, concentrado en un lugar determinado, siempre lejano y en lo alto, que irradia verticalmente su voluntad sobre sus súbditos/víctimas.
Se sustituye al rey por el Estado, el imperio de la ley o la dominación de clase, pero se reproduce una forma de entender el poder: una especie de "sala de mandos" situada en la cúspide de la sociedad. Todo el trabajo de Foucault apunta a romper ese esquema conceptual/mental.
En lugar de un poder que se concentra o se deduce de las grandes figuras (Estado, ley, clase), Foucault nos propone pensarlo como un "campo social de fuerzas". El poder no desciende de un punto soberano, sino que viene de todos los lados: millares de relaciones de fuerza atraviesan y configuran nuestra forma (práctica) de entender la educación, la salud, la ciudad, la sexualidad o el trabajo.
Esas relaciones de fuerza no se codifican únicamente en términos jurídicos (lo que se puede y no se puede hacer según la ley), sino que consisten en una pluralidad infinita de procedimientos extra-legales que funcionan ajustando los cuerpos y los comportamientos a normas (diferentes de una ley). Pensemos por ejemplo en una prisión: su ley explícita dice que se trata de un espacio para la reinserción del preso en la sociedad, pero mil procedimientos cotidianos producen algo bien distinto: un marcaje, una estigmatización del delincuente como delincuente, una exclusión. El análisis exclusivamente jurídico del poder es ciego a esas fuerzas determinantes.
En ese campo social de fuerzas hay, sin duda, "puntos de especial adensamiento": el Estado, la ley, las hegemonías sociales... Son los nodos más grandes de la red de poder. Pero Foucault nos propone pensarlos (invirtiendo radicalmente la perspectiva normal) como "formas terminales". Es decir, no tanto causas como efectos del juego de las relaciones de fuerza. No tanto instancias primeras y generadoras, como segundas y derivadas. Perfiles, contornos, puntas de un iceberg... Los aparatos estatales, las leyes y las hegemonías sociales son las figuras visibles que se recortan sobre el fondo oscuro y en permanente ebullición de la pelea cotidiana.
Formas terminales, pero no pasivas. Las figuras visibles del poder son el resultado del campo social de fuerzas y se apoyan en él, pero a la vez lo fijan (aunque nunca definitivamente). Es decir, encadenan distintas relaciones de fuerza concretas y locales produciendo de ese modo efectos globales y estrategias de conjunto. Una cita muy clara de Foucault al respecto, discutiendo con el marxismo dominante en los años 70: "No me parece que sea la clase burguesa (o tales o cuales de sus elementos) la que impone el conjunto de las relaciones de poder. Digamos que esa clase las aprovecha, las utiliza, las modifica, trata de intensificar unas y de atenuar otras. No hay, pues, un foco único del que todas ellas salgan como si fueran por emanación, sino un entrelazamiento de relaciones de poder que, en suma, hace posible la dominación de una clase social sobre otra, de un grupo sobre otro".
En la famosa entrevista de Jordi Évole a Pepe Mujica, el presentador catalán le preguntó al presidente uruguayo si había cumplido su programa electoral: "Qué va", contestó riendo Mujica, "¿usted cree que un presidente es un rey que hace lo que quiere?" Y le vino a dar a Évole una pequeña "lección foucaultiana" explicándole cómo lo que puede y no puede hacer el poder político está condicionado por el campo social de fuerzas (el entramado jurídico que construye el neoliberalismo a su medida, los mismos deseos y expectativas de los sujetos sociales, etc.).
El poder no es un objeto que se encuentre en un lugar privilegiado que se pueda ocupar o asaltar: el paradigma revolucionario hegemónico en el siglo XX entra aquí en crisis. Sin relación con el campo social de fuerzas, ese lugar está vacío y ese poder es impotente. Hay que repensarlo todo de nuevo, no para desechar la exigencia revolucionaria, sino para reactivarla desde una mirada nueva.
En segundo lugar, la cuestión de las resistencias
"Allí donde hay poder, hay resistencias", reza una célebre máxima foucaultiana. La idea de que el poder no se concentra en un único punto (los dirigentes, la casta política, etc.), sino que se genera y brota desde todos los rincones de la sociedad no es una tesis pesimista sobre la omnipotencia de la dominación. Al contrario: definir el poder como una relación de fuerzas significa entenderlo como la relación entre una acción y otra acción. Una acción de mando y otra acción que le responde. La fuerza no se ejerce sobre un objeto pasivo, sino sobre otra fuerza siempre capaz de acción y de una respuesta no previsible.
En una entrevista de 1977, Foucault llama "la plebe" a todas esas resistencias. En primer lugar, la plebe es una respuesta concreta, local y situada a un procedimiento de poder igualmente concreto, local y situado. Ahí está de hecho su potencia: responde al poder allí donde se ejerce y no en otro lado. "La plebe es menos el exterior de las relaciones de poder que su envés, su límite, su contrapunto; es lo que responde a cualquier avance del poder con un movimiento para deshacerse de él".
En segundo lugar, la plebe no es una realidad sociológica (aquellos que comparten condición social o intereses), sino más bien una falla en las identidades dadas. No es el pueblo, ni los pobres, ni los excluidos: "hay plebe en los cuerpos, en las almas, en los individuos, en el proletariado, también en la burguesía, pero con una extensión, unas formas, unas energías y una irreductibilidades diversas". No hay división binaria entre el bloque de poder y el bloque de las resistencias: poder y resistencia lo atraviesan todo (y a cada uno).
Por último, la plebe no es una sustancia, sino una acción. "La plebe no existe pero hay plebe". Como cuando decimos "la amistad no existe, pero hay pruebas de amistad". Es algo que pasa o simplemente no existe. Es un hecho, una manifestación, un acontecimiento.
¿Puede "organizarse" la plebe, una realidad tan móvil, heterogénea y compleja? La respuesta es sí. Igual que el poder encadena y entrelaza distintas relaciones de fuerza concretas y locales produciendo estrategias globales, las resistencias pueden ser "codificadas estratégicamente" produciendo efectos generales: revoluciones.
¿Cómo? Se trata de evitar al menos dos inercias a la hora de pensar la organización: 1) la simplificación (sólo puede organizarse lo idéntico) y 2) la separación (para organizarse hay que "salir" de los lugares concretos donde las resistencias se desarrollan). Los "sujetos políticos" que hemos conocido a lo largo del siglo XX (el partido político o el grupo armado) siguen ese modelo: pensándose a sí mismos como la cabeza y la articulación de las resistencias, se construyen en realidad como espacios homogéneos, cerrados y aislados de los mundos donde las resistencias viven.
¿Entonces? Se trataría de reimaginar la organización en términos de "circulación" entre los distintos puntos de resistencia. Asumir el carácter disperso y situado de las resistencias, no como un obstáculo a conjurar, sino como una potencia. Pensar, no de qué manera englobar las resistencias bajo formas centralizadas y sin relación orgánica con sus mundos, sino cómo construir "lazos transversales de saber a saber, de un punto de politización a otro, los cruces y los intercambiadores".
La plebe se organiza comunicando y extendiendo sus prácticas de resistencia. Seguramente, si Foucault disfrutó tanto esos talleres de 1978 fue porque abrían un espacio donde las resistencias podían encontrarse y compartir sin poner entre paréntesis sus diferencias y sus mundos propios.
Y por último, la cuestión del saber
"Cada vez que intenté hacer un trabajo teórico, lo hice a partir de elementos de mi propia existencia, siempre en relación con procesos que yo veía desarrollarse en torno a mí", explica Foucault. Para elucidar la experiencia vivida, Foucault podía irse realmente lejos en el tiempo y el espacio (siglos remotos, personajes oscuros, textos perdidos), pero toda su erudición está puesta al servicio de pensar los "problemas, las angustias, las heridas y las inquietudes" del presente.
Es la diferencia entre pensar al pie de la calle y pensar al pie de la letra. En el pensar al pie de la letra, los libros remiten a libros. En el pensar al pie de la calle, los libros resuenan con los problemas de la vida individual y colectiva.
Uno sale más fuerte, más inteligente, más alegre después de leer a Foucault y sin embargo él no hace sino complicarlo todo. ¿Cómo es posible? Mi intuición es esta: la alegría en el pensamiento no tiene que ver con lo reconfortante de las conclusiones a las que se llega, sino con el hecho de descubrirnos capaces de llegar a un sitio por nosotros mismos. Es una experiencia que deja una huella duradera: si hemos sido capaces de pensar algo (lo que sea) por nosotros mismos, podremos volver a hacerlo.
Es lo contrario de lo que Foucault llamó "la posición profética", asociándola a menudo al marxismo: un pensamiento movilizador que en realidad consigue la desmovilización del pensamiento. ¿Cómo? 1) Confundiendo la necesidad histórica y los objetivos a alcanzar, como si estos estuviesen ya escritos en el curso mismo de lo real ("llega el fin del capitalismo", etc.); 2) tapando "el aspecto sombrío y solitario de las luchas": las dificultades, las contradicciones y los claroscuros de la realidad, las fases de silencio e invisibilidad en las que una lucha no goza del protagonismo mediático o la atención de los focos; y 3) buscando todo el rato nuestra adhesión a unas tesis, pero sin requerirnos ningún tipo de trabajo personal.
En lugar de la posición profética de superioridad, que es como la voz en off que describe lo que pasa sin que sepamos nunca de donde sale, Foucault entiende la teoría como una "caja de herramientas". No como un sistema teórico válido siempre, sino como un instrumento adecuado para descifrar la lógica propia de una relación de fuerzas concreta. No como un diagnóstico cerrado y perfecto, sino como lentes que uno debe aprender a graduar por sí mismo. Un pensamiento inacabado que requiere (en los dos sentidos) la activación del otro. "Querría producir efectos de verdad que sean tales que puedan utilizarse en una batalla posible, conducida por quienes lo deseen, en formas por inventar y organizaciones por definir, dejo esa libertad al término de mi discurso a quien quiera hacer algo con ella".
El intelectual (cualquiera) que entiende la teoría como una caja de herramientas no es un gurú, un oráculo ni un guía, sino lo que Foucault llamó un "intelectual específico". No el portavoz de valores universales, sino de situaciones concretas. No quien traza líneas a seguir, sino quien aporta herramientas que pueden usarse libremente. No la voz en off que todo lo sabe, sino la prolongación de la potencia de una lucha. 
Pensar en plural
En esos talleres de 1978 se desarrollaron discusiones "profundamente políticas", pero sin embargo Foucault preferió hablar de "una movilización cultural". ¿Por qué? Creo que lo que Foucault percibió allí fue una modificación en las maneras de ver y pensar. Es decir, un cambio cultural o de paradigma. Algunos elementos de la "nueva imaginación política" que él reclamaba.
Podríamos tal vez definir así uno de esos elementos: pensar en plural. Por ejemplo, no entender el poder como un monopolio del Estado, sino como un campo social de fuerzas. No entender las resistencias como un monopolio de los partidos políticos, sino como posibilidades al alcance de cualquiera, en cualquier lugar. No entender el saber como un monopolio de los especialistas y las Voces Explicadoras, sino como una caja de herramientas sin autor ni propietario, de la que todos podemos servirnos y a la que todos podemos aportar.
Nuestro momento histórico es por supuesto muy distinto de los años 70, pero ¿no sigue siendo imperiosa la necesidad de pensar en plural, sin centro? ¿Pensar y hacer el cambio social, no como algo que pasa por un solo plano (partidos-elecciones-poder político), sino a través de una pluralidad de tiempos, espacios y actores?
Un criterio para distinguir entre "vieja política" y "nueva política" podría ser, mejor que un simple criterio temporal, esta clave: pensar en plural o pensar en uno mismo (como centro).
Así, la vieja política sería aquella que re-centraliza todo el tiempo, absorbiendo todas las energías sociales en torno a unos pocos tiempos, lugares y actores. Esos pocos centros acumularían poder a costa de la pasividad y la desertización del resto (siempre en nombre de la eficacia, etc.).
Por su lado, la nueva política sería la que que vacía una y otra vez el centro potenciando lo demás. La que abre posibilidades de intervención política en lugar de acotarlas a unos espacios privilegiados, la que multiplica las capacidades de cualquiera (de hacer, de decir, de pensar) en lugar de producir espectadores, la que activa conversaciones y no monólogos.
Una de las lecciones foucaultianas que podemos recoger hoy es que la madurez del pensamiento político no consiste en pasar de lo pequeño a lo grande o en "saltar" de las calles a las instituciones (ni en lo contrario), sino en guillotinar por fin al rey e inventarnos lenguajes y mapas para empujar un cambio que será (en) plural o no será.
Textos relacionados:
Algunas referencias que sirvieron para este artículo:  
 Artículo de Amador Fernández-Savater publicado el 24 de junio de 2014 en eldiario.es

lunes, 5 de mayo de 2014

Las palabras y el poder

Artículo de Pedro G. Cuartango publicado el 25/04/2014 en El Mundo
Uno de los libros que he leído con más emoción sin poder parar de la primera página a la última ha sido 'Las palabras y las cosas', publicado por Michel Foucault en 1966 y editado en España por Siglo XXI. Lo devoré a mediados de los años 70 y quedé sencillamente deslumbrado por la brillantez de la prosa y la profundidad del análisis.
'Las palabras y las cosas' es hoy considerado como un texto clásico del estructuralismo, pero la obra fue recibida con una enorme polémica, no exenta de la crítica de Sartre, que vio en el libro "la última barricada de la burguesía". Foucault le respondió mordazmente que poco futuro le aguardaba a la burguesía si dependía de su modesta persona.
Casi medio siglo después de su publicación, 'Las palabras y las cosas' sigue siendo una imprescindible arqueología del saber occidental, tal y como pretendía Foucault, que acertó a establecer el marco en el que surge el conocimiento, subrayando la interdisciplinariedad de las ciencias.
Lo que me fascinó en el texto de Foucault es la idea de la existencia de unas estructuras invisibles desde las cuales sólo es posible comprender lo visible. Aunque luego él renegó formalmente de su adhesión al estructuralismo, esa concepción de lo invisible atraviesa todos sus trabajos posteriores y es básica para entender su reflexión sobre el poder.
En realidad, todo el esfuerzo intelectual del filósofo francés gira en torno a su obsesión por comprender la naturaleza del poder y su plasmación en el ser humano a través de unas instituciones que transmiten y objetivan estrictas relaciones de dominación. En ese sentido, 'Vigilar y castigar' es una indagación sobre la cárcel, 'El nacimiento de la clínica' sobre la enfermedad mental, la 'Arqueología del saber' sobre el conocimiento y 'Historia de la sexualidad' sobre el sexo.
Foucault se negó de forma expresa a definir el poder porque creía probablemente que acotarlo era minusvalorar sus infinitas posibilidades de reproducción. Pensaba que su naturaleza es esencialmente inaprensible. Pero que no podamos conceptualizar el poder no significa que no seamos capaces de observar sus manifestaciones, que se hallan de forma inconsciente en nuestros actos de la vida cotidiana.
El poder, que se materializa a través de instituciones como la educación, la clínica y el Estado, es como un molde que configura ya no sólo nuestra conducta sino, sobre todo, nuestros valores y nuestra forma de ver el mundo. De aquí que la tarea esencial del filósofo sea desenmascarar esa coerción y denunciar su presencia porque, como subrayaba Foucault, la autoridad está ligada a la represión y, por ello, genera frustración.
Es evidente que las ideas de Foucault tuvieron influencia en Mayo del 68, que fue esencialmente una revuelta contra el orden establecido. Pero su filosofía sigue aportándonos una mirada para analizar nuestro tiempo y desmontar muchos de los tópicos de los intelectuales a sueldo de un entramado en el que la economía y la política son las dos caras de la misma moneda.

Pensar hoy en términos de relaciones de dominación, un concepto ligado a la noción de alienación marxista, puede ser excesivo e incluso anacrónico. Pero Foucault sigue siendo un filósofo indispensable por su honestidad intelectual y su originalidad. Los lectores dictan su veredicto día a día al comprar unas obras que él prohibió editar tras su muerte. Su espíritu no morirá jamás.

Artículo de Pedro G. Cuartango publicado el 25/04/2014 en El Mundo

miércoles, 6 de febrero de 2013

Sociología de la Diversidad – Resúmenes Parte 48


En la asignatura de Sociología de la Diversidad del primer cuatrimestre del Grado en Sociología de la UNED curso 2012/13, el compañero Víctor Riesgo Gómez y yo, realizamos los resúmenes de los capítulos de la bibliografía obligatoria. Como libro de referencia: Sociodiversidad y sexualidad (José Antonio Nieto Piñeroba) Derechos reservados, sus autores.

Tomás Javier Prieto González:
Tema 1 Planteamiento de la sociología de la diversidad // Tema 2 Acción desviada, conducta desviada y alteridad // Tema 3 El finiquito de la desviación y de la conducta desviada // Tema 4 De la desviación y de la diversidad // Tema 6 Sociología de la diversidad //  Tema 7 Antropología de la sexualidad y discursividad // Tema 8 Los guiones sociales. El individuo, el cuerpo y el transgénero // Tema 9 Notas sueltas sobre sexualidad en la disctadura, transición y democracia española // Tema 10 Despsiquiatrizar el transgénero Tema11 El transgénero en las sociedades polinesias

Víctor Riesgo Gómez:
Tema 5 Razones que justifican la diversidad en sociología

 De la enfermedad del sujeto a la enfermedad de la sociedad como fenómeno trans/disciplinar sociopsiquiátrico


La Escuela de Chicago inicia, en los 30 una línea de pensamiento progresivamente irredento. Sutherland acuña la expresión differential association (socialización diferenciada) mediante la cual, distanciándose de la instrumentación e instucionalización del control social que corrientes sociológicas más conservadoras propugnaban, insiste en que la desviación de las conductas delictivas no es consecuencia de la herencia biológica. El aprendizaje social surge en superficie por medio de actitudes, motivaciones, técnicas y racionalizaciones que difieren en duración, frecuencia, intensidad y prioridad. Permite que lo que hasta ese momento se contemplaba como desorganización social se contemple desde entonces como diferenciación social. La propuesta de Wirth implica por un lado, una sociología que se distancia, hasta renunciar, del perfil fisionómico del criminal delincuente, establecido por Lombroso en el SXIX. En su lugar, establece la proposición de una criminalidad/delincuencia que se perfila por medio de rasgos individuales, y en tal sentido psicológicos, que viene asociados a rasgos de clase social y como tales acompañados de sociedad y de cultura. La propuesta aboga por una psiquiatría social lejos de su aislamiento clínico y desvinculación con la sociedad. With la designa como sociología clínica. El quebranto de la “relación de pareja” interdisciplinar se sustancia sobre la base de que para Lemert la subcultura, tan cara para Blumer y el interaccionismo simbólico, constituye un concepto fundamental del que el pensamiento sociológico no puede desprenderse. Para Blumer el interaccionismo simbólico “es fruto del proceso de interacción entre los individuos”. Esa interacción procesual es lo que diferencia, según Lemert a las clases sociales. Los ricos pertenecen a clubs; los pobres son miembros de la subcultura.

Lemert manifiesta a través de Blumer, cómo una sociedad enferma incide y daña al individuo, sin necesidad de que este esté previamente afectado por un trastorno de personalidad. Lo diferente emerge de un proceso social que dicta normas y promulga leyes. Aquellos que violan el dictado de las normas son los desviados, en tanto que la violación de las leyes es el resultado de la acción de los delincuentes. Si se excluyeran en los manuales de conducta desviada, como síntoma de patologización, la obesidad, la fealdad y las relaciones extramatrimoniales, pocos serían los que escaparían al etiquetado de psicópatas.

Becker crea el concepto de moral entrepreneur (empresario moral) y afirma que la lógica que prevalece en las agencias de control se asemeja a las teorías puritanas sobre la predestinación, la reprobación y la naturaleza del pecado y a preguntar a los sociólogos por quién tomaban partido.

Evolución de la transdiscursividad sociopsiquiátrica del transgénero

Sutherland, Wirth, Lemert y Becker muestran las propiedades de la transdiscursividad sociológica. Los discursos de la psiquiatría se han caracterizado por su contingencia. Las relaciones de intradiscursividad, tanto las psiquiátricas como las sociológicas, lo que Foucault contemplaba como espistemología, trascienden el discurso que las genera y crean dependencias fuera del contorno de los discursos que las contienen. Foucault propone como genealogía y, por otro, relaciones que conjugan condicionamientos políticos, económicos e históricos que se encuadran en los rasgos culturales de una sociedad dada y que en presentación foucaultiana aparece como dinastía del saber. Psiquiatría y sociología muestran corrientes intradiscursivas y extradiscursivas diversas que difícilmente puedan sintetizarse en una unidad disciplinar de pensamiento. La interdiscursividad, las relaciones entre el discurso psiquiátrico y el discurso sociológico, la arqueología del saber foucaltiana, en su contingencia ha mostrado posicionamientos cambiantes que acercaban discursos en ocasiones y los distanciaba en otras. Una proliferación de discursos que sirvió a Foucault para negar la hipótesis represiva de la sexualidad. La proliferación de discursos referidos al género no niega la hipótesis represiva de la psiquiatriozación del transgénero. Goffman, desde la sociología, en 1961, aporta un apellido al término desviación: core (medular, nuclear). Para Goffman hay una core desviation (una desviación medular/nuclear). Que la diferencia de la desviación primaria y decundaria de Lemert. Recuérdese que la desviación primaria se caracteriza por su transitoriedad y por no afectar la psicología del sujeto social, su personalidad. La desviación secundaria, sin embargo, es de mayor extensión en el tiempo y, asimismo, provoca una respuesta en la sociedad. La desviación (nuclear) goffmaniana está más enraizada en el tiempo que la desviación primaria y secundaria de Lemert. En Goffman más que en Lemert, una vez que se abandona la normalidad, el sujeto avanza por un sendero en el que se progresa, con cada paso que se da, hacia un estatus más y más devaluado.

La clasificación de enfermedad mental que Goffman viene marcada por un itinerario extenso, pero delimitado para que el enfermo mental transcurra como prepaciente, paciente y post-paciente. Goffman lo explica como si de una “carrera moral” se tratara. Que en el caso de que la proporción de Goffman hubiera incidido en el transgénero, se infiere que las personas trans hubieran sido etiquetadas como pretransexuales, transexuales y postransexuales o predisfóricos de géneros, históricos de género y posdisfóricos de género. La identidad pertenece al sujeto pero éste no tiene el poder social para marcar e imponer un rótulo positivo a su presentación identitaria. Igual sucede con roles y conductas. El poder de rotular, de etiquetarse no es suyo.

Benjamín, endocrinólogo, padre fundador de la transexualidad en 1966, publica The Transsexual Phenomenon. Daniel C. Brown, se refiere al transexualismo como la inversión del rol sexual de los sujetos que esperaban ser sometidos a dirigía para corregir sus erróneos genitales.

En el año 1967, los escritos se enmarcan, con Laing, en la psiquiatría y, con Garfinkel, en la sociología. La antipsiquiatría, a través de Laing, ataca despiadadamente los postulados de la psiquiatría convencional. Laing, la antipsiquiatría, plantea y cuestiona principios del saber psiquiátrico institucionalizado, con el fin de desacreditarlos. Para Laing, la enfermedad mental surge en sociedad como excrecencia de la voracidad del sistema capitalista y de su represión de las conductas de los individuos. Laing, a mi juicio, en su radicalización, a cambio de desmitologizar la psiquiatría, desmitifica indiscriminadamente la clasificación psiquiátrica de la enfermedad mental. La relación de maridaje entre la sociología y la psiquiatría propuesta por Wirth, quebrantada, en forma de desvinculación afectiva disciplinar, por Lemert, logra con Laing la separación de bienes ante notario.

El cuestionamiento de los procedimientos terapéuticos correctores de la psiquiatría facilita el cuestionamiento del concepto sociológico de desviación. La antipsiquiatría fue para la psiquiatría, más o menos, lo que la etnometodología fue para la sociología. Garfunkel replicaba afirmando que la sociología no herética esto es, la ortodoxa trataba a los sujetos sociales como “idiotas culturales”. Garfunkel se reafirma e insiste en que la etnometodología no tiene delante de sí una “idiota cultural”. La visión de Garfunkel de la transexualidad supone un cambio sociológico paradigmático, pues que transforma lo normativo en interpretativo. Para Foucault, la heterotopía es el rasgo fundamental de la realidad social. Fiel al principio heterotópico que sustenta, flagela y fustiga cuanto puede todo aquello que se represente en forma de unidad, de modo unitario, como pretende la corriente de pensamiento humanista.

Aunque Foucault no estudio la transexualidad per se, sí trabaja sobre la intersexualidad de Herculine Barbin es una hermafrodita del siglo XIX “sufre en su cuerpo y mente todas las estrecheces y crueldad de una sociedad represiva, de una moral católica rígida y de una pretendida “ciencia” desabrida que ignora las inquietudes simplemente humanas de las personas”.

La lectura moral y política de la mirada psiquiátrica ha sido cuestionada, de modo directo, por una sociología crítica con los postulados del control social. Sirvan de recordatorio algunos ejemplos. Rosenhan: “caso Rosenhan” varias personas simularon una enfermedad mental para ser ingresadas en un centro psiquiátrico, con el fin de hacer un seguimiento en proximidad de la relación terapéutica entre psiquiatras y enfermos mentales. Después de un tiempo de internamiento y comportamiento normal, alegaron que las voces internas que escuchaban habían sido ficticias. Pero tuvieron problemas para ser dadas de alta, puesto que no lograban convencer al staff responsable de que habían sido objeto de un diagnóstico equivocado. Edgerton contrapone el “caso Rosenhan” y relata que un anciano Hebei, sin causar daño a su comunidad, se colgaba de un árbol boca abajo y manifestaba que tenía un pollo en la cabeza sin sufrir por ello menoscabo, censura u represión alguna en su persona. Era reconocida por los Hebei como psicópata. Stewart relata la conducta de un santo de la secta sufi chistiya, Baba Farid, que “rezaba colgado de los pies durante 40 días”.

Cheslet es su distanciamiento de las aplicaciones terapéuticas al uso de la psiquiatría, indica que los centros psiquiátricos de la segunda mitad del SXX eran lo más parecido, en términos de aislamiento y marginación, a las reservas de indios americanos. Con Pearson, el divorcio entre sociología y psiquiatría se evidencia en 1975, al considerar que los trastornos mentales son desviaciones creativas. Kessler y MacKenna, el alejamiento del modelo médico del transgénero se fundamenta en la construcción social del género. Que la psiquiatría ignora. Kessler refiriéndose a la intersexualidad, muestra cómo ese mismo modelo daña al intersexual; reproduce, refuerza y perpetúa las creencias culturales del género –los genitales culturales. Raymond cuestiona los planteamientos de la psiquiatría. Señala que la psiquiatría no ha acuñado expresiones como insatisfacción negra, incomodidad negra o disforia negra. ¿Por qué entonces disforia de género? Sedwick prefiere referirse a la psiquiatría como política de mente. Des de la teoría razonada Ekins afirma que los encuentros psiquiatra-pacientes constituyen una forma excluyente de recogida de datos que, en su unicidad, no recogen experiencias de trabajo, familia, entornos asociativos y médicos. No establecen criterios de comparación constante y, además, explora y muestra las construcción dinámica del varón feminizante que le sirve para cuestionar las carencias del modelo médico de transgénero.
El divorcio entre la sociología y la psiquiatría señalado por Pearson necesita ser matizado. Por lo siguiente:

1.    El control social propio de la sociología que clasifica las conductas humanas en desviadas con respecto a normas y no desviadas, es decir, centradas en relación a las mismas normas y, por otra, idiotiza culturalmente a los sujetos sociales.
2.    Si a mayor abundamiento, las acciones de los actores sociales inciden políticamente en sociedad y las conductas “perversas” de los sujetos con trastornos mentales, las llamadas  por Pearson desviaciones creativas que cuestionan las normas institucionales son reprimidas por la psiquiatría, consecuentemente, se puede concluir en forma de corolario.
3.    Que tal planteamiento, en lugar de explicar el divorcio entre la sociología y la psiquiatría, como afirma Pearson, contribuiría a los que pudiera denominarse “hermanamiento teórico represivo” entre el control social de la sociología (psiquiátrica) de la desviación y el control psiquiátrico de la identidad de género, propiciado por la psiquiatría de los DSM.

El divorcio entre sociología y psiquiatría se produce, a mi juicio, por medio del fallecimiento epistemológico de la sociología de la desviación, para en su lugar procurar el nacimiento y configuración de una sociología de la diversidad.

Porque una sociología de la diversidad preocupada por la conculcación de los derechos de ciudadanía no concibe la perpetuación del estigma que supone para las personas trans el hecho de seguir etiquetando y diagnosticando su identidad como trastorno mental. Actualmente informes y debates barajan múltiples alternativas, pero no parece que se planteen la eliminación de la disforia de género. Durkheim, al finalizar el SXIX, afirmaba que la desviación es el precio a pagar por el cambio social. Ahora, resultaría más atinado afirmar que el cambio social exige la transformación de la desviación en diversidad y las identidades y conductas desviadas en derecho.

El informe de Cohen-Ketenis y Pfäfflin propone que el concepto de trastorno de identidad de género debe cambiarse en el DSM-V porque el eje central de la disforia de género, la angustia o el malestar, no se manifiesta en las personas trans  que prescinden de la clínica. Muestran su disconformidad con los profesionales de la salud mental que defienden que la angustia, aunque haya personas trans  que viven su identidad sin ella, es inherente al concepto. Cohen-Ketenis y Pfäfflin sostienen que el concepto de trastorno no debería aplicarse a las personas con variantes de género que no experimentan malestar en sus vidas. “Corazón del problema”: la disconformidad de las personas trans  con los rasgos físicos de su sexo y/o el género asignado. En diciembre de 1973 la homosexualidad deja de ser tratada como trastorno mental. No obstante, su psicopatologización no fue eliminada. Hasta la publicación del DSM-III en 1980, la homosexualidad se diagnosticaba como Sexual Orientation Disturbance (Perturbación de la orientación sexual): se incluye la homosexualidad egodistónica, aplicable al homosexual que se encuentra a disgusto con su orientación sexual. En 1987 el DSM-III-R es el momento en que la egodistonia homosexual desaparece y de despatologiza la homosexualidad de los DSM.

Cohen-Ketenis y Pfäfflin, las recomendaciones que proponen para tratar al trastorno de identidad de género en el próximo DSM. Con el fin de no estigmatizar, consideran que la expresión “disforia de género” es la apropiada para su inclusión en el DSM venidero. Otros profesionales prefieren el uso de expresiones más neutras, como “incongruencia de género”, “disonancia de género”, “incomodidad de género” o “discordancia de género”.

Se proponen transformar “trastorno de la identidad de género” por la de “variantes de la identidad de género”; la no obligatoriedad de la dirigía de reasignación de sexo. Meyer-Bahlburg se decante por la imposibilidad de interpretar el transgénero con fundamentos que se sustenten en la ciencia. Se necesita un consenso entre la ciencia y el servicio que se preste a las personas trans.

Eliminando la faz de los enfermos/trastornados y transformando y descomponiendo sus cuerpos, para que en su descorporización los sujetos resulten innominados. Se pretende resaltar que los DSM emiten y difunden juicios psiquiátricamente clínicos que ocultan veredictos morales y políticos, que sirven injustificadamente para fundamentar la psiquiatrización transgenérica.

En los DSM, el caso del transgénero, se trata, sin evidencia que los justifique, como enfermedad mental. Los DSM emiten un discurso totalizador excluyente de otras culturas del saber, elimina la posibilidad de definición del transgénero, los sujetos sociales trans cognoscentes. Los DSM se instituyen en cetro referncial e insoslayable trans y, en su hacer, de manera envolvente y circular, transforman el pretexto en causa. En su psiquiatrización de la identidad transgenérica, los manuales de diagnóstico y estadísticos no logran neutralizar a las personas trans que demandan ser despsiquiatrizadas.

Si el cuerpo es el lucus de identidad que mediante acciones concretas expresan las personas trans no operadas y que no quieren someterse a la cirugía de reasignación genital, el cuerpo rompe la dicotomía identitaria al uso. Tdos estos torcimientos, mezclas y enturbiamientos de género se explicitan en la demostración de un género subversivo que quiere romper el sistema binario de género y en su ruptura desdualizar la dicotomía imperante. Los DSM, de mirada psiquiátrica, observan la enfermedad mental pero en su observación pierden voluntariamente la perspectiva global que pretenden abarcar, porque reconvierten a los sujetos trans e intersexos en personas elusivas, sin matices ni perfiles diferenciadores. Los DSM integran las conductas de los actores sociales trans bajo el rótulo psiquiátrico de trastorno mental, en equivalencia a los idiotas culturales de los teóricos de la sociología del control social.

lunes, 3 de diciembre de 2012

La democracia, en peligro


Josep Ramoneda publicado el 2 de diciembre en El País
Los movimientos sociales han conseguido que el drama de los desahucios por impago de hipotecas entrara en la agenda pública. El Gobierno ha querido hacer demostración de sensibilidad social y lo ha hecho de la manera más miserable: con un decreto que ni toca nada esencial ni resuelve problema alguno, simplemente los aplaza. Algunos pocos ciudadanos afectados se salvarán del desahucio durante dos años, pero cuando termine este periodo no solo tendrán el mismo problema, sino que lo verán sensiblemente agravado, porque los intereses seguirán corriendo a favor del banco. El Gobierno no ha querido cambiar una legislación injusta porque está muy decantada hacia los intereses del acreedor. Y no quiere saber nada de algo tan de sentido común como la dación en pago. Los bancos no querían ningún cambio esencial. Y este Gobierno —como el anterior— se distingue por un temor reverencial a los dioses financieros. Sin embargo, en este país la morosidad familiar es muy baja. Hasta el punto de que se podrían evitar todos los desahucios de primera residencia sin riesgo para el sistema.
Esta misma semana, Europa ha concretado el plan de rescate de las cajas, en unas condiciones muy duras en términos de pérdida de empleo y de reducción de actividad. Se completará así un proceso de transferencia de dinero público al sistema financiero sin que los culpables de este desastre hayan dado la cara. Algunos se han ido de rositas con millonarias indemnizaciones. El comisario Almunia dijo que no es cosa de dar nombres de los responsables de este desaguisado. ¿Por qué, si entre todos estamos pagando sus desmanes? Vivimos en plena cultura de la irresponsabilidad: los Gobiernos autónomos justifican sus políticas de austeridad argumentando que España y Europa les obligan. El Gobierno español dice que no hace sino lo que Europa le exige. Miguel Blesa, que gobernó Caja Madrid hasta 2010, niega cualquier responsabilidad porque las cosas que ocurrieron eran imprevisibles y todos hicieron igual.
Esta cultura de la irresponsabilidad es el caldo de cultivo de la desconfianza, del cinismo y de la corrupción. La desconfianza y el cinismo tienen efectos demoledores de descomposición social. La corrupción amenaza al propio sistema democrático. “La cuestión del siglo XX fue: totalitarismo o democracia. La cuestión de hoy es: democracia o corrupción”, escribe André Glucksmann. Todo sistema de poder tiene su régimen de verdad. El gobierno de nuestras democracias se legitima cada vez más por un tipo de verdad tecnocrática que, construido sobre la triada crecimiento, competitividad, consumo, “se caracteriza por una concepción de la economía como actividad completamente separada de la vida social, que debe escapar al control de la política” (Tzvetan Todorov). La política queda reducida a la ejecución de las exigencias del dinero, y el valor de cambio se convierte en el único criterio de toma de decisiones tanto en el ámbito de lo público como en el de las opciones morales privadas. Un cultivo ideal para que crezca la corrupción.
Y sin embargo es inevitable plantearse una pregunta: ¿la corrupción se ha extendido por el sistema más que nunca o el nuevo régimen de verdad que opera en nuestras sociedades es más descarado, la hace más visible? Antes el discurso que acompañaba la política ocultaba la corrupción y ahora no alcanza a esconderla, ¿por qué ha aumentado o por qué ha triunfado el cinismo? Probablemente se combinan las dos cosas: la ausencia de proyectos políticos más allá del horizonte económico reduce las motivaciones de los que se dedican a la cosa pública y desmoviliza a los ciudadanos. De ahí la sensación de mediocridad creciente de los gobernantes. Pero, al mismo tiempo, un régimen de verdad basado estrictamente en el dinero hace más visible la cruda realidad del sistema de intereses. Michel Foucault lo llamaba el principio de Rosa Luxemburgo: la incompatibilidad entre “la evidencia adquirida de lo que pasa realmente, evidencia adquirida por todos, y el ejercicio de la gobernabilidad por unos pocos”. Luxemburgo había dicho: “Si todo el mundo supiera, el régimen capitalista no duraría 24 horas”. Todo el mundo sabe. Y el capitalismo no se ve amenazado. Quizá la explicación esté en lo que Michel Foucault llama el principio de Solzhenitsyn o del terror: “La gobernabilidad en estado desnudo, en estado cínico, en estado obsceno. En el terror, es la verdad, y no la mentira, lo que inmoviliza”. Lo vemos en el miedo ante la crisis que paraliza a la sociedad. La democracia es incompatible con este sistema de gobernabilidad. El capitalismo no está en peligro; la democracia, sí.

Josep Ramoneda publicado el 2 de diciembre en El País

domingo, 12 de junio de 2011

Antropología. Homosexualidad algunas perspectivas científicas. Parte III

La asignatura Antropología Social es una asignatura del Grado de Sociología de la UNED. Como trabajo autónomo, voluntario y evaluable el alumno tiene la posibilidad de elaborar un ensayo sobre cualquiera de los temas que integran el programa de la asignatura. En mi caso he basado mi trabajo en la homosexualidad. Hoy dejo la tercera parte del mismo.


Podemos documentarnos en la extensísima bibliografía existente para localizar los claroscuros y vacíos sobre esta temática, pero se puede ejemplarizar en las siguientes definiciones, que pueden situarnos en la inadecuada adjetivación; hasta 1973, la American Psychriatric Association clasificaba la homosexualidad como un <>. En el Diccionario de Sociología de Henry P. Fairchild, nos encontramos con esta definición de homosexualidad: <> (Fairchild 1944:144). Tras casi setenta años de esta última cita, y conforme gays, lesbianas y bisexuales han ido haciéndose más visibles e integrándose en las sociedades occidentales, han sido foco de atención y se han incorporado a los debates de las ciencias sociales, dejando atrás caducas y añejas acepciones.
Existen algunas teorías que enmarcan el asunto que nos trata, pero sin duda, sobresale la teoría Queer (Queer theory), que sostiene que <> (Macionis 2010:331). El desarrollo de los derechos de los homosexuales han impulsado en gran medida, la aparición de esta teoría, donde se subraya la idoneidad de la desaparición los prejuicios contra los homosexuales, y esto se conseguirá dando la palabra a opiniones no heterosexuales.

Hasta finales de los años sesenta del siglo pasado la Antropología no comenzó a interesarse en los estudios lésbicos/gays, <> (Nieto 2003:161). En nuestros días, estos estudios en antropología, se singularizan por la irregularidad, y por las disputas en la emergencia de cualquier dominio en las investigaciones. Los estudios lésbicos/gays deben su aparición a una serie de avances intelectuales que prepararon el terreno para su actual expansión, <> (Nieto 2003:163).

La ambigüedad sexual ha formado siempre parte de la realidad, así, lo que plantea problemas interesantes desde el punto de vista de la antropología, no es su existencia misma, sino su visibilidad social (Juliano 2010:155). Desde finales del siglo XVIII la estrategia al respecto de la homosexualidad fue castigarla, patologizarla, negarla e ignorarla. Sólo en las últimas décadas ha habido un interés firme es observar la homosexualidad, alejándose de cualquier posicionamiento estigmatizador o discriminante.

Desde el origen moderno del estructuralismo de la mano de Foucault, él ya afirmaba que <> (Carrasco 2006:312), argumentó a favor de la conveniencia de discernir entre la identidad homosexual y el comportamiento homosexual (Nieto 2003:169). Los seres humanos somos en gran medida productos culturales, estamos encuadrados en un contexto histórico que nos determina, pero con márgenes (especie, cuerpo, cultura) de acción, de libertad, de autodeterminación, de autoconstitución, de autorrealización, pero supeditados a fuerzas externas, que desplazan nuestro “yo” a perfiles periféricos, en una dialéctica permanente, entre nuestra cultura y nuestra individualidad. Las influencias ejercidas desde la sociedad, y la capacidad del desarrollo libre del individuo, todas ellas, estimuladas culturalmente, en un contexto complejo y heterogéneo.