Artículo de Byung-Chul Han publicado en EL PAÍS el 3 de octubre de 2014
Cuando hace un año debatí
con Antonio Negri en el Berliner Schaubühne, tuvo lugar un enfrentamiento entre
dos críticas del capitalismo. Negri estaba entusiasmado con la idea de la resistencia
global al empire, al sistema de dominación neoliberal. Se presentó
como revolucionario comunista y se denominaba a sí mismo profesor escéptico.
Con énfasis conjuraba a la multitud, la masa interconectada de protesta y
revolución, a la que confiaba la tarea de derrocar al empire.La
posición del comunista revolucionario me pareció muy ingenua y alejada de la
realidad. Por ello intenté explicarle a Negri por qué las revoluciones ya no
son posibles.
¿Por
qué el régimen de dominación neoliberal es tan estable? ¿Por qué hay tan poca
resistencia? ¿Por qué toda resistencia se desvanece tan rápido? ¿Por qué ya no
es posible la revolución a pesar del creciente abismo entre ricos y pobres?
Para explicar esto es necesario una comprensión adecuada de cómo funcionan hoy
el poder y la dominación.
Quien
pretenda establecer un sistema de dominación debe eliminar resistencias. Esto
es cierto también para el sistema de dominación neoliberal. La instauración de
un nuevo sistema requiere un poder que se impone con frecuencia a través de la
violencia. Pero este poder no es idéntico al que estabiliza el sistema por
dentro. Es sabido que Margaret Thatcher trataba a los sindicatos como “el
enemigo interior” y les combatía de forma agresiva. La intervención violenta
para imponer la agenda neoliberal no tiene nada que ver con el poder
estabilizador del sistema.
El
poder estabilizador de la sociedad disciplinaria e industrial era represivo.
Los propietarios de las fábricas explotaban de forma brutal a los trabajadores
industriales, lo que daba lugar a protestas y resistencias. En ese sistema
represivo son visibles tanto la opresión como los opresores. Hay un oponente
concreto, un enemigo visible frente al que tiene sentido la resistencia.
El
sistema de dominación neoliberal está estructurado de una forma totalmente
distinta. El poder estabilizador del sistema ya no es represor, sino seductor,
es decir, cautivador. Ya no es tan visible como en el régimen disciplinario. No
hay un oponente, un enemigo que oprime la libertad ante el que fuera posible la
resistencia. El neoliberalismo convierte al trabajador oprimido en empresario,
en empleador de sí mismo. Hoy cada uno es un trabajador que se explota a sí
mismo en su propia empresa. Cada uno es amo y esclavo en una persona. También
la lucha de clases se convierte en una lucha interna consigo mismo: el que
fracasa se culpa a sí mismo y se avergüenza. Uno se cuestiona a sí mismo, no a
la sociedad.
Es
ineficiente el poder disciplinario que con gran esfuerzo encorseta a los
hombres de forma violenta con sus preceptos y prohibiciones. Es esencialmente más
eficiente la técnica de poder que se preocupa de que los hombres por sí mismos
se sometan al entramado de dominación. Su particular eficiencia reside en que
no funciona a través de la prohibición y la sustracción, sino a través del
deleite y la realización. En lugar de generar hombres obedientes, pretende
hacerlos dependientes. Esta lógica de la eficiencia es válida también para la
vigilancia. En los años ochenta, se protestó de forma muy enérgica contra el
censo demográfico. Incluso los estudiantes salieron a la calle. Desde la
perspectiva actual, los datos necesarios como oficio, diploma escolar o
distancia del puesto de trabajo suenan ridículos. Era una época en la que se
creía tener enfrente al Estado como instancia de dominación que arrebataba
información a los ciudadanos en contra de su voluntad. Hace tiempo que esta época
quedó atrás. Hoy nos desnudamos de forma voluntaria. Es precisamente este
sentimiento de libertad el que hace imposible cualquier protesta. La libre
iluminación y el libre desnudamiento propios siguen la misma lógica de la
eficiencia que la libre autoexplotación. ¿Contra qué protestar? ¿Contra uno
mismo?
Byung-Chun Han |
Es
importante distinguir entre el poder que impone y el que estabiliza. El poder
estabilizador adquiere hoy una forma amable,smart, y así se hace
invisible e inatacable. El sujeto sometido no es ni siquiera consciente de su
sometimiento. Se cree libre. Esta técnica de dominación neutraliza la
resistencia de una forma muy efectiva. La dominación que somete y ataca la
libertad no es estable. Por ello el régimen neoliberal es tan estable, se
inmuniza contra toda resistencia porque hace uso de la libertad, en lugar de
someterla. La opresión de la libertad genera de inmediato resistencia. En
cambio, no sucede así con la explotación con la libertad. Después de la crisis
asiática, Corea del Sur estaba paralizada. Entonces llegó el FMI y concedió crédito
a los coreanos. Para ello, el Gobierno tuvo que imponer la agenda liberal con violencia
contra las protestas. Hoy apenas hay resistencia en Corea del Sur. Al
contrario, predomina un gran conformismo y consenso con depresiones y síndrome
de Burnout. Hoy Corea del Sur tiene la tasa de suicidio más alta del mundo. Uno
emplea violencia contra sí mismo, en lugar de querer cambiar la sociedad. La
agresión hacia el exterior que tendría como resultado una revolución cede ante
la autoagresión.
Hoy
no hay ninguna multitud cooperante, interconectada, capaz de convertirse en una
masa protestante y revolucionaria global. Por el contrario, la soledad del
autoempleado aislado, separado, constituye el modo de producción presente.
Antes, los empresarios competían entre sí. Sin embargo, dentro de la empresa
era posible una solidaridad. Hoy compiten todos contra todos, también dentro de
la empresa. La competencia total conlleva un enorme aumento de la
productividad, pero destruye la solidaridad y el sentido de comunidad. No se
forma una masa revolucionaria con individuos agotados, depresivos, aislados.
No
es posible explicar el neoliberalismo de un modo marxista. En el neoliberalismo
no tiene lugar ni siquiera la “enajenación” respecto del trabajo. Hoy nos
volcamos con euforia en el trabajo hasta el síndrome de Burnout [fatiga crónica,
ineficacia]. El primer nivel del síndrome es la euforia. Síndrome de Burnout y
revolución se excluyen mutuamente. Así, es un error pensar que la multitud
derroca al empire parasitario e instaura la sociedad
comunista.
¿Y
qué pasa hoy con el comunismo? Constantemente se evocan elsharing (compartir)
y la comunidad. La economía del sharing ha de suceder a la
economía de la propiedad y la posesión. Sharing is caring, [compartir
es cuidar], dice la máxima de la empresa Circler en la nueva novela de Dave
Eggers, The Circle. Los adoquines que conforman el camino
hacia la central de la empresa Circler contienen máximas como “buscad la
comunidad” o “involucraos”. Cuidar es matar, debería decir la máxima de
Circler. Es un error pensar que la economía del compartir, como afirma Jeremy
Rifkin en su libro más reciente La sociedad del coste marginal nulo, anuncia
el fin del capitalismo, una sociedad global, con orientación comunitaria, en la
que compartir tiene más valor que poseer. Todo lo contrario: la economía del
compartir conduce en última instancia a la comercialización total de la vida.
El
cambio, celebrado por Rifkin, que va de la posesión al “acceso” no nos libera
del capitalismo. Quien no posee dinero, tampoco tiene acceso al sharing. También
en la época del acceso seguimos viviendo en el Bannoptikum, un
dispositivo de exclusión, en el que los que no tienen dinero quedan excluidos.
Airbnb, el mercado comunitario que convierte cada casa en hotel, rentabiliza
incluso la hospitalidad. La ideología de la comunidad o de lo común realizado
en colaboración lleva a la capitalización total de la comunidad. Ya no es
posible la amabilidad desinteresada. En una sociedad de recíproca valoración
también se comercializa la amabilidad. Uno se hace amable para recibir mejores
valoraciones. También en la economía basada en la colaboración predomina la
dura lógica del capitalismo. De forma paradójica, en este bello “compartir”
nadie da nada voluntariamente. El capitalismo llega a su plenitud en el momento
en que el comunismo se vende como mercancía. El comunismo como mercancía: esto
es el fin de la revolución.
Byung-Chun
Han es filósofo.
Traducción de Alfredo Bergés.
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