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sábado, 21 de junio de 2014

La universidad española, entre las más caras de Europa

Artículo de Ivanna Vallespín y Pilar Álvarez publicado el 20 de junio en El País.

Los universitarios griegos no pagan un euro por ir a clase. En Francia hay desgravaciones fiscales para las familias. Alemania, a diferencia de la mayoría, se ha replanteado los precios de los campus a la baja en tiempos de crisis. En España, donde los precios de las tasas llevan tres cursos disparados, se acaba de abrir un nuevo debate. La secretaria de Estado de Educación, Formación Profesional y Universidades, Monsterrat Gomendio, apuntó hace una semana a la opción de “evolucionar” a un sistema de préstamos, como el que tiene el Reino Unido.
No es lo mismo estudiar en un punto u otro de la Unión Europea. Ni por contenidos, ni por precio. España está en el grupo de los países con los precios más altos de la Europa de los 28 para estudiar un grado. Según datos recientes de la Comisión Europea (que miden la horquilla de precios entre las matrículas más altas y las más bajas), España sería la novena con los precios más altos en la horquilla superior (2011 euros) y la octava en la parte baja de esa horquilla, con 713 euros. Está por detrás de Reino Unido, Estonia o Irlanda, entre otras. Hay 12 países, además, con una cobertura más amplia de alumnos becados, por detrás de Francia, Irlanda o Reino Unido.
En el otro extremo, están los países nórdicos (Finlandia, Dinamarca y Suecia) con Grecia o Austria. En todos ellos, las universidades públicas están libres de tasas. Otros mantienen precios casi simbólicos, como Francia, la República Checa, Alemania o Polonia. Son datos del reciente informe de la Comisión Europea National Student Fee and Support Systems 2013-2014 (tasas estudiantiles nacionales y sistemas de ayudas). El estudio –que no incluye datos de Holanda y Luxemburgo porque no se facilitaron, pero sí de países que no están en la UE28- destaca que las becas basadas en criterios económicos son las más usadas en la educación superior en Europa, frente a algunas excepciones que emplean criterios de mérito como los que España endureció en 2012 (Bélgica, Grecia e Italia). Solo Islandia y Montenegro tienen sistemas exclusivos de préstamos y hay países en los que, además de las ayudas directas a los estudiantes, se aplican exenciones fiscales a las familias.
Los préstamos para estudiantes universitarios son habituales en la UE. En 17 de los 28 países ofrecen o avalan préstamos, pero solo llegan a una parte muy baja de los estudiantes, desde el 0,1% en Francia al 11% en Letonia. Francia los puso en marcha en 2008 para menores de 28 años, con un importe máximo de 15.000 euros. En Letonia disponen de dos tipos de préstamos, uno para pagar el coste de la matrícula y otro para los gastos del día a día. En este caso el dinero debe ser devuelto un año después de haber finalizado los estudios.
En Dinamarca también la mitad de estudiantes se acogen a créditos de unos 400 euros mensuales, que deben ser devueltos en un plazo de 15 años, aunque paralelamente tienen un sistema de becas del doble de importe para poder independizarse. “Aquí los jóvenes se independizan muy pronto y esto les ayuda para empezar una vida fuera de casa de los padres a edades tan tempranas”, tercia Vera Sacristán, presidenta del Observatorio del Sistema Universitario, un organismo que ha presentado este viernes el informe El coste de estudiar en Europa", basado en el trabajo de la Comisión Europea.
Sacristán, coordinadora del estudio, señala que en función del poder adquisitivo de la población, las universidades públicas españolas son las sextas instituciones con los precios de grado más elevados de Europa, encabezadas por las de Cataluña, cuyos precios mínimos sólo supera Irlanda, Irlanda del Norte y Gales.

En cuanto al coste de los másteres, Sacristán ha destacado que los precios mínimos en máster en Cataluña son casi el doble de caros que los precios máximos existentes en 21 de los 38 países analizados. A este respecto, el informe destaca que en la mayoría de países y regiones europeas estos estudios tienen el mismo precio aproximado que los grados. En España, en cambio, el precio de máster sí es superior al de los grados.

Artículo de Ivanna Vallespín y Pilar Álvarez publicado el 20 de junio en El País.

domingo, 8 de diciembre de 2013

Qué hacer cuando se está equivocado

Artículo de Paul Krugman publicado en El País el 4 de diciembre de 2013

Como el experto Barry Ritholz nos recordaba recientemente en una entrada de su blog en Internet, acabamos de pasar el tercer aniversario de la publicación de la carta sobre devaluación e inflación en la que los gurús de la economía advertían a la Reserva Federal de que las políticas de relajación cuantitativa tendrían consecuencias nefastas. Estaban completamente equivocados.

Al releer ahora la carta hay que preguntarse qué clase de modelo económico tenía en mente el grupo. Los autores afirmaban que “las proyectadas compras de activos comportan un riesgo de depreciación de la moneda y de inflación, y no creemos que logren el objetivo de la Reserva Federal de promover el empleo”.

Por tanto, serían inflacionistas sin ser expansionistas. ¿Cómo se supone que funciona esto? En su exposición, Ritholz esgrimía el error de estas personas como una razón para no escucharlas, y, desde luego, es una señal de alarma. Sin embargo, mi posición es que no solo se trata de averiguar si la gente se ha equivocado, sino también preguntarse cómo ha reaccionado cuando los acontecimientos no han seguido el rumbo que ellos habían predicho.

Después de todo, si escribes sobre temas de actualidad y nunca te equivocas es que no te estás arriesgando bastante. Pasan cosas, y a veces no son las cosas que pensabas que pasarían.

¿Qué hacer entonces? ¿Pretender que nunca dijiste lo que dijiste? ¿Arremeter contra tus detractores y hacerte la víctima? ¿O intentar descubrir en qué te equivocaste y por qué, y revisar tus ideas en consecuencia?

A lo largo de los años me he equivocado muchas veces, en general sobre cuestiones menores, pero a veces sobre otras importantes. Antes de 1998 no creía que la trampa de la liquidez fuese un problema serio. El ejemplo de Japón hizo pensar que me equivocaba, y al final llegué a la conclusión de que de hecho era un grave problema. En 2003 pensaba que Estados Unidos era posiblemente vulnerable a una pérdida de confianza al estilo de la crisis asiática. Cuando nada de eso ocurrió, me replanteé mis modelos, me di cuenta de que el endeudamiento en moneda extranjera era crucial y cambié mi punto de vista.

El caso del euro fue algo diferente: yo era muy pesimista sobre la estrategia de austeridad y de devaluación interna, que creía que tendría un coste terrible. Y tenía toda la razón. También supuse que se demostraría que ese coste era políticamente insostenible, y que conduciría a una crisis del propio euro. Al menos hasta ahora, me he equivocado. Mi modelo económico funcionaba bien, pero mi modelo político implícito, no. De acuerdo, así son las cosas.

¿Alguno de los firmantes de la carta de 2010 ha admitido haberse equivocado y explicado por qué se equivocaron? Me refiero a “alguno” de ellos. Que yo sepa, no. Y, en este punto, el tema se convierte en algo más que una discusión intelectual. Se convierte en una prueba de carácter.

© 2013 The New York Times

Traducción de News Clips.

viernes, 22 de noviembre de 2013

“Los viejos demonios han vuelto a Europa”

Artículo de Xosé Hermida publicado en El Pais el 31 de octubre de 2013.

En el principio fue la ira. “Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles”, reza el verso inicial de La Ilíada, que para el filósofo Peter Sloterdijk (Kalrsruhe, 1947) equivale a la “primera palabra de Europa”. La ira y la indignación han sido una piedra angular del continente, y con él, de todo el mundo occidental. El recorrido histórico por las consecuencias políticas de esa energía humana dieron origen a un libro —Ira y tiempo, editado en España por Siruela— del más controvertido y seguramente más influyente, tras Jürgen Habermas, de los pensadores alemanes contemporáneos. Sloterdijk ha estado dos días en Santiago para recibir un singular premio por esa obra. El galardón, llamado Bento Spinoza en honor del gran filósofo de origen judío portugués, está organizado por el instituto compostelano Rosalía de Castro, cuyos alumnos, junto a los de otros cuatro colegios públicos gallegos, eligieron Ira y tiempo como el mejor ensayo. “Por una vez no me ha premiado un jurado gerontocrático”, bromeaba ayer, con una mezcla de ironía y sorpresa, el pensador alemán, que no oculta su inquietud por el futuro de una Europa a la que “vuelven los viejos demonios, ahora bajo la forma de nacionalismo económico”.
Muy popular en Alemania, donde es frecuente verle en televisión hablando de casi todo —desde fútbol a cómo dejar de fumar— su capacidad para la provocación es casi legendaria. Irrumpió de la forma más escandalosa en 1999, cuando algunos —entre ellos el propio Habermas— vieron resucitar los fantasmas del nazismo con su libro Normas para el parque humano que defendía las técnicas de mejora genética del homo sapiens. Hace tres años, un artículo suyo en el Frankfurter Allgemeine Zeitung, en el que arremetía contra la “cleptocracia fiscal” de los Estados de bienestar europeos y propugnaba sustituir los impuestos por donativos voluntarios, provocó otro enorme incendio. Ira y tiempo contiene un furibundo ataque contra lo que llama “izquierda fascista”, y eso le ha servido para que desde el otro lado del espectro ideológico el filósofo comunista Slavoj Zizek lo haya definido como “un liberal-conservador que ejerce de enfant terrible del pensamiento alemán contemporáneo”.

La izquierda, según Sloterdijk, ha funcionado históricamente como un mecanismo de “organización política de la ira” o, para ser más precisos, como “un banco de ira”. “La gente depositaba allí sus frustraciones y, como en un banco, otros gestionaban ese capital para devolverle los intereses en forma de autoestima para ellos y desprecio para sus enemigos”, explica Sloterdijk desde su imponente estatura, mirando siempre por encima de unas pequeñas gafas y con un cabello alborotado que corrobora esa imagen de enfant terrible, aún a sus 66 años, Él acabó de escribir su libro en 2006 y, desde entonces, la “atmósfera ha cambiado mucho en el mundo”, advierte. “La ira, la cólera, la indignación, han cobrado más fuerza. Lo que pasa es que ahora no hay un banco mundial de la ira. Ese papel lo jugó la izquierda desde el siglo XIX, pero hoy ya no es capaz de desempeñarlo. El islamismo es únicamente un banco local de ira, sin alcance mundial. Ahora la gente puede quedarse en casa con su cólera y meterla debajo de la almohada o del colchón, porque ya no hay nadie que pueda sacar rendimiento político de eso ni devolverle intereses”.
Su durísimo diagnóstico sobre las consecuencias de organizar políticamente la ira, desde el primer anarquismo de Bakunin hasta el estalinismo o el maoísmo, no implica que Sloterdijk desdeñe el papel que ha desempeñado la indignación en la historia de Occidente. Y lo subraya cuando comenta el fenómeno del 15-M en España: “Esto no es nada nuevo, aunque sí la forma cómo se manifiesta. La República es hija de la indignación. De ella nace el primer movimiento democrático en la antigua Roma, donde la monarquía da paso a la República por la indignación popular contra la violación de Lucrecia por el hijo del rey. Lo mismo vale para la Revolución Francesa. En ese sentido, los jóvenes españoles demuestran que viven la auténtica tradición democrática”. Pero esa energía no puede ser canalizada por fuerzas como “la izquierda francesa, que parece una empresa del Estado, solo pendiente de los funcionarios”. “Se necesita algo completamente diferente, un instinto más emprendedor. Y pensar que no se puede forzar la economía. No vale con masacrar a dos millonarios y repartir su fortuna dando 20 euros a cada persona en paro. No creo que eso sea una solución política”.

La disputa entre el Norte y el Sur en Europa tras el estallido de la crisis ha abierto una brecha cuyos peligros resultan muy evidentes para Sloterdijk: “Han vuelto los antiguos demonios a Europa. Ya no se trata del viejo nacionalismo, ahora es un nacionalismo económico venenoso. Y sin duda se debe a los defectos en la construcción política de Europa. El euro fue sobre todo un proyecto político, y los especialistas ya advirtieron entonces de que eso podría llevar a una explosión. Pero los políticos siguieron adelante con lo suyo. Y esa explosión es lo que estamos viendo ahora. Hay un retroceso en el sentimiento transnacional”. El pensador resume la división continental entre países partidarios de la estabilidad económica, como Alemania, y los defensores de “políticas inflacionistas, como los Estados del Sur”. “Las diferencias neonacionalistas vienen de mezclar la política con esos problemas técnicos. Si no evitamos esa mezcla, Europa puede saltar por los aires”, afirma.


Un cierto sentido de la ironía impregna la obra de Sloterdijk y aflora cuando se pregunta si de verdad Alemania desea mandar sobre Europa: “Todo esto es un malentendido trágico. Los alemanes rezan todas las noches para no tener que gobernar Europa. Pero qué le vamos a hacer, son grandes y fuertes, y no se pueden esconder como cuando uno es pequeñito y se mete detrás de un árbol. El problema no es que Alemania quiera el poder, sino que se trata de una obligación a la que debe acostumbrarse. Pero los alemanes son muy cuidadosos y muy respetuosos”.

Artículo de Xosé Hermida publicado en El Pais el 31 de octubre de 2013.

martes, 7 de mayo de 2013

“Alemania impone sus recetas con una plantilla moral”

Artículo de J. Gómez publicado en El País el 5 de mayo de 2013


El profesor y sociólogo alemán Ulrich Beck /MASSIMILIANO MINOCRI
Ulrich Beck ha ocupado dos cátedras de sociología, una en París y la otra en Múnich. También es profesor en la London School of Economics. Sus saltos entre las tres capitales le ofrecen una buena perspectiva sobre la Unión. Nació en 1944, justo un año antes de la capitulación de la Alemania de Hitler. Su biografía es paralela al proceso de integración de Europa, que ve peligrar por sus déficits democráticos y también por la mala relación entre los vecinos a ambas orillas del Rin.
Pregunta. ¿Hasta qué punto es importante el eje franco-alemán?
Respuesta. La buena relación entre Alemania y Francia es crucial para ambos países y también para Europa. Por eso también es extraordinariamente importante que Angela Merkel y François Hollande se entiendan bien. La canciller Merkel, en estrecha colaboración con el anterior presiente de Francia, Nicolas Sarkozy, recetó una medicina amarga a toda Europa, la de la austeridad. Así surgió esta Europa alemana. Es una situación opaca, en la que Merkel y Alemania no asumen verdadera responsabilidad para Europa. El bien de Europa no centra las preocupaciones políticas del Gobierno. En la forma, las instituciones europeas comunes siguen siendo las competentes y Merkel no se ve a sí misma como figura hegemónica. Pero informalmente sí lo es.

P. ¿Hegemonía accidental?
R. Alemania impone sus recetas con una plantilla no solo económica, también moral. Ahora tiene todas las llaves políticas, aunque formalmente pervivan las instituciones europeas. La fachada de esta construcción se ha mantenido mientras Francia apoyó la política alemana. Sarkozy asumía los puntos esenciales de las propuestas alemanas. Incluso los defendía en la campaña de las elecciones que perdió. Con Hollande, la situación es distinta.
P. Pero en Alemania no se percibe la oposición.
R. Hollande prometió en su campaña romper la espiral de austeridad y hacer que los más ricos asuman más responsabilidades en la crisis francesa. Ambos proyectos han fracasado, al menos de momento. La presión sobre Hollande los neutraliza ante Alemania, que se ha quedado sola en el liderazgo europeo. Esto es una novedad.
P. Cuando Francia era el motor de la integración europea, ¿era más generosa?
R. Tras la II Guerra Mundial, Francia impulsó una integración europea en la que desempeñaría el papel principal. Era una potencia militar victoriosa, con una visión de armonía social y una vocación de progreso que contaba con la energía atómica como museo vivo de la civilización futura. Estos tres pilares, que se desmoronan hoy. La relación con Alemania se está viendo salpicada por la inseguridad consiguiente.
P. Hay una contradicción entre la nostalgia por Holmut Kohl, como líder alemán generoso, extendida fuera de Alemania, y la percepción dentro, donde parece alguien de una época totalmente distinta.
R. Para Kohl, Europa era una prioridad dentro de la política alemana. La Ley Fundamental alemana dedicaba un artículo al objetivo de la Reunificación. Cuando se convirtió en superfluo, el proyecto europeo asumió su lugar [a partir de 1992]. Pero lo hizo solo en el texto constitucional, porque integración de Europa tiene hoy un papel político secundario, relegado por la defensa de la economía o, directamente, del dinero alemanes.
P. ¿Hay explicaciones culturales?
R. Se diría que Merkel está empeñada en confirmar las teorías de Max Weber sobre la ética protestante como acicate del espíritu capitalista. Martín Lutero se moriría de risa viendo cómo su tesis de que hay que sufrir para tener una vida mejor se ha convertido en el fundamento de la política europea. Siempre bajo el manto de la racionalidad económica.
P. ¿Pero es ideología?
R. La crisis actual no tiene una solución económica. Si nos empeñamos en pensar así, no saldremos de esta. El nacionalismo económico se está tornando en contra de los ciudadanos. Alemania nota la crisis por el hundimiento de los mercados europeos. Los problemas de la precariedad laboral, cada vez mayores, van a agravarse cuando nos impacte de lleno la crisis.
P. ¿En Berlín cierran los ojos?
R. Tengo la sensación de que esto está cambiando y de que las críticas empiezan a calar, también en los medios alemanes. Pero hasta ahora es cierto, estamos ante una política evangélica, fundamentalista, de revelación. Como persona formada en la ciencias naturales, Merkel parece incapaz de ver las consecuencias laterales de su política. Sólo cuenta la meta. Pero parece que ignora que el proceso está destruyendo las condiciones de la posibilidad de esta meta.
P. Cuando el ministro de Hacienda, Wolfgang Schäuble, habla de la parte humana de la economía, se refiere a la “confianza de los mercados”.
R. Confianza, moral, nunca falta eso. Ese es el modelo, pero la realidad es otra, la de las consecuencias. Personifican los mercados como sujetos terapéuticos a los que hay que mimar para que no se nos pongan nerviosos o histéricos. A los mercados les sobran los zalameros. Pero esto son brujerías retóricas para presentar ante los legos un modelo financiero intrincado y opaco. La confianza de “los mercados” prima sobre la confianza de las personas.
P. El euroescepticismo en Alemania crece solo moderadamente. Muchos alemanes creen que Merkel y los rescates ayudan de veras a sus socios.
R. Y lo que más sorprende es que la oposición no pinche de una vez esa pompa de jabón. El problema es que las elecciones se ganan sólo en casa. Merkel programa su política europea fijándose como prioridad la política interior y los intereses alemanes.
P. La oposición socialdemócrata también está de acuerdo con Merkel respecto a Francia. Todos insisten en que Hollande aplique reformas.
R. Hay un consenso en que el éxito alemán de hoy se debe a los recortes del canciller socialdemócrata Schröder. Este es el núcleo. Creen que funcionó en Alemania y que tiene que ser bueno para todo el mundo, también para Francia.
P. ¿Economía de vocación universalista?
R. Así es. Es una tendencia general alemana, en filosofía y en todo. No nos damos cuenta de que nuestro universalismo es casero. A los alemanes les cuesta relativizar.
P. Un mirarse el ombligo universalista.
R. Sí, pero con consecuencias para todos, porque se formula como puro racionalismo.
P. Este fin de semana estará en París. ¿Cómo ve las relaciones en la calle?
R. La vieja imagen del archienemigo hereditario se ha desvanecido. Pero en nuestro diálogo no salimos de las frases solemnes. Nos hemos acercado mucho, pero seguimos siendo extraños. Diría que, en esta fase, los malentendidos son buenos porque ya será imposible evitarse mutuamente. Así que los problemas nos permiten notar que no nos entendemos y nos obligarán a buscar nuevas salidas. El proyecto de Europa ha sido siempre cosa de élites. La gente común, se creía, saltará de contenta por los buenos resultados. Pero esto se ha hundido con la crisis y nos arriesgamos a una Europa sin europeos. La crisis lo revela con mayor crudeza de lo que yo pensaba: en Europa no hemos aprendido a vernos a través de los demás.
P. Cada vez que hay un escándalo en España, muchos me preguntan allí “qué piensan de esto los alemanes”.
R. Seguramente eso es otra expresión de la hegemonía alemana. Así y todo, hay esperanza de cambio después de las elecciones. No creo que Merkel vaya a querer pasar a la historia como la canciller que destruyó el euro.

Artículo de J. Gómez publicado en El País el 5 de mayo de 2013

sábado, 25 de agosto de 2012

Nos han impuesto que eres más feliz cuanto más consumes y más compites

Entrevista publicada en Laprovincia.es


NACHO MARTÍN
Zygmunt Bauman

Filósofo y Premio Príncipe de Asturias

Zygmunt Bauman, durante la entrevista en el hotel
Voramar de Benicássim. / Ana Torregosa
¿Están sexo y amor convirtiéndose en una hipoteca para la sociedad occidental?

Todos estamos hechos para amar y ser amados y no nos sentimos plenos salvo que tengamos esa persona para amar y ser amados, y también en el plano de las amistades, de las relaciones interpersonales. Cuando hablo de este término hipoteca me refiero a que para poder amar se necesitan ciertas obligaciones, un compromiso a largo plazo que puede implicar sacrificio para cuidar a la otra persona y de algún modo hipotecar tu futuro, arriesgarse. Y lo que ocurre en esta sociedad es que sobre todo los jóvenes están siendo animados a evitar un compromiso a largo plazo. La gente se junta para ver si funciona, pero si lo haces así, el más mínimo desacuerdo se convierte en un gran problema. Y esto también se refleja en las amistades, relaciones interpersonales, vecinos... Es parte también de la crisis.

¿En qué medida?

Es tremendamente importante para el futuro de la humanidad. El problema real es reemplazar las lecciones de cómo vivir que nos han sido impuestas: primero, se nos ha enseñado que para ser más feliz hay que consumir más, tener el último iPad o el último modelo de teléfono o de camiseta. En segundo lugar nos han dicho que hay que ser mejor que el otro, que hay que competir constantemente. Y estos dos caminos son dos de las causas de la crisis actual.

¿Qué caminos serían más deseables?

Buscar un sentido conjunto y unos objetivos comunes de las personas, compartiendo y debatiendo, discrepando -lo cual también da mucha felicidad-, pero estamos demasiado ocupados intentando competir. Vamos a encontrar vías todos juntos, y no sólo escuchando lo que una persona mayor como yo pueda decir. Pero sí puedo decir que una de las claves es entender que lo que da felicidad no es consumir, sino producir. Ese es el regalo.

¿En la actual sociedad de Internet seguimos siendo lo que escribimos?

Le diré que una persona adicta a Facebook puede hacer más de 200 amigos en un día. Yo en 87 años no pude hacer más de 500 amigos, y no me estoy refiriendo a ese tipo de amigos que pueden llenarte de felicidad. Los amigos de Internet no son más que amigos de red, y puedes perderlos también en un día y no estarán allí cuando los necesites. La amistad y el amor no son una cuestión de tecnología; necesitas una dedicación espiritual.

¿Está Europa hundida? ¿Va a ganar la economía la batalla frente a los valores y los derechos?

No soy un profeta, pero puedo mirar a mi alrededor y veo pocas señales de que estemos en el camino para salir de la crisis. Este colapso del crédito ha sido al final una redistribución de riqueza que ha dado más a unos pocos ricos y ha hecho más pobres a los pobres, especialmente a los jóvenes. Un 52 % de los jóvenes está sin empleo en España y eso es muy grave, no pasaba algo así desde la Segunda Guerra Mundial. Y eso los frustra, porque les quita su dignidad haciéndoles sentir que nadie les quiere, que no sirven para nada. Se está quitando riqueza a los más débiles y eso es muy peligroso; y los gobiernos sienten la presión de los bancos, de las instituciones. Y ante esto no hay caminos intermedios: o te rindes a lo que te piden los bancos y la economía, haciendo más fácil la vida a los bancos y penalizando a los débiles; o por el contrario defiendes los intereses de tu población.

¿Por qué ha venido al foro social de un festival reggae?

Creo que este tipo de puntos de encuentro con intereses comunes son muy importantes; compartiendo no sólo una música, sino también intercambiando y haciendo relaciones interpersonales. Yo he sacrificado para venir aquí, porque creo que es importante, ya que en Benicàssim hace mucho calor y soy una persona que lo pasa ciertamente mal con el calor, pero aquí estoy porque creo que es importante.

¿Qué mensaje va a trasladar a los jóvenes que van a escucharle en el foro social y que buscan respuestas, guías para salir de esta crisis, para cambiar las cosas?

Tú puedes hornear o amasar tu futuro. Es solamente tu elección, y no hay certeza, pero simplemente es una cuestión de compromiso con tu sociedad. ¿Usted conoce a un filósofo italiano que se llama Gramsci? Gramsci dijo que el único modo de predecir el futuro es organizarse y hacer que eso que quieres ocurra.

Entrevista publicada en Laprovincia.es por Nacho Martín