Mostrando entradas con la etiqueta Euro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Euro. Mostrar todas las entradas

sábado, 24 de mayo de 2014

Sami Naïr: "La izquierda y la derecha no son lo mismo, pero en Europa se han comportado igual"

Articulo de Daniel Basteiro publicado en el Huffingpost.es el 14 de mayo de 2014


Sami Naïr (1946, Tlemcen, Argelia) quiere una "gran Europa", pero no ésta. El intelectual francés, catedrático de Ciencias Políticas en la universidad Pablo Olavide de Sevilla, cree que es imprescindible expulsar a los mercaderes del templo de las élites en el que se ha convertido la Unión Europea. En su libro El desengaño europeo, Naïr repasa la historia del club comunitario para concluir que fue un error fiarlo todo a la construcción de un gran mercado. Cuando eso falla, según él, la idea "beata" de Europa, el europeísmo de bandera, se viene abajo.
-Ha escrito un libro de desengaño, pero no sólo sobre la gestión de la crisis del euro, sino del proyecto europeo en sí.
El sueño europeo ha sufrido un daño tremendo por dos motivos casi culturales. El primero es el utopismo romántico con el que se planteó la construcción europea. Este utopismo ha fracasado frente a unos resultados totalmente contrarios, que corren el riesgo de destrozar definitivamente el sueño de Europa. La responsabilidad la tienen no los que hacen un balance realista sino los que han prometido mucho para darnos nada.
Por otra parte, la opinión pública ha sido descartada desde el comienzo por las élites políticas con la excusa de que “Europa es algo demasiado complejo como para dejarlo en manos de los ciudadanos”. En nombre de esa visión hemos construido no un interés político europeo que generase adhesión sino un sistema de élites con un enorme déficit democrático. Hay elecciones cada cino años, pero los ciudadanos no saben muy bien sobre qué están votando. Estoy absolutamente convencido de que si se pregunta hoy a un ciudadano cuál es el diputado de su circunscripción, será incapaz de decir su nombre.

-¿No son las elecciones europeas una oportunidad perfecta para corregir ambos defectos?
En las elecciones europeas no se habla de Europa. Es una consecuencia casi natural porque los partidos políticos no tienen mucho que decir. No tienen más programa que el elaborado por la Comisión Europea. Cualquier partido, de cualquier bando, intenta adaptarse a ese programa. El bando conservador utiliza el chantaje de “lo que hay que hacer”, sin alternativa. El progresista, cuando existe, parte de un “no estamos de acuerdo” para hacer propuestas que reenfoquen un poquito ese programa. Pero no hay programa. Es siempre el mismo discurso.
-Tras las últimas elecciones europeas, la izquierda española votó a favor de la reelección de José Manuel Durao Barroso, conservador y anfitrión de la Cumbre de las Azores, como presidente de la Comisión. En estas, los socialistas tienen un candidato, que debate con los demás, y un programa. ¿Esta vez será diferente?
No lo creo. Hay que transmitir a la opinión pública que los políticos de ambos bandos tienen una responsabilidad enorme de lo que ha pasado y no han hecho la autocrítica necesaria para proponernos una alternativa a esa política. Imagínese que Martin Schulz, un gran diputado al que respeto, llega a la presidencia de la Comisión. Va a hacer la política de su partido, un partido aliado de Merkel en el Gobierno alemán. No me imagino a Merkel permitiendo que un socialista llegue a la presidencia de la Comisión para poner en marcha una política distinta a la suya. Si Schulz llega ahí, será con las manos esposadas.
-La Eurocámara presume de tener más influencia que nunca, sobre todo desde la entrada en vigor del Tratado de Lisboa, que le da el poder de codecidir (con los Gobiernos) en multitud de temas. Pero, según su libro, sigue siendo una “caja de resonancia” y una coartada para la tecnocracia.
Es mi convicción. He sido eurodiputado cinco años y nunca, jamás, he sentido tanta impotencia política como en el Parlamento Europeo. Mire la elección del presidente del Parlamento Europeo. Conservadores y progresistas se ponen de acuerdo para repartirse el cargo, dos años y medio cada uno. Las grandes orientaciones son idénticas porque hay un acuerdo entre la derecha y la socialdemocracia para considerar que no hay alternativa a la construcción liberal de Europa. Merced a este acuerdo, hoy asistimos a una destrucción progresiva de la idea de Europa como conjunto de naciones.

-¿Ha vendido la izquierda su alma?
La complicidad ha existido desde los años 70. Piense en las relaciones entre Francia y Alemania. Valery Giscard d’Estaing y Helmut Schmidt (derecha-izquierda), François Mitterrand y Helmut Kohl (izquierda-derecha), Jacques Chirac y Gerhard Schroeder (derecha-izquierda), Nicolas Sarkozy y Angela Merkel [en este caso, ambos de derechas]. En vez de construir un contraproyecto, la izquierda se ha rendido al de los conservadores intentando matizarlo, suavizarlo o flexibilizarlo para proteger a las capas más débiles. Nunca diré que la izquierda y la derecha son lo mismo a nivel europeo, pero se han comportado igual. Todo pese a que los eurodiputados de izquierdas en el Parlamento Europeo son en muchas ocasiones muy militantes. El resultado objetivo es un proyecto institucional de una Europa-imperio mercantil y no un proyecto de sociedad.

-¿Cuándo sucumbió la izquierda?
1986, el Acta Única. Ahí estriba la gran orientación del mercado frente a la construcción de Europa con los Estados. En vez de contar con un piloto político, algo sobre lo que no había acuerdo, se decidió construir un avión para que volara solo: el mercado. Una vez creado, se le dotó de libertad de circulación de mercancías, servicios y capitales, añadiendo como concesión la circulación de personas. Después, para ese mercado se creó una moneda, el euro, votado por la izquierda socialista, pero no los sectores más críticos. El consenso de las élites ha consistido en que por encima de todo está Europa y por encima de Europa, el mercado. Se ha construido una Europa liberal y profundamente antisocial. Las políticas sociales son el pariente pobre del mercado europeo y la izquierda se ha vuelto cada vez más conservadora, sobre todo la inglesa y la alemana. Fíjese: cuando se puso en marcha la moneda única había 15 gobiernos de izquierda en Europa. La derecha era prácticamente minoritaria.

-En su libro asegura que, tras la Dictadura, España no tenía muchas más opciones que integrarse en la UE, entonces la Comunidad Económica Europea, ese proyecto cuya construcción critica.
España nunca ha tenido margen de maniobra. La Transición fue el producto de la cordura de las élites políticas españolas y el apoyo de países europeos, especialmente de Alemania. Sin el apoyo de Alemania, el PSOE nunca hubiera tenido tanta importancia. Después, durante 15 años, España fue el país más financiado por la UE. Cuando uno recibe ese dinero no abre la boca en las negociaciones más que para defender esos fondos. España ha trabajado muy bien en Europa, pero casi como una funcionaria. Y después adoptó el euro sin discusión, algo que implicaba una convergencia económica que España respetó con una deuda y déficit bajos. Todo ello mientras se emborrachaba de sector inmobiliario.
-Y cuando estalló la burbuja, el margen de maniobra español fue cero.
Con la crisis se ha visto cómo funciona el poder europeo y cómo Merkel y Sarkozy comenzaron a tomar todas las decisiones. Según el filibustero George Soros, los países del sur de Europa van a salir de la crisis como países subdesarrollados. Los países del sur no pueden sobrevivir con un euro tan caro.

-Si continúa el euro caro (algo que penaliza las exportaciones), se “desangrará la población y se privatizará, casi por completo, el sistema económico y social. En ese caso entraríamos en un terreno de guerras sociales”, escribe. ¿A qué guerras se refiere?
Las decisiones de 2009 y 2010 han provocado la destrucción de millones de empleos y la exclusión de una parte importante de la juventud. También ha habido manifestaciones masivas en los países del sur de Europa. Todo ello es un peligro para las élites financieras europeas, algo que Merkel y el BCE entendieron el año pasado, cuando suavizaron un poquito sus políticas.

-¿Es Francia diferente?
En Francia será imposible seguir aplicando esas medidas de austeridad, como ya hemos visto en las últimas elecciones. No aceptará mucho más tiempo que sea la Comisión quien dicte las normas. No lo deseo, pero se está cocinando una explosión generalizada en Francia. No pueden poner estas medidas en marcha en un país en el que no hay un Estado del bienestar, sino un “Estado padre” que no va a desaparecer por mucho que haya que obedecer a Bruselas.

-¿Puede darse esa explosión en España?
España es muy compleja y hay una serie de problemas contradictorios que al final son paralizantes. Hay una disgregación social, acompañada por un paro increíble. También hay una falta de conciencia de lucha motivada por la Transición, que ha funcionado como anestesia de la identidad social mientras las clases populares se iban integrando y mejorando.
Francia es una democracia clásica, casi de libro. España es una democracia moderna, más dinámica, pero con menos arraigo por ser tan joven. Además, hay que sumarle el problema nacionalista, también muy paralizante. Todos los problemas sociales del país se transforman en un problema identitario. Por ejemplo: el Gobierno de Cataluña aplica una política ultraliberal a nivel social, pero la esconde tras la bandera.
-El Gobierno español y la eurozona proclaman una lenta recuperación y salida de la crisis, algo que haría posible relajar las medidas de austeridad.
Eso es demasiado optimista. Los países del sur no pueden sobrevivir con un euro tan caro salvo que estén dispuestos a destruir el tejido social.
-Algo que usted llama “americanización” de la sociedad.
Las privatizaciones, el fin del derecho laboral, grandes bolsas de pobreza… No sé si eso será posible en los países del sur, pero es imposible en Francia. Estallará una revolución social. La recuperación que vemos ahora es meramente coyuntural. El repunte se produce porque hemos llegado muy abajo.

-“A falta de una poderosa movilización de los asalariados, lo peor es posible en Grecia”. ¿A qué se refiere?
Grecia es el país que hoy en día está más cerca de una dictadura de extrema derecha. El Ejército está a un lado, pero aún no ha dicho su última palabra. Los socialistas están muy divididos y su antiguo líder hizo lo que José Luis Rodríguez Zapatero no había hecho en España: decir “no” y plantearse la posibilidad de someter a referéndum la austeridad. Y cuando ocurrió eso, le enseñaron la puerta. El primer plan de rescate del país fracasó. El segundo, también. Grecia se encamina hacia el autoritarismo.

-¿Por qué es tan peligroso el tratado comercial con EEUU que se negocia en la actualidad?
EEUU sabe que está en una posición de declive hegemónico y ve en China una gran amenaza. En ese tratado se pide que sus empresas tengan la posibilidad de entrar libremente en el mercado europeo con normas norteamericanas. Y hay que recordar que nosotros tenemos el principio de precaución [protección ante los riesgos, aunque el peligro no esté demostrado], por lo que un tratado así inundará el mercado europeo de productos potencialmente peligrosos. La guinda del pastel es un tribunal para resolver conflictos que no sea ni el de los Estados ni el de la UE, sino uno especial donde tendrán influencia las empresas. No es un tratado más. Acabará con lo poco de social que le queda a Europa.
-¿Es posible revertir el rumbo?
Si verdaderamente queremos construir Europa hay que transformar el proyecto en debate público, político e institucional. Hay que prohibir la mezcla de posiciones políticas, porque no es normal. Y abordar el objetivo último de la actual Europa: la privatización de lo público para mercantilizar todas las actividades. De ahí viene la política de austeridad.

-¿Cómo se acaba con el déficit democrático?
Faltan partidos políticos con una concepción clara de la situación. En esos partidos hay que generar una idea nueva de la construcción de Europa y replantear la arquitectura institucional. El déficit democrático no se soluciona mandando más diputados a Bruselas. Hay que controlar a la Comisión, al Consejo, al BCE y reorganizar los poderes del Parlamento Europeo.
Basta con participar en una reunión del Parlamento o del Consejo para ver que una Europa beata no existe, hay que verla en función de las razones de fuerza.
-¿A qué se refiere?
A que cada uno quiere defender las posiciones de su país. No creo en el federalismo europeo. Es demasiado pronto y no hay legitimidad. No veo a un francés aceptar a un presidente de la República alemán. Los cementerios están ahí. Hay que construir algo realista y no una utopía romántica que ya nos ha conducido al fracaso.
-El sueño del arquitecto de Europa Jean Monnet ha muerto.
Y no lo digo yo, lo dicen ellos. Construir Europa a través de un mercado no funciona, porque tiene como límite un espacio comercial. Hay que construir una gran Europa, pero no esta sino una en la que la inteligencia se apodere del debate europeo con una visión crítica. No necesitamos una concepción beata de Europa.
-¿Cómo se ha construido ese dogma europeísta?
Antes, a alguien podían preguntarle: ¿es usted francés? Sí, soy francés. ¿Es usted europeo? Sí, claro, soy europeo. Eso nunca fue un problema. Pero hemos transformado una obviedad en un proyecto de futuro. No necesitábamos sentirnos europeos. Lo somos. No entenderlo así nos lleva a situaciones como la del estallido de la crisis. En Alemania se dijo que en nombre de la solidaridad europea había que ayudar a España. La reacción allí fue calcular cuánto le cuesta un español a cada alemán. Y cuando se diseñó el fondo de rescate para rescatar a Grecia, el Tribunal Constitucional de Alemania vino a decir: “cuidado, porque el pueblo europeo no existe”. Tenía razón. Europa no es un pueblo sino una determinación geográfica. De la misma manera que el pueblo africano no existe, sino decenas de Estados.
Articulo de Daniel Basteiro publicado en el Huffingpost.es el 14 de mayo de 2014 

domingo, 8 de diciembre de 2013

Qué hacer cuando se está equivocado

Artículo de Paul Krugman publicado en El País el 4 de diciembre de 2013

Como el experto Barry Ritholz nos recordaba recientemente en una entrada de su blog en Internet, acabamos de pasar el tercer aniversario de la publicación de la carta sobre devaluación e inflación en la que los gurús de la economía advertían a la Reserva Federal de que las políticas de relajación cuantitativa tendrían consecuencias nefastas. Estaban completamente equivocados.

Al releer ahora la carta hay que preguntarse qué clase de modelo económico tenía en mente el grupo. Los autores afirmaban que “las proyectadas compras de activos comportan un riesgo de depreciación de la moneda y de inflación, y no creemos que logren el objetivo de la Reserva Federal de promover el empleo”.

Por tanto, serían inflacionistas sin ser expansionistas. ¿Cómo se supone que funciona esto? En su exposición, Ritholz esgrimía el error de estas personas como una razón para no escucharlas, y, desde luego, es una señal de alarma. Sin embargo, mi posición es que no solo se trata de averiguar si la gente se ha equivocado, sino también preguntarse cómo ha reaccionado cuando los acontecimientos no han seguido el rumbo que ellos habían predicho.

Después de todo, si escribes sobre temas de actualidad y nunca te equivocas es que no te estás arriesgando bastante. Pasan cosas, y a veces no son las cosas que pensabas que pasarían.

¿Qué hacer entonces? ¿Pretender que nunca dijiste lo que dijiste? ¿Arremeter contra tus detractores y hacerte la víctima? ¿O intentar descubrir en qué te equivocaste y por qué, y revisar tus ideas en consecuencia?

A lo largo de los años me he equivocado muchas veces, en general sobre cuestiones menores, pero a veces sobre otras importantes. Antes de 1998 no creía que la trampa de la liquidez fuese un problema serio. El ejemplo de Japón hizo pensar que me equivocaba, y al final llegué a la conclusión de que de hecho era un grave problema. En 2003 pensaba que Estados Unidos era posiblemente vulnerable a una pérdida de confianza al estilo de la crisis asiática. Cuando nada de eso ocurrió, me replanteé mis modelos, me di cuenta de que el endeudamiento en moneda extranjera era crucial y cambié mi punto de vista.

El caso del euro fue algo diferente: yo era muy pesimista sobre la estrategia de austeridad y de devaluación interna, que creía que tendría un coste terrible. Y tenía toda la razón. También supuse que se demostraría que ese coste era políticamente insostenible, y que conduciría a una crisis del propio euro. Al menos hasta ahora, me he equivocado. Mi modelo económico funcionaba bien, pero mi modelo político implícito, no. De acuerdo, así son las cosas.

¿Alguno de los firmantes de la carta de 2010 ha admitido haberse equivocado y explicado por qué se equivocaron? Me refiero a “alguno” de ellos. Que yo sepa, no. Y, en este punto, el tema se convierte en algo más que una discusión intelectual. Se convierte en una prueba de carácter.

© 2013 The New York Times

Traducción de News Clips.

martes, 7 de mayo de 2013

“Alemania impone sus recetas con una plantilla moral”

Artículo de J. Gómez publicado en El País el 5 de mayo de 2013


El profesor y sociólogo alemán Ulrich Beck /MASSIMILIANO MINOCRI
Ulrich Beck ha ocupado dos cátedras de sociología, una en París y la otra en Múnich. También es profesor en la London School of Economics. Sus saltos entre las tres capitales le ofrecen una buena perspectiva sobre la Unión. Nació en 1944, justo un año antes de la capitulación de la Alemania de Hitler. Su biografía es paralela al proceso de integración de Europa, que ve peligrar por sus déficits democráticos y también por la mala relación entre los vecinos a ambas orillas del Rin.
Pregunta. ¿Hasta qué punto es importante el eje franco-alemán?
Respuesta. La buena relación entre Alemania y Francia es crucial para ambos países y también para Europa. Por eso también es extraordinariamente importante que Angela Merkel y François Hollande se entiendan bien. La canciller Merkel, en estrecha colaboración con el anterior presiente de Francia, Nicolas Sarkozy, recetó una medicina amarga a toda Europa, la de la austeridad. Así surgió esta Europa alemana. Es una situación opaca, en la que Merkel y Alemania no asumen verdadera responsabilidad para Europa. El bien de Europa no centra las preocupaciones políticas del Gobierno. En la forma, las instituciones europeas comunes siguen siendo las competentes y Merkel no se ve a sí misma como figura hegemónica. Pero informalmente sí lo es.

P. ¿Hegemonía accidental?
R. Alemania impone sus recetas con una plantilla no solo económica, también moral. Ahora tiene todas las llaves políticas, aunque formalmente pervivan las instituciones europeas. La fachada de esta construcción se ha mantenido mientras Francia apoyó la política alemana. Sarkozy asumía los puntos esenciales de las propuestas alemanas. Incluso los defendía en la campaña de las elecciones que perdió. Con Hollande, la situación es distinta.
P. Pero en Alemania no se percibe la oposición.
R. Hollande prometió en su campaña romper la espiral de austeridad y hacer que los más ricos asuman más responsabilidades en la crisis francesa. Ambos proyectos han fracasado, al menos de momento. La presión sobre Hollande los neutraliza ante Alemania, que se ha quedado sola en el liderazgo europeo. Esto es una novedad.
P. Cuando Francia era el motor de la integración europea, ¿era más generosa?
R. Tras la II Guerra Mundial, Francia impulsó una integración europea en la que desempeñaría el papel principal. Era una potencia militar victoriosa, con una visión de armonía social y una vocación de progreso que contaba con la energía atómica como museo vivo de la civilización futura. Estos tres pilares, que se desmoronan hoy. La relación con Alemania se está viendo salpicada por la inseguridad consiguiente.
P. Hay una contradicción entre la nostalgia por Holmut Kohl, como líder alemán generoso, extendida fuera de Alemania, y la percepción dentro, donde parece alguien de una época totalmente distinta.
R. Para Kohl, Europa era una prioridad dentro de la política alemana. La Ley Fundamental alemana dedicaba un artículo al objetivo de la Reunificación. Cuando se convirtió en superfluo, el proyecto europeo asumió su lugar [a partir de 1992]. Pero lo hizo solo en el texto constitucional, porque integración de Europa tiene hoy un papel político secundario, relegado por la defensa de la economía o, directamente, del dinero alemanes.
P. ¿Hay explicaciones culturales?
R. Se diría que Merkel está empeñada en confirmar las teorías de Max Weber sobre la ética protestante como acicate del espíritu capitalista. Martín Lutero se moriría de risa viendo cómo su tesis de que hay que sufrir para tener una vida mejor se ha convertido en el fundamento de la política europea. Siempre bajo el manto de la racionalidad económica.
P. ¿Pero es ideología?
R. La crisis actual no tiene una solución económica. Si nos empeñamos en pensar así, no saldremos de esta. El nacionalismo económico se está tornando en contra de los ciudadanos. Alemania nota la crisis por el hundimiento de los mercados europeos. Los problemas de la precariedad laboral, cada vez mayores, van a agravarse cuando nos impacte de lleno la crisis.
P. ¿En Berlín cierran los ojos?
R. Tengo la sensación de que esto está cambiando y de que las críticas empiezan a calar, también en los medios alemanes. Pero hasta ahora es cierto, estamos ante una política evangélica, fundamentalista, de revelación. Como persona formada en la ciencias naturales, Merkel parece incapaz de ver las consecuencias laterales de su política. Sólo cuenta la meta. Pero parece que ignora que el proceso está destruyendo las condiciones de la posibilidad de esta meta.
P. Cuando el ministro de Hacienda, Wolfgang Schäuble, habla de la parte humana de la economía, se refiere a la “confianza de los mercados”.
R. Confianza, moral, nunca falta eso. Ese es el modelo, pero la realidad es otra, la de las consecuencias. Personifican los mercados como sujetos terapéuticos a los que hay que mimar para que no se nos pongan nerviosos o histéricos. A los mercados les sobran los zalameros. Pero esto son brujerías retóricas para presentar ante los legos un modelo financiero intrincado y opaco. La confianza de “los mercados” prima sobre la confianza de las personas.
P. El euroescepticismo en Alemania crece solo moderadamente. Muchos alemanes creen que Merkel y los rescates ayudan de veras a sus socios.
R. Y lo que más sorprende es que la oposición no pinche de una vez esa pompa de jabón. El problema es que las elecciones se ganan sólo en casa. Merkel programa su política europea fijándose como prioridad la política interior y los intereses alemanes.
P. La oposición socialdemócrata también está de acuerdo con Merkel respecto a Francia. Todos insisten en que Hollande aplique reformas.
R. Hay un consenso en que el éxito alemán de hoy se debe a los recortes del canciller socialdemócrata Schröder. Este es el núcleo. Creen que funcionó en Alemania y que tiene que ser bueno para todo el mundo, también para Francia.
P. ¿Economía de vocación universalista?
R. Así es. Es una tendencia general alemana, en filosofía y en todo. No nos damos cuenta de que nuestro universalismo es casero. A los alemanes les cuesta relativizar.
P. Un mirarse el ombligo universalista.
R. Sí, pero con consecuencias para todos, porque se formula como puro racionalismo.
P. Este fin de semana estará en París. ¿Cómo ve las relaciones en la calle?
R. La vieja imagen del archienemigo hereditario se ha desvanecido. Pero en nuestro diálogo no salimos de las frases solemnes. Nos hemos acercado mucho, pero seguimos siendo extraños. Diría que, en esta fase, los malentendidos son buenos porque ya será imposible evitarse mutuamente. Así que los problemas nos permiten notar que no nos entendemos y nos obligarán a buscar nuevas salidas. El proyecto de Europa ha sido siempre cosa de élites. La gente común, se creía, saltará de contenta por los buenos resultados. Pero esto se ha hundido con la crisis y nos arriesgamos a una Europa sin europeos. La crisis lo revela con mayor crudeza de lo que yo pensaba: en Europa no hemos aprendido a vernos a través de los demás.
P. Cada vez que hay un escándalo en España, muchos me preguntan allí “qué piensan de esto los alemanes”.
R. Seguramente eso es otra expresión de la hegemonía alemana. Así y todo, hay esperanza de cambio después de las elecciones. No creo que Merkel vaya a querer pasar a la historia como la canciller que destruyó el euro.

Artículo de J. Gómez publicado en El País el 5 de mayo de 2013