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domingo, 10 de noviembre de 2013

Resúmenes Cambio Social II Parte 29

En la asignatura de Cambio Social II del segundo cuatrimestre del Grado en Sociología de la UNED curso 2012/13, algunos compañeros realizamos los resúmenes de los capítulos de la bibliografía obligatoria de la asignatura. Derechos reservados, sus autores.


1- Los movimientos sociales como fuerzas de cambio “Sociología del cambio social” de Sztompka, capítulo 19, pp. 303 a 330. Tomás Javier Prieto González // “Las revoluciones: la cumbre del cambio social” de Sztompka, capítulo 20, pp. 331 a 350. Tomás Javier Prieto González 2- Los movimientos sociales: principales teorías Perspectivas teóricas y aproximaciones metodológicas al estudio de la participación (Funes/Monferrer, en Funes/Adell, capítulo 1, pp 21 a 58) // Tomás Javier Prieto González // El estudio del contexto político a través de la protesta colectiva. Participación y democracia (Adell, en Funes/Adell, capítulo 3, pp 77 a 108). // Julia Ortega Tovar Participación y democracia: Asociaciones y poder local (Brugué/Font en Funes/Adell, capítulo 4, pp 109 a 132). Julia Ortega Tovar 3- Los nuevos movimientos sociales en el contexto histórico y de la mundialización Génesis y desarrollo de los movimientos sociales desde una perspectiva histórica. El movimiento obrero (Pastor, en Funes/Adell, capítulo 2, pp 59 a 76). Tomás Javier Prieto González // La dimensión individual en la acción colectiva (Funes, en Funes/Adell, capítulo 8, pp 225 a 254). José Antonio Puig Camps // Los movimientos antiglobalización (Ibarra/Martí, en Funes/Adell, capítulo 10, pp 285). José Antonio Puig Camps 4- Estudios de caso y campañas Dimensión simbólica y cultural del movimiento feminista (Robles/de Miguel, en Funes/Adell, capítulo 5, pp 133 a 162). Víctor Riesgo Gómez // Identidad colectiva y movimiento gay (Monferrer, en Funes/Adell, capítulo 6, pp 163 a 190) //  Javier Hermoso Ruiz Organización y estructura del movimiento ecologista (Jiménez, en Funes/Adell, capítulo 7, pp 191 a 224). Blas García Ruiz

1.    Caso práctico: El movimiento obrero español

El análisis ha de partir necesariamente de una referencia a las características que revisten en él los factores antes mencionados a escala general. El proceso de formación del Estado, el tránsito a la industrialización y al capitalismo así como la consiguiente tendencia a la proletarización de una parte creciente de la población suelen ser los elementos principales a tener en cuenta. “La especialidad del caso español está en el hecho de que, pese a haber sido la cuna de uno de los primeros Estados modernos de Europa, su proceso de consolidación se vio debilitado tanto por su fracaso imperial como por las tensiones centro-periferia internas en la península y por el peso mayor que tiene una estructura social de base agraria en pleno SXIX”; explicaría que el proceso de formación de un Estado nacional liberal-democrático fuera mucho más tardío, débil y controvertido, como se pudo comprobar con el fracaso de la Primera República y el desarrollo de “un militarismo reactivo que reforzaba kos rasgos pretorianos del aparato estatal ante el temor de que fuera puesto en cuestión el orden social interno”.

El proceso de industrialización es también tardío en comparación con los países del “Centro” europeo, a la vez que lento y territorialmente desigual y con la paradoja de que el “centro” político no se corresponde con los principales centros económicos en formación. Esto hace más difícil todavía lograr una asociación exitosa entre construcción del Estado, formación de una nación y desarrollo de un capitalismo unificado.

Se une el hecho de que el nuevo proletariado procede hasta prácticamente los comienzos del SXX de los artesanos y no directamente del campo. Este dato, común con otros países, se prolonga más en nuestro caso e influye en el proceso de aparición de los primeros conflictos sociales. Esa combinación de los factores ayudaría a explicar cómo la conciencia de la condición obrera así como su percepción como algo permanente sólo se dan a finales del SXIX.

Se puede encontrar el punto de partida de ese movimiento en las pioneras luchas por el derecho a asociarse, en la prensa escrita en la primera Huelga General, en 1855, en Cataluña y, sobre todo, en las adhesiones a la Primera Internacional que se producen durante el “sexenio revolucionario” y la Primera República. Así, en 1870 se fundó la Federación Regional Española de la Asociación Internacional de Trabajadores. La llegada de la Restauración monárquica facilitará el triunfo de los “antiautoritarios” dentro de la sección de esa Internacional, prefigurando el antiestatismo y el antipoliticismo como rasgos culturales característicos de la mayoría del movimiento obrero español. La corriente socialista aparece como un núcleo más ligado a una minoría que se mueve en una tensión constante entre su vocación reformadora, más vinculada a la realidad europea, y la presión sindicalista revolucionaria autóctona.

La adopción del Primero de Mayo como jornada simbólica de lucha de los trabajadores se produce en 1890. Ya en el marco de la “crisis del 98”, el antimilitarismo se convierte en otra seña de identidad del movimiento obrero mediante su participación en la oposición a la guerra en Cuba y contra el envío de tropas a la guerra con Marruecos, especialmente en Barcelona durante la “Semana Trágica”.

Se va configurando una división sindical entre la UGT y la nueva Confederación Nacional del Trabajo (CNT), que conoce un crecimiento vertiginoso que supera ampliamente a la primera. Se produce una ampliación del repertorio de las formas de acción colectiva pasando “del motín a la huelga, de la defensa del precio a la reivindicación de3l salario, de la acción local reactiva a formas más coordinadas, organizadas y “proactivas” de canalización del conflicto social, más nacionalizadas también.

El año 1917, coincidente con la Revolución Rusa, es el de la convocatoria de la primera “Huelga General Revolucionaria” por los dos grandes sindicatos iniciando así un ciclo de movilizaciones que se cierra en torno a 1920. Es el periodo del llamado “trienio bolchevista” en el campo andaluz que, junto con el proletariado catalán, marca un punto de inflexión en las relaciones capital-trabajo y tropieza muy pronto con una dura respuesta represiva. Ya no es tanto el conjunto de los trabajadores el que genera temores y desconfianzas como sus elites dirigentes, a las que se ve como portavoces de la subversión social.

La UGT se ve empujada junto con una mayoría del PSOE hacia la radicalización frente al ascenso de la derecha, como se comprueba en las movilizaciones desencadenadas en Octubre de 1934. En ese periodo el crecimiento de los sindicatos es enorme, consolidándose como organizaciones que logran una representatividad significativa de la mayoría del movimiento obrero.

El desenlace final de la guerra civil supone la destrucción de estas organizaciones y, con ella, el cierre de toda una larga etapa histórica de desarrollo de una cultura obrera, ya que significó “la desaparición de una tradicional cultura obrera, sindical, antipolítica y antiestatal revolucionaria”.

Bajo el franquismo asistimos a un proceso de nueva industrialización y de la aparición de una nueva generación obrera, procedente en su mayor parte de las zonas rurales y concentrada ahora en la periferia de las grandes concentraciones urbanas. En ese marco de ausencia de libertades políticas y sindicales la relación del nuevo movimiento obrero con la acción política empezará a ser bastante distinta a la vivida hasta entonces.

Las mismas condiciones de la dictadura explican que las luchas adquieran una dimensión política y que, por tanto, las organizaciones proto-sindicales tiendan a asumir funciones de sustitución de los partidos políticos además de las tradicionales.

El año 1962 constituye un punto de inflexión tanto porque marca un nuevo ciclo de conflictividad obrera como porque permite el desarrollo de las CCOO en un nuevo contexto de transformación socioeconómica. Las CCOO se verán definidas como movimiento “sociopolítico”, reflejando así la nueva relación entre la lucha sindical y la política y superando los rasgos antipolíticos anteriores a la guerra civil. La idea de Huelga General ya no tiene la dimensión antisistema que tenía en el pasado sino que adquiere ahora un carácter político, antidictatorial y democrático, favorable a la “modernización” de la sociedad española. Las vísperas de la nueva etapa son también las de la reorientación de CCOO en la medida que los partidos asumen su nuevo protagonismo público y legal y se van frustrando las expectativas de creación de un movimiento sindical unitario.

La transición política, la integración en la Comunidad Europea y la tendencia a aplicar el “modelo” del Estado de bienestar y del neocorporativismo en nuestro país a partir de los Pactos de la Moncloa de octubre de 1977, pese a ser firmados sólo por los partidos, contribuyen a la homologación de los sindicatos españoles con los que se desarrollan a escala europea. En esos años se producen varias huelgas generales contra determinadas medidas gubernamentales, relacionadas generalmente con reformas laborales o de las pensiones, mostrando de nuevo la dimensión política del movimiento, pero en este caso contra “policies” concretas y no contra el gobierno o del régimen político. El panorama organizativo se hace más plural, relacionado con la línea de fractura centro periferia; logran un notable arraigo social también sindicatos de ámbito no estatal, especialmente en la Comunidad Autónoma Vasca y Galicia.

Cabe ahora la hipótesis de que en el contexto de la “globalización” neoliberal y de la Unión Europea los sindicatos asuman una nueva dimensión sociopolítica, entrando así a cuestionar no sólo políticas concretas sino también el discurso y el proyecto ideológicos que las impulsan, en un contexto de crisis de la “concertación social”.

sábado, 9 de noviembre de 2013

Resúmenes Cambio Social II Parte 28

En la asignatura de Cambio Social II del segundo cuatrimestre del Grado en Sociología de la UNED curso 2012/13, algunos compañeros realizamos los resúmenes de los capítulos de la bibliografía obligatoria de la asignatura. Derechos reservados, sus autores.


1- Los movimientos sociales como fuerzas de cambio “Sociología del cambio social” de Sztompka, capítulo 19, pp. 303 a 330. Tomás Javier Prieto González // “Las revoluciones: la cumbre del cambio social” de Sztompka, capítulo 20, pp. 331 a 350. Tomás Javier Prieto González 2- Los movimientos sociales: principales teorías Perspectivas teóricas y aproximaciones metodológicas al estudio de la participación (Funes/Monferrer, en Funes/Adell, capítulo 1, pp 21 a 58) // Tomás Javier Prieto González // El estudio del contexto político a través de la protesta colectiva. Participación y democracia (Adell, en Funes/Adell, capítulo 3, pp 77 a 108). // Julia Ortega Tovar Participación y democracia: Asociaciones y poder local (Brugué/Font en Funes/Adell, capítulo 4, pp 109 a 132). Julia Ortega Tovar 3- Los nuevos movimientos sociales en el contexto histórico y de la mundialización Génesis y desarrollo de los movimientos sociales desde una perspectiva histórica. El movimiento obrero (Pastor, en Funes/Adell, capítulo 2, pp 59 a 76). Tomás Javier Prieto González // La dimensión individual en la acción colectiva (Funes, en Funes/Adell, capítulo 8, pp 225 a 254). José Antonio Puig Camps // Los movimientos antiglobalización (Ibarra/Martí, en Funes/Adell, capítulo 10, pp 285). José Antonio Puig Camps 4- Estudios de caso y campañas Dimensión simbólica y cultural del movimiento feminista (Robles/de Miguel, en Funes/Adell, capítulo 5, pp 133 a 162). Víctor Riesgo Gómez // Identidad colectiva y movimiento gay (Monferrer, en Funes/Adell, capítulo 6, pp 163 a 190) //  Javier Hermoso Ruiz Organización y estructura del movimiento ecologista (Jiménez, en Funes/Adell, capítulo 7, pp 191 a 224). Blas García Ruiz

1.    Diversidad de movimientos en el siglo XIX

Debido precisamente al efecto que tiene la Revolución Francesa como confirmación de una idea de “progreso” y de una redefinición de las “necesidades” y las “expectativas de mejora” de las gentes, asistimos desde entonces a muy diferentes movimientos sociales: además del movimiento obrero y del antiesclavista; el movimiento de reforma de la conciencia, feminista, ecologista y antiindustrialista, alternativo t comunitario, campesino. Todos ellos conocen durante el SXIX unos ciclos de protesta significativos en varios países del “Centro” o incluso de la “periferia” del sistema-mundo en formación. Cada uno de los movimientos mencionados ataca alguno de los rasgos que van a ir caracterizando la Modernidad capitalista: el rmantcismo, el feminismo, el pacifismo, el ludismo, el socialismo utópico o el movimeimto campesino.

Estos movimientos no surgen generalmente al margen unos de otros sino que emprenden sus ciclos de protesta en coyunturas históricas determinadas, influidas por uno o varios factores. En lo que se refiere al movimiento obrero, son dos los principales ciclos de protesta que podemos encontrar en el SXIX, con el año 1848 como punto de inflexión:

·      El que transcurre entre 1808 y 1820 que afectó a principalmente a UK.
·      Y el que se desarrolla entre 1866 y 1877 con Francia como epicentro y la Comuna de París de 1871 como acontecimiento extraordinario.
·      Más tarde, otro nuevo periodo de estallidos de malestar social es el de 1880-1890; bandera roja, la jornada internacional del Primero de Mayo y el himno “La Internacional”.

La composición social de ese movimiento obrero también fue cambiado a medida que se fue desarrollando el capitalismo industrial: desde los artesanos especializados de los talleres al peso creciente de los obreros fabriles, paralelamente a la construcción de la nueva clase obrera. Los movimientos nacionales de distinto signo que se han ido desarrollando en muchas partes del planeta y que se han dado lugar a la formación de nuevos Estados o que siguen aspirando a construirlos.

2.    Movimiento obrero y sistema de Estados en el Siglo XX

El tránsito del SXIX al XX es testigo de varios procesos que condicionan la evolución del movimiento obrero:

·      La “segunda revolución industrial” facilitó la tendencia a la concentración de trabajadores en grandes fábricas, así como un alto grado de homogeneización de las condiciones laborales en su interior, facilitando así la extensión del movimiento en sectores como la minería, la metalurgia y el transporte, además de la construcción y el sector público. Se reflejará en el desarrollo de los sindicatos.
·      Otro factor tiene que ver con la creación de redes locales basadas en las zonas de las ciudades en donde se concentra el proletariado. Este proceso contribuye a desarrollar una solidaridad de clase y a sentar las bases de futuras alternativas en el plano institucional.
·      Otro con el desarrollo de partidos vinculados a la Segunda Internacional y las expectativas de crecimiento en el terreno electoral, en la toma del poder político por la vía parlamentaria.

Las acciones de protesta aparecen ligadas a la perspectiva de la Huelga General; la puesta en pie de un nuevo proyecto emancipatorio del proletariado y de la Humanidad. Simultáneamente, la consolidación de un sistema de Estados y la agravación de los conflictos que culminarán en la “Gran Guerra” de 1914 presionarán hacia la “nacionalización” de los movimientos y las organizaciones obreras. Esta dinámica de integración nacional-estatal sólo se ve relativamente rota en Italia y, sobre todo, en Rusia, conduciendo finalmente al proceso revolucionario que transcurre de febrero a octubre de 1917.

El periodo de entreguerras aparece a continuación marcado por la crisis de los Estados liberales y por la aparición de un nuevo tipo de movimientos: el nazismo alemán y el fascismo italiano. Ambos se configuran como movimientos de masas, con rasgos identitarios opuestos a los grandes capitalistas y al comunismo y con proyectos nacionalistas étnicos excluyentes que terminaran recurriendo a la “limpieza étnica”, a los campos de concentración, al genocidio y a la guerra con otros Estados. Estos movimiento se caracterizan por disputar a las corrientes vinculadas al socialismo y al comunismo la influencia dentro de la clase obrera y de las clases medias, empleando para ello recursos discursivos y de movilización que hasta entonces habían sido característicos de aquéllas.

La etapa posterior a la Segunda Guerra Mundial en Europa es ya la del proceso de consolidación de las organizaciones del movimiento obrero en un contexto de crecimiento económico y de consolidación del modelo taylorista-fordista de organización del trabajo y del consumo, característico del Estado nacional-keynesiano del bienestar. Los sindicatos tienden a transformarse en grupos de interés o de presión, identificados con un “neocorporativismo” basado en acuerdos periódicos sobre la política de rentas con los empresarios y los gobiernos respectivos.

En los países coloniales asistimos a una nueva ola de movimientos de liberación nacional que conducen generalmente a la formación de nuevos Estados siguiendo el paradigma hegemónico occidental; se originará una conflictividad interna que conduce en muchos casos a guerras y a nuevas líneas de fractura internas.

Parecía que el movimiento obrero tendía ahora a institucionalizarse y a relegar a un segundo plano la utilización de su potencial de acción colectiva directa en conflicto con los poderes establecido, una vez logrados una serie de derechos y tras haber consolidado sus estructuras sindicales. En los 60´s surgirán nuevos ciclos de protesta y un nuevo tipo de movimientos sociales que no deja de influir en el movimiento obrero, como es el caso de Bélgica, Francia e Italia. Será el movimiento negro por los derechos civiles en EEUU, el cual introduce un discurso crítico de la democracia norteamericana y unas formas de movilización, basadas en la desobediencia civil, que ejercen una notable influencia en los movimientos que surgen poco después tanto en las Universidades como en la nueva fase de radicalización de las mujeres. El año 68 se convierte en una punto de inflexión, siendo testigo de una revuelta generalizada de la juventud, principalmente universitaria, a escala internacional. La experiencia fundadora de esta nueva generación unida por una subjetividad común pese a sus diferentes contextos nacionales, es la que dará paso posteriormente a la nueva ola de movimientos sociales. Se van configurando movimientos como el ecologista, el feminista y el pacifista, ahora pujaban por se protagonista en el nuevo escenario político, social y cultural. Los ciclos de movilización que se desarrollan en la mayoría de los países occidentales, al margen generalmente de las organizaciones sindicales y de los partidos, se convierten en un reto a los sistemas políticos y al “modelo” dominante de Estados de Bienestar. Obligan a una revisión de las primeras interpretaciones que desde la sociología y a la ciencia política habían sido hechas respecto de las mismas. Ni las teorías funcionalistas ni la mayoría de las procedentes del marxismo consiguieron captar la relativa novedad de estos movimientos y los desafíos que estaban planteando en distintos ámbitos.

La evolución de estos movimientos termina alcanzando su punto álgido a mediados del decenio de los 80 para, a continuación, conocer un relativo declive en su incidencia en los sistema políticos respectivos. Tampoco se podría entender sin ellos el desarrollo de nuevos partidos de “izquierda libertaria” o verdes así como la proliferación de Organizaciones No Gubernamentales. Pero los 80´s también fueron testigos de la aparición de nuevos movimientos sociales en los países situados dentro del llamado “bloque socialista”, el que protagonizara Solidarnosc en Polonia: le permitieron aglutinar a una amplia mayoría de la población, si bien sus propios éxitos terminarían conduciéndole a su institucionalización y, una vez derrocado el anterior sistema político y social, a su fragmentación en diferentes grupos.

Se ha ido configurando también otro ámbito de conflicto en relación al “modo de vida” y de distribución de los distintos tiempos, así como respecto a las tensiones crecientes entre el reconocimiento de las libertades y derechos ciudadanos y alas diferentes concepciones de la seguridad. Han conducido a la proliferación de redes asociativas de base vecinal o barrial pero de carácter más interclasista que las que se dieron en etapas anteriores.

Se exige una referencia tanto a la diversidad de movimientos populistas no encajables en los hasta ahora descritos ligados a determinadas interpretaciones liberadoras de la religión. La definición de los “populismos” ha sido siempre extremadamente polémica y es difícil alcanzar un consenso en torno a la misma, se le puede considerar como “un movimiento político que se basa en amplias movilizaciones de masas a partir de una retórica de contenido fundamentalmente emocional y autoafirmativo, centrada ene torno a la idea de “pueblo” como depositario de las virtudes sociales de justicia y moralidad, y vinculada a un líder, habitualmente carismático, cuya honestidad y fuerza de voluntad garantiza el cumplimiento de los deseos populares”. Uno de los prototipos de referencia ha sido el peronismo argentino. La tendencia de muchos de estos movimientos a transformarse en partidos les ha conducido generalmente, allí donde han alcanzado el poder a institucionalizarse y a evolucionar hasta adscribirse a alguna de las ideologías en las que se basan los partidos establecidos.

Los mismo podríamos decir de los “fundamentalistas”, ya que suelen caracterizarse por concepciones integristas de la religión o de la ciudadanía basadas en la oposición entre determinados pueblos, naciones o culturas, y otras naciones y culturas consideradas corruptas o inferiores. Su evolución les conduce a optar por una de las principales ideologías en liza. Es innegable la presencia actual de este tipo de movimientos así como su arraigo social en muy diferentes países.

Finalmente, el tránsito del SXX al XXI estamos asistiendo a la aparición de unos “novísimos” movimientos sociales, llamados “antiglobalización”, los cuales surgen en un contexto relativamente diferente a todos los anteriores. 1989 aparece en ese proceso como un punto de inflexión simbólico en cuanto que, según algunas interpretaciones, significa el retorno a la mera lucha contra los Estados absolutistas y a la restauración de un capitalismo que había sido hasta entonces desafiado en alguno o todos sus pilares por los movimientos que habían ido surgiendo.

Ahora los movimientos “antiglobalización” parecen aspirar de nuevo a construir un “meta-relato” que supere el marco del Estado-nación y cuestione la mundialización del capitalismo como una injusticia global que tiene que ser erradicada. El hecho de que este movimiento se desarrolle en un contexto de crisis de Estado nacional-keynesiano del bienestar y de crisis de centralidad del movimiento obrero provoca a su vez el retorno a la referencia histórica de las “multitudes” del SXVIII y a su búsqueda de una nueva “economía moral” como alternativa. Lo que sí cabe afirmar es que entramos en una nueva página de la Historia que todavía está por escribir pero que nos demuestra que los conflictos, la acción colectiva y el desafío a las autoridades por parte de unos u otros grupos sociales para alcanzar cambios más o menos profundos siguen formando parte de nuestro paisaje cotidiano.