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sábado, 9 de febrero de 2013

Hannah Arendt, la necesidad de comprender

Artículo de Luisa del Rosario publicado el 03 de febrero de 2013 en Canarias7.es


Y del mismo modo que tú apoyaste y cumplimentaste una política de unos hombres que no deseaban compartir la tierra con el pueblo judío ni con ciertos otros pueblos de diversa nación -como si tú y tus superiores tuvierais el derecho de decidir quién puede y quién no puede habitar el mundo-, nosotros consideramos que nadie es decir, ningún miembro de la raza humana, puede desear compartir la tierra contigo. Esta es la razón, la única razón, por la que has de ser ahorcado». Con esta frase terminaba la crónica que Hannah Arendt escribió para el New Yorker sobre el juicio a Eichmann. Dos años después, en 1963, publicaba sus artículos en forma de libro bajo el título de Eichmann en Jerusalén.
Coincidiendo con el 50 aniversario de la publicación la directora alemana Margarethe von Trotta presenta Hannah Arendt, una película en la que recoge los días en los que la filósofa seguía el juicio y exponía su controvertida teoría a propósito de la «banalidad del mal».
¿Puede ser banal el mal? Karl Adolf Eichmann (1906-1962) fue condenado a muerte tras un juicio en Israel. Se le acusó de genocidio pues fue  el encargado de la organización de la logística de transportes que condijeron a millones de judíos a los campos de concentración nazis y a las cámaras de gas. A Eichmann lo había secuestrado un grupo de élite de los servicios secretos israelíes tras descubrirlo viviendo bajo otra identidad en Argentina.
Entró como soldado raso en las SS en 1932 y diez años después fue teniente-coronel. En su defensa siempre alegó que las acciones que cometió respondían a la «obediencia debida».
En este contexto Arendt se da cuenta de que, como recuerda Victoria Camps, el concepto kantiano de «mal radical» que había aplicado a los totalitarismos, ya no sirve. «Ahora estoy convencida de que el mal nunca puede ser radical, sino únicamente extremo, y que no posee profundidad ni tampoco ninguna dimensión demoníaca». El mal, dirá Arendt en Eichamnn en Jerusalén, «desafía al pensamiento porque éste intenta alcanzar cierta profundidad, ir a la raíz, pero cuando se trata con la cuestión del mal esa intención se ve frustrada porque no hay nada. Ésa es su banalidad».
Lamentablemente el término que utilizó la filósofa, de origen judío, acabó volviéndose contra ella. Para muchos era incomprensible que Arendt hablara de «banalidad» cuando se había aplicado la «solución final» a millones de personas.
Pero lo que trataba de hacer Arendt era «comprender», lo que algunos interpretaron como «empatía» o «un misterioso acto de meterse dentro de los estados mentales de un sujeto externo», utilizando las palabras de Jürgen Habermas.
Hannah Arendt nació en  Hannover, Alemania, en octubre de 1906. Durante su infancia, confesaba en una entrevista televisada realizada por Günter Gauss en 1964,  no se había sentido «judía». Su familia no era practicante. Sin embargo, explicó, llegó un momento en el que se hizo un «vacío» entre los otros y los «judíos» y comprendió en qué lado la habían situado.
Renegó de la filosofía, «no soy filósofa» decía, pese a que realmente sin ésta no podía pensar. Pero el círculo de «intelectuales» que se creó en la Alemania nacionalsocialista hizo que huyera de una identidad que no reconocía como propia al temer, como le ocurrió a su admirado Heidegger, que finalmente uno se siente superior a los demás.
La «mentalidad extendida» que defendió la autora hasta su muerte en Nueva York en 1975 trataba precisamente de «ponerse en el lugar del otro». Y quizás fue lo que practicó con Eichmann, y concluyó que lo terrible era que el militar nazi era «normal», salvo quizás, por las «compañías» que había elegido. «Nuestras decisiones sobre lo justo y lo injusto dependerán de la elección de nuestra compañía, de aquellos con quienes deseamos pasar nuestra vida», escribe en Algunas cuestiones sobre filosofía moral.
Arendt entendió que la maldad era una posibilidad de la propia condición humana, pero cree que, como apunta la filósofa española Fina Birulés, el terror totalitario deber ser analizado desde su carácter de «sin precedentes».
«La cuestión está en que Hitler no era como  Gengis Kahn y no era peor que otros grandes criminales, sino enteramente diferente. El asesinato en sí, el número de víctimas o el de personas que se aliaron para perpetrar tales crímenes no es lo que carece de precedentes. Es el absurdo ideológico que lo provocó, la mecanización de su ejecución y la institución cuidadosamente programada de un mundo de moribundos donde ya nada tenía sentido lo que no tiene precedentes», escribía Arendt.
Establecida en Nueva York desde 1941, cuando Francia fue ocupada por Alemania, Arendt comenzó a preocuparse por la violencia que la había hecho abandonar su patria. En 1951 publica Los orígenes del totalitarismo, posiblemente uno de sus libros más conocidos y que le valió las críticas de la izquierda por haber igualado el totalitarismo nazi con el comunista, algo que puede ser corriente ahora, pero no en esa época. .
En 1963 ven la luz dos publicaciones suyas, Eichmann en Jerusalén y Sobre la revolución. Y no será hasta 1969 cuando publica otro de sus textos más conocidos, La condición humana.
Curiosamente, si su tesis sobre la banalidad del mal le hizo granjearse las antipatías de los judíos, siendo ella misma judía, La condición humana fue la excusa de algunas feministas, siendo ella misma mujer, para rechazarla como pensadora por la «invisibilidad» a la que las sometía. Sin embargo, quizás como en el primer caso, explica Seyla Benhabib, sea necesario profundizar e ir «de los márgenes al centro» en un ejercicio hermenéutico que nos revele a la Arendt autora de textos como Rahel Varnhage.
Habrá que estar de acuerdo con Manuel Cruz cuando en el prólogo de El siglo de Hannah Arendt (Paidós), afirma que Arendt es «una de las pensadoras sin ningún género de dudas más importantes del siglo XX, cuya sombra se proyecta, lúcida y malhumorada, sobre el futuro». Una pensadora que jamás, añade, pretendió ser «concluyente», y quizás ahí esté su legado, en que podemos seguir pensando «con ella o contra ella».

Artículo de Luisa del Rosario publicado el 03 de febrero de 2013 en Canarias7.es

viernes, 30 de noviembre de 2012

Estructura Social Contemporánea II – Resúmenes Parte 31


En la asignatura de Estructura Social Contemporánea II del segundo cuatrimestre del Grado en Sociología de la UNED curso 2011/12, algunos/as compañeros/as realizamos un trabajo coral: resúmenes de los capítulos de la bibliografía obligatoria.  Y como libro de referencia: Estratificación Social y Desigualdad. El conflicto de clase en perspectiva histórica, comparada y global, (Harold R. Kerbo - McGraw Hill) bibliografía básica de esta asignatura. Quiero agradecer el esfuerzo, compromiso y dedicación desplegado por todos/as. Derechos reservados, sus autores.

Tema 1 (Capítulo7) El proceso de legitimación – Eva Gloria Del Riego Eguiluz // Tema 2 (Capítulo 8) T. El sistema de estratificación mundial: dominio y competencia entre naciones del centro - Miguel De Diego Pérez // Tema 3 (Capítulo 9) Estratificacion social en los Estados Unidos – Irene Ibáñez Sánchez // Tema 4 (Capítulo 10) Estratificación social en Japón – José Bargallo Rofes // Tema 5 (Capítulo 11) Estratificación social en Alemania – María Inés Quiles Blanco // Tema 6 (Capítulo 12) Estratificación mundial y globalización: los pobres de la Tierra – Tomás Javier Prieto González

El Ascenso Del Nazismo.

En este contexto de humillación nacional y desastre económico surgió el nacional-socialismo liderado por Adolf Hitler.

A menudo se supone que los movimientos extremistas, en particular los de derechas, reciben el apoyo de las clases bajas y de los menos instruidos. No necesariamente ha sido así, sociólogos como Hans Gerth indican lo contrario. Entre 1933 y 1935, aunque los simpatizantes del nazismo procedían de todas las clases, la clase trabajadora estaba infrarrepresentada entre los votantes de éste. La mayoría eran jóvenes, empleados de cuello blanco e incluso profesionales.

La clase trabajadora  apoyaba relativamente más al partido socialista y al partido católico de zentrum. Mientras que algunos intelectuales, artistas y profesores de instituto apoyaron el nazismo. Los más partidarios del nazismo  en los primeros años, era la gente que habitaba en pequeñas ciudades o zonas rurales de Alemania.

Henry Turner ha analizado si los ricos y poderosos apoyaron el nazismo, sacando en claro que: el conglomerado militar de Hitler fue muy ventajoso para los ricos capitalistas. La gran corporación industrial AG Farben, por ejemplo mantuvo estrechas relaciones en la preparación armamentística para la guerra y durante la II Guerra Mundial, construyó la fábrica en Auschwitz y produjo el gas para los asesinatos. También otras corporaciones grandes, se beneficiaron de la construcción de material bélico.

Mientras que en otras naciones industriales la brecha entre pobres y ricos se  redujo debido a las reformas liberales en respuesta a la depresión mundial de los años 30, en Alemania la brecha aumento enormemente. Guarda relación con un principio que define el fascismo: movimiento totalitario que favorece a los ricos y a otras elites y en el que los elementos racistas son, en ocasiones, secundarios.

Sin embargo, las familias capitalistas más ricas no apoyaron demasiado a Hitler. En sus primeros años: Tyssen fue el capitalista más destacado que apoyó el nazismo antes de 1933. Otros, como Siemens apoyaron, no con demasiado entusiasmo. La mayoría rebajaron su respaldo cuando estalló la guerra. Ej. Bosh de Ajefarben al final se puso en contra. Y Tyssen fue capturado por los nazis en Francia y enviado a un campo de concentración alemán hasta que acabo la guerra.

La Reconstrucción De La Posguerra

En las consecuencias de la II Guerra Mundial encontramos las semillas de la guerra fría: El objetivo de la URSS para los territorios ocupados era establecer gobiernos comunistas, incluida Alemania del este. Mientras que, la alianza occidental, en especial en la parte occidental de Alemania, estadounidenses, británicos y franceses trabajó para estabilizar y reconstruir la economía alemana con el fin de impedir el desastre que siguió a la I Guerra Mundial y al tratado de Versalles. Harry Truman, presidente de los EEUU, desarrolló el Plan Marshall, con el que ayudó a Alemania con cuantiosos préstamos.

El Japón de la posguerra estuvo mucho más dirigido por los ocupantes estadounidenses que Alemania por la colaboración entre EEUU, Gran Bretaña y Francia. Sin embargo, la ocupación aliada estableció unas directrices para el país.

En el ámbito político, La constitución alemana o Ley Básica estableció una estructura gubernamental no muy diferente a la de EEUU. Institucionalizó un sistema federal, que hoy tiene un gobierno nacional menos centralizado y con más independencia de las regiones que cualquier otro país de Europa. A diferencia de los EEUU, el gobierno tiene más responsabilidad a la hora de establecer las políticas, mientras que la aplicación corresponde a los cuerpos administrativos de las regiones o länder. Igual que en EEUU, la Ley Básica de Alemania creó un sistema judicial federal con capacidad de revisar la legislación.

Lo más específico de la estructura política de la Alemania actual es su sistema parlamentario bicameral, semejante al británico y japonés. Compuesto por el Bundestag, la cámara más poderosa y la que elige al canciller, y el Bundesrat, formado por representantes de los gobiernos de los länder. A diferencia con Japón, los partidos políticos ilegalizados por Hitler, son hoy fuerzas políticas poderosas. Otra diferencia con Japón sería el poder de los sindicatos. Entre las semejanzas encontramos que la burocracia alemana de preguerra apenas cambio tras las reformas de ocupación. Igual que en Japón, muchos políticos y líderes militares fueron expulsados a la calle pero a los viejos burócratas prácticamente no se les toco.

Una Desigualdad Reducida

Una de las tendencias más importantes del periodo de la posguerra, es la reducción de la desigualdad de la renta en Japón y Alemania desde los años 60, mientras que ha aumentado en los EEUU.

En Alemania, la Ley de igualación de las cargas, aprobada en 1952, contribuyó al inicio de esta tendencia. Logrando que la mitad de los activos financieros, se redistribuyeran entre los alemanes que carecían de recursos, en especial entre los huidos de Alemania del este después de la guerra. Los últimos pagos se efectuaron en 1982.

Aunque en menor medida, la disolución de algunas corporaciones importantes por parte del nuevo gobierno alemán contribuyó a la reducción de la desigualdad. Pero realmente se debió más a las leyes laborales y a los sindicatos.

En los años 60, el nivel de vida de la mayoría de los alemanes occidentales aumentó y se redujo la desigualdad de la renta. Esta tendencia se refleja en la tasa de pobreza de Alemania entre 1963 y 1983 (del 5.7% al 2.0%). Pobreza medida como la cantidad  de personas que al año reciben menos del 40% de los ingresos medios.

Cuando cayó el muro de Berlín en 1989, Alemania tenía como Japón, una de las sociedades más igualitarias de las sociedades industriales avanzadas, mientras que los EEUU, presentaba la distribución más desigual  de los ingresos. A pesar de lo que invirtió la Alemania rica tras la unificación en 1989, la diferencia económica es cada vez mayor. Mientras que la Tasa de desempleo en la parte occidental hoy es del 7%, en la oriental es del 18%. Los salarios de Alemania del este son bastante inferiores a los del oeste. Aún así, con la reconstrucción de la parte oriental en los años venideros, lo más probable es que se reduzca el grado de desigualdad.