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viernes, 5 de diciembre de 2014

La burocracia y la falta de medios descapitalizan el CSIC

Artículo de Mauricio Vicent publicado en EL PAÍS el 4 de diciembre de 2014

El buque insignia de la ciencia en España, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), hace agua. Con 123 institutos y más de 11.000 trabajadores, el principal organismo público de investigación atraviesa una “crisis estructural” que requiere de una “transformación drástica” si se pretende evitar que la ciencia española descienda a la “segunda división internacional”, aseguran destacados científicos como el ecólogo Jordi Bascompte (premio Nacional de Investigación en 2011) o Juan Manuel García Ruiz, experto internacional en Cristalografía de España.

Las críticas, compartidas por buena parte de la comunidad científica, coinciden con la divulgación de un documento firmado por más de un centenar de investigadores del CSIC que reclama “una reforma profunda de las instituciones de gobierno del sistema científico español”. Hasta el Rey Felipe VI ha advertido que España no puede darse el lujo de preparar a jóvenes investigadores “para que salgan al extranjero sin retorno posible” debido “a una tasa de paro inaceptable”. Lo dijo al intervenir, el pasado 24 de noviembre, en el acto por el 75 aniversario de la fundación del CSIC.

“La situación es grave y viene de lejos. No se trata de algo coyuntural, debido a la crisis —que también afecta—. Son las restricciones burocráticas y los mecanismos anticuados lo que impide a la ciencia española competir en el exterior”, asegura Jordi Bascompte, investigador de la Estación Biológica de Doñana (EBD). Bascompte es uno de los dos científicos españoles que forma parte del comité editorial de la revista Science. Después de varios años recibiendo ofertas de instituciones extranjeras, el ecólogo español ha decidido marcharse a la Universidad de Zurich con su proyecto (y los fondos europeos asignados) por considerar que no puede llevar adelante su trabajo adecuadamente en España. “Es mentira que me vaya porque me paguen más. Durante años he tenido buenas ofertas y no me he querido marchar”, asegura. Si ahora lo ha decidido, confiesa, es porque se ha cansado de darse “con la cabeza contra un muro”.

Hace 15 años, Jordi Bascompte (Girona, 1967) trabajaba en el prestigioso Centro Nacional de Análisis y Síntesis Ecológicos de la Universidad de California cuando voluntariamente decidió regresar a España. Desde entonces desarrolló su carrera profesional en la Estación Biológica de Doñana. El proyecto que en la actualidad lleva adelante indaga en las redes que rigen las interacciones de los seres vivos y constituyen la arquitectura de la biodiversidad, y por él obtuvo 1,7 millones de euros del Consejo Europeo de Investigación (ERC). Este tipo de subvenciones Advanced Grant son otorgadas por la UE para impulsar los mejores proyectos científicos en Europa, y uno podría pensar que con el dinero asegurado se acabaron los problemas.
“No en España”, dice Bascompte. Lo confirma García Ruiz, que trabaja en el Instituto Andaluz de Ciencias de la Tierra y también dispone de fondos europeos. “En otros lugares te dan el dinero para que no te preocupes, aquí el día que te asignan los fondos empieza a preocuparte”.
Bascompte describe el calvario cotidiano que cualquier investigador español ha de pasar para hacer ciencia, y eso teniendo la fortuna de contar ayudas europeas. “Para contratar a un investigador postdoctoral de Oxford puedes pasarte seis meses con trámites burocráticos, como me ocurrió a mí, y te encuentras con la medida surrealista de que tiene que convalidar el título en España porque es extranjero”. “Llega un momento en que te cansas”, confiesa. “Entre noviembre y enero, tres meses aproximadamente, no puedes hacer gastos de tus propios recursos por ser el cierre de ejercicio”, pone como ejemplo.

El CSIC le obliga, además, a hacer engorrosos contratos a los técnicos e investigadores que trabajan con él durante un proyecto. Si, por ejemplo, dura dos años, cada cuatro meses los contratados han de firmar una carta en la que especifica que se limitan a realizar las funciones para las que se le contrató y no otras, y así el CSIC evita posibles demandas. “Yo, que tengo nueve personas en mi proyecto, tengo que preocuparme de hacer más de 30 cartas y de que las firmen…”.
“Son mecanismos anquilosados, reglas del juego antediluvianas con las que es imposible hacer ciencia moderna y competir en la primera división de la investigación internacional”, sentencia García Ruiz, que calcula que un científico español, si tiene fondos, ha de dedicar más del 50% de su tiempo a la gestión y la burocracia del proyecto científico, en vez de a investigar.
Los datos indican una reducción del 14,6% de plantilla en el CSIC desde noviembre de 2011. Hay 1.892 empleados menos. Las cifras aportadas por el Ministerio de Economía dan cuenta solo de un total de 49 investigadores que han pedido algún tipo de excedencia desde enero de 2011, en la mayor parte de los casos de naturaleza temporal. “En ciencia, hay que fomentar que los investigadores adquieran experiencia en el extranjero. Lo que tenemos que procurar es que vuelvan”. El ministerio reconoce que hay cierta rigidez en el centro. “Somos conscientes de que las instituciones para ser competitivas necesitan flexibilidad, así como ligar una parte de su financiación a los resultados obtenidos”, señala un portavoz del Ministerio.

El Gobierno recurrió, en 2013 a un rescate de 95 millones de euros para evitar la quiebra del CSIC. La institución ha sufrido duramente los recortes durante la crisis económica. “No se trata solo de la crisis y de la escasez crónica de recursos”, asegura el investigador Mario Días, del Museo Nacional de Ciencias Naturales, uno de los científicos que ha promovido la declaración de los científicos críticos. Días señala entre los problemas del sistema la incapacidad de retener el talento joven y el envejecimiento de la plantilla, con una edad media de 55 años. Otra lacra es el “sistema funcionarial”, en el que no prima la excelencia. “Aquí gana lo mismo el científico brillante que el que se pasa haciendo el día tebeos en su despacho”, asegura un director de Instituto que prefiere no dar su nombre.
El 24 de noviembre, al celebrarse el 75 aniversario del CSIC, su presidente, Emilio Lora Tamayo, aseguró que la fuga de cerebros en España era una “leyenda urbana” y que los que se marchaban lo hacían porque les daban un cheque "con varias cifras". Bascompte y otros lo desmienten. El cheque está, sin duda, pero se van por otras razones.


Artículo de Mauricio Vicent publicado en EL PAÍS el 4 de diciembre de 2014




jueves, 26 de septiembre de 2013

La ciencia como deporte de riesgo

Artículo de Amaya Moro-Martín publicado en El Pais el 24 de septiembre de 2013


El Gobierno argumenta que se está haciendo un “esfuerzo considerable” para mantener la inversión pública en I+D. Sin embargo, el gasto real ha caído un 33,1% durante la presente legislatura (45,7% desde 2009), dejando a nuestro país por debajo de la media europea (UE-27) en términos de porcentaje del PIB. Para maquillar este drástico recorte presupuestario en el sector público de investigación, año tras año el Gobierno ha incrementado los fondos destinados a créditos para el sector privado. Pero no nos engañemos: no es una inversión real, son créditos y en su mayoría no son requeridos por un sector privado que ha perdido interés en actividades de I+D.
Los recortes presupuestarios recurrentes están minado el sistema público de investigación. La convocatoria de proyectos del Plan Estatal de 2013 debería haber salido en diciembre de 2012 pero todavía no lo ha hecho. Incluso si fuera publicada en las próximas semanas, el tiempo requerido para evaluar las propuestas indica que de forma efectiva se habrá perdido un año de convocatoria. También preocupa el cambio brusco en la estrategia de financiación de proyectos de investigación no orientada a proyectos de investigación orientada (que ha pasado de no existir en 2012 a llevarse dos tercios del presupuesto total en 2013) y la fuerte priorización de proyectos que prometen un impacto en el mercado a corto plazo.
Incluso cuando los grupos de investigación obtienen proyectos aprobados, no existe ninguna certidumbre de cuándo vayan a recibir la financiación correspondiente. En 2012 hubo un retraso de siete meses. Pero no solo eso, los investigadores se quedaron de piedra cuando se publicó un Boletín Oficial del Estado donde el Gobierno anunciaba que los proyectos de investigación de tres años ya convocados se extendían a cuatro años sin aumentar la financiación para el cuarto año.
Por si eso fuera poco, Hacienda bloqueó la transferencia de fondos aprobados por el Ministerio de Economía y Competitividad a grupos de investigación en Universidades pertenecientes a Comunidades Autónomas que no habían alcanzado el objetivo de reducción del déficit. Estas decisiones fueron después revocadas, pero la incertidumbre forzó a muchos investigadores a paralizar su trabajo durante más de medio año.
Nadie en el Economía garantiza que esta situación caótica no se vaya a repetir durante la convocatoria de proyectos de 2013 (si finalmente sale), añadiendo la investigación a la lista de deportes de riesgo. El ministerio culpa a Hacienda de la situación… el Gobierno parece boicotear deliberadamente su propia política científica.
Los centros de investigación y universidades están perdiendo puestos de trabajo permanentes. El Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) solo está reemplazando un 3% de los investigadores que se jubilan. Los programas de recursos humanos para jóvenes científicos también han sufrido, el del CSIC ha desaparecido por completo, mientras que los programas Juan de la Cierva y el de incorporación Ramón y Cajal se han reducido un 30%, acumulando retrasos que de nuevo dan lugar a un intervalo de más de un año sin financiación. Como los salarios de muchos estudiantes de doctorados, investigadores posdoctorales y personal técnico dependen de estas fuentes de financiación (proyectos de investigación y programas de recursos humanos), estos retrasos, junto con las trabas burocráticas usuales en los procesos de contratación, han forzado a un número indeterminado de investigadores a trabajar durante extensos periodos de tiempo sin cobrar; una forma interesante de alentar a nuestros jóvenes al voluntariado.
El efecto de estos recortes y retrasos amplifica los problemas estructurales existentes en la carrera investigadora en España, de forma que más y más investigadores están viéndose forzados a contemplar la emigración o a dejar la investigación —en drástico contraste con la postura del Gobierno de que la fuga de cerebros es un “cliché injustificado”—. Frecuentemente se pregunta cuánto le cuesta a la sociedad formar a todos estos investigadores que se pierden; pero la pregunta más relevante sería cuál es el precio social a pagar si se impide llevar a cabo la tan necesitada renovación generacional en el sistema público de investigación (la edad media de los investigadores en posiciones permanentes es de unos 55 años).
Los recortes y la incertidumbre también están afectando a las instituciones. El CSIC, responsable de aproximadamente un 20% de las publicaciones científicas en España, es un caso emblemático. El CSIC ha pasado todo el año 2013 bajo la amenaza de quiebra. El Gobierno ha asegurado repetidamente que no lo dejará caer, sin embargo hasta el momento solo ha transferido 25 millones de euros de los 100 millones que necesita para sanear sus cuentas (aunque promete que transferirá otros 50 millones en algún momento).
La previsión era que el CSIC se quedaría sin liquidez el pasado mayo pero fue retrasado a octubre gracias a medidas de austeridad sin precedentes (aniquilando los ahorros que los centros habían acumulado hasta el año 2012, ahorros destinados a actividades de investigación que han acabado usándose para pagar gastos corrientes). A pesar de ello algunos centros se han visto obligados a cerrar durante dos semanas en agosto para reducir gastos. El Gobierno acaba de acordar avanzar la transferencia de 44 millones de euros correspondientes a proyectos de investigación del Plan Estatal que, en vez de cubrir gastos de investigación durante 2014, acabarán de nuevo pagando gastos corrientes durante 2013; esto retrasará la quiebra del CSIC unos pocos meses pero no resuelve el problema. Muy a nuestro pesar, a los investigadores se nos está acostumbrando al suspense. Probablemente el Gobierno impida que el CSIC entre en quiebra en el último minuto pero el impacto negativo en sus actividades de investigación, su habilidad para participar en colaboraciones internaciones y el daño a su credibilidad son indudables.
Confiar que las instituciones sobrevivan este tipo de parálisis intactas es como pedirle a alguien que deje de respirar durante una hora. De hecho, muchos investigadores ya han dejado de respirar: El CSIC ha perdido unos 1200 puestos de investigación (permanentes y no permanentes) durante 2012 y se espera que perderá otros 1000 durante 2013, resultando en un descenso del 20% de su personal investigador en dos años. O la fuga de cerebros existe o todos estos investigadores se subliman.
Luis de Guindos ha anunciado que el presupuesto de I+D aumentará durante 2014. Sus declaraciones han sido recibidas con extremada cautela, quizá porque en 2013 anunció que el presupuesto se había incrementado un 5% cuando en realidad había sido recortado un 13.7%. Los investigadores no perdonan la manipulación de datos, como tampoco toleran que éstos se ignoren: la recién aprobada Estrategia de Ciencia, Tecnología e Innovación para 2013-2020 ni menciona los drásticos recortes presupuestarios sufridos por la I+D en los últimos años, ni analiza su impacto, ni especifica los recursos humanos y financieros que estarán disponibles a corto y medio plazo. El Gobierno espera incrementar el retorno del programa marco europeo para compensar los recortes en el presupuesto nacional, pero la financiación europea está diseñada para afianzar unos presupuestos nacionales fuertes, ni mucho menos para reemplazarlos.
España necesita urgentemente una política científica creíble. Se debe acabar con el ciclo histórico de auge y escasez del presupuesto de I+D, y éste debería recuperar el nivel de 2009 para poder converger con la media europea. Pero no se trata de mantener el status quo, el incremento del presupuesto debería venir de la mano de cambios estructurales.
La coordinación entre ministerios, y entre el Gobierno central y los autonómicos, debería mejorarse. La burocracia a todos los niveles y en todos los procesos administrativos relacionados con la investigación necesita minimizarse. Los plazos de las convocatorias han respetarse y todos los fondos presupuestados ejecutarse. Esto podría facilitarse si se creara finalmente la Agencia Estatal de Investigación y se la dotara de recursos y autonomía para operar con un presupuesto plurianual. Sí, es cierto que el Gobierno permitió la creación de la Agencia ¡pero con un presupuesto cero! También sería bueno recuperar el Ministerio de Educación y Ciencia.
El incrementó de autonomía debería ir acompañado de un incremento de responsabilidad. Todos los organismos y grupos de investigación que reciban financiación pública deberían estar sometidos a evaluaciones rigurosas para incentivar la excelencia. Estas evaluaciones deberían hacerse con los mismos criterios a nivel nacional, independientemente si la financiación viene del Gobierno central o autonómico.
La contratación permanente en el sector público necesita recuperarse de forma urgente para permitir la renovación de una población de investigadores cada vez más envejecida. Los compromisos de estabilidad del programa Ramón y Cajal deberían cumplirse. Es necesaria una mayor movilidad de investigadores entre centros de investigación, entre centros de investigación y Universidad, y también más permeabilidad del sistema a investigadores extranjeros (comunitarios y no comunitarios), con el objetivo de combatir la endogamia e incrementar la credibilidad internacional y la competitividad del sistema español de investigación.
Algunos de estos cambios requieren esfuerzos legislativos significativos. Para llevarlos a cabo con coherencia y celeridad sería conveniente restablecer las comisiones de ciencia en el Congreso y el Senado. Un Consejo Científico de peso con una fuerte representación de la comunidad científica (por ejemplo siguiendo el modelo alemán) debería tener un papel clave en el diseño de estas reformas y como órgano asesor de política científica.
La segunda Carta Abierta por la Ciencia acabó pegada con cinta adhesiva a las puertas cerradas del Ministerio de Economía y Competitividad. La fría recepción de este documento, elaborado por la Confederación de Sociedades Científicas de España, la Conferencia de Rectores de Universidades Españolas, una amplia gama asociaciones de base científicas y los dos principales sindicatos, es una imagen impactante de la indiferencia del Gobierno por la ciencia y por la comunidad investigadora. Esto no puede volver a repetirse. El Gobierno debería ir más allá de la foto oportunista y comprometerse de una vez por todas con un sector que puede ayudar a España a desarrollar una economía menos vulnerable. De lo contrario nuestros líderes políticos estarán boicoteando el futuro del país.
Amaya Moro-Martín es investigadora Ramón y Cajal del CSIC y promotora de la Plataforma Investigación Digna.
Artículo de Amaya Moro-Martín publicado en El Pais el 24 de septiembre de 2013


miércoles, 1 de mayo de 2013

¿Investigación? No, gracias


Artículo de Miguel Vicente publicado en El País el 21 de abril de 2013.
La ciencia me entusiasma. Obtener con experimentos respuestas a lo que nos preguntamos produce gran satisfacción. Además de conocimiento generamos valor. En España investigar es además excitante. Cada día, cuando el investigador español se despierta nunca sabe con qué reforma se va a encontrar, o con qué regla burocrática le van a sorprender, al menos a mí me pasa. Puede ser que reduzcan el presupuesto, o el sueldo, que vaya a desaparecer el laboratorio o el puesto de trabajo, todo más excitante que un reality.Además, a diario nos desafían para que siendo pobres seamos “excelentes”, para competir en programas internacionales, y nos piden cada año identificar los grandes hitos logrados, esos que la ciencia bien financiada suministra cada medio siglo.
Uno esperaría que si el ministro del ramo dice que hay que buscar nuevos recursos económicos, los expertos como él o su ministerio estarán desviviéndose para financiar más proyectos, más contratos para doctorandos, mejor funcionamiento de los centros de investigación. Pero si lo hiciesen nos dejarían muy poca emoción a los investigadores. Y si los fondos asignados no bastan, el investigador vería bien que los gestores de la investigación hicieran notar que no se puede seguir, que dimitiesen en su conjunto. Algo que en Francia ocurrió hace una década. El público opina que la investigación es buena y provechosa, e incluso confía en los científicos. Queda bien decir que la ciencia es muy interesante, nadie lo va a negar, pero llegado el momento de un compromiso tangible el apoyo no pasa de ser flojito. Pasándose de ingenuo, el científico pensaría que llegado un punto y, al menos de manera testimonial, los investigadores nos sublevaríamos. Pero no lo hacemos.
La investigación en España ya digo que es excitante, y me produce frecuentes subidas de adrenalina. Empezó tras incorporarme al CSIC cuando estuve cuatro años sin poder pedir un proyecto, y continúa hasta leer las noticias de estos mismos días en las que el ministro nos dice que nos busquemos la vida, y el presidente de mi institución aconseja a los doctorandos que vayan preparando las maletas. Ha sido muy excitante vivir cómo la Comunidad de Madrid dejó de patrocinar la feria Madrid es Ciencia, en teoría para mejorar su impacto convirtiéndola en una feria virtual, tan virtual que ha desaparecido. Y notar que varios Gobiernos han reducido los fondos de investigación, tanto que el CSIC, según su presidente, puede dudar entre pagar las nóminas o los recibos de la luz.
¿Y los fondos privados? Alguna que otra emoción me proporcionó la Fundación March cuando hace una década suspendió su excelente programa de simposios internacionales, y también La Caixa cuando hace un mes anunció el cierre del Museo de la Ciencia de Alcobendas; es un buen sitio para motivar a los jóvenes. Es todo como volver, tras 40 años, a mis tiempos de becario, avanzando hacia el siglo XX para acercarse al XIX. ¡Ahora no me digan que la ciencia en España no es excitante!

Miguel Vicente es profesor de investigación del CSIC en el Centro Nacional de Biotecnología. Ha coordinado cuatro proyectos científicos de la Comisión Europea.

Artículo de Miguel Vicente publicado en El País el 21 de abril de 2013.

sábado, 22 de septiembre de 2012

Los neandertales usaban plumas para 'ponerse guapos'

Artículo publicado en ELMUNDO.es el 17 de septiembre de 2012.


Un estudio internacional en el que ha participado el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) ha descubierto que los neandertales empleaban las alas de aves rapaces y córvidos para fines no alimenticios. Los investigadores creen que esta especie pudo haber usado las grandes plumas de estos animales como ornamentación, teoría que destierra la idea de que no poseían pensamiento simbólico y los acerca aún más al 'Homo sapiens'. Los resultados serán publicados en el próximo número de la revista 'PLoS ONE'.

Los resultados de este trabajo se basan en el estudio de los restos óseos de 21 especies de rapaces y córvidos encontrados en tres cuevas en Gibraltar. Los análisis indican que de 124 individuos, al menos 18 presentaban marcas de herramientas neandertales e incluso de dientes en las alas. "Estas extremidades están destinadas a funciones de vuelo, son muy ligeras y apenas tienen carne, por lo que creemos que no tenían un fin alimenticio, sino que empleaban las enormes plumas como ornamentación, tal y como siguen haciendo muchos pueblos indígenas en la actualidad", explica el investigador del CSIC Juan José Negro, de la Estación Biológica de Doñana.
Los fósiles de Gibraltar proceden de diferentes estratos arqueológicos que abarcan miles de años y han sido comparados con datos de otros 1.700 yacimientos de Eurasia procedentes del Pleistoceno. Los resultados confirman que la manipulación de plumas por parte de los neandertales era una práctica extendida que, por ser las muestras más antiguas anteriores a la llegada del Homo sapiens a Gibraltar, no pudo ser una pauta aprendida de estos.


CSIC. Neandertal con plumas como ornamento

"La ausencia de arte rupestre realizado por neandertales no significa que su capacidad cognitiva fuera inferior a la de nuestros antepasados. Simplemente empleaban otro tipo de materiales para expresar su pensamiento cognitivo, como las plumas", añade el investigador del CSIC.



Según este estudio, los neandertales mostraban predilección por las aves planeadoras con grandes plumas de color oscuro, como el quebrantahuesos, el buitre leonado, el milano real y el águila real, entre otras. Como posible causa de la elección de estas aves y no otras, los investigadores apuntan al hecho de que gran parte de las aves encontradas formaban parte de la vida diaria de los neandertales: eran carroñeras y rapaces, moradoras de acantilados escarpados cercanos a sus abrigos y cuevas.

"Las plumas son objetos muy ligeros, aportan belleza y volumen. Fueronseleccionadas en la naturaleza, además de para permitir el vuelo, como ornamento en las aves, por lo que es lógico pensar que los neandertales hicieran lo mismo", concluye Negro.

domingo, 29 de julio de 2012

Ciencia: la fe del que no sabe

Artículo de Emilio de Benito publicado en El País el día 24 de julio de 2012


Severo Ochoa, premio Nobel en 1959./ AP
No saber de qué se habla no impide que se opine. O, dicho de otro modo, los españoles son mayoritariamente defensores de los avances técnicos y científicos, aunque no los entiendan. Un informe de la Fundación BBVA presentado ayer refleja la peculiar relación que los ciudadanos de España mantienen con la investigación y los descubrimientos, a medias entre la fe ciega y un optimismo —este sí— antropológico. En la encuesta se refleja la confianza de los españoles, al nivel del resto de los entrevistados, en los avances. La ciencia “es el motor del progreso”, gracias a ella “la salud de la gente está mejorando continuamente” y es “fundamental para la cultura de la sociedad”, por ejemplo. Pero también se reflejan los miedos (complica la vida, deteriora el medio ambiente, va demasiado deprisa). Estos aumentan con la ignorancia y según se acercan a aplicaciones más relacionadas con la vida, como la genética. Pese a ello, la fe de los españoles en la ciencia es fuerte. Tanto, que la quieren libre, sin límites éticos ni, mucho menos, religiosos.


El trabajo es la segunda parte de uno presentado en mayo con el mismo nombre, Estudio internacional de cultura científica. Este mide la actitud ante la ciencia y la tecnología. Pero lo curioso surge al cruzar los datos de ambos. En el primero se medían los conocimientos, con resultados demoledores para España. Mientras más del 50% de los encuestados en Dinamarca y Países Bajos presentaban un nivel alto de conocimiento científico, en España la proporción era del 22%. El estudio ha encuestado a 1.500 personas por país en EE UU, República Checa, Polonia, Alemania, Austria, Dinamarca, Italia, Holanda, Francia, Reino Unido y España.



Sobre el aspecto de los conocimientos, la opinión de los expertos consultados es unánime: la ciencia se enseña mal en España. Sergio Calvo, director de la Escuela de Doctorado e Investigación de laUniversidad Europea de Madrid, cree que hay que empezar desde primaria y secundaria, donde la enseñanza “no es eminentemente práctica”. En la misma línea, Joan Guinovart, director del Instituto de Investigación Biomédica (IRB en catalán) de Barcelona, afirma que lo que se enseña “parece ciencia revelada, no descubierta”, y que una solución consistiría en que “en secundaria se favoreciera la entrada en el profesorado de doctores, que han hecho cuatro años de investigación y tienen otro concepto del experimento”. Mientras tanto, lo que se aprende es “una cuestión de fe”. Emilio Muñoz, expresidente del CSIC y actualmente director científico de Asebio (Asociación Española de Bioempresas), añade que cada vez está “más convencido de la influencia de la trayectoria” de un país sin tradición.
Con la tranquilidad que da contestar por escrito, Javier Sánchez Cañizares, del Grupo de Investigación Ciencia, Razón y Fe (CRYF) de la Universidad de Navarra, afirma: “Se ha de ser cauto con los resultados de estos estudios, porque dependen mucho del modo de plantear las preguntas. No obstante, resulta muy positivo el alto nivel de aceptación que, en general, tiene la ciencia”. Sobre esta base, la buena opinión respecto a la ciencia de los españoles resulta “paradójica”, dice Muñoz. Guinovart cree que “la gente contesta lo que cree que hay que decir”. “No es coherente”, añade Calvo. Más optimista, la analista del Departamento de Estudios Sociales y Opinión Pública del BBVA, Consuelo Perera, cree que esta opinión positiva tiene su origen en que “con los cambios sociales de las últimas décadas, la gente se ha hecho más abierta a cualquier innovación, y tiende a valorarla”.



Eso sí, el apoyo tiene matices. Es muy alto (del 88%) cuando se le pregunta por el potencial de la energía solar, y baja al 48,8% cuando se pregunta por la ingeniería genética y al 18,8% si la cuestión es sobre clonación de animales.



“Al acercarse más al ser vivo, aumenta el rechazo”, explica Perera. Aunque también aquí influye el desconocimiento. “En España, un 35% no sabe decir para qué sirve la biotecnología”. Muñoz apunta a que, ante la falta de argumentos, “juegan mucho las creencias, y no el conocimiento”, y cree que esto sucede sobre todo con la bioingeniería. Guinovart refuerza esta idea de una manera tajante. “Hacemos de ello, de lo que es bueno o malo, seguro o peligroso, una cuestión de fe. Nos basamos en el principio de porque sí, de por definición, y no vamos más allá”.
Además, el director del IRB apunta que parte de la culpa la tienen los científicos. “Algunos temas los hemos vendido muy mal”, dice. “Empezando por el nombre”. “Es el caso de los transgénicos. Hasta la palabra es fea. Ese prefijo trans... Y se crea un rechazo que no tiene sentido. Todo lo que comemos es transgénico. El trigo que usamos no tiene nada que ver con el salvaje, ni todas esas frutas nuevas que se crean por injertos”.



Otro ejemplo polémico que pone Guinovar es el de las células madre. “En inglés no se llaman mother cells, sino stem [tallo, raíz] cells. Pero aquí les hemos ido a poner una palabra que despierta pasiones: madre. ¡Madre no hay más que una! ¡No toques a mi madre!”, ironiza. Más en serio, añade: “Cuando bautizamos algo, debemos ponerle nombres que no despierten sentimientos arcanos”.
Los mismos argumentos pueden servir para explicar la segunda parte del informe. Cuando se le da la vuelta a la pregunta y se inquiere por las “reservas” —recelos— ante la ciencia, España, con Polonia e Italia, es de las que más pegas pone. Entre las más mencionadas están que “la ciencia va demasiado deprisa”, que “perjudica más que beneficia el medio ambiente”, que “ha hecho que el mundo actual este lleno de riesgos para las personas en su vida diaria”, y que los investigadores “no deberían intentar cambiar la naturaleza”.



Que sean tres países de raíz católica los que tienen una peor opinión de la ciencia “no ha sido analizado” por los autores del estudio, señala Perera. “Puede que no tenga nada que ver”, dice.
Curiosamente, de los peligros de la ciencia mencionados a los encuestados, entre lo que menos temen está que “acabe con la religión” y “que destruya los valores morales de la gente”. Estas dos posibilidades solo reciben como nota un 4,9 y un 3,8 sobre 10.Esta apreciación se confirma en otra pregunta del informe: los límites de la ciencia. A los encuestados se les preguntó por dos posibilidades: que estos fueran de tipo ético o religioso. Se trata de una convivencia complicada, que ha generado injusticias como la condena de Servet por los calvinistas o de Galileo por los católicos.Incluso los límites que podrían parecer más obvios son defendidos por poco más de la mitad (el 54%) de los encuestados. En España esta opinión es más débil: el 41,1% lo defiende, mientras que el 47,1% está en contra. Solo otro país del estudio, Holanda, tiene datos más rotundos: el 35,4% opina que debería haber límites a la investigación y el 56,1% (el único país donde esta opción obtiene mayoría absoluta) está en contra.


Guinovart es tajante: “Claro que tiene que haber límites éticos, lo que pasa es que no entendemos muy bien qué quieren decir. Debe haberlos, pero no religiosos, digamos que basados en una moral natural. No se pueden hacer ciertos experimentos con seres humanos ni someterlos a ensayos que pongan en peligro su vida. Seríamos como Mengele [el médico nazi]”.


Sánchez Cañizares le da la vuelta al argumento: es “apreciable” el “porcentaje de personas que no entienden la ética como un freno al progreso”, sino “como la condición” para “una investigación auténticamente al servicio de las personas. Que el porcentaje en este último caso [en España] sea más bajo que la media de los países estudiados podría deberse a una menor familiaridad de los encuestados con el trabajo real de los científicos, que requiere la orientación humana ofrecida por la ética”, dice.


Pero quizá la gran sorpresa llega a la hora de juzgar la relación entre religión y avances científicos. El 72,4% opina que no debe haber interferencia, y el porcentaje sube al 80,4% en el caso de los españoles (es el tercer país en esta clasificación por detrás de Dinamarca y Holanda). En cambio, el 18,3% piensa que debe ser un factor limitador. Perera opina que “se rechaza todo [límite] que sea religioso, cualquier cosa que pueda retrasar el avance”. Sergio Calvo piensa que, en el caso español, hay una razón histórica para este rechazo: “El país ha tenido una herencia católica muy presente que tuvo un punto de inflexión con el final del franquismo. Y ahora la actitud puede ser del tipo: ‘Yo de esto no sé mucho, pero no estoy dispuesto a que un tercero me diga lo que se puede y lo que no se puede hacer”.Emilio Muñoz está bastante de acuerdo. “Juegan más las creencias, lo no reflexivo. Somos una sociedad que ha evolucionado bastante en los últimos años, que hemos ganado libertades, y las defendemos mucho. Por eso no nos parece bien que se inmiscuyan ni la religión ni la ética”.


La relación entre la religión y la ciencia se aborda con otra pregunta. En ella se inquiere si hay un conflicto entre ambas. En este asunto, los encuestados creen en un 45,4% que ambas están en desacuerdo. El porcentaje sube al 50,9% entre los estadounidenses y al 49,1% entre los españoles.


La gran división entre los dos lados del Atlántico se produce en este tema. “En Estados Unidos hay una dicotomía muy fuerte. Es de los países más avanzados en ciencia, y a la vez, de las sociedades más religiosas. Es contradictorio”, dice Perera. Guinovart también destaca este aspecto del trabajo. Sobre todo en una pregunta específica, la que se refiere al creacionismo, que defiende la versión de la Biblia. Mientras solo el 24,7% de los europeos cree esta idea, entre los estadounidenses el porcentaje sube al 60,7%. Guinovart no lo entiende. “Hasta la Iglesia acepta la evolución y que la Biblia es un relato”, comenta.El investigador saca otra conclusión del trabajo, que bien puede servir de colofón: “Me gustaría que el Gobierno fuera representante de esta población” que ha participado en el trabajo. “Que muestre el mismo interés por la ciencia. No lo entiendo, porque con cuatro duros podría sacar titulares y hacerse fotos. Pero vivimos en lo que Joan Massagué llama la feroz indiferencia”. “En España hubo medio siglo de oro de la ciencia a principios del XX, pero ningún responsable con poder económico que crea que la ciencia ayuda al país”, añade Muñoz.

sábado, 24 de marzo de 2012

Cada vez más solos... por elección

Elena Mengual | Madrid
domingo 18/03/2012


¿No es bueno que el hombre esté solo? ¿Más vale solo que mal acompañado? Aunque el Génesis y el refranero popular no se pongan de acuerdo, lo cierto es que de 50 años a esta parte cada vez son más los hogares ocupados por una sola persona. Una tendencia que no ha podido frenar ni la crisis económica.
Se trata de un fenómeno global que los expertos relacionan con el progreso de los países. Esto es, a mayor nivel de desarrollo, mayor número de viviendas unipersonales. El sociólogo de la Universidad de Nueva York Eric Klinenberg acaba de publicar 'Going Solo: The Extraordinary Rise and Surprising Appeal of Living Alone' (algo así como "el extraordinario auge y sorprendente atractivo de vivir solo"). En él, destaca cómo, por primera vez en la Historia de la Humanidad, "un número importante de personas se asienta en solitario".
Según Klinenberg, en países como Alemania, Francia, Reino Unido o Japón, en torno al 40% de las viviendas están ocupadas por una sola persona, cifra que se eleva hasta el 50% en ciudades como París, y al60% en Estocolmo.
En Estados Unidos las cifras no alcanzan las del viejo continente, si bien en ciudades como Atlanta, Denver, Seattle, San Francisco o Mineápolis, el 40% de las casas sólo tienen un inquilino. Y como prueba de la relación entre este incremento y el desarrollo económico, pone ejemplos como los de China, la India o Brasil, donde los hogares unipersonales crecen casi a la par que sus economías.

También en España

España no queda ajena a esta tendencia. En las últimas décadas, el incremento de los hogares unipersonales no ha cesado. Según cifras de la EPA (Encuesta de Población Activa), en diciembre de 2011, 3,4 millones de personas vivían solas en nuestro país. En su mayoría, población no activa (especialmente jubilada): hasta 1,89 millones.
Llama la atención que, desde el inicio de la crisis, el número de estos hogares no sólo no ha disminuido, sino que se ha incrementado, hasta el punto de que, según recoge la EPA, el número de hogares cuyo único inquilino pertenece al grupo de población activa ha crecido en 300.000, es decir, un 27%, hasta los 1,51 millones.
Este crecimiento es mucho mayor que el del total de viviendas. Si entre 2005 y 2007 éstas crecieron a un ritmo del 8%, desde el inicio de la recesión a la actualidad ha bajado la cadencia hasta el 6,5%, lo que se relaciona con el fin del 'boom' inmobiliario.
Sin embargo, en ese mismo espacio de tiempo, los hogares unipersonales han aumentado un 17,7%, hasta representar el 20% del total. El único aspecto en el que podría intuirse la crisis es en el número de viviendas cuyo único inquilino está parado: de 76.000 antes del inicio de la crisis, a 281.000 en diciembre de 2011, un 266% más.

A qué se debe este cambio

Son varios los factores que favorecen esta tendencia. En primer lugar, elincremento de la esperanza de vida. La población anciana cada vez es mayor, y si la salud y la pensión lo permiten, son muchos los que optan por vivir solos antes que con sus hijos o en una residencia. Para Klinenberg esa independencia es una "conquista social" respecto a las generaciones previas. Sin embargo, advierte también del riesgo que conlleva: el aislamiento y la muerte en soledad.

Las mujeres también tienen mucho que ver en este fenómeno. Su incorporación al mercado laboral ha favorecido su emancipación: ya no necesitan tener a un hombre al lado para subsistir, y si las cosas no van bien, divorciarse ya no es la opción impensable de hace años.
Klinenberg destaca además el papel de jóvenes o profesionales que no quieren compartir piso o comprometerse, que optan por retrasar la maternidad, y cuya solvencia económica les permite vivir solos. En Estados Unidos, cinco millones de personas entre los 18 y los 34 años no conviven más que consigo mismos.
Además, después de las parejas sin hijos, el tipo de vivienda más común en EEUU es aquélla en la que reside una sola persona: unos 30 millones, según datos publicados por 'The New York Times'. De ellos, 15 millones corresponden al grupo entre 34 y 65 años, en general viudos y divorciados. "Actualmente oscilamos entre diferentes 'arreglos'", explica Klinenberg. "Vivimos solos, convivimos, volvemos a vivir solos otra vez..."
Y luego está la revolución en las comunicaciones. Klinenberg insiste en que "vivir solo no es estar solo", y menos en la época de Internet y las redes sociales, que permiten mantener contacto permanente con otros. Ello, sumado a que vivir solo ya no estigmatiza, si no más bien al contrario, ha contribuido a que en el centro de las grandes ciudades cada vez sean más los 'singles', mientras que las familias se desplazan hacia el extrarradio.

Solos, del estigma al privilegio

Para Klinenberg, los 'solos' ejercen el papel de "dinamizador social". Revitalizan las ciudades y animan los espacios públicos. Tienden más que la gente que vive en pareja a salir a tomar algo, al gimnasio, a tomar clases de arte o de baile, a asistir a conciertos o al teatro, a asumir tareas de voluntariado...
"Para algunos profesionales", explica, "vivir solo es un signo de éxito y distinción, de libertad y de anonimato en la gran ciudad. Para personas recientemente divorciadas, es una manera de recuperar el control sobre su vida y tal vez de sentirse menos solo. Un mal matrimonio te puede hacer sentir más solo que vivir solo", argumenta Klinenberg.
"Vivir solo se relaciona con valores de la modernidad: la libertad, el control personal y la realización. Y en contra de lo que podría pensarse, fomenta la vida social. Paradójicamente, nuestra especie, siempre definida en función de su sociabilidad, se ha podido embarcar en la aventura de vivir solo gracias a que las sociedades se han convertido en interdependientes. Por ejemplo, los nuevos sistemas de comunicación nos permiten vivir solos pero estar en contacto con mucha gente cuando y cómo queramos", continúa el sociólogo.
Aunque algo exagerados, los grupos de amigos retratados en series como 'Sexo en Nueva York' o en la saga literaria 'Bridget Jones' son cada vez más habituales. Círculos compuestos por personas que tienen intereses en común, amistades muchas veces surgidas en entornos laborales en los que las jornadas son eternas.
Al mercado no le pasa inadvertido, como prueba la proliferación de lospaquetes de comida individuales, las agencias de viajes y actividades para 'singles' o los muebles de Ikea ideales para casas en las que, por mucho que uno se empeñe en lo contrario, sólo puede vivir una persona.

¿Y la crisis?

En una época en la que la falta de empleo y las apreturas económicas obligan a muchas personas a regresar o permanecer en el hogar paterno, a compartir piso, y en la que los divorcios y separaciones se posponen precisamente por el coste que supone mantener dos casas... ¿Cómo se explica tal tendencia?
Klinenberg cree que la crisis precisamente provoca el efecto opuesto: frena a la gente a establecer vínculos familiares. Una coyuntura que no garantiza que uno pueda mantenerse a sí mismo lleva a huir del compromiso con otras personas. Y en las parejas establecidas, las estrecheces generan conflictos y provocan crisis y rupturas.
Para la socióloga del CSIC Margarita Delgado, "es indudable que muchos de estos hogares seguirán creciendo por la mortalidad", en referencia a las personas que enviudan. Sin embargo, recuerda que "la sociedad española y la estadounidense son muy diferentes, preferentemente en cuanto a su grado de emancipación. El sur de Europa presenta un retraso en el calendario de emancipaciónrespecto al lugar origen. Y en su conjunto, la sociedad española no se parece ni a la nórdica ni a la estadounidenses en cuanto a proporción de jóvenes y edad de emancipación".
Desde el sector inmobiliario tampoco creen que ésta sea la tendencia. Según fuentes de idealista.com, en el segmento de pisos compartidos, hasta ahora copado por estudiantes, ha crecido la media de edad. Cada vez son más las personas jubiladas, paradas y divorciadas que optan por convivir con otros.
"También hemos comprobado que, en los últimos tres años, más familias ponen en alquiler habitaciones dentro de sus casas". Y proliferan los anuncios de "se alquila habitación en piso compartido con jubilado", en general personas viudas a las que la pensión ya no les da para vivir. Las estadísticas que manejan, lo corroboran: "En el último año la oferta de alquiler de pisos compartidos ha crecido un 180%, frente a un aumento del 80% en la demanda".
Artículo de Elena Mengual publicado el domingo 18 de marzo en El Mundo.es