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lunes, 10 de junio de 2013

Los nuevos movimientos sociales (1992) Russel J. Dalton y Manfred Kuechler Parte IX


Los nuevos movimientos sociales y el orden político, o la posibilidad de que los cambios producidos preparen una estabilidad a largo plazo. Manfred Kuechler y Russell j. Dalton. (págs. 373-405)

El último capítulo de Los Nuevos Movimientos Sociales es el colofón a modo de resumen de lo explicado por los más de quince autores que han trazado una cartografía descriptiva de las manifestaciones sociales nacidas a partir de los años setenta del pasado siglo. El análisis de todos ellos representa un periodo de tiempo acotado entre 1970 y finales de los ochenta. Debido a ello, los autores advierten que no es de extrañar encontrar posiciones contrapuestas a lo largo de todo el compendio, debido principalmente a que la novedad de las circunstancias de estos fenómenos es tal, en el momento de la edición, que aún las teorías y análisis no fueron suficientemente contrastadas ni cotejadas.

Lo que sí está claro, y en ello coinciden los autores es en que se concibe un movimiento social como una parte significativa de la población que plantea y define intereses que son incompatibles con el orden social y político existente. Estos movimientos se agrupan bajo un vínculo ideológico correspondiente, un sector amplio de sus simpatizantes, genera organizaciones y hasta partidos a su vera, y éstas persiguen metas concretas.
Sin embargo, y a partir de aquí lo que queda en entredicho es la cualidad de “nuevo” de estos movimientos, que ya tuvieron quizás su antecedente en otros propios del XIX e incluso antes.

El vínculo ideológico se establece en dos vertientes principales: por un lado la crítica humanista del sistema prevaleciente y de la cultura dominante, y por otro la actitud de lucha por un mundo mejor fuera de refugios espirituales, es decir, el aquí y ahora. Por lo tanto, estos movimientos plantarán cara al orden existente de manera pragmática y práctica. Y en este sentido, los autores sentencian que saben lo “que no quieren, pero son inseguros e incoherentes respecto a lo que quieren  en sus concreciones prácticas”.

Otra de las características de la pertenencia a este tipo de grupos es la enajenación de los individuos respecto del sistema dominante y “la coexistencia de una crítica radical del orden existente, por un lado, y, por otro, de una integración de facto en la sociedad existente y en la arena política constituye un rasgo genuino de  los nuevos movimientos”. Por lo tanto, y a modo de resumen, los autores concluyen en que “el núcleo de activistas y sus creencias comunes constituyen la esencia de todo movimiento social”.

La pervivencia de estos movimientos era una preocupación de los analistas que
participaron en este volumen. Claro está que el rango de tiempo estudiado no les aportaba una “seguridad” de persistencia en el tiempo, quizás en algunos de ellos se veía una cierta desconfianza a su solidificación en la sociedad. Para Inglehart, por ejemplo, “el desarrollo de valores postmaterialistas es el comienzo de un cambio permanente en las prioridades axiológicas de la población de las democracias occidentales”, cosa que se ha evidenciado como cierta en nuestros días. Y a esto añaden Kuechler y Dalton que “el éxito de un movimiento no viene determinado por la duración de su existencia. Los movimientos son fenómenospasajeros por su misma naturaleza; todos ellos tienen un flujo y reflujo”. Los cambios producidos en las estructuras occidentales hasta los noventa, llevaron a los autores a concluir que “es probable que los fines de los movimientos mantengan su actualidad política durante bastante tiempo en lo sucesivo. No obstante aseguran que esta “moda” ya ha superado –en el momento de la redacción, por supuesto- un punto culminante de movilización y utilización de medios no institucionales de intermediación de intereses, apreciación que luego con el paso de los años se ha manifestado como errónea.

Coinciden, por otro lado, en el carácter de aislamiento político usado por estos movimientos que se esfuerzan en transformar la sociedad, y su separación de la política pluralista, achacando ello a una falta de recursos prácticos. Aunque, es verdad que esa alienación no es del todo absoluta y que pese a que impulsan un nuevo paradigma social “no están totalmente aislados de otras articulaciones existentes en las sociedades industriales avanzadas”.

En cuanto a su interacción con los partidos “clásicos” y sus réditos de resultados electorales, éstas se reducen a los países con representación proporcional, que favorece a los partidos pequeños, y se asegura que “Un elevado PNB por habitante, cuantiosos gastos de seguridad social, baja actividad huelguística, participación importante de los partidos de izquierda en los gobiernos, y una activa controversia en torno a la energía nuclear son factores que definen un marco político y económico favorable al éxito de los partidos asociados a movimientos”. Y conceden que los movimientos sociales han propiciado indicios de cambios deseables en las estructuras políticas. 

domingo, 9 de junio de 2013

Los nuevos movimientos sociales (1992) Russel J. Dalton y Manfred Kuechler Parte VIII


Movimientos sociales e innovación política. Marx Kaase. (págs. 123-145)

El autor del presente capítulo ponen en entredicho la “novedad” de los movimientos sociales, y concluye que muchos autores han eliminado de raíz el uso de este adjetivo para referirse a los movimientos generados al calor de fórmulas de gobierno deficitarias. Es más, la definición de estas mareas ideológicas se resumen en una cita de Raschke que dice “son actores colectivos de movilizaciones cuya meta es provocar, impedir o reproducir un cambio social básico. Persiguen estas metas con cierta dosis de continuidad sobre la base de una elevada integración simbólica, una escasa especificación de roles y mediante formas variables de organización y acción”, al dar por buena esta definición queda fuera el marchamo de “nuevo” como diferenciador de tendencias, las cuales aparecen y desaparecen en momentos concretos de la historia con mayor o menor suerte. Más adelante conviene en que quizás ese calificativo de nuevo se circunscriba al ámbito cultural europeo.
La conclusión emana de una ausencia de datos empíricos que permitan catalogar de manera definitoria a estos movimientos, si bien existen elementos comunes en casi todos ellos: existen muchas variedades independientes, se basan en actitudes postmaterialistas, participan de redes sociales, carecen de ideologías coherentes y tienen una débil estructura organizativa.

En el paradigma nuevos viejos movimientos sociales sí hay que encontrar diferencias como la importancia de la comunicación, rasgo inherentemente moderno, orientación a valores culturales más que al poder, se desarrollan en ambientes urbanos, etc…

El estudio del interior de estos movimientos daría un dibujo claro y nítido de la configuración de los mismos, sin embargo el autor asegura que “no se dispone de esta información salvo en casos concretos”. El análisis estadístico basado en preguntas sobre encuestas
realizadas en los años 80 en Alemania son el corpus de estudio para trazar una metodología de contenidos de estos movimientos, en un ejercicio, por lo tanto reduccionista y clasificador. Estos estudios arrojan coclusiones como que los ciudadanos aseguran pertenecer a uno o varios movimientos de manera simultánea, entre ellos, los adhirientes, se da un alto grado de inestabilidad a corto plazo, lo cual indica que la pertenencia es volátil. Por otro lado, y en este estudio se ha encontrado cierta vinculación entre los participantes en estas manifestaciones y el partido Los Verdes alemán, vinculación que el propio autor denomina “afinidad entre actores colectivos”. Por lo tanto, estos datos corroboran que “la adhesión a los nuevos movimientos sociales es una orientación abierta a cualquier grupo político, aunque en el lado izquierdo del espectro de las fuerzas políticas hay una mayor identificación positiva con los movimientos sociales”. Pese a todo dos características sí suelen darse con mayor repetición: la juventud de los militantes y su alto grado de formación cultural. Esa simpatía hacia la izquierda indica quizás una nueva tendencia de renovación dentro de los partidos políticos de esta orientación, hacia lo que se ha llamado la nueva izquierda socialdemócrata de occidente, trascendiendo a esa vieja izquierda de las clases obreras industrializadas. Es de nuevo la presencia del posmaterialismo. A esa características concluyentes suma el autor otras como la simpatía por formas no institucionalizadas de acción política (todas esas características resultantes de las encuestas del Eurobarómetro analizado en Alemania).

Por lo tanto, la necesidad primera de participación en las decisiones de los gobiernos, como orden democrático ideal, de los ciudadanos, y la presencia de los mass media como elementos influyentes para conectar y modificar conductas han hecho que ambos factores sean determinantes en la aparición de nuevos movimientos en el panorama político contemporáneo. No obstante estas apariciones son están regladas ni ordenadas y aunque obedecen a temáticas concretas la duración de las mismas es imprevisible y no obedece siempre a la solución política del problema. 

sábado, 8 de junio de 2013

Los nuevos movimientos sociales (1992) Russel J. Dalton y Manfred Kuechler Parte VII


Aspectos cíclicos de los nuevos movimientos sociales: fases de crítica cultural y ciclos de movilización del nuevo radicalismo de las clases medias. Karl-Werner Brand (págs. 45-69)

Como ya se explicó en el primer capítulo, se establece aproximadamente el decenio de los 60 del pasado siglo como punto de partida para la consolidación de los nuevos movimientos sociales. Es en esta época cuando comienzan a florecer grupos defensores de intereses generales, acción cívica, comunitaria, vecinos y autoayuda; además de apoyo a los derechos civiles, rechazo a las guerras (Vietnam), feminismo, la paz, contra la energía nuclear, etc…

Antes, en la década de los 50, existía cierta apatía relacionada quizás con una dejación de
interés, la cual era necesaria para la solidificación de la democracia. Dicha apatía generó el efecto contrario basado en la movilización social y política. Así, se explica que las reacciones se establecieron en diversos factores como: reacción a los problemas producidos por el crecimiento industrial, reorganización estado-sociedad-economía; conflictos entre la política materialista y la postmaterialista; rebelión de las nuevas clases instruidas y coartadas por problemas económicos; y unas oleadas “renacentistas” de disconformidad con las contradicciones de los sistemas modernos. El autor, sin embargo, asegura que ninguna de estos factores, propuestos por otros tantos autores, se pueden clasificar como únicos ni causantes exclusivos de la generación de nuevas corrientes sociales.

Una vez establecidas esas causas conjuntas, o circunstancias estructurales, Karl Werner Brand llega a la conclusión de que estos movimientos nuevos son “expresiones específicas de radicalismo de las clases medias”.

Por otro lado, los factores que “la mayoría de los observadores” encuentran en común en estos movimientos coinciden en que: estos grupos no se ocupan de modificar el poder económico ni político sino de trabajar por la forma y calidad de vida de los ciudadanos, que los partidarios o militantes pertenecen a clases medias instruidas, que no participan de estructuras políticas e ideológicas coherentes, sino que fluctúan sobre el pluralismo, que entienden la descentralización y la autonomía como clave para llevar a cabo sus presupuestos y que al fin y al cabo dan lugar a un nuevo sistema político “no convencional”.
Todas estas circunstancias vienen dadas por dos factores predominantes, según el autor: atenuación de los conflictos de clases e interés por problemas generales como ecológicos, autodestrucción nuclear y riesgos de la tecnología.

El siguiente subcapítulo analiza el paso que ya indicamos entre la apatía de los 50 y la efervescencia de los 60. Pero junto a este renacimiento se generan otras tendencias críticas con la modernidad: Tres son las grandes líneas que propician estas evoluciones: una crítica a las sociedades premodernas, rurales y de base religiosa; en segundo lugar una percepción de evolución desordenada “trasnvaloración de todos los valores”, según Nietzche; pérdida del estatus, y por último un gran desilusión artística, tanto estética como moral.

En los 50 el crecimiento económico conlleva un aumento de bienes materiales, como la inclusión de la electricidad y lo que ello conllevaba, supermercados, publicidad, la conversión de la ciencia y tecnología en fuerzas dominantes, la disolución de las clases sociales como se conocían hasta el momento. Comenzó el “fin de las ideologías”, en favor de la “sociedad opulenta”. Llega luego la guerra fría y las circunstancias materialistas del capitalismo.

Pero en los 60 se produce un brusco giro de los intereses particulares a los comunitarios. Y empezaron a verse las fallas de este sistema individualista de la sociedad opulenta, para lanzarse de nuevo el interés por los valores de libertad, autodeterminación e igualdad de oportunidades. La frase: “Las generaciones más jóvenes, sirviéndose del baremo de las promesas modernistas de felicidad, consideraban que la vida en una sociedad centrada en la adquisición de bienes y en la funcionalidad resultaba tediosa, vacía y alienante” es un perfecto resumen para buscar un germen que dé una respuesta a las actitudes incipientes. Sin embargo la propia evolución cronológica llevóa a que en los 70 las perspectivas se ensombrecieran, cayeron las inquietudes y confianza en la mejora del sistema y comenzaron a florecer nuevas tendencias dogmáticas, relacionadas con la nueva izquierda, algunas incluso llegando a rozar el terrorismo. Nace de nuevo un cierto individualismo, pero en este caso trascendental que empuja a los grupos sociales a buscar el bienestar a través de técnicas relacionadas con la salud y la mejora física y psíquica, meditación, religiones orientalizantes, etc…

No obstante, el viraje es subjetivo, como explica el autor, y las tendencias continúan reivindicando autonomía regional, cultural y política. Se vuelve a la interioridad. “Las clases medias urbanas empiezan a aspirar a formas de vida simples, saludables y naturales. También creció la nostalgia por formas de vida premodernas y la fascinación por las experiencias místicas, holísticas y no científicas”.

En el capítulo de precedentes, Karl Werner Brand considera que son varias las semillas que dan lugar al jardín de los nuevos movimientos sociales: el movimiento de las mujeres en Gran Bretaña y Alemania de mediados del XIX, el pacifismo organizado nacido al terminar las guerras napoleónicas; y el ambientalismo nacido en la campaña victoriana de defensa de los animales. Y todos ellos agrupados por pautas generales como simultaneidad de todos ellos, paralelismo de ciclos de movilizaciones en diferentes países, y aparición en periodos concretos separados por unos 60 o 70 años.

Por último, el artículo finaliza con una enumeración de las peculiaridades de periodos de crítica de la modernización basados primero en Europa y Estados Unidos.
Entre 1030 y 1840 se establecen las primeras diferencias entre las eras industriales y las agrarias, entre la aristocracia y la clase media, y por ello se arrancan las primeras críticas a los cambios de modelo, y un romanticismo nuevo comenzó a fraguarse, basado en un celo reformista en lo social, utopismo, rebelión y escapismo.

Pero es en el cambio de siglo cuando se extiende una amplia ola de antimodernismo, de crítica a los nuevos valores de emergencia económica y diferencias sociales. El progreso material vuelve a ser la causa de disconformidad, en una clase media que busca profundidad lejos de las fachadas irreales. La mentalidad del fin de siglo se expresó en el escepticismo moderno y la conciencia mórbida así como en el esteticismo melancólico de los decadentes. Todo ello dio lugar a que a comienzos del XX se generó un activismo regenerador orientado hacia una propoensión optimista y liberal de ruptura con todos los lazos tradicionales.

Por último una conclusión cierra el capítulo en la que se indica que los nuevos movimientos sociales y de sus precursores hallan un terreno fecundo en épocas en que se generalizan las actitudes de la crítica cultural. Incluyendo fechas de generalización de esta crítica relacionadas con periodos de bienestar y prosperidad económica.

viernes, 7 de junio de 2013

Los nuevos movimientos sociales (1992) Russel J. Dalton y Manfred Kuechler Parte VI


El reto de los nuevos movimientos. Russell J. Dalton, Manfred Kuechler y Wilhem Bürklin (págs 19-45)

El primer capítulo del libro Los nuevos movimientos sociales.- Russel J. Dalton y Manfred Kuechler (compiladores) es una especie de resumen integrador de cada uno de los artículos que los compiladores Dalton y Kuechler decidieron incluir en él, todos los cuales giran en torno al nacimiento de nuevas corrientes de opinión y acción nacidas de la sociedad, al margen de partidos políticos u organizaciones gubernamentales. Para ello, los compiladores de la obra analizan varias perspectivas que nacen a partir de los movimentos estudiantiles de los años 60. La libertad de expresión y los derechos civiles son dos de los pilares sobre los que se asentaron estas nuevas tendencias de opinión y acción. Sobre las inquietudes estudiantiles, procedentes de la segunda mitad del siglo XIX se fue vertebrando un “nuevo estilo de acción política a medida que los ciudadanos adoptaban un estilo más perticipativo frente a los métodos tradicionales de representación”, según citan los autores de este primer capítulo a Barnes, Kasse y a Jennings y Van Diecht.

Por ello, en esta primera aproximación, los autores de la misma, indican que estos movimientos nacen a comienzos de los años 70 del siglo XX en Norteamerica y Europa, para en la actualidad, al menos la actualidad del momento de redacción de esta obra, conformarse como “actores importantes y combativos en la vida política de muchas democracias occidentales”.

En base a estos criterios, se establecen algunas líneas generales de los nuevos movimientos sociales, desde su inicio histórico hasta su puesta en marcha actualizada: éstas son las de los movimientos ambientalistas, feministas y por la paz, influidas en mayor o menor medida por tendencias ideológicas cercanas a la nueva izquierda.

Por lo demás, este primer capítulo repasa la vigencia y permanencia de estos movimientos en los países del norte de América y Europa, buscando en el viejo continente el germen, concretamente en Alemania, de la propia definición de “nuevos movimientos sociales”. Algunos factores político sociales de la segunda mitad del siglo XX en este país desencadenaron la organización no estructurada de los mismo, como por ejemplo la cuestión de misiles de la OTAN, cambios en los movimientos obreros, etc… en América otros factores como la lucha del feminismo o por la paz.

“Los movimientos sociales desafían el orden político contemporáneo en distintos frentes”, y a partir de esta premisa se establece el estudio general sobre el que gira este libro, incluso alguno de sus autores indica que son tan necesarios que de no producirse el orden democrático podría llegar al colapso (Huntington).

El resumen de la obra, implícito en este capítulo introductorio se podría resumir en la cita “Este volumen se centra en este debate hoy en curso acerca del significado de los nuevos movimientos sociales en relación con los fines y con la vida política de las democracias industriales avanzadas. La evolución reciente del movimiento ambientalista moderno, de los grupos feministas y del movimiento por la paz dificulta lograr una perspectiva sobre las implicaciones reales de estos movimientos”, y acaso los capítulos que conforman la obra trate de facilitar el entendimiento de esta perspectiva.

A partir de aquí, este primer capítulo desglosa cada uno de los siguientes, desde los primeros intentos de explicar los movimientos estudiantiles de los años 60 para llegar a explicar que “los nuevos movimientos sociales representan un cambio cualitativo tanto en los fines políticos como en el modelo de representación popular”.

Un primer subcapítulo de esta introducción explica el “contraste entre los nuevos movimientos y los viejos”, haciendo referencia a las diferencias entre idelologías, orígenes, estructura, estilo y finalidades y distinguiendo los nuevos movimientos –estudiantiles, por la paz, feministas, sociales- de los viejos –obreros y campesinos.

En cuanto a la ideología se desprende que los nuevos movimientos trabajan por conseguir mayor atención a los aspectos culturales y a la calidad de vida; en cuanto a la base de apoyo, todo aporta en la circunstancia de que los viejos movimientos sociales nacieron como vehículo para dar voz a aquellos que no la tenían, causa que se extendió a los nuevos. Entre las motivaciones para participar en ellos se desprende que “la opinión generalizada es que las motivaciones de quienes participan en los nuevos movimientos sociales son finalidades ideológicas y la lucha por los bienes colectivos y no un estrecho interés particular”.

En cuanto a las estrcuturas organizativas de estas nuevas tendencias se explica que se basan en sistemas descentralizados, abiertos y marcadamente democráticos; por su parte el estilo político radica en la preferencia de influir en las decisiones políticas a través de presiones y el peso de la opinión pública en lugar del modelo político tradicional, más basado acaso en la dialéctica.


Por lo demás, en esta primera aproximación se recorren los capítulos posteriores, haciendo hincapié, como ya hemos apuntado en los orígenes, convergencia de múltiples factores que dieron  lugar a estas nuevas “mareas”, movimiento por la paz, las mujeres, diferencias concretas entre nuevos y viejos, nuevos partidos políticos y resultados y pronósticos de futuro de estos movimientos.

jueves, 6 de junio de 2013

Los nuevos movimientos sociales (1992) Russel J. Dalton y Manfred Kuechler Parte V


Los nuevos movimientos sociales y el declinar de la organización de los partidos

Herbert Kitschell va más allá en la categorización de los partidos políticos y establece en este capítulo que éstos son algo más que grupos pendientes de los resultados de las
votaciones en los comicios electorales. Así, el autor asegura que los partidos son también organizaciones que reclutan élites políticas y actúan como mediadores de las reivindicaciones de grupos de intereses opuestos, además de elaborar programas. Así da entrada a un nuevo término que no habíamos observado en el desarrollo de este compendio; el de partidos libertarios de izquierda. Esta nueva propuesta nace de la interrelación entre los movimientos sociales y la propia política, aunque ambos actúen en diferentes ámbitos institucionales. Sin embargo uno de sus fines comunes es el de “quebrantar las relaciones establecidas entre el estado y la sociedad civil a partir de visiones y objetivos similares[1]. Y los caracteriza en esos dos paradigmas, porque son de izquierdas y comparten el socialismo tradicional, desconfianza en el mercado, en la inversión privada y en la ética del éxito; y son libertarios por su rechazo a la autoridad burocrática, pública o privada, para reglamentar conductas individuales y colectivas. Estos nuevos entes propugnan una democracia participativa y la autonomía de los individuos.

La interrelación de estos nuevos partidos y los movimientos sociales viene dada por las llamas teorías de desarrollo social de “tirón y empujón”. Es decir, una especie de causa y efecto, los partidos desconfían de las tendencias de los cauces habituales de participación y generan una marea de denuncia, y a su vez esa marea de denuncia genera una necesidad de representación oficial en la representación política, y de ahí nace la interrelación. Por ello este tipo de partidos, la mayoría de las veces con poca representación institucional, representa los intereses de los consumidores frente a los productores industriales y burócratas.

Para el autor, el papel de los nuevos movimientos sociales es importantísimo en este nuevo escenario, porque ha llegado a redefinir la misión de pequeños partidos centristas o izquierdistas como ha sucedido en los años ochenta en países como Suecia y Países Bajos. Sin embargo la característica principal de estos partidos difiere de la concepción clásica de partidos de izquierda, puesto que los partidos libertarios de izquierda se oponen en lo económico a las asociaciones centralizadas de productores y a los partidos que las defienden.

La principal característica de los partidos libertarios de izquierda es que éstos rechazan la organización centralizada y burocrática y practican una movilización de sus activistas participativa, fluida, descentralizada y coordinada horizontalmente, por lo que se acercan bastante a las características principales de los nuevos movimientos sociales que se han venido describiendo en esta obra.

En cuanto al perfil de los activistas que participan en estos partidos, a partir de la dinámica de los nuevos movimientos sociales, el autor indica que la mayoría “de los activistas son jóvenes intelectuales y profesionales que trabajan como asalariados en los campos de la enseñanza, la sanidad y los servicios culturales[2], y que además estos partidos tienen entre sus miembros una proporción más alta de mujeres que la habitual (en este punto habrá que salvar las distancias de que estos estudios se realizaron hace más de 25 años). Por lo demás, los militantes de estos partidos no tienen ingresos altos. Y una puntualización psicológica, que según el autor, la mayoría de los militantes de los partidos libertarios de izquierdas son especialistas de lo simbólico.

En cuanto a la caracterización de la afiliación y militancia, suelen ser agrupaciones limitadas debido a bajo índice de reclutamiento y a las elevadas tasas de renovación, todo ello propiciado por la incapacidad de estos partidos para promover un compromiso intenso con el activismo. Una de las causas de esta baja implicación es el bajo nivel de “patriotismo” mostrado por los militantes para con la organización y la lealtad partidista, incluso se llega a apuntar que muchos de ellos “profesa un radicalismo anarquista hostil a toda forma de trabajo organizativo[3].

Todo lo cual lleva a la conclusión de que los partidos libertarios de izquierda se erigen sobre unos mecanismos de dedicación sumamente frágiles y precarios, aunque por el contrario reclaman procedimientos descentralizados y democráticos, una amplia participación de todos los activistas en el proceso colectivo de toma de decisiones y la constante supervisión de los dirigentes del partido por la base. Y por si fuera poco, se apunta que en los casos estudiados se ha visto como no se exige disciplina de voto en los cuerpos legislativos.

En la relación con los movimientos sociales, Kitschelt asegura que sólo una parte muy reducida de los participantes en ellos llega a tomar parte activa en algún partido libertario de izquierda, y por ello se distancian de la estructura política. Es decir, los nuevos movimientos sociales dan soluciones, reclaman y actúan pero no llegan a formar parte del mecanismo democrático de gestión y participación reglado.

Todo ello pone en serio peligro a los partidos libertarios de izquierda, que a menudo sufren luchas internas ya que “cuanto más laxa es la organización menos regulares son las interacciones entre sus miembros, más rápida es la rotación del personal, más se diversifican las formas de reclutamiento y tanto mayor es la posibilidad de que se desarrollen visiones divergentes y de que se produzcan cambios institucionales[4].

Por último, el ascenso o auge de estos partidos ha debilitado a la izquierda tradicional, ya que sus simpatizantes no consisten únicamente en electores sin raíces que votan a la contra, sino que proceden de grupos sociales identificables y de activistas que votan según cálculos estratégicos.

Dalton, R., Kuechler, M. (1992). Los nuevos movimientos sociales. Edicions Alfons el Magnáim. Institució Valenciana D´Estudis i Investigació. Valencia




[1] Kitschelt (1992:248)
[2] Kitschelt (1992:257)
[3] Kitschelt (1992:263)
[4] Kitschelt (1992:277)

miércoles, 5 de junio de 2013

Los nuevos movimientos sociales (1992) Russel J. Dalton y Manfred Kuechler Parte IV


Estrategias y formas de acción de los nuevos movimientos sociales

La adaptación de estrategias y formas de acción por parte de colectivos es una reacción natural al toparse con resistencias por parte del poder establecido. En la sociedad actual, a raíz de un grado mayor de autocontrol y autoconciencia estas estrategias se tornan mucho más importantes. Los nuevos movimientos sociales, trascendiendo a meras masas enfervorecidas necesitan también de estas estos resortes organizativos, si bien difieren de los tradicionalmente usados por los grupos de política tradicional, y hasta de otros movimientos de carácter parecido como el obrero del siglo XIX. Los estudios sobre las conductas de estos grupos de presión son amplios desde los años setenta, cuando se empiezan a percibir nuevos movimientos sociales.

Rucht establece tres líneas de acción para resumir en su ensayo de este libro los mecanismos de estrategia adoptados por los movimientos sociales: una perspectiva histórica, los factores determinantes en las estrategias, y el caso concreto de los movimientos relacionados con el ambientalismo, y sus fórmulas de acción.

En cuanto a la perspectiva histórica se contraponen dos formas de ver los nuevos
movimientos sociales, una europea, más actual y una americana donde el concepto quizás sea más antiguo. A lo largo de la historia reciente de estos movimientos se ha pasado de una posición reactiva, de huelgas y acciones concretas como revueltas, etc., a una metodología más proactiva, es decir, luchas por reivindicaciones no formuladas anteriormente. Un paseo por la obra de Tilly compara todos los resultados de los movimientos a través de la historia, para llegar a la conclusión de que “actualmente los nuevos movimientos sociales parecen optar deliberadamente por redes dotadas de una articulación laxa, y no debido a la falta de recursos y de capacidades organizativas[1]. Esta conclusión vuelve a repetirse en casi todos los artículos estudiados, para remarcar que estos grupos o asociaciones no estructuradas se configuran no como tales sino como pulsos de la sociedad que quizás funcionen sin estructura remarcada ni líderes definidos. Incluso se apunta que muchos de los militantes de estos movimientos llegan a contradecirse a la hora de depositar el voto en las urnas, contradecirse en el aspecto de que pueden votar a un partido en el que se defiende algún extremo contrario al propio movimiento en el que se milita, o incluso que se pueda militar en varios movimientos de diferente color al mismo tiempo. Por otro lado, los movimientos sociales actuales no afectan sólo al ámbito político, sino que lo hacen también al jurídico.

Rucht llega a la conclusión además, que la evolución de estos movimientos va derivando dejando de lado las actividades violentas o terroristas en favor de actos de desobediencia civil, y añade que “las preocupaciones de los nuevos movimientos sociales giran mucho más en torno a problemas concretos o específicos, que no pueden resolverse con la redistribución de los medios de producción y de la riqueza en el marco de un sistema político enteramente nuevo[2]. Por ello considera fundamental el factor desobediencia civil, para que funcionen las reivindicaciones, y aporta un alto grado de importancia a los medios de comunicación de masas para que la sociedad tenga en cuenta estas postulaciones. No obstante coincide en que los movimientos sociales agrupan todas las variantes de acción, desde las nombradas hasta la violencia explícita.

En cuanto a los factores determinantes de las estrategias y formas de acción, el autor vuelve a incidir en que los estudios son variados y las perspectivas muy diferentes muchas de ellos “sin ninguna base teórica o conceptual explícita[3], pero exceptúa a las teorías de Ralph Turner, que dio forma a una teoría sistemática de las estrategias basada en la persuasión, negociación y coerción.

En cuanto a la lógica de acción, destaca varias posibilidades: una lógica instrumental que implica una estrategia orientada hacia el poder y una lógica expresiva, orientada hacia la identidad. Pero concluye apuntando que “un movimiento puede atravesar ciertas fases, cambiar de tendencia ideológica o asumir objetivos varios, y a lo largo de esta trayectoria su estrategia general puede resultar relativizada y hasta eliminada[4]. Por lo que según las circunstancias los movimientos pueden elegir una estrategia específica o en una combinación de varias.

En cuanto a las estrategias y las formas de acción de los movimientos Rucht indica que puede haber otros factores en juego, además de la lógica de esos movimientos, y los divide en macroestructurales, relacionados con el régimen económico, estratificación social, o valores básicos; y mesoestructurales como constelaciones de partidos reglas, opinión pública, tendencias, etc. Además de otros factores aledaños como luchas en un falso terreno, estrategia inapropiada, división interna, derrumbe organizativo, etc.

Por último Dieter Rucht analiza el caso de los movimientos de corte ambientalistas. Según el autor estos grupos no sólo usaron los medios de lucha convencional sino que participaron en concentraciones de masas, en acciones subversivas e incluso en acciones violentas, esto es, adoptaron una estrategia combinada. De hecho, y según se apliquen los factores externos macroestructurales y mesoestructurales hay grupos de acción que se han especializado en las luchas de una y otra forma. Así lo resume el autor: “la elección de estrategia por parte de los grupos locales depende no sólo de sus aliados, sino también, en gran medida de sus oponentes, cuya conducta conflictiva y a veces acomodaticia ejerce una influencia considerable de cara a reforzar, debilitar o dominar la tendencia a la radicalización[5].

A modo de conclusión se estima que de los rasgos que caracterizan las actividades de los nuevos movimientos son “el enriquecimiento del repertorio de acciones y el uso paralelo y flexible de formas tanto convencionales como no convencionales de acción[6].



[1] Rucht (1992:223)
[2] Rucht (1992:225)
[3] Rucht (1992:227)
[4] Rucht (1992:228)
[5] Rucht (1992:242)
[6] Rucht (1992:243)

martes, 4 de junio de 2013

Los nuevos movimientos sociales (1992) Russel J. Dalton y Manfred Kuechler Parte III


Neocorporativismo y auge de los movimientos sociales

Frank Wilson arranca su estudio sobre los movimientos sociales haciendo hincapié en las diferencias entre los nuevos movimientos sociales, nacidos a mita del siglo XX, y los movimientos tradicionales políticos conocidos hasta ese momento. Una de las columnas donde se asientan sus presupuestos es la de asegurar que los nuevos movimientos sociales nacen por la incapacidad de los grupos existentes para dar soluciones a los problemas más acuciantes, incluso para adoptar papeles representativos sociales.

La oposición entre concepción pluralista de la sociedad versus corporativismo es la
principal bisagra sobre la que se mueven las teorías de generación espontánea de movimientos. Bajo un criterio pluralista la aparición de estas nuevas tendencias no es nueva ni sorprendente, pues se entiende fruto de búsqueda de soluciones a problemas determinados. Sin embargo, Wilson asegura que esos movimientos de los que se ha venido hablando tienen un carácter diferenciador, pues buscan fuertes impactos en la opinión pública para modificar hábitos en los gobernantes, antes que acometer ellos mismos las reformas apropiadas. Eso generó que esos propios movimientos quisieran estar fuera, o incluso ir en contra del sistema, lejos de lo que se tenía previsto, que era incluir en éste a los nuevos actores. “Los nuevos movimientos sociales de los años 70 no aspiraban a integrarse en la política convencional[1], porque ellos mismos eran conscientes de lo que Lowi (1971) vino a llamar la “ley de hierro de la decadencia”, que no es más que la corroboración de que cualquier grupo una vez en el sistema se acomoda y pierde su combatividad.

Por otro lado, el neocorportativismo interpreta el surgimiento de los nuevos movimiento sociales desde otro punto de vista. Esta corriente interpreta la relación directa entre grupos reducidos de élites y el estado. Por lo que la aparición de grupos nuevos debe estar verificada y validada por los existentes y/o el propio estado. Debido a este esquema, las estructuras de poder están marcadamente definidas y no existe contaminación posible que salga de lo preestablecido o diseñado para el correcto funcionamiento del estado. “El neocorporativismo contribuye a la formación de dirigentes rutinarios carentes de receptividad ante las necesidades y preocupaciones de la base[2], resume Wilson certeramente. Sabido esto, es sencillo comprender que este sistema evita los problemas nuevos y viejos que se salen del ámbito del consenso, y los que se ven afectados por ellos hallan poca o nula receptividad por parte de los grupos del sistema. Es la pescadilla que se muerde la cola. Por lo que como el propio Wilson subraya, la única opción que queda es la formación de un grupo nuevo capaz de hacer presión en torno al asunto desatendido.

Se da además una paradoja en el sistema corporativista, aunque no contempla la aparición de nuevos grupos o movimientos, sí que por su propia naturaleza los propicia, a partir de sectores marginados que intentan llamar la atención. En definitiva, el corporativismo nace con la idea de control y estabilidad pero genera todo lo contrario. Esto lleva a la conclusión que en marcos de gobierno más pluralista los movimientos sociales se dan con mucha menos importancia que en otros más corporativistas.

Sin embargo, la contrastación empírica de estos hechos no es, como dice el propio Wilson, nada fácil. A partir de este punto el capítulo recoge una serie de gráficos y análisis estadísticos de los años ochenta del pasado siglo, en los que se valora la participación social en diferentes países del mundo, a través de la óptica de varios autores. Resultados que en pocas ocasiones coinciden. Dada la variedad de resultados, y como Wilson indica, “dado que los distintos modelos de relaciones entre grupos de intereses y estados no dan cuenta de la variedad de efectos de los nuevos movimientos sociales, vale la pena buscar otras explicaciones[3], y para ello centra el interés de su ensayo en el caso francés. 

Llegando a algunas conclusiones como:

  • Allí donde las entidades representativas normales logran asumir con éxito los nuevos problemas, los nuevos movimientos surgen con mayores dificultades.
  • Los movimientos sociales con más éxito se han organizado en torno a una temática concreta (sin embargo en Francia esa causa no apareció).
  • Allí donde los sistemas políticos son cerrados, donde las protestas tienen escasas oportunidades para afectar a la vida política, los movimientos sociales no logran atraer a tantos seguidores y activistas.
  • Allí donde los sistemas políticos están abiertos a la influencia de las luchas reivindicativas y de los que están fuera del sistema, es más fácil que florezcan los movimientos.


Concluye Wilson en que los movimientos sociales ha afectado en la vida política de la mitad del siglo XX, pero su impacto ha sido diferente en los países en los que se han desarrollado. Y por eso el último punto anterior pareciera contradictorio con lo que se ha dicho. La conclusión de Frank Wilson derrota toda la hipótesis determinista sobre el mayor auge de movimientos sociales en países con gobiernos corporativistas que al contrario.

Por último, el autor considera que a los grupos políticos tradicionales no les ha quedado, de una forma u otra, más que comprender y atender estas peticiones y tener en cuenta la aparición espontánea de esos movimientos para dialogar con sus actores, como única forma de conciliación y adaptación a los nuevos escenarios.



[1] Wilson (1992:103)
[2] Wilson (1992:105)
[3] Wilson (1992:115)

lunes, 3 de junio de 2013

Los nuevos movimientos sociales (1992) Russel J. Dalton y Manfred Kuechler Parte II


Valores, ideología y movilización cognitiva en los movimientos sociales

Inglehart analiza las diferencias entre los conceptos de valores arraigados en la sociedad y los de movilización cognitiva, los cuales se enfrentan con una nota de contenido
diferente entre sí y no se pueden interpretar como sinónimos. Los primeros, quizás sean los que mueven al contenido político clásico mientras que los segundos, son los característicos de acciones concretas de grupos sociales, alejados de estructuras clásicas de partidos u organizaciones regladas.

No obstante, Inglehart coincide en que son cuatro los factores que unifican ambas actitudes, a saber: “ciertos problemas objetivos; redes organizativas; valores pertinentes al caso que generan ciertas motivaciones; y ciertas capacidades[1]. Más adelante el propio autor especifica que los movimientos sociales, tradicionalmente, se han movido por una serie de problemas concretos como la degradación del medio ambiente, los problemas de la mujer, la frialdad de la sociedad industrial, el peligro de la guerra, etc., hechos que se conforman como desencadenantes de acciones concretas, mientras que los valores como tales, se asimilan en el proceso de socialización de un individuo.

Ambas cosas no pueden ir por separado ni en el concepto de política clásico ni en el de movimiento social, es imposible diluirlos. Así el primer concepto está inmerso también en el factor “movilización cognitiva”, porque sin él sería imposible desarrollar habilidades políticas requeridas para afrontar las actividades políticas en una sociedad. Mientras que los valores, esa circunstancia que llega a mover a personas incluso sin formación política, tienen una gran y fuerte componente afectiva, sin embargo no se ponen en “práctica ejecutiva” a menos que sucedan circunstancias determinadas de límites.

Una vez explicado todo ello, Inglehart vuelve a la dicotomía que ya se repite en otros autores: el binomio materialista/postmaterialista ha desempeñado un papel crucial en el auge de los movimientos sociales. Éstos nacen a partir de que la formación, la culturalización de las masas, haya hecho que la movilización cognitiva de los grupos sociales, permita movilizar a los individuos. Las habilidades políticas de la sociedad, una vez se hayan superado los índices más bajos de analfabetismo y se haya aumentado el conocimiento cultural, se han disparado y eso ha facilitado la acción.

Los ejemplos son claros: el auge del ecologismo no se debe a que el medio se encuentre peor que antes, sino a que la sociedad es capaz, y tiene elementos de juicio para hacerlo, para darse cuenta de los problemas que conllevan situaciones no sostenibles. Lo mismo ocurre con el caso de la explotación de las mujeres o los niños, o el miedo a la guerra.

El postmaterialismo es capaz de analizar fríamente los pros y los contras del estado del bienestar, y diluye las diferencias de clases, hándicap establecido en el sistema tradicional para beneficiarse de las diferencias. Por lo tanto, los nuevos movimientos sociales, basados en este criterio postmaterialista, pretenden relaciones menos jerárquicas, más íntimas e informales con los demás.

Hay una cita en este capítulo que puede servir como un claro ejemplo a esta teoría: “El auge de los nuevos movimientos sociales no proviene sólo de los valores, sino que refleja también en cierta medida una intervención ideológica explícita. Pero la elección entre los valores e ideología es una falsa alternativa. Ambos desempeñan un papel”[1]. Todo ello ha desembocado en una nueva interpretación de los grupos derecha e izquierda, afectando así directamente a los clásicos agrupamientos ideológicos establecidos en la estructura política, otra cita de Inglehart es meridiana al respecto: “Hoy la gente es de izquierdas porque es ambientalista y no al revés[2].

Se explica pues que los valores materialistas se basan en la seguridad económica y física mientras que los llamados postmaterialistas lo hacen en otros conceptos como la expresión de sí mismo y la calidad de vida. La adopción o cambio de unos en otros se ha hecho, en los años establecidos (finales de los 50 a la actualidad), posible gracias a que se han puesto de relevancia como necesarias: las necesidades de pertenencia a una comunidad, de estima y de satisfacción intelectual y estética. Finalmente, la adopción de estas circunstancias nuevas se producen habitualmente después de periodos de prosperidad, mientras que el declive económico fomenta lo contrario.

A partir de aquí el capítulo tercero se convierte en análisis estadísticos basados en datos de los eurobarómetros pertenecientes a los años 70, entre los que se analizan por edades los valores materialistas y postmaterialistas. En ese primer estudio se evidencia que los segundos son más propios de individuos con menos edad, mientras que los de mayor edad siguen pensando en una clave materialista.

El siguiente cuadro analiza la distribución de los miembros de los movimientos sociales según su adhesión a los valores materialistas o postmaterialistas CUADRO 3.1 (página 84); y en el CUADRO 3.2 (página 86) se vuelven a contabilizar, desde 1982 a 1986, por países las implicaciones de ambos grupos en movimientos pacifistas. Por último el CUADRO 3.3 (página 88)  resume datos del eurobarómetro de 1986 analizando pertenencias a grupos relacionados con definiciones ideológicas, grado de movilización cognitiva y jerarquía de valores. Siguen dos análisis más CUADROS 3.4 y 3.5 (Pp. 90-91)  en los que se abordan ya las pertenencias a estructuras dadas, desde movimientos sociales hasta definiciones ideológicas cerradas. Varios análisis más pretenden desglosar por cada uno de los epígrafes de estudio el perfil del integrante de los movimientos sociales y su presencia en la sociedad europea. Sin duda se trata de un detallado análisis estadístico, más quizás ya sólo sirvan para establecer un perfil histórico dado que las circunstancias, desde los 80 a ahora han cambiado notablemente en Europa, incluidos los periodos de crisis actual.

Sin embargo, se pone de manifiesto que en la actualidad (1950 a hoy) los movimientos sociales pueden congregar a miles de activistas en todo el mundo, movilizaciones que pueden afectar o no a las decisiones políticas, más se tendrán en cuenta indudablemente. Se asegura un dato de nuevo para la conclusión de este capítulo: “los movimientos contemporáneos florecen bajo un gran periodo de prosperidad[1], enfrentándolo a una actuación conservadora en épocas de crisis. Pero en la actual crisis económica, esto no se ha producido así, desencadenándose nuevos movimientos (en España 15M, Stop  Desahucios, etc.) en periodos de recortes sociales y disminución del poder adquisitivo de las personas.



[1] Inglehart (1992:98)




[1] Inglehart (1992:75)
[2] Inglehart (1992:76)




[1] Inglehart (1992:71)