sábado, 8 de junio de 2013

Los nuevos movimientos sociales (1992) Russel J. Dalton y Manfred Kuechler Parte VII


Aspectos cíclicos de los nuevos movimientos sociales: fases de crítica cultural y ciclos de movilización del nuevo radicalismo de las clases medias. Karl-Werner Brand (págs. 45-69)

Como ya se explicó en el primer capítulo, se establece aproximadamente el decenio de los 60 del pasado siglo como punto de partida para la consolidación de los nuevos movimientos sociales. Es en esta época cuando comienzan a florecer grupos defensores de intereses generales, acción cívica, comunitaria, vecinos y autoayuda; además de apoyo a los derechos civiles, rechazo a las guerras (Vietnam), feminismo, la paz, contra la energía nuclear, etc…

Antes, en la década de los 50, existía cierta apatía relacionada quizás con una dejación de
interés, la cual era necesaria para la solidificación de la democracia. Dicha apatía generó el efecto contrario basado en la movilización social y política. Así, se explica que las reacciones se establecieron en diversos factores como: reacción a los problemas producidos por el crecimiento industrial, reorganización estado-sociedad-economía; conflictos entre la política materialista y la postmaterialista; rebelión de las nuevas clases instruidas y coartadas por problemas económicos; y unas oleadas “renacentistas” de disconformidad con las contradicciones de los sistemas modernos. El autor, sin embargo, asegura que ninguna de estos factores, propuestos por otros tantos autores, se pueden clasificar como únicos ni causantes exclusivos de la generación de nuevas corrientes sociales.

Una vez establecidas esas causas conjuntas, o circunstancias estructurales, Karl Werner Brand llega a la conclusión de que estos movimientos nuevos son “expresiones específicas de radicalismo de las clases medias”.

Por otro lado, los factores que “la mayoría de los observadores” encuentran en común en estos movimientos coinciden en que: estos grupos no se ocupan de modificar el poder económico ni político sino de trabajar por la forma y calidad de vida de los ciudadanos, que los partidarios o militantes pertenecen a clases medias instruidas, que no participan de estructuras políticas e ideológicas coherentes, sino que fluctúan sobre el pluralismo, que entienden la descentralización y la autonomía como clave para llevar a cabo sus presupuestos y que al fin y al cabo dan lugar a un nuevo sistema político “no convencional”.
Todas estas circunstancias vienen dadas por dos factores predominantes, según el autor: atenuación de los conflictos de clases e interés por problemas generales como ecológicos, autodestrucción nuclear y riesgos de la tecnología.

El siguiente subcapítulo analiza el paso que ya indicamos entre la apatía de los 50 y la efervescencia de los 60. Pero junto a este renacimiento se generan otras tendencias críticas con la modernidad: Tres son las grandes líneas que propician estas evoluciones: una crítica a las sociedades premodernas, rurales y de base religiosa; en segundo lugar una percepción de evolución desordenada “trasnvaloración de todos los valores”, según Nietzche; pérdida del estatus, y por último un gran desilusión artística, tanto estética como moral.

En los 50 el crecimiento económico conlleva un aumento de bienes materiales, como la inclusión de la electricidad y lo que ello conllevaba, supermercados, publicidad, la conversión de la ciencia y tecnología en fuerzas dominantes, la disolución de las clases sociales como se conocían hasta el momento. Comenzó el “fin de las ideologías”, en favor de la “sociedad opulenta”. Llega luego la guerra fría y las circunstancias materialistas del capitalismo.

Pero en los 60 se produce un brusco giro de los intereses particulares a los comunitarios. Y empezaron a verse las fallas de este sistema individualista de la sociedad opulenta, para lanzarse de nuevo el interés por los valores de libertad, autodeterminación e igualdad de oportunidades. La frase: “Las generaciones más jóvenes, sirviéndose del baremo de las promesas modernistas de felicidad, consideraban que la vida en una sociedad centrada en la adquisición de bienes y en la funcionalidad resultaba tediosa, vacía y alienante” es un perfecto resumen para buscar un germen que dé una respuesta a las actitudes incipientes. Sin embargo la propia evolución cronológica llevóa a que en los 70 las perspectivas se ensombrecieran, cayeron las inquietudes y confianza en la mejora del sistema y comenzaron a florecer nuevas tendencias dogmáticas, relacionadas con la nueva izquierda, algunas incluso llegando a rozar el terrorismo. Nace de nuevo un cierto individualismo, pero en este caso trascendental que empuja a los grupos sociales a buscar el bienestar a través de técnicas relacionadas con la salud y la mejora física y psíquica, meditación, religiones orientalizantes, etc…

No obstante, el viraje es subjetivo, como explica el autor, y las tendencias continúan reivindicando autonomía regional, cultural y política. Se vuelve a la interioridad. “Las clases medias urbanas empiezan a aspirar a formas de vida simples, saludables y naturales. También creció la nostalgia por formas de vida premodernas y la fascinación por las experiencias místicas, holísticas y no científicas”.

En el capítulo de precedentes, Karl Werner Brand considera que son varias las semillas que dan lugar al jardín de los nuevos movimientos sociales: el movimiento de las mujeres en Gran Bretaña y Alemania de mediados del XIX, el pacifismo organizado nacido al terminar las guerras napoleónicas; y el ambientalismo nacido en la campaña victoriana de defensa de los animales. Y todos ellos agrupados por pautas generales como simultaneidad de todos ellos, paralelismo de ciclos de movilizaciones en diferentes países, y aparición en periodos concretos separados por unos 60 o 70 años.

Por último, el artículo finaliza con una enumeración de las peculiaridades de periodos de crítica de la modernización basados primero en Europa y Estados Unidos.
Entre 1030 y 1840 se establecen las primeras diferencias entre las eras industriales y las agrarias, entre la aristocracia y la clase media, y por ello se arrancan las primeras críticas a los cambios de modelo, y un romanticismo nuevo comenzó a fraguarse, basado en un celo reformista en lo social, utopismo, rebelión y escapismo.

Pero es en el cambio de siglo cuando se extiende una amplia ola de antimodernismo, de crítica a los nuevos valores de emergencia económica y diferencias sociales. El progreso material vuelve a ser la causa de disconformidad, en una clase media que busca profundidad lejos de las fachadas irreales. La mentalidad del fin de siglo se expresó en el escepticismo moderno y la conciencia mórbida así como en el esteticismo melancólico de los decadentes. Todo ello dio lugar a que a comienzos del XX se generó un activismo regenerador orientado hacia una propoensión optimista y liberal de ruptura con todos los lazos tradicionales.

Por último una conclusión cierra el capítulo en la que se indica que los nuevos movimientos sociales y de sus precursores hallan un terreno fecundo en épocas en que se generalizan las actitudes de la crítica cultural. Incluyendo fechas de generalización de esta crítica relacionadas con periodos de bienestar y prosperidad económica.