martes, 4 de junio de 2013

Los nuevos movimientos sociales (1992) Russel J. Dalton y Manfred Kuechler Parte III


Neocorporativismo y auge de los movimientos sociales

Frank Wilson arranca su estudio sobre los movimientos sociales haciendo hincapié en las diferencias entre los nuevos movimientos sociales, nacidos a mita del siglo XX, y los movimientos tradicionales políticos conocidos hasta ese momento. Una de las columnas donde se asientan sus presupuestos es la de asegurar que los nuevos movimientos sociales nacen por la incapacidad de los grupos existentes para dar soluciones a los problemas más acuciantes, incluso para adoptar papeles representativos sociales.

La oposición entre concepción pluralista de la sociedad versus corporativismo es la
principal bisagra sobre la que se mueven las teorías de generación espontánea de movimientos. Bajo un criterio pluralista la aparición de estas nuevas tendencias no es nueva ni sorprendente, pues se entiende fruto de búsqueda de soluciones a problemas determinados. Sin embargo, Wilson asegura que esos movimientos de los que se ha venido hablando tienen un carácter diferenciador, pues buscan fuertes impactos en la opinión pública para modificar hábitos en los gobernantes, antes que acometer ellos mismos las reformas apropiadas. Eso generó que esos propios movimientos quisieran estar fuera, o incluso ir en contra del sistema, lejos de lo que se tenía previsto, que era incluir en éste a los nuevos actores. “Los nuevos movimientos sociales de los años 70 no aspiraban a integrarse en la política convencional[1], porque ellos mismos eran conscientes de lo que Lowi (1971) vino a llamar la “ley de hierro de la decadencia”, que no es más que la corroboración de que cualquier grupo una vez en el sistema se acomoda y pierde su combatividad.

Por otro lado, el neocorportativismo interpreta el surgimiento de los nuevos movimiento sociales desde otro punto de vista. Esta corriente interpreta la relación directa entre grupos reducidos de élites y el estado. Por lo que la aparición de grupos nuevos debe estar verificada y validada por los existentes y/o el propio estado. Debido a este esquema, las estructuras de poder están marcadamente definidas y no existe contaminación posible que salga de lo preestablecido o diseñado para el correcto funcionamiento del estado. “El neocorporativismo contribuye a la formación de dirigentes rutinarios carentes de receptividad ante las necesidades y preocupaciones de la base[2], resume Wilson certeramente. Sabido esto, es sencillo comprender que este sistema evita los problemas nuevos y viejos que se salen del ámbito del consenso, y los que se ven afectados por ellos hallan poca o nula receptividad por parte de los grupos del sistema. Es la pescadilla que se muerde la cola. Por lo que como el propio Wilson subraya, la única opción que queda es la formación de un grupo nuevo capaz de hacer presión en torno al asunto desatendido.

Se da además una paradoja en el sistema corporativista, aunque no contempla la aparición de nuevos grupos o movimientos, sí que por su propia naturaleza los propicia, a partir de sectores marginados que intentan llamar la atención. En definitiva, el corporativismo nace con la idea de control y estabilidad pero genera todo lo contrario. Esto lleva a la conclusión que en marcos de gobierno más pluralista los movimientos sociales se dan con mucha menos importancia que en otros más corporativistas.

Sin embargo, la contrastación empírica de estos hechos no es, como dice el propio Wilson, nada fácil. A partir de este punto el capítulo recoge una serie de gráficos y análisis estadísticos de los años ochenta del pasado siglo, en los que se valora la participación social en diferentes países del mundo, a través de la óptica de varios autores. Resultados que en pocas ocasiones coinciden. Dada la variedad de resultados, y como Wilson indica, “dado que los distintos modelos de relaciones entre grupos de intereses y estados no dan cuenta de la variedad de efectos de los nuevos movimientos sociales, vale la pena buscar otras explicaciones[3], y para ello centra el interés de su ensayo en el caso francés. 

Llegando a algunas conclusiones como:

  • Allí donde las entidades representativas normales logran asumir con éxito los nuevos problemas, los nuevos movimientos surgen con mayores dificultades.
  • Los movimientos sociales con más éxito se han organizado en torno a una temática concreta (sin embargo en Francia esa causa no apareció).
  • Allí donde los sistemas políticos son cerrados, donde las protestas tienen escasas oportunidades para afectar a la vida política, los movimientos sociales no logran atraer a tantos seguidores y activistas.
  • Allí donde los sistemas políticos están abiertos a la influencia de las luchas reivindicativas y de los que están fuera del sistema, es más fácil que florezcan los movimientos.


Concluye Wilson en que los movimientos sociales ha afectado en la vida política de la mitad del siglo XX, pero su impacto ha sido diferente en los países en los que se han desarrollado. Y por eso el último punto anterior pareciera contradictorio con lo que se ha dicho. La conclusión de Frank Wilson derrota toda la hipótesis determinista sobre el mayor auge de movimientos sociales en países con gobiernos corporativistas que al contrario.

Por último, el autor considera que a los grupos políticos tradicionales no les ha quedado, de una forma u otra, más que comprender y atender estas peticiones y tener en cuenta la aparición espontánea de esos movimientos para dialogar con sus actores, como única forma de conciliación y adaptación a los nuevos escenarios.



[1] Wilson (1992:103)
[2] Wilson (1992:105)
[3] Wilson (1992:115)