Mostrando entradas con la etiqueta Manuel Castells. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Manuel Castells. Mostrar todas las entradas

sábado, 19 de marzo de 2016

Elitización: propuesta en español para el término gentrificación. Luz Marina García Herrera


Durante las últimas tres décadas del siglo pasado, los entornos urbanos del mundo desarrollado han visto una gran transformación de parte de sus áreas centrales, algo que ha afectado a los núcleos de población populares. Este fenómeno se ha pasado a llamar, en el ámbito anglosajón, gentrification (Ruth Glass, 1964).
 
Luz Marina García Herrera (2001) afirma que este concepto se usó para referirse al traslado de sectores de clase media a barrios populares de Londres en los que se rehabilitaban viviendas humildes y abandonadas. A partir de la misma experiencia en París, Castells (1974) hace uso del término “reconquista urbana” (García Herrera, 2001:2), planteando que el proceso de esas rehabilitaciones respondía más al cambio de la ocupación social del espacio que a la mejora de la vivienda.

En un primer momento, y según sostiene esta autora, los estudios dedicados al análisis de la gentrification tuvieron un carácter eminentemente empírico, escaseando los trabajos teóricos al respecto hasta finales de los años setenta.

Desde un punto de vista teórico, nacen dos corrientes interpretativas contrapuestas, una que entendía la gentrification como un cambio en las preferencias de consumo del individuo, y otra que daba importancia al rol de los agentes institucionales.

Autores como Smith (1996) interpretan la gentrification como una recuperación de la ciudad por parte de las clases altas anglosajonas, si bien para otros estudiosos este término se relaciona más bien con las oportunidades de consumo y el estilo de vida de las clases medias.

Los términos en lengua española para denominar la gentrification. Una propuesta alternativa: elitización

Si nos desplazamos al contexto hispanohablante García Herrera subraya que se ha recurrido a varias denominaciones del fenómeno, tales como “recualificación social”, “aburguesamiento”, “aristocratización”, “gentrificación” y “elitización residencial”; no obstante, ante la necesidad de recurrir a una expresión que aluda a la cualidad esencial de este fenómeno, esta autora propone la adopción del término elitización, ya que apunta a la esencia de clase que se relaciona con el proceso, y permite la inclusión de los segmentos de carácter medio-alto (García Herrera, 2001:4). De esta manera se incluye en este término el concepto de élite, fundamental para entender este proceso, entendiendo élite como un grupo privilegiado que protagoniza la vida social y la toma de decisiones. Las élites cuentan con un capital económico y cultural suficiente para modificar espacios hasta identificarlos con una concepción social excluyente, algo que han aprovechado también los promotores inmobiliarios para potenciar la producción y el consumo relacionados con criterios de exclusividad.

-->
García Herrera, L.M. (2001) Elitización: propuesta en español para el término gentrificación. Revista Bibliográfica De Geografía Y Ciencias Sociales Vol. VI, nº 332, 5 de diciembre de 2001. Universidad de Barcelona.
 

domingo, 16 de febrero de 2014

“Los nuevos ricos se han metido en su castillo y han levantado barricadas”

Artículo de Esteban Hernández publicado el 04/02/2014 en El Confidencial

Bauman, durante su visita a Madrid (Efe)
Sonríe feliz cuando encuentra un cenicero en la sala que la Fundación Rafael del Pino ha habilitado para las entrevistas de prensa. Fumador empedernido, tiene su pipa (apagada) a mano durante la conversación, en la que muestra una vitalidad inesperada para sus casi noventa años. Zygmunt Bauman, nacido en Polonia en 1925, reside en el Reino Unido desde 1971, donde fue profesor en la Universidad de Leeds, pero fue a partir de los 90 cuando su obra se popularizó, convirtiéndose en el sociólogo de referencia, gracias a aportaciones conceptuales como sociedad líquida. Autor prolífico de éxito tardío, asegura escribir lo mismo que antes, sólo que ahora se lo publican. España le concedió en 2010 el premio Príncipe de Asturias de Humanidades, exaequo con Alain Touraine.
En su último libro publicado en España, ¿La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos? (Paidós), Bauman refuta esas tesis populares según las cuales vivimos en un mundo mejor porque hay más riqueza global. ”Podemos valorar cómo está el mundo haciendo una media, pero el ser humano medio no existe, es una ficción estadística. Una investigación muy iluminadora, realizada por Richard Wilkinson y Kate Pickett [editada por Turner en España con el título Desigualdad], muestra cómo la calidad de vida de una sociedad no se mide a través del ingreso medio, sino mediante el grado de desigualdad en los ingresos. El alcoholismo, la violencia, la criminalidad y demás patologías sociales aumentan cuando lo hacen las desigualdades aunque la riqueza global se incremente”.

No nos encontramos en un buen momento, asegura el sociólogo, porque estamos de repliegue, regresando a cotas de desequilibrio que creíamos haber abandonado para siempre. Bauman señala que en los treinta años posteriores a la Segunda Guerra Mundial las políticas estatales intentaron que aumentase la riqueza total, pero también que su distribución alcanzase al mayor número de gente posible, de modo que cada vez más personas pudieran incorporarse a una situación de bienestar. Sin embargo, a partir de los 70, esa tendencia cambió de sentido, acelerándose ahora de modo preocupante. Bauman recurre a palabras del Papa Francisco para señalar cómo esas diferencias en los ingresos se han hecho demasiado evidentes: “las ganancias de una minoría están creciendo exponencialmente, lo que provoca que también crezca la brecha que separa a la gran mayoría de la prosperidad que disfrutan esos pocos felices”.
“Nadie se siente seguro hoy. Nadie confía en el porvenir”
Las consecuencias sociales de esa separación son notables. En primera instancia, porque construyen una perspectiva vital radicalmente distinta. Según el autor de La posmodernidad y sus descontentos, en las sociedades de mediados de siglo XX existía una clase media que miraba confiada hacia el futuro, en el cual se veía viviendo mejor, y un menguante proletariado integrado por personas que vivían muy cerca o por debajo de la línea de pobreza. Pero hoy “esa distinción se está borrando. La clase media y los proletarios forman parte ya de una clase conjunta, el precariado, gente que no está segura de su futuro. Las leyes del mercado implican que tu compañía pueda ser devorada por otra y tú te vayas a la calle, perdiendo de pronto todo lo ganado en una vida. Nadie se siente seguro hoy. Nadie confía en el porvenir”. 
Un ejemplo significativo de esa pérdida de horizonte vital aparece en las nuevas generaciones “que son las primeras desde 1950 que no inician su trayectoria a partir de lo logrado por sus padres, sino que están preocupadas tratando de alcanzar y recrear las condiciones bajo las que han vivido. No miran al futuro, están replegadas y a la defensiva, y ese es un cambio muy poderoso”.

En segundo lugar, porque una brecha de tal magnitud provoca que la sociedad pierda toda cohesión. El autor de Trabajo, consumismo y nuevos pobres señala que los buenos indicadores macroeconómicos eran celebrados “porque antes pensábamos que la riqueza que se generaba arriba iría filtrándose hacia abajo y acabaría beneficiando al conjunto. Pero los nuevos millonarios han construido una barricada respecto del resto de la población. Se han encerrado en el castillo y han levantado los puentes levadizos”.  
Esa actitud implica también la ruptura del pacto no escrito según el cual los privilegios conllevaban también obligaciones. Ese deber moral que los más favorecidos tenían respecto de las personas que convivían con ellos se concretó en una serie de acciones políticas y empresariales que Bauman ejemplifica en el instante en que Henry Ford, a principios del siglo XX, “dobló el salario a sus trabajadores argumentando con humor que quería tener empleados que pudieran comprar los coches que fabricaba. Al hacer eso, consiguió que fueran fieles a su empresa, pero al mismo tiempo estableció una relación de dependencia mutua. Ahora esa relación ha sido cancelada de forma unilateral”.

Un ‘doble vínculo’ fatal

Bauman (Efe)
Ese sentido de la responsabilidad se pierde porque las nuevas élites se han desvinculado de los territorios en los que residen. “Carecen de sentimiento de pertenencia, por lo que no tienen ningún lazo con la que gente que les rodea. Les basta con un portátil para trasladar toda su fortuna a otro país más complaciente…”. La separación de este deber moral hace las sociedades mucho más inhóspitas, ya que los lazos sociales se rompen inevitablemente cuando el objetivo pasa a ser la mera supervivencia. “Hemos entrado en un mundo sin piedad en el que tienes que demostrar a tu jefe que eres irremplazable, y donde tu principal objetivo es que no te echen cuando llegue la siguiente ronda de recortes”. En ese contexto, también las posibilidades de resistencia se debilitan, “porque cuando rebelarte sólo conlleva que te despidan y hacer huelga sólo provoca que los dueños cierren la empresa y se la lleven a un país en el que los sueldos son muy bajos, es más que probable que nadie se movilice”.

Esta situación de manos atadas que vivimos en lo laboral es una característica que define plenamente a nuestras sociedades, en las que el gran problema ha pasado de ser ‘qué podemos hacer’ a ‘quién va a hacerlo’. Según Bauman, nos metemos con los políticos diciendo que son corruptos, que no tienen corazón o que sólo se preocupan de su propia agenda, pero aunque fueran honestos y sabios seguirían teniendo que enfrentarse a lo que Gregory Bateson llamó doble vínculo, un mandato en el que deben realizarse dos órdenes contradictorias al mismo tiempo. Por una parte, “los políticos saben que tienen que someterse a la reelección, y por tanto deben escuchar a la gente y prometerles aquello que les piden, pero por otro tienen que lidiar con ese estrato que Manuel Castells llamó espacio de los flujos, donde habitan desde el capital financiero hasta las mafias, y que resiste muy fácilmente a los poderes locales. Si no hacen lo que quieren, se marchan a otro sitio más hospitalario. Si los políticos siguen el deseo de sus votantes, serán reelegidos, pero no podrán llevar a cabo lo que prometieron; si se someten a lo que se les pide desde este poder transnacional, serán alabados, pero no reelegidos. Tienen que reconciliar lo irreconciliable”.
Según Bauman, hace treinta años, los gobiernos nacionales tenían en sus manos los resortes necesarios para activar las políticas que decidían. Hoy sin embargo, “vivimos un divorcio entre el poder y la política. Ésta se mantiene local, igual que en siglo XX, mientras que el poder real, el que se reside en los flujos, es extraterritorial. Los estados fueron creados para que las naciones controlaran sus propios destinos, pero ahora no están preparados para manejar la nueva situación”. 

Artículo de Esteban Hernández publicado el 04/02/2014 en El Confidencial

domingo, 23 de diciembre de 2012

La izquierda ha desaparecido

Artículo de Francesc Arroyo publicado en El País el 17 de diciembre 2012


El catedrático de Sociología
Manuel Castells. / MASSIMILIANO MINOCRI

De la indignación a la esperanza es el camino descrito por el sociólogo Manuel Castells (Hellín, Albacete, 1942) en los movimientos de protesta que han sacudido los países árabes y Occidente, con especial presencia en España. Un movimiento que se gesta en las redes informáticas y cuaja en los espacios urbanos ocupados: desde la Puerta del Sol o la plaza de Tahrir hasta Wall Street. Castells, catedrático en la Universidad del Sur de California, ve ahí el germen del cambio hacia formas de democracia más participativas. Lo explica en su última obra Redes de indignación y esperanza (Alianza).
Pregunta. Haga balance del movimiento de los indignados.
Respuesta. Va por países. En Islandia se nacionalizaron los bancos, se echó a los dos partidos que la gobernaban desde 1927, se creó un nuevo gobierno con democracia participativa, se elaboró una nueva Constitución debatida por internet con miles de ciudadanos interviniendo. Fue una revolución, pacífica, pero una revolución. En algunos países árabes se acabaron las dictaduras. Se puede pensar si el islamismo gusta más o menos, pero es otra cosa. Dictaduras inalteradas durante décadas se acabaron en semanas. En Túnez. En Egipto. En otros casos, los gobernantes avisados convirtieron las revueltas en guerra civil. En Estados Unidos la distinción entre ricos y pobres era ajena a la cultura americana y ahora es un asunto vivo y ha tenido un efecto electoral de segundo grado en la campaña, a favor de Obama.

P. ¿En España?
R. España es el país de Europa donde el sistema político ha mostrado menos sensibilidad ante la protesta, y con los dos grandes partidos de acuerdo en ignorarla. El caso más dramático es el de las hipotecas. Los suicidios han disparado la alarma social, pero hace más de un año y medio que viene planteándose sin respuesta. La opinión pública ha registrado las críticas del 15-M. Las encuestas señalan un 70% de apoyo, pero también registran que apenas se cree que haya capacidad de cambio. Ha cambiado la conciencia de la gente, pero el sistema político se mantiene impermeable. Y esto puede degenerar en enfrentamientos y en violencia.
P. Una violencia que el movimiento rechaza de plano
R. Sí, pero hay un caldo abonado por las provocaciones policiales (en España las hay) y la rabia de los jóvenes. Con una sociedad movilizada, indignada, sin respuesta institucional creíble, es difícil evitar la violencia. Espero que no la haya y mucha gente del 15-M lo espera también. Pero hablamos de un movimiento, no de un partido, no de una organización hermética que puede controlar la rabia de la gente.
P. Usted señala que parte de la desconfianza hacia los partidos se debe a que son percibidos como subordinados al capitalismo financiero. Pero anota que no hay un rechazo del capitalismo
R. Dentro del movimiento hay una tendencia que es anticapitalista, pero no todo el movimiento lo es. Lo que se rechaza es el sistema financiero como funciona ahora. Su indignidad e inmoralidad. Y también la subordinación de las instituciones y los partidos a este estado de cosas. El movimiento parte del malestar económico y social, pero es sobre todo un movimiento político que exige la democracia real. Denuncia la falta de alternativa. Salvo que se entre en el sistema político, pero para eso está la ley electoral española que bloquea la entrada de minorías importantes. El movimiento ha hecho varias propuestas razonables de democratización del sistema electoral porque la sociedad ha cambiado, pero el sistema político no cambia. Y es imprescindible restablecer la conexión.
P. En un momento del libro sintetiza usted algunas de esas propuestas. De 12 que recoge, ocho son negativas
R. El movimiento es, sobre todo, un movimiento de crítica, de rechazo. A partir de ahí hay que abrir el debate. Y se ha abierto con formas tanto asamblearias como reticulares en Internet, esperando que de ese debate salgan fórmulas para el futuro que sean asumidas por la ciudadanía. Hay propuestas positivas: la reforma de la ley electoral, la modificación del sistema hipotecario, mecanismos de control sobre la banca. Lo que no hay es un programa, sino sería un partido y no lo es. Pero este movimiento ha generado más debate y ha creado más conciencia política que los partidos en los últimos 20 años. Y todos los cambios empiezan en la mentalidad de las personas. Más tarde ya se traducirá en votos. El problema es que ninguna de las propuestas políticas refleja hoy esta nueva sensibilidad.
P. De modo que, cuando hay elecciones, vencen las formaciones que defienden lo contrario
R. Es que la izquierda ha desaparecido. Hoy, en términos políticos, estamos en un periodo constituyente. No desaparecen los partidos conservadores, pero la izquierda está en crisis, pese a que hay un espacio de centroizquierda que no se llena porque la ley electoral funciona como mecanismo de bloqueo. De todas formas, van surgiendo alternativas.
P. A largo plazo
R. El movimiento español tiene un eslogan: “Vamos despacio porque vamos lejos”. Es decir, se trata de un movimiento muy autorreflexivo que tiene perspectiva histórica y que ha empezado a plantearse qué incidencia política se debe producir. Lo que no puede hacer es transformarse en partido, eso haría que perdiera su legitimidad movilizadora, pero pueden esperarse pactos entre nuevas formas organizativas y corrientes del movimiento. Claro, es necesario que el sistema político sea flexible. En Italia, por ejemplo, lo es; en España, no. Los partidos españoles se sienten acosados, creen que si se abren desaparecen. Y tienen razón, sobre todo, la izquierda. Y eso es dramático.
P. El movimiento se comunica a través de las redes informáticas, como antes los obreros se organizaban al coincidir en la fábrica
R. Todos los movimientos sociales nacen de la comunicación. El individuo aislado con su enfado no tiene fuerza. Puede suicidarse. Los suicidios son lo que precede a las revoluciones islámicas. La gente pasa de la humillación a la autodestrucción. La suerte es que existe un espacio de comunicación, internet, en el que muchos jóvenes viven. La gente se organiza donde vive. Los obreros se comunicaron en las fábricas, los jóvenes de hoy lo hacen en internet, pero es vital que luego ocupen el espacio público. Al ocupar un espacio público, la gente se da cuenta de que existe y de que puede imponer su derecho a la ciudad por encima de las reglas de tráfico. Lo que produce los cambios históricos es la combinación de un espacio de comunicación, un espacio de reunión, un espacio de incidencia política. Son viejas libertadas (de reunión, de expresión) traducidas a la era digital. Los movimientos nacen en la red y se organizan en el espacio urbano. Y como la ocupación del espacio urbano no se puede eternizar (a veces de eso se encarga la policía) se repliegan en la red, pero no desaparecen.
P. Una comunicación a la que el poder combate con la coacción y la manipulación
R. La dominación perfecta es la que no se siente. Puede ser por adhesión a los valores dominantes o por resignación y ahí los procesos de persuasión son fundamentales. Cuando fallan, se recurre a la coerción, pero los mejores sistemas de control son los que no necesitan del uso de la policía.
P. Resalta usted el papel de las emociones, del miedo que paraliza o la esperanza que estimula
R. La primera emoción que aparece es la indignación. El miedo atenaza a la gente. Miedo a perder lo poco que le queda. El miedo y la resignación paralizan a la gente. Esto salta cuando no se puede más. En ese momento se supera el miedo. La esperanza llega cuando superas el miedo y encuentras en las redes, en la calle, mucha gente que está como tú. Empieza al hablar con otro, al sentir con otro. Al percibir que no tenemos el poder pero estamos juntos y tenemos la razón con nosotros. Ése es el paso del miedo a la esperanza. No se producen efectos a corto plazo, pero aun así la gente se siente mejor protestando que quedándose en casa.

Artículo de Francesc Arroyo publicado en El País el 17 de diciembre 2012

domingo, 13 de noviembre de 2011

¿A quién sirve el euro?

Artículo del catedrático de Sociología y de Urbanismo en la Universidad en Berkley Manuel Castells publicado ayer 12 de noviembre en La Vanguardia.com ver aquí.


Ya no cabe duda sobre el talante antidemocrático de la UE. La propuesta de Papandreu de preguntar a sus conciudadanos si aceptaban vivir en austeridad espartana para poder pagar en euros desencadenó una tormenta financiera y política que entre amenazas e improperios de Merkozy y Cameron provocó la crisis del Gobierno griego y puso al país patas arriba.

¿Qué hay de malo en que la gente decida sobre su salud, su educación y su empleo? ¿Son temas demasiado complejos para el populacho? No exageren, que algunos tenemos más estudios que los mandamases. Con algunos colegas me comprometo a explicar clarito a los ciudadanos de qué va el euro y su crisis y a quiénes benefician y perjudican y cuáles son las distintas opciones posibles, incluida el repatriar al euro a Bruselas. A condición naturalmente de tener la misma información que se reservan financieros y gobernantes. El problema no es de complejidad, sino de democracia. A lo que más temen los políticos en estos momentos es a que los ocupen, a que les arrebaten ese poder delegado que mantienen mediante un mecanismo controlado de elecciones entre opciones encerradas dentro de límites sistémicos y legitimadas mediáticamente. Un referéndum, sin ser una forma perfecta de decisión popular, abre el abanico de posibilidades, siempre y cuando sea limpio. Había que ver a asesores políticos europeos aconsejando que si se hacia el referéndum se hiciera con una pregunta inteligente, o sea sesgada hacia lo que conviene. Hay, profundamente, arrogancia elitista y repulsión hacia la voluntad popular, por mucho que se disimule. Porque aunque se equivocara el pueblo, tiene derecho a hacerlo. Ya pasó el tiempo de los que nos salvaban porque no sabíamos lo que hacíamos.

En realidad no se trata de salvar al pueblo, sino de salvar al euro, como si esto fuera equivalente. ¿Por qué tanto interés? ¿Y de quién? Porque diez de los veintisiete miembros de la UE viven sin euro y algunas de sus economías (Reino Unido, Suecia, Polonia) son mucho más sólidas que la media de Unión. Defender el euro hasta el ultimo griego es la primera línea de defensa para una moneda que está condenada porque expresa economías divergentes y no tiene un estado que la respalde. Con Portugal e Irlanda en la UVI, España en la cuerda floja y una Italia en permanente crisis política y endeudada hasta las orejas de su histriónico ex líder, la franco-germana defensa del euro tiene otras explicaciones que la historia de terror que nos cuentan sobre la catástrofe financiera que ello implicaría con efectos devastadores en nuestro cotidiano como si la vida dependiera de la bolsa. La primera razón es obvia: salvar a los bancos, sobre todo alemanes y franceses, que prestaron sin garantías a Grecia y demás PIGS mediante la manipulación de cuentas que, al menos en el caso de Grecia, hizo la consultoría de Goldman Sachs (Por cierto, debe ser simple casualidad que Draghi, el flamante nuevo presidente del BCE también fuera empleado de Goldman Sachs). De entrada ya tienen que olvidarse del 50% de la deuda de Grecia, aunque no está claro quién acabará pagándola. Pero el otro 50% lo tienen que sacar de la sangre, sudor y lágrimas de los griegos, prestándoles nuestro dinero, para que el impago no quede impune. Si Grecia denunciara la deuda, como hizo Islandia a quien le va tan ricamente, un dracma devaluado en 60% haría impagable el resto de la deuda. Más aun, el efecto contagio en mercados financieros llevaría al impago de gran parte de la deuda soberana, llevando a la quiebra a los bancos que se aprovecharon del euro para prestar sin solvencia.

O sea, se trata de salvar a unos bancos concretos y, en términos más amplios, evitar una nueva crisis del sistema financiero. Se quiebran países para no quebrar bancos. ¿Pero por qué se hace? Al fin y al cabo, los Merkozy no son empleados de banca. Tienen sus intereses políticos, de país y personales. Alemania es la que realmente necesita que el euro sea la moneda europea y que sus socios no puedan devaluar. Porque el modelo de crecimiento alemán es en realidad el chino: crecer mediante exportaciones favorecidas por una moneda subvalorada y reducir salarios (reducción del 2% en términos reales en el último quinquenio). Si hubiese un euro-marco fuerte, Alemania perdería mercados en Europa y competitividad respecto a exportaciones españolas o italianas. Pero hay otra dimensión político-personal: tanto Merkel como Sarkozy necesitan establecer su liderazgo europeo tanto por razones de política interna como por proyecto de grandeza nacional que se tiene que disfrazar de europeo para no despertar viejos fantasmas. ¿Y las otras élites políticas europeas? Algo semejante ocurre, su importancia personal y de país se realza siendo cola del león europeo porque la ratonez de su ámbito les viene estrecha. Sentirse europeos, en un mundo en tránsito desde Norteamérica a Asia, les da la impresión de ser algo más que productos aldeanos del aparato de partido que tanto desprecian.

¿Y nosotros en todo esto? Cierto que el desbarajuste financiero que ocasionará (no hay errata de tiempo de verbo) el advenimiento de la euro-peseta causará problemas de transición en la economía y en nuestros bolsillos, en condiciones que dependen de cómo se produzca la transición. Pero se recuperaría la soberanía de política económica, se ajustaría la realidad monetaria y financiera a la economía real, se incrementaría la competitividad, ganando mercados externos e internos, habría una explosión de turismo que sería a precios de ganga. Se podría reactivar la economía emitiendo moneda. Y por tanto se incrementaría el empleo. Porque lo esencial es crecer, no flagelarse. Claro: habría inflación. Pero es la mejor receta para reducir deuda, incluida la de su hipoteca.

¿Y el sueño europeo? Pues hagámoslo con la gente, amándonos los unos a los otros, en lugar de ver quién paga la cuenta. Cuando piense euro, piense estafa. Cuando piense Europa, piense amigas.
MANUEL CASTELLS