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jueves, 19 de septiembre de 2013

Las formas de la desigualdad

Artículo de José María Ruiz Soroa publicado en El Pais el 17 de septiembre de 2013
Gracias a Víctor Riesgo por compartirlo.


Raquel Marín
Escribía el sociólogo Barrington Moore que la desigualdad ha sido un hecho universal en las sociedades humanas dotadas de escritura. Por ello, lo más interesante de este fenómeno no es tanto su pura constatación, ni siquiera la medición del grado cuantitativo que alcanza, sino el estudio de las formas concretas que adopta la desigualdad en cada sociedad y época concretas, así como los principios que cada cultura utiliza para legitimarlas a los ojos de sus miembros.
Dado que la desigualdad económica ha vuelto a ser un tema de actualidad, resulta conveniente analizar las formas más llamativas que adopta esa desigualdad hoy en día en una sociedad europea como la española. Porque si la desigualdad es una constante, las desigualdades son distintas: si hablamos solo de la primera de una manera genérica corremos el riesgo de recaer en clichés manidos que poco aportan a la comprensión de la realidad, por muy cargados de emoción que estén. Así sucedía hace poco en este diario con un autor que celebraba el redescubrimiento de que en la sociedad existen las clases que Marx estudió en su momento. Un hallazgo de más que dudoso valor.
Aquí queremos contextualizar en su particular diversidad dos de las más llamativas desigualdades económicas que tienen lugar entre nosotros. La primera, la de ese reducido estrato social que acapara una porción de renta descomunal por relación a su tamaño numérico, los que se suelen denominar como “upper-class”, y que en lenguaje más popular son “los ricos”. La segunda, la del amplísimo estrato de los que están excluidos del trabajo suficientemente remunerado, bien por hallarse en paro bien por poseer empleos que no proporcionan un nivel de vida digno.
Con respecto a los ricos, hay que empezar con la constatación bastante obvia de que el siglo XXI es en materia de desigualdad una época weberiana, no una marxista. Vamos, que la riqueza no conecta con la propiedad sino con la burocracia, en concreto con la organización gestora de los conglomerados empresariales y financieros. Como Max Weber anunció, el uso exclusivista de la información por parte de quienes se sitúan en lo más alto de las burocracias es lo que les permite fundar su poder, en este caso el de apropiación privilegiada de rentas. El capitalismo actual es un capitalismo de gestores, no de propietarios. La propiedad de los conglomerados empresariales o financieros se disemina entre los muchos, pero esos muchos desinteresados confían la gestión a los pocos. Es un fenómeno económico conocido que ya Adam Smith anotaba con preocupación en sus albores como posible fuente de “insensatez, negligencia y derroche”, palabras que suenan a conocido después lo ocurrido anteayer en el pistoletazo de salida de la crisis.

El gobierno corporativo se materializa en una relación de agencia descompensada, en la que el agente domina al principal y es capaz de imponer sus propios intereses particulares a los del conjunto que se le ha confiado, no digamos al de sus pasivos propietarios. Las empresas son burocracias, como los partidos políticos, y por ello están sometidas a las mismas leyes de hierro de la oligarquía de control. Y no se percibe, de momento, manera de desactivarlas desde la propia economía.
De esta forma concreta de desigualdad económica interesa destacar dos aspectos: por un lado, la proximidad amistosa de la élite managerial privada con la élite político-burocrática, una interpenetración (¿complicidad?) que contribuye a sostener el andamiaje con el que los gestores desvían en su favor las rentas de situación correspondientes. Porque solo desde la política podría controlarse esta forma de saqueo organizada. Pero la política no percibe incentivos concretos para intervenir autoritariamente en ese mundo, algo que, por otro lado, le generaría dificultades sin cuento en el corto plazo.
El otro aspecto es el de la legitimación social, es decir, los valores socialmente difusos que permiten a este estrato obtener unos rendimientos tan descomunales sin mayor oposición. Las sociedades occidentales aceptan hoy sin mayor cuestionamiento (también los medios creadores de opinión son dirigidos por gestores) la idea de que los conocimientos o habilidades especiales de un individuo legitiman sin más su renta superior, y además no poseen ningún criterio sobre sus límites (¿cuántos cientos de miles de euros debe ganar un cirujano cardiovascular o un gestor habilidoso de fondos?). Se cree, con inexplicable ingenuidad, que hay un mercado que lo determina adecuadamente.
Esta aceptación acrítica de esta desigualdad concreta implica que no se percibe que el éxito individual es en gran parte el fruto de una previa organización social muy compleja, de manera que el mérito (si de tal hay que hablar) es social y no individual. De nada le valdría a Ronaldo su peculiar habilidad con la pierna si no se hubiera desarrollado la sociedad en que crece. Pero es que, además, existe una peculiar tautología en la explicación social funcionalista de la desigualdad managerial: las élites afirman que su alta retribución se debe al hecho de que desarrollan una actividad especialmente necesaria y apreciada, pero la única prueba de ello es el hecho de que reciben una retribución muy alta. Una circularidad argumentativa carente de corroboración externa. Y es que el darwinismo siempre fue una explicación “excesiva” en lo social, pues justifica cualquier desigualdad existente por el simple hecho de existir.

Por su parte, la exclusión económica de la parte de población que carece de empleo retribuido dignamente obedece sin duda a razones económicas conectadas a la exposición a una globalización acelerada. Quienes no pueden situarse en Occidente en un nicho particular de trabajos protegidos de la competencia mundial, ven desplomarse su retribución o su empleabilidad, que tiende a igualarse a la de sus homólogos orientales, y engrosan las filas de un estrato nuevo: la de quienes, aun trabajando, no podrán vivir. Dicho de otra forma, parece bastante cierto que las sociedades desarrolladas no pueden dar trabajo aceptable a todos sus miembros: la contradicción fundamental es que todos necesitan trabajar para vivir, pero que la sociedad no necesita del trabajo de todos para crecer.
El frío dato globalizador oculta, además, unas contradicciones de segundo orden que son tan llamativas como deliberadamente ocultadas: las que operan entre generaciones o, si se prefiere, entre el tiempo presente y el futuro. Las sociedades europeas son de hecho unos sistemas económicos depredadores del futuro, y quienes viven razonablemente bien en ellas lo hacen a costa de la exclusión de las generaciones más jóvenes. El sistema económico está organizado para sostener el estatus de los perceptores de rentas medias mediante ayudas públicas cuyo coste está diferido al futuro. De manera que la mayor parte de las generaciones jóvenes nunca vivirán como sus precedentes, pero financiarán la prosperidad actual de estos. Esta es una contradicción que ninguna ideología política de las existentes está capacitada para asumir y desarrollar, por lo que se la ignora tanto en la práctica política como en el discurso público. Por otro lado, no resulta difícil mantener engañada a la generación más joven mediante el uso de utopías críticas sobre el sistema económico en general.
La crisis económica actual y su difícil salida está emborronando ese hecho: nunca habrá ya buenos trabajos para todos porque nunca se precisará de tanto trabajo humano. Y si eso es así, la única salida social posible es romper la conexión hasta hoy ineluctable entre trabajo y supervivencia. La sociedad deberá garantizar la vida digna a todos con independencia de que trabajen o no. Algo que implica un cambio revolucionario, no tanto en la práctica económica (en donde en realidad se consumen ya hoy enormes esfuerzos fiscales para mantener trabajos no necesarios), como en las mentes. Resultará muy difícil (y tendrá consecuencias sociales probablemente insospechadas) avanzar en una desvinculación manifiesta entre trabajo y vida. El paradigma del ser humano ha sido el del homo laborans durante la mayor parte de su existencia en la tierra, y cambiar la conciencia de esa mismidad costará más que cambiar la realidad objetiva misma. Y, sin embargo, no parecen existir muchas alternativas.
J. M. Ruiz Soroa es abogado.

Artículo de José María Ruiz Soroa publicado en El Pais el 17 de septiembre de 2013
Gracias a Víctor Riesgo por compartirlo.



sábado, 3 de agosto de 2013

Resumen Ideología y Utopía Paul Ricoeur Parte 8


Capítulo 12

Max Weber (2)

En esta fase de nuestra indagación recurrimos a Max Weber a fin de afrontar dos dificultades principales que presenta la teoría marxista de ideología:

1.    La primera dificultad se refiere al marco conceptual general del enfoque marxista que está estructurado en términos más o menos causales por las nociones de infraestructura y superestructura. De la obra de Weber podía derivarse otro modelo, un modelo de motivación.
2.    Un segundo aspecto positivo de Weber estriba en que dentro de su marco de motivación podemos encontrar más sentido a la circunstancia de que las ideas rectoras están expresadas por una clase gobernante. Por eso abordo a Weber, no para tratarlo como un antimarxista sino por considerarlo como alguien que nos suministra un mejor marco conceptual para integrar en él algunas importantes ideas marxistas. Debemos considerar las ideas de Marx con la misma atención crítica que prestamos a cualquier otro pensador; al adoptar esta actitud resistimos el chantaje intelectual que nos imponen tanto a los marxistas como los antimarxistas. Recogemos las buenas ideas donde las encontramos, y ésta ha sido mi intención.

El concepto de pretensión de Weber es desarrollado en tres fases principales:

1.    La pretensión está implícita en el concepto de Ordnung; se trata de una ordenación que da forma, que da una Gestalt, una configuración de grupo. Este orden ya supone una cuestión de creencia porque está constituido por individuos que se orientan respecto de la conducta de los demás. Todo debe expresarse atendiendo a la recíproca orientación de los individuos, y la inserción de esta pretensión en el campo de motivación de cada individuo es una creencia. Vorstellung no es tanto creencia como representación. Una Vorstellung es la representación del orden que tiene cada individuo. El orden existe más como representación intelectual que como una creencia emocional.
2.    El concepto de pretensión asume una significación más radical y convincente cuando lo desplazamos desde el concepto general de Ordung al concepto de un orden que implica una diferenciación entre gobernantes y gobernados. Nos encontramos en el camino que nos lleva a la definición del Estado, puesto que el Estado es precisamente una de esas estructuras en las que podemos identificar y distinguir formalmente el estrato de la organización que toma decisiones. Lo que está presente no es solamente un orden, sino que es un orden impuesto. El concepto de imposición introduce un elemento de conflicto entre voluntades. El concepto de pretensión a la legitimidad debe pues incorporar no sólo el reconocimiento de quiénes somos sino también la obediencia a aquel que gobierna.
3.    El tercer paso del desarrollo del concepto de pretensión a la legitimidad presenta la amenaza del empleo de la fuerza. Para Weber éste es el rasgo distintivo del Estado, el rasgo que lo distingue de todas las otras instituciones. El Estado, dice Weber, pretende el monopolio del uso legítimo de la fuerza contra individuos o grupos recalcitrantes. El Estado asegura la finalidad de la decisión y la instrumentación de dicha decisión. En esto puede reconocerse exactamente el carácter distintivo del Estado.

Tenemos tres fase en el desarrollo del concepto de pretensión: la pretensión de un orden en general, la pretensión de un grupo gobernante dentro de una organización y la pretensión de aquellos que ejercen el poder de tener la capacidad de imponer el orden mediante el empleo de la fuerza.

Max Weber
El problema de la ideología se plantea por lo menos en principio cuando cotejamos la pretensión a la legitimidad con la creencia en la legitimidad. Weber nos suministra un marco conceptual que tiene más sentido que la teoría marxista, pero desgraciadamente Weber no trata él mismo el problema de la ideología; nos suministra los instrumentos para tratar la ideología y sin embargo no hace ninguna alusión a esta cuestión. Cuando Weber habla de la pretensión a la legitimidad, su construcción es coherente, pero cuando habla de creencia ella es sólo suplementaria. La creencia en la legitimidad no es el resultado de los factores antes mencionados, sino que es algo más. Ese algo más es lo que me intriga. Weber no trata específicamente la naturaleza de ese “además” pues vuelve a considerar la tipología de la pretensión. Weber supone que la tipología de la pretensión está reflejada en la tipología de la creencia, a pesar de que la creencia es algo agregado, algo más.

Weber indica que el conocimiento expresado acerca de la creencia en la legitimidad se basa en la experiencia, como si no pudiéramos derivar este factor de los conceptos básicos que Weber elaboró con tanta precisión. La creencia en la legitimidad es un suplemento que debe tratarse como un ero hecho puesto que deriva de la experiencia. No tenemos otra manera, cree Weber, de comprender cómo funcionan los sistemas de autoridad. Las creencias aportan algo está más allá de lo que los sociólogos entienden que es el papel de la motivación. La creencia agrega algo más que permite que la pretensión sea aceptada o dada por descontada por quienes están sometidos al orden correspondiente. En este punto es donde yo injerto mi hipótesis relativa a todo el problema del papel de la creencia en relación con la pretensión a la legitimidad. Desarrollo mi hipótesis en tres puntos:

1.    ¿No podemos afirmar que el problema de la ideología se refiere precisamente a este suplemento, a esta brecha entre pretensión y creencia, al hecho de que tiene que haber en la creencia algo más de lo que racionalmente se entiende desde el punto de vista de los intereses, ya sean éstos emocionales, consuetudinarios o racionales?
2.    ¿no es acaso la función de la ideología llenar esta brecha de credibilidad?, si ello es así, luego
3.    ¿no necesitamos elaborar un concepto de plusvalía relacionado ahora no con el trabajo sino con el poder?

Marx elaboró una teoría de la plusvalía para explicar por qué en el mercado una mercancía tiene más valor de lo que se paga al obrero que la hizo. La diferencia entre lo  que se paga al obrero y lo que vale la mercancía es la plusvalía producida por el obrero y hurtada por el patrono a fin de allegar capital con la apariencia de productividad. Todo el marxismo descansa en el hecho de que el capital tiene una apariencia de productividad que deriva en realidad de la productividad del trabajador aunque ya no se la reconoce como tal. Marx llama a esta transferencia de la productividad, que pasa del trabajo al capital, el fetichismo de las mercancías. Tenemos la impresión de que el dinero produce algo, de que existe una productividad de las cosas, siendo así que lo que realmente existe es sólo la productividad del pueblo.

Puede explicar lo que ocurre en las sociedades socialistas, en las que la plusvalía en cuanto al poder no lo ha sido. Sistemas de autoridad se superponen en un sistema socialista de producción, pero el sistema de poder permanece exactamente siendo el mismo. No sólo una fuente económica de plusvalía sino también una que tenga que ver con la fuente de la autoridad o del poder. Un sistema dado de autoridad hay siempre más de lo que puede satisfacer el curso normal de la motivación y que por lo tanto hay siempre un suplemento de creencia suministrado por un sistema ideológico. Althusser cuando éste dice que el Estado es no sólo, como sostenía Lenin, un sistema de coacción sino que es también un aparato ideológico.

Estamos buscando algo que no figura en el texto y que debe leerse entre líneas. Comprobaremos que el problema de la creencia no deja de retornar una y otra vez en un sistema que comienza como una clasificación de las pretensiones y no como una clasificación de las creencias. No podemos hablar de legitimidad sin hablar de móviles y los móviles tienen relación con creencias, Un móvil es tanto causa como motivo.

El lugar más favorable para buscar el papel que desempeña la creencia según Weber es su famosa tipología de las tres clases de pretensiones a la legitimidad, una clasificación que se realiza sobre la base de creencias. Weber presenta su tipología, no atendiendo a las pretensiones mismas, sino a la validez de esas pretensiones (motivos racionales, motivos tradicionales, carismáticos).

En esta tipología la idea de motivo aparece tres veces y las tres veces junto con la idea de creencia. Para elaborar un sistema de pretensiones debemos considerar la contraparte, el sistema de creencias, ya de una creencia en un orden impersonal de conformidad con las reglas, ya una creencia basada en la lealtad personal, ya una creencia en el liderazgo del profeta o del jefe.

El concepto de carisma significa el don de la gracia y está tomado, dice Weber, del vocabulario del cristianismo temprano; hasta la legalidad descansa en la creencia. Si suponemos la existencia de un honesto sistema de representación, el gobierno de la mayoría es el gobierno del todo y para la minoría el problema es aceptar ese gobierno. La minoría debe tener alguna confianza en el gobierno de la mayoría. Hasta la mayoría debe confiar en que la mejor manera de gobernar es el gobierno de la mayoría y no ya una falsa o presunta unanimidad. Aquí la ideología tiene como papel ser el suplemento necesario del contrato. La aceptación es la creencia en la cual se basa la legalidad. La aceptación es una forma de reconocimiento; y otra vez aquí la palabra “creencia” resulta demasiado estrecha para expresar lo que expresa la palabra alemana Vorstellung.

Weber presenta una serie de cinco criterios de los que dependen la autoridad legal. Citaré sólo parte del primer criterio y resumiré los otros cuatro: Que toda norma legal dada puede establecerse por acuerdo o por imposición o por ambas cosas con una pretensión a la obediencia por lo menos de los miembros de la organización. Una norma legal debe apelar a intereses personales o compromisos personales, y una compromiso respecto del sistema tiene la naturaleza de una creencia que corresponde a una pretensión. Las reglas deben ser coherentes, establecidas generalmente con una intención y ser el producto de un orden personal. El pueblo no debe obediencia a las autoridades como individuos sino como representantes del orden impersonal. El sistema también requiere nuestra creencia en esa formalización.

Si me pidiera que considerara con mayor extensión lo que es ideológico en este sistema de reglas, yo señalaría tres puntos:

1.    El hecho de que hasta la autoridad legal requiera la creencia de sus súbditos confirma que la autoridad se comprende mejor dentro de un modelo de motivación.
2.    Un segundo aspecto más ideológico más negativo de un sistema de reglas es el de que cualquier sistema de formalización puede ser fingido y esto puede servir para encubrir las prácticas reales de una organización. El problema está en la discrepancia que hay entre las prácticas del sistema y las reglas declaradas. Los marxistas alegan que están interesados en la libertad real y no en libertad formal de los sistemas capitalistas; una justificación de la violencia, de manera que ambas partes pueden ser en cierto modo hipócritas. Es la posibilidad del uso ideológico de un sistema formal al servicio de un curso legal que en realidad encubre una clase diferente de curso.
3.    La tercera fuente de la ideología en un sistema de reglas puede ser no tanto el uso hipócrita del formalismo como la defensa misma del formalismo. Hoy tenemos menos confianza que Weber en los procedimientos burocráticos. Para Weber, la despersonalización de todas las relaciones burocráticas servía para proteger los derechos del individuo. Pero al prestar atención a los medios de un sistema Weber pierde de vista sus metas y las creencias subyacentes que lo sustentan. La autoridad legal se identifica aquí tan sólo por los medios que “emplea”. Weber se pregunta cómo trabaja un personal administrativo y cuáles son las reglas en virtud de las cuales lo emplea una autoridad legal.

Weber es el primero en tratar la naturaleza de la burocracia de este modo analítico, el primero en introducir una sociología de las instituciones burocráticas. Una burocracia tiene una jerarquía claramente definida de funcionarios, su esfera de competencia está bien delineada, sus sistema de selección y promoción es público, etc. Ninguna de estas reglas tiene nada que ver con la creencia. Weber no reflexiona sobre los males del Estado burocrático, problema tan importante para Marcuse y otros. Las implicaciones represivas de un sistema racionalista no son consideradas por Weber. Las reglas también pueden ocultar algunas prácticas menos laudables: la arbitrariedad, la autonomización del cuerpo administrativo, la irresponsabilidad en nombre de la obediencia al sistema. El sistema administrativo, pues, puede no sólo despojar al individuo de la responsabilidad personal sino que hasta puede encubrir crímenes cometidos en nombre del bien administrativo.

Sí, a cuestión es saber quién controla la maquinaria burocrática; se dice que el ciudadano medio no es competente para discutir estas materias. Se supone que los especialistas las conocen mejor que nosotros. El ciudadano es colocado en una especie de exterritorialidad por los tecnicismos de la maquinaria burocrática. Los tecnócratas pueden hacerse cargo de la máquina política porque los políticos son incompetente para hacerlo. A veces esto puede ser bueno porque los especialistas suelen ser más racionales que los políticos, pero en definitiva nadie sabe quién controla a estos tecnócratas.

El auge de la burocracia también crea otras dificultades. Weber hace notar la conexión que hay entre la burocracia y el sistema capitalista. El intento de rebajar el nivel de burocracia, de acercarla a los ciudadanos es una cuestión central de las modernas utopías. La creciente distancia entre la maquinaria burocrática y el individuo es ya un problema en sí mismo. Weber agrega que este problema no puede atribuirse solamente al capitalismo. Una forma socialista de organización no altera la necesidad de una administración burocrática efectiva. Lo que se pregunta Weber es sólo “si en un sistema socialista sería posible crear condiciones para llevar a cabo una organización burocrática tan rigurosa como fue posible en el orden capitalista”.

No sólo la burocratización tiene aspectos represivos sino que hasta el sistema más racional posee una racionalidad propia. Esta es una observación sumamente importante. Todo intento de perpetuar la pretensión de racionalidad en medio de las cualidades represivas e irracionales de la burocracia exige la existencia de la creencia. Weber interpreta aquí la irracionalidad como el conflicto entre racionalidad formal y racionalidad sustantiva. Un sistema formalizado es independiente de los individuos. Los sistemas formalizados son poco claros, opacos, tocante a los papeles que asignan y a las significaciones que ofrecen al individuo y a la vida colectiva. Este es el punto en que la creencia no corresponde a la pretensión porque la pretensión a la racionalidad está eclipsada por una nube de irracionalidad que la creencia arrastra consigo.

Max Weber
Weber describe más explícitamente el límite de su análisis en el caso de un criterio particular de burocracia, el criterio de la libre selección. Weber reconoce que en el sistema capitalista hay algo fundamental que escapa a la libre selección: la selección de los poseedores de capital. Los poseedores de capital no son seleccionados por el sistema sobre la base de sus méritos técnicos, sino que alcanzan sus posiciones por su propia cuenta. El cuerpo económico de un sistema capitalista escapa a la racionalidad del Estado burocrático y se apoya e cambio en otra forma de racionalidad, la de los beneficios en el sentido de ganancias. En la medida en que el empresario capitalista no está libremente seleccionado y tiene además el poder de cabildear e influir en las decisiones políticas, esta cumbre del personal administrativo no es tanto administrativa como política. Puesto que los poseedores de capital influyen en los líderes políticos, la jerarquía capitalista también se enmaraña con la jerarquía política. La empresa capitalista tiene en su cima una estructura monárquica que está en completa contradicción con las pretensiones de democracia en la esfera política. En lugar de presentar la estructura de organización del todo, la racionalidad burocrática es una racionalidad que funciona dentro de un sistema que sigue las reglas completamente diferentes. Estos problemas habrán de ser recogidos por Habermas y otros posmarxistas; la misma tecnología puede funcionar ideológicamente; en Weber no tiene cabida semejante discusión.

Weber no analiza el persistente papel de la dominación con las misma precisión con que examina las reglas del sistema. Weber desdeña incorporar en su análisis la dimensión política, la cual tiende a quedar absorbida en una cuestión administrativa.

Yo propongo la hipótesis de que el tipo legal continúa siendo una forma de dominación en la medida en que conserva algo de las otras dos estructuras de pretensiones y en la medida en que la arbitrariedad sirve para ocultar este residuo de lo tradicional y de  lo carismático. En realidad pudiera ser que el tipo legal funcione sólo sobre la base de lo que queda de los tipos tradicional y carismático. Weber presenta los tres tipos y los describe separadamente de conformidad con diferentes criterios. Podría uno preguntarse si el poder legal no se apoya en algunos rasgos de lo tradicional y lo carismático a fin de ser un poder y no sólo legal. Hemos descrito lo que lo hace legal, pero lo que lo hace un poder puede en definitiva ser tomado siempre de las otras dos clases de poder.

Volvamos a las definiciones que da Weber de los tipos tradicional y carismático para determinar sus fuentes de poder, elementos que dependen de nuestra creencia. En cuanto al tipo tradicional, Weber dice: “La autoridad se llamará tradicional si se cree que su legitimidad está dada en virtud de la santidad de antiguos poderes y reglas”. La palabra “santidad” es sumamente importante pues indica que un elemento casi religioso se manifiesta no sólo en el tipo carismático sino también en el tipo tradicional; podemos llamarlo un elemento ideológico.

Existe una red de relaciones más personalizadas basada en la creencia de que lo que procede del pasado tiene más dignidad que lo que se instituye en el presente. Hay un prejuicio a favor de la tradición, de nuestros antepasados, del peso del pasado.

Como veremos con Geertz, ésta puede ser la primera función de un sistema ideológico: conservar la identidad del grupo a través del tiempo. Una comunidad política es un fenómeno histórico; es un proceso acumulativo que reivindica y utiliza algo de su pasado y que anticipa algo de su futuro. Un cuerpo político existe no sólo en el presente sino también en el pasado y en futuro y su función consiste en conectar pasado, presente y futuro. El cuerpo político tiene más memoria y esperanzas que un sistema tecnológico. La clase de racionalidad implícita en lo político es pues más integradora en cuanto a la dimensión temporal. Eric Weill desarrolló este contraste entre racionalidad tecnológica y racionalidad. La tecnología y la economía tienen que ser “racionales”, aquí tiene que haber una conexión técnica entre medios y fines, mientras que en política la racionalidad es lo “razonable”, es la capacidad de integrar un todo. Es algo diferente de agregar un medio a otro medio.

Pero desgraciadamente cuando Weber trata el funcionamiento de una autoridad tradicional atiende tan sólo a sus medios y sólo por comparación con los medios del Estado legal. Weber analiza el tipo tradicional atendiendo a su técnica para imponer el orden en lugar de atender a la motivación de la creencia en su racionalidad. Weber no hace lo que pretende hacer porque considera lo tradicional y lo carismático sólo por comparación con lo legal y lo burocrático. Weber va desde lo más racional a los menos racional. Lo carismático precede siempre a lo tradicional y que lo tradicional precede a lo racional. El análisis se desarrolla en un orden histórico inverso, que es el orden de la decreciente racionalidad. Weber expone todo cuanto espera de la naturaleza de la racionalidad en la sociedad.

Weber trata la tradición por contraste negativo. El problema de la ideología subyacente en la tradición se le escapa porque la burocracia es el término de comparación y ella misma es analizada de la manera menos ideológica posible. En cuanto al tipo carismático nuestra cuestión es la de saber si se trata de un tipo que ha sido superado o si es, en cambio, a médula oculta de todo poder. Siempre hay un elemento que toma decisiones en un sistema de poder y este elemento es hasta cierto punto siempre personal. Hegel expresa esta idea en el texto de una monarquía que ejemplifica más claramente que ningún otro sistema el hecho de que el problema del líder nunca puede quedar completamente excluido. Hasta en un sistema democrático como la forma de gobierno británica, el pueblo vota por tres cosas al mismo tiempo: un programa, un partido y un líder. Por eso nunca podemos pasar completamente por alto el elemento del liderazgo: la política es la esfera en que se toman decisiones para el todo. La necesidad de tomar decisiones conserva por lo menos como electo residual lo carismático.

Si no podemos prescindir de la autoridad carismática, debemos pues considerar los méritos y títulos del líder. No hay ningún líder, ningún profeta que no profeta, que no pretenda ser el verdadero profeta y que por lo tanto busque nuestra creencia. La creencia es necesaria y sin embargo, continúa diciendo Weber, el líder no se apoya en la creencia. Por e contrario, porque el líder formula una pretensión, los demás deben creer.

La relación entre creencia y pretensión queda sencillamente reemplazada por una creencia en el signo. En el signo está la prueba dada por el líder. Esta es la validez del carisma. El valor religioso del carisma es aprovechado y puesto al servicio de la estructura política. Esta puede ser en definitiva la primera ideología del poder: la creencia de que el poder es divino, de que no proviene de nosotros mismos, sino que proviene de Dios. El origen del poder que está es en pueblo es hurtado en la misma medida en que, para decirlo en términos marxistas, la plusvalía del trabajo parecer pertenecer al capital; se dice que tanto el poder como el capital funcionan sobre sus propias bases. La pretensión no se apoya en la creencia, sino que la creencia es arrancada por la pretensión.

Volvemos a la cuestión de por qué, aun cuando el marco conceptual de Weber es adecuado para el estudio de la ideología, Weber no analiza este tema. Podemos resumir la importancia del marco de Weber considerando un ejemplo de su aplicación. Weber trata un problema parecido al que se planteó Marx; Weber muestra que existe cierta reciprocidad entre la ética del protestantismo y la ideología del empresario. Existe cierta circularidad entre la estructura de clases y la ideología religiosa. Gran parte de la controversia suscitada por la tesis de Weber se concentra en esta relación entre la ética protestante y el capitalismo y en establecer cuál de estos fenómenos dio nacimiento al otro. Preguntarse si la ética protestante produjo la mentalidad capitalista o viceversa significa permanecer en un marco inapropiado. Diría yo que la ética suministra la estructura simbólica dentro de la cual operan algunas fuerzas económicas. No es posible preguntar lo que se la primero porque una fuerza opera dentro de cierto marco de significación y ese marco no puede formularse en términos de infraestructura y superestructura. Weber nos da, no tanto una solución alternativa de la marxista, como un mejor marco para abordar el mismo problema. El hecho de que nuestras relaciones estén petrificadas, congeladas, y ya no se nos manifiestan como lo que son; hay una reificación de las relaciones humanas. Es posible que el elemento antimarxista de Weber le impidiera tratar el problema de la reificación de sus propias categorías. El marco conceptual de Weber puede rescatarse empero para mostrar que el proceso de reificación se produce dentro de un sistema simbólico. Sólo un sistema simbólico puede alterarse de manera tal que parezca un sistema determinista. Weber siempre creyó que estaba tratando con estructuras transparentes, en tanto que nosotros sabemos que esas estructuras no son transparentes.

Esta pudiera ser una razón por la que Weber debió recurrir a los tipos ideales puesto que la transparencia no existe. La única manera de recobrar la significación es permanecer fuera del proceso deformador y manejarse con las abstracciones de tipos ideales. La supuesta falta de participación del sociólogo le permitiría no quedar atrapado en el proceso deformador. Weber no describe acabadamente el proceso deformador a través del cual se mueve si propio análisis. La existencia de un sistema de poder descansa en nuestras creencias, pero no lo reconocemos inmediatamente. Weber no indica que esta transparencia se da sólo al final de un proceso crítico. Sólo al terminar un proceso de crítica recuperamos como nuestro propio trabajo lo que se manifiesta como la productividad del capital, recuperamos como creencias motivadoras propias de nosotros lo que se manifiesta como el poder del Estado. El marco conceptual del Weber nos permite ver la brecha que hay entre pretensión y creencia, pero las razones de ello y la importancia de esta discrepancia no son factores que el propio Weber considere.

Marx dice que la clase no es un hecho dado sino que es un resultado de la acción, de la interacción, un resultado que no reconocemos como consecuencia de nuestra acción. En Weber, en ningún momento tenemos la idea de que algo es reprimido en esta experiencia de motivación, de que está perdida nuestra competencia comunicativa, para emplear el vocabulario de Habermas. Weber no ve que precisamente porque esta competencia comunicativa se ha perdido sólo podemos describir tipos o estructuras.

viernes, 7 de diciembre de 2012

Estructura Social Contemporánea II – Resúmenes Parte 34


En la asignatura de Estructura Social Contemporánea II del segundo cuatrimestre del Grado en Sociología de la UNED curso 2011/12, algunos/as compañeros/as realizamos un trabajo coral: resúmenes de los capítulos de la bibliografía obligatoria.  Y como libro de referencia: Estratificación Social y Desigualdad. El conflicto de clase en perspectiva histórica, comparada y global, (Harold R. Kerbo - McGraw Hill) bibliografía básica de esta asignatura. Quiero agradecer el esfuerzo, compromiso y dedicación desplegado por todos/as. Derechos reservados, sus autores.

Tema 1 (Capítulo7) El proceso de legitimación – Eva Gloria Del Riego Eguiluz // Tema 2 (Capítulo 8) T. El sistema de estratificación mundial: dominio y competencia entre naciones del centro - Miguel De Diego Pérez // Tema 3 (Capítulo 9) Estratificacion social en los Estados Unidos – Irene Ibáñez Sánchez // Tema 4 (Capítulo 10) Estratificación social en Japón – José Bargallo Rofes // Tema 5 (Capítulo 11) Estratificación social en Alemania – María Inés Quiles Blanco // Tema 6 (Capítulo 12) Estratificación mundial y globalización: los pobres de la Tierra – Tomás Javier Prieto González

La estructura corporativa alemana

Después de la II Guerra Mundial el control accionarial en manos de las familias es menor. Pero en Alemania hay más control familiar de las grandes corporaciones que en EEUU y Japón. Ha aumentado el control accionarial de inversores institucionales como los bancos de inversión, trusts y otros. Sin embargo debido especialmente a las leyes laborales, el control accionarial en una corporación alemana no confiere tanto poder como ocurre en los EEUU.

A diferencia de EEUU y Japón, los grandes bancos alemanes pueden poseer porcentajes elevados de acciones de las corporaciones más importantes, carecen de limitación, además pueden actuar directamente como agentes de bolsa para controlar más acciones. El control accionarial de los inversores institucionales, combinado con la propiedad directa de acciones por parte de los bancos, hace que ellos, como el Deutsche Bank, sean las verdaderas cámaras de poder en la economía alemana actual. Ej. Los directivos del Deutsche Bank, pueden encontrarse entre los miembros de los consejos de administración en más de 150 grandes corporaciones.

Otra marcada diferencia entre la estructura corporativa alemana comparada con la japonesa y la estadounidense es que el gobierno también posee porcentajes elevados de acciones en las grandes corporaciones. Tanto el gobierno federal como el de las regiones (los länder).

La elite burocrática y política

Es en la elite burocrática donde se encuentran más semejanzas entre Japón y Alemania. Desde mediados del S. XIX Alemania experimentó una revolución desde arriba, en la que sectores de las elites presionaban para introducir cambios básicos orientados a alcanzar a las potencias dominantes de Europa. A finales del S. XIX se aceptó en Alemania que el estado tenía que dirigir la economía, en algunos casos debía poseer y controlar las corporaciones. Igual que con la restauración Meiji de finales del S. XIX.

Federico Guillermo I, que reinó desde 1713 hasta 1740, es descrito como el padre de la burocracia alemana. En aquella época la mayoría de las elites burocráticas procedía de la clase alta de los junker, tenían que estar preparadas y capacitadas para conseguir esas posiciones. En ningún otro país de Europa la elite burocrática es tan respetada y tiene tanto estatus como en Alemania. Igual que en Japón, sobrevivió a la II Guerra Mundial mejor que las elites corporativa y política.

La mayor diferencia entre la alemana y la japonesa es la división entre el gobierno federal y el regional. En el nivel federal se desarrolla la mayoría de las políticas centrales, mientras que la dirección real de la economía y la sociedad corresponden al nivel regional (los länder). En el nivel federal hay un solo nombramiento político importante en cada ministerio, como en Japón; el resto son funcionarios civiles de cartera. Hay cerca de 5000 funcionarios superiores a los que se les considera la alta burocracia y de los que sólo 134 se sitúan en el nivel más alto.

Aunque sólo el 15% de alemanes tiene estudios universitarios, resulta increíble para los estadounidenses que cerca del 50% de los licenciados universitarios empiezan y terminan su carrera profesional en puestos públicos, no sin aprobar un difícil examen para ingresar en la carrera administrativa.

Los políticos alemanes se ocupan bastante del gobierno y del establecimiento de las políticas, a diferencia de los japoneses. Constituyen un contrapeso a la elite burocrática y deben cooperar y comprometerse para dirigir el estado alemán en mayor medida que en Japón.

La unidad de la elite

Ningún grupo de elites se aproxima al nivel de unidad, organización y solapamiento de las elites de Japón. Las elites alemanas suelen mantenerse en sus puestos públicos hasta que se jubilan, en vez de cambiarse a puestos en las corporaciones o dedicarse a la política, como en Japón. Hay bastantes antiguos burócratas en el parlamento alemán (el bundestag), pero casi todos son burócratas de nivel bajo.

Las elites corporativas, tampoco dejan la empresa para ocupar altos puestos burocráticos en la administración, como ocurre en EEUU. Los burócratas ascienden de nivel por medio de la promoción, que depende mucho de la antigüedad.

La unidad de la elite de Alemania, procede fundamentalmente de las experiencias comunes de socialización en las universidades alemanas más destacadas. No solo se educa a la elite futura, sino que también se la socializa. Las actividades de los estudiantes y los grupos políticos, junto a una agenda social intensa son importantes.

En Alemania, hay más organización y cooperación, directrices públicas y planificación económica en la alianza entre el estado y las corporaciones que en EEUU. Habermas llama a este sistema “capitalismo liberal corporativo”, otros usan el término más simple de “sistema corporativo”.

Otra característica del nivel de cooperación y planificación mutua en la sociedad alemana, frente al sistema de poder y estratificación social de EEUU, es que debido a las leyes laborales, las acciones que puede tener un individuo o un banco en una corporación determinada no necesariamente proporcionan mucho poder en Alemania.

Los trabajadores alemanes y las leyes de cogestión

Tras la descripción de las elites corporativas alemanas y de su estructura corporativa, similar a los keiretsu, centrada alrededor de los grandes bancos, se podría suponer que los trabajadores apenas influyen. Recordemos que Alemania tiene uno de los niveles más bajos de desigualdad de la renta de todas las naciones industriales. Tiene la mayor renta promedio para un obrero de fábrica, Japón el tercero y EEUU e Inglaterra los últimos. En cuanto a los ingresos de los directores generales, los más altos los obtiene EEUU, en Alemania y Japón reciben la mitad que los directivos estadounidenses.

Más datos; los alemanes son los que menos horas de trabajo hacen al año (sólo superados por los suecos), los japoneses los que más (sólo superados por los estadounidenses). Los trabajadores alemanes apenas tienen parangón en lo que respecta a sus sueldos y otros beneficios, cantidad de horas de trabajo y a la protección pública, entre muchas otras condiciones.

martes, 4 de diciembre de 2012

Estructura Social Contemporánea II – Resúmenes Parte 33


En la asignatura de Estructura Social Contemporánea II del segundo cuatrimestre del Grado en Sociología de la UNED curso 2011/12, algunos/as compañeros/as realizamos un trabajo coral: resúmenes de los capítulos de la bibliografía obligatoria.  Y como libro de referencia: Estratificación Social y Desigualdad. El conflicto de clase en perspectiva histórica, comparada y global, (Harold R. Kerbo - McGraw Hill) bibliografía básica de esta asignatura. Quiero agradecer el esfuerzo, compromiso y dedicación desplegado por todos/as. Derechos reservados, sus autores.

Tema 1 (Capítulo7) El proceso de legitimación – Eva Gloria Del Riego Eguiluz // Tema 2 (Capítulo 8) T. El sistema de estratificación mundial: dominio y competencia entre naciones del centro - Miguel De Diego Pérez // Tema 3 (Capítulo 9) Estratificacion social en los Estados Unidos – Irene Ibáñez Sánchez // Tema 4 (Capítulo 10) Estratificación social en Japón – José Bargallo Rofes // Tema 5 (Capítulo 11) Estratificación social en Alemania – María Inés Quiles Blanco // Tema 6 (Capítulo 12) Estratificación mundial y globalización: los pobres de la Tierra – Tomás Javier Prieto González

Desigualdades de género

Los países germanoparlantes de Suiza, Austria y Alemania tienen los niveles más altos de desigualdad de género, lo que sugiere que la cultura influye. Los historiadores coinciden en que la vieja cultura germánica contiene sexismo, una separación muy tradicional de los roles de género. Ej.en 1985, el 92% de los hombres que convivían con una mujer nunca habían realizado trabajo doméstico. Y el 57% de las mujeres y el 59% de los hombres coincidían en que las mujeres podían elegir entre una profesión o ser madres.

Las políticas gubernamentales y la legislación siguen esta pauta de separación de roles. En 1957 la ley cambió y el padre dejó de tener la única potestad de representación y decisión en casos de diferencias de opinión entre los progenitores. Las leyes laborales son estrictas en el apoyo a los salarios mínimos altos en comparación con EEUU. Sin embargo, hay excepciones legales, trabajos Leichtlohngruppen (grupo de salarios bajos), la mayoría ocupados por mujeres.

Usando las categorías de clase de Wright, las mujeres han alcanzado los mayores logros en Noruega, Suecia y Finlandia, en contraste con los niveles más bajos en Alemania. Otra investigación apunta, a los efectos de la estructura de la autoridad en Alemania, donde las mujeres tienen menos probabilidades de promocionarse para ocupar posiciones de autoridad.

Los empleos considerados femeninos tienden a estar peor pagados. La concentración de mujeres en estos empleos sigue siendo alta. Ej. En 1925 el 28% estaban empleadas en diez ocupaciones femeninas. En 1982 el 70% seguían en las diez ocupaciones. A diferencia de EEUU, muy pocas trabajan en ocupaciones masculinas. Y están infrarrepresentadas en los puestos universitarios. Una razón principal de que las mujeres tengan un logro ocupacional bajo, es que reciben menos formación y educación que las de otros países industriales, especialmente en el caso de la instrucción y el aprendizaje profesional que desemboca en la obtención de empleos altamente cualificados y bien pagados, además, obtienen menos remuneración económica. Por último, hay barreras estructurales, como el empleo en el sector periférico de la economía dual y la ubicación en ocupaciones con menos rangos.

A finales de los años 60 y la primera mitad de la década de los 70, acontece un movimiento a favor de las mujeres. En Alemania hay una diferencia más marcada que en otras naciones industriales entre las actitudes hacia los derechos de las mujeres y las desigualdades de género de las jóvenes y de las adultas. El 70% de las demandas de divorcio las inician las mujeres; el 35% entre 18 y 65 años no están casadas.

Las autoridades del gobierno alemán han reconocido que existe un problema: a finales de los 80 la población de Alemania occidental llegó a 60 millones, y comenzó a disminuir. Al igual que en Japón, que tiene una separación de roles de género incluso mayor. Al ritmo actual apenas nacerán alemanes después del año 2100, debido a que las mujeres no tienen hijos.

A pesar del retraso económico de la antigua Alemania oriental, las mujeres han perdido estatus económico con la unificación, ya que antes tenían más programas de apoyo a la mujer trabajadora y accedían a empleos con niveles más altos de estatus ocupacional.

Pobreza y desigualdades raciales y étnicas

Definición de pobreza aceptada en Alemania, es ganar ingresos inferiores al 40% de la renta familiar media. El marco de la pobreza ha variado entre el 4 y 5% de la población alemana durante los 80, y se ha mantenido en los 90. Sin embargo una cifra comparable para los EEUU sobrepasaría el 20%.

En su momento, los vietnamitas llegaron a Alemania como trabajadores invitados bajo el antiguo gobierno comunista, pero la mayoría del 10% de los extranjeros, son turcos que han vivido durante generaciones sin llegar a alcanzar la ciudadanía alemana. Así que, existe discriminación racial y étnica. Su nivel de educación es bajo y cuando no están desempleados, sólo pueden conseguir trabajos de baja cualificación y remuneración. Ej. El 24.3% de los extranjeros estaba por debajo del 50% de la renta media frente al 10.7% de alemanes en 1989.

Pobreza extrema, se define como, vivir con el 30% o menos de la renta media del país; la pobreza severa, es vivir con el 40% o menos; pobreza moderada, vivir con el 40-50% y la cuasipobreza, entre el 50 y 60%. Alemania tiene el mejor registro mientras EEUU presenta las tasas más altas.

Aunque hay poca pobreza, existe una preocupación cada vez mayor debido a una razón: con una economía que proporciona cada vez más  trabajo a los mejor formados, aumentará la brecha entre la fuerza de trabajo bien formada y cualificada y los de bajo nivel educativo. Estudios de tipo panel indican que mientras que el 75% no fue pobre en ningún momento (usando la definición del 50% o menos), cerca del 10% lo fue durante tres o más años en los 80.

La actual tasa de pobreza, definida como los ingresos inferiores al 40% de la renta mediana, es del 4 o 5% de la población. Una de las razones fundamentales del bajo nivel de pobreza relativa de Alemania son los altos y eficaces subsidios y ayudas al bienestar. Los contribuyentes alemanes proporcionan a sus desempleados cerca del 68% de su salario previo el primer año, y el 58% indefinidamente. Con una reducción de la pobreza del 46.9%, frente al 66.9% de los Países Bajos. Alemania y toda Europa han reducido más la pobreza que el 12.1% de EEUU.

Otra diferencia entre Alemania y EEUU: en Alemania no hay feminización de la pobreza. La pobreza entre las familias monoparentales es más alta que la de otros grupos en Alemania, pero las tasas de pobreza entre los hombres y las mujeres son casi igual de bajas.

Las elites corporativas y burocráticas

Japón y Alemania son potencias capitalistas con un desarrollo tardío que quedaron arrasadas tras la II Guerra Mundial. En ambas surgieron algunas familias muy ricas durante la industrialización en la segunda mitad del S.XIX. Igualmente, la mayoría de los alemanes de clase alta perdieron gran parte de su riqueza tras la II Guerra Mundial. Aunque hubo mucha más continuidad en la riqueza antes y después de la guerra en Alemania que en Japón, y muy pocas de las grandes corporaciones alemanas se disolvieron, frente a lo que ocurrió con los grandes zaibatsu de Japón.

El poder de la clase alta y la clase corporativa sigue existiendo en Alemania y es semejante a lo que ocurre en los EEUU de hoy. A pesar de la devastación de la guerra, Japón y Alemania se sitúan inmediatamente después de EEUU, concretamente Alemania se situaba en 1991, tercer puesto en la lista de millonarios mundiales. La concentración de millonarios por habitante en Alemania es ligeramente más alta que la de EEUU o Japón. A diferencia de Japón, donde los millonarios no lo eran antes de la guerra y actualmente no figuran entre los que tienen mayor poder económico, los alemanes muestran más continuidad y tienen más poder corporativo. De los 43 millonarios de Alemania que aparecen en los datos de Broom y Shay, más de la mitad de las fortunas familiares se originaron antes de la II Guerra Mundial.

El verdadero despegue de estas fortunas se remonta a la segunda mitad del S. XIX, cuando se produjo la expansión industrial de Alemania. Pero la expansión de los grandes bancos alemanes del momento también generó riqueza. El Deutshe Bank, lo fundó familias como Siemens.

Desde la II Guerra Mundial ha habido cambios en la estructura corporativa, como el aumento del control institucional sobre la  inversión en acciones (en mayor grado que en EEUU), la interrelación entre las corporaciones y los bancos mediante los puestos de dirección compartidos, y la propiedad pública de grandes cantidades de acciones de las grandes corporaciones.

martes, 20 de noviembre de 2012

Estructura Social Contemporánea II – Resúmenes Parte 21


En la asignatura de Estructura Social Contemporánea II del segundo cuatrimestre del Grado en Sociología de la UNED curso 2011/12, algunos/as compañeros/as realizamos un trabajo coral: resúmenes de los capítulos de la bibliografía obligatoria.  Y como libro de referencia: Estratificación Social y Desigualdad. El conflicto de clase en perspectiva histórica, comparada y global, (Harold R. Kerbo - McGraw Hill) bibliografía básica de esta asignatura. Quiero agradecer el esfuerzo, compromiso y dedicación desplegado por todos/as. Derechos reservados, sus autores.

Tema 1 (Capítulo7) El proceso de legitimación – Eva Gloria Del Riego Eguiluz // Tema 2 (Capítulo 8) T. El sistema de estratificación mundial: dominio y competencia entre naciones del centro - Miguel De Diego Pérez // Tema 3 (Capítulo 9) Estratificacion social en los Estados Unidos – Irene Ibáñez Sánchez // Tema 4 (Capítulo 10) Estratificación social en Japón – José Bargallo Rofes // Tema 5 (Capítulo 11) Estratificación social en Alemania – María Inés Quiles Blanco // Tema 6 (Capítulo 12) Estratificación mundial y globalización: los pobres de la Tierra – Tomás Javier Prieto González

La estructura de la autoridad burocrática.

La burocracia se relaciona con unas normas y reglas que ralentizan el hacer algo relacionado con el sector público. Las oficinas de correos en EE.UU. donde los paquetes deben tener el tamaño y el peso adecuados y rellenar muchos impresos cuando algo se sale de lo corriente. En Japón la burocracia es aún mayor en todos los organismos gubernamentales.

Burocracias corporativas.

Mientras que EE.UU. tiene más gente que dirige a los demás, Japón crea más divisiones de rango entre las personas que dirige.

A los japoneses les preocupa la jerarquía de que existe una importante ordenación por edades en las corporaciones del sector central en Japón (tiene que haber muchos rangos para la promoción de los empleados). En muchos sentidos, los altos directivos no reciben un trato tan diferente; los directivos comen en el mismo lugar que los trabajadores, carecen de grandes despachos individuales o lavabos especiales para ello (sin embargo la diferencia de estatus que otorgan los empleados de bajo rango hacia los altos directivos en Japón es mayor que en EE.UU.)

Los sindicatos en Japón son más débiles que en Europa, aunque en la actualidad son más fuertes que en Estados Unidos. En Japón muchos sindicatos lo son de empresa, a diferencia, por ejemplo, de la Unión de Trabajadores del Automóvil en los Estados Unidos. Por otra parte hay muchos sindicatos de industrias, como el sindicato del Metal en Alemania, que son más eficaces porque reúnen a los trabajadores de toda una industria en vez de fragmentarlos en varios sindicatos de cuello azul o cuello blanco dentro de la misma empresa como en los Estados Unidos. Existen coaliciones sindicales a escala nacional; Ringo es la más poderosa. Estas coaliciones son las responsables de lo que se ha denominado tradicionalmente la “ofensiva de la subida salarial” (shunto) que ha tenido mucho éxito a la hora de conseguir contratos con salarios más altos cada año. De hecho, las coaliciones sindicales coordinan sus demandas para lograr más fuerza en su proceso de negociación anual.

El concepto de conflicto entre la dirección y los trabajadores en Japón es diferente. Así, para los japoneses la relación entre la dirección y los trabajadores es más bien un trabajo de equipo que una relación entre intereses opuestos. En buena medida éste concepto puede formar parte de la ideología corporativa, pero en algunas ocasiones los sindicatos japoneses presionan bastante a la dirección para proteger sus intereses.

Un destacado sociólogo japonés ha explicado que, la toma de decisiones en Japón está más centralizada de lo que se cree. El sistema normal de toma de decisiones, ringi, en la burocracia japonesa implica que las ideas son transmitidas a los directivos inferiores para su deliberación y consenso. De hecho, este sistema está manipulado por los altos directivos, porque probablemente la decisión ya está tomada. Sin embargo una importante consecuencia de ello es que los trabajadores creen que la toma de decisiones es colectiva, lo que les hace sentirse importantes. Esto también puede hacer que se sientas más responsables de la decisión si algo va mal y que intenten corregir los errores en equipo.

Por último podemos preguntar a los trabajadores cómo se sienten con su trabajo en la empresa. Cuando lo hacemos, descubrimos que en Japón es más probable que en Estados Unidos que los trabajadores digan que se sienten aprimidos en el trabajo y que temen mostrar su desacuerdo a su jefe.

Estructuras de la autoridad política.

La pregunta de quién consigue qué y por qué dependen de un proceso de conflicto. Y como en los Estados Unidos, unos grupos disponen de más recursos que otros para intentar influir en el Estado con el fin de proteger sus intereses.

Las personas más poderosas del gobierno en Japón son los burócratas no elegidos de los ministerios. En cada organismo gubernamental de Japón, como el Ministerio de Economía, el de Comercio Internacional e Industria, el de Justicia, etc. los viceministros y sus empleados son mucho más poderosos que los políticos elegidos para la Dieta. El ministro de cada cartera es un político nombrado temporalmente, por lo que no tiene el mismo poder que el viceministro de cada Agencia. Estos viceministros son los que redactan la mayor parte de las leyes y deciden luego como administrarlas. Son, junto a sus subordinados, burócratas de carrera con mucha más experiencia y disponen de más personal que los políticos para realizar las funciones de gobierno.

Por lo tanto, en el Japón de hoy la competencia para obtener la acción favorable o la protección del gobierno se produce entre las elites corporativas y los miembros de la Dieta elegidos por los ciudadanos, que deben acudir a los poderosos funcionarios del gobierno para obtener favores y protección. En este sentido, aunque en Japón votan más personas que en Estados Unidos (70% frente al 50% o menos) hay menos democracia que en este país.

Con todo, a pesar de esta diferencia de Japón con respecto a los Estados Unidos, debemos subrayar que en las sociedades industriales avanzadas, de una u otra manera, el Estado es una de las principales instituciones, que influye en el sistema de estratificación y en la distribución de las recompensas.

La estructura de la propiedad.

Igual que los Estados Unidos, Japón es una sociedad industrial capitalista. Ello implica que apenas existe propiedad y/o control gubernamental de los principales medios de producción. Pero en el caso de Japón hay algo que hace las cosas un poco más complejas. Las familias que pueden considerarse pertenecientes a la clase alta de Japón, poseen actualmente menos acciones que este mismo tipo de familias de los Estados Unidos. Mientras que en Estados Unidos la mitad del total de las acciones empresariales está controlada por familias e individuos, para Japón es del 25 al 30%.

Recordemos que antes de la Segunda Guerra Mundial la mayoría de las corporaciones de Japón eran propiedad o estaban bajo el control de un ghrupo de empresas de familias distribuidas en zaibatsu.

Las empresas antes controladas por familias siguen existiendo y han reformado parcialmente sus grupos de poderosas corporaciones, pero la propiedad familiar en ellas ya no tiene tanto peso.

La primera razón de que apenas quede propiedad familiar e individual es la ruptura forzosa de los viejos zaibatsu tras la S.G.M. Cuando se les obligó a vender sus acciones para romper estos grupos, quienes únicamente estaban en condiciones de comprarlas eran otras corporaciones. En segundo lugar, a diferencia de lo que ocurre en Estados Unidos, los altos directivos de las corporaciones no pueden por ley, ser remunerados con opciones de compra de acciones de sus empresas. Po último, cuando en Japón una corporación tiene relaciones comerciales importantes con otra (como proveedor, vendedor al por menor, dador o receptor de préstamos financieros etc.) es normal que se dé la práctica de vender cantidades importantes de acciones a la corporación con la que se mantienen esas relaciones (y viceversa) como muestra de apoyo y de buena voluntad. Uno de los resultados de esta práctica ha sido la formación de los conocidos grupos keiretsu de corporaciones.