sábado, 3 de agosto de 2013

Resumen Ideología y Utopía Paul Ricoeur Parte 8


Capítulo 12

Max Weber (2)

En esta fase de nuestra indagación recurrimos a Max Weber a fin de afrontar dos dificultades principales que presenta la teoría marxista de ideología:

1.    La primera dificultad se refiere al marco conceptual general del enfoque marxista que está estructurado en términos más o menos causales por las nociones de infraestructura y superestructura. De la obra de Weber podía derivarse otro modelo, un modelo de motivación.
2.    Un segundo aspecto positivo de Weber estriba en que dentro de su marco de motivación podemos encontrar más sentido a la circunstancia de que las ideas rectoras están expresadas por una clase gobernante. Por eso abordo a Weber, no para tratarlo como un antimarxista sino por considerarlo como alguien que nos suministra un mejor marco conceptual para integrar en él algunas importantes ideas marxistas. Debemos considerar las ideas de Marx con la misma atención crítica que prestamos a cualquier otro pensador; al adoptar esta actitud resistimos el chantaje intelectual que nos imponen tanto a los marxistas como los antimarxistas. Recogemos las buenas ideas donde las encontramos, y ésta ha sido mi intención.

El concepto de pretensión de Weber es desarrollado en tres fases principales:

1.    La pretensión está implícita en el concepto de Ordnung; se trata de una ordenación que da forma, que da una Gestalt, una configuración de grupo. Este orden ya supone una cuestión de creencia porque está constituido por individuos que se orientan respecto de la conducta de los demás. Todo debe expresarse atendiendo a la recíproca orientación de los individuos, y la inserción de esta pretensión en el campo de motivación de cada individuo es una creencia. Vorstellung no es tanto creencia como representación. Una Vorstellung es la representación del orden que tiene cada individuo. El orden existe más como representación intelectual que como una creencia emocional.
2.    El concepto de pretensión asume una significación más radical y convincente cuando lo desplazamos desde el concepto general de Ordung al concepto de un orden que implica una diferenciación entre gobernantes y gobernados. Nos encontramos en el camino que nos lleva a la definición del Estado, puesto que el Estado es precisamente una de esas estructuras en las que podemos identificar y distinguir formalmente el estrato de la organización que toma decisiones. Lo que está presente no es solamente un orden, sino que es un orden impuesto. El concepto de imposición introduce un elemento de conflicto entre voluntades. El concepto de pretensión a la legitimidad debe pues incorporar no sólo el reconocimiento de quiénes somos sino también la obediencia a aquel que gobierna.
3.    El tercer paso del desarrollo del concepto de pretensión a la legitimidad presenta la amenaza del empleo de la fuerza. Para Weber éste es el rasgo distintivo del Estado, el rasgo que lo distingue de todas las otras instituciones. El Estado, dice Weber, pretende el monopolio del uso legítimo de la fuerza contra individuos o grupos recalcitrantes. El Estado asegura la finalidad de la decisión y la instrumentación de dicha decisión. En esto puede reconocerse exactamente el carácter distintivo del Estado.

Tenemos tres fase en el desarrollo del concepto de pretensión: la pretensión de un orden en general, la pretensión de un grupo gobernante dentro de una organización y la pretensión de aquellos que ejercen el poder de tener la capacidad de imponer el orden mediante el empleo de la fuerza.

Max Weber
El problema de la ideología se plantea por lo menos en principio cuando cotejamos la pretensión a la legitimidad con la creencia en la legitimidad. Weber nos suministra un marco conceptual que tiene más sentido que la teoría marxista, pero desgraciadamente Weber no trata él mismo el problema de la ideología; nos suministra los instrumentos para tratar la ideología y sin embargo no hace ninguna alusión a esta cuestión. Cuando Weber habla de la pretensión a la legitimidad, su construcción es coherente, pero cuando habla de creencia ella es sólo suplementaria. La creencia en la legitimidad no es el resultado de los factores antes mencionados, sino que es algo más. Ese algo más es lo que me intriga. Weber no trata específicamente la naturaleza de ese “además” pues vuelve a considerar la tipología de la pretensión. Weber supone que la tipología de la pretensión está reflejada en la tipología de la creencia, a pesar de que la creencia es algo agregado, algo más.

Weber indica que el conocimiento expresado acerca de la creencia en la legitimidad se basa en la experiencia, como si no pudiéramos derivar este factor de los conceptos básicos que Weber elaboró con tanta precisión. La creencia en la legitimidad es un suplemento que debe tratarse como un ero hecho puesto que deriva de la experiencia. No tenemos otra manera, cree Weber, de comprender cómo funcionan los sistemas de autoridad. Las creencias aportan algo está más allá de lo que los sociólogos entienden que es el papel de la motivación. La creencia agrega algo más que permite que la pretensión sea aceptada o dada por descontada por quienes están sometidos al orden correspondiente. En este punto es donde yo injerto mi hipótesis relativa a todo el problema del papel de la creencia en relación con la pretensión a la legitimidad. Desarrollo mi hipótesis en tres puntos:

1.    ¿No podemos afirmar que el problema de la ideología se refiere precisamente a este suplemento, a esta brecha entre pretensión y creencia, al hecho de que tiene que haber en la creencia algo más de lo que racionalmente se entiende desde el punto de vista de los intereses, ya sean éstos emocionales, consuetudinarios o racionales?
2.    ¿no es acaso la función de la ideología llenar esta brecha de credibilidad?, si ello es así, luego
3.    ¿no necesitamos elaborar un concepto de plusvalía relacionado ahora no con el trabajo sino con el poder?

Marx elaboró una teoría de la plusvalía para explicar por qué en el mercado una mercancía tiene más valor de lo que se paga al obrero que la hizo. La diferencia entre lo  que se paga al obrero y lo que vale la mercancía es la plusvalía producida por el obrero y hurtada por el patrono a fin de allegar capital con la apariencia de productividad. Todo el marxismo descansa en el hecho de que el capital tiene una apariencia de productividad que deriva en realidad de la productividad del trabajador aunque ya no se la reconoce como tal. Marx llama a esta transferencia de la productividad, que pasa del trabajo al capital, el fetichismo de las mercancías. Tenemos la impresión de que el dinero produce algo, de que existe una productividad de las cosas, siendo así que lo que realmente existe es sólo la productividad del pueblo.

Puede explicar lo que ocurre en las sociedades socialistas, en las que la plusvalía en cuanto al poder no lo ha sido. Sistemas de autoridad se superponen en un sistema socialista de producción, pero el sistema de poder permanece exactamente siendo el mismo. No sólo una fuente económica de plusvalía sino también una que tenga que ver con la fuente de la autoridad o del poder. Un sistema dado de autoridad hay siempre más de lo que puede satisfacer el curso normal de la motivación y que por lo tanto hay siempre un suplemento de creencia suministrado por un sistema ideológico. Althusser cuando éste dice que el Estado es no sólo, como sostenía Lenin, un sistema de coacción sino que es también un aparato ideológico.

Estamos buscando algo que no figura en el texto y que debe leerse entre líneas. Comprobaremos que el problema de la creencia no deja de retornar una y otra vez en un sistema que comienza como una clasificación de las pretensiones y no como una clasificación de las creencias. No podemos hablar de legitimidad sin hablar de móviles y los móviles tienen relación con creencias, Un móvil es tanto causa como motivo.

El lugar más favorable para buscar el papel que desempeña la creencia según Weber es su famosa tipología de las tres clases de pretensiones a la legitimidad, una clasificación que se realiza sobre la base de creencias. Weber presenta su tipología, no atendiendo a las pretensiones mismas, sino a la validez de esas pretensiones (motivos racionales, motivos tradicionales, carismáticos).

En esta tipología la idea de motivo aparece tres veces y las tres veces junto con la idea de creencia. Para elaborar un sistema de pretensiones debemos considerar la contraparte, el sistema de creencias, ya de una creencia en un orden impersonal de conformidad con las reglas, ya una creencia basada en la lealtad personal, ya una creencia en el liderazgo del profeta o del jefe.

El concepto de carisma significa el don de la gracia y está tomado, dice Weber, del vocabulario del cristianismo temprano; hasta la legalidad descansa en la creencia. Si suponemos la existencia de un honesto sistema de representación, el gobierno de la mayoría es el gobierno del todo y para la minoría el problema es aceptar ese gobierno. La minoría debe tener alguna confianza en el gobierno de la mayoría. Hasta la mayoría debe confiar en que la mejor manera de gobernar es el gobierno de la mayoría y no ya una falsa o presunta unanimidad. Aquí la ideología tiene como papel ser el suplemento necesario del contrato. La aceptación es la creencia en la cual se basa la legalidad. La aceptación es una forma de reconocimiento; y otra vez aquí la palabra “creencia” resulta demasiado estrecha para expresar lo que expresa la palabra alemana Vorstellung.

Weber presenta una serie de cinco criterios de los que dependen la autoridad legal. Citaré sólo parte del primer criterio y resumiré los otros cuatro: Que toda norma legal dada puede establecerse por acuerdo o por imposición o por ambas cosas con una pretensión a la obediencia por lo menos de los miembros de la organización. Una norma legal debe apelar a intereses personales o compromisos personales, y una compromiso respecto del sistema tiene la naturaleza de una creencia que corresponde a una pretensión. Las reglas deben ser coherentes, establecidas generalmente con una intención y ser el producto de un orden personal. El pueblo no debe obediencia a las autoridades como individuos sino como representantes del orden impersonal. El sistema también requiere nuestra creencia en esa formalización.

Si me pidiera que considerara con mayor extensión lo que es ideológico en este sistema de reglas, yo señalaría tres puntos:

1.    El hecho de que hasta la autoridad legal requiera la creencia de sus súbditos confirma que la autoridad se comprende mejor dentro de un modelo de motivación.
2.    Un segundo aspecto más ideológico más negativo de un sistema de reglas es el de que cualquier sistema de formalización puede ser fingido y esto puede servir para encubrir las prácticas reales de una organización. El problema está en la discrepancia que hay entre las prácticas del sistema y las reglas declaradas. Los marxistas alegan que están interesados en la libertad real y no en libertad formal de los sistemas capitalistas; una justificación de la violencia, de manera que ambas partes pueden ser en cierto modo hipócritas. Es la posibilidad del uso ideológico de un sistema formal al servicio de un curso legal que en realidad encubre una clase diferente de curso.
3.    La tercera fuente de la ideología en un sistema de reglas puede ser no tanto el uso hipócrita del formalismo como la defensa misma del formalismo. Hoy tenemos menos confianza que Weber en los procedimientos burocráticos. Para Weber, la despersonalización de todas las relaciones burocráticas servía para proteger los derechos del individuo. Pero al prestar atención a los medios de un sistema Weber pierde de vista sus metas y las creencias subyacentes que lo sustentan. La autoridad legal se identifica aquí tan sólo por los medios que “emplea”. Weber se pregunta cómo trabaja un personal administrativo y cuáles son las reglas en virtud de las cuales lo emplea una autoridad legal.

Weber es el primero en tratar la naturaleza de la burocracia de este modo analítico, el primero en introducir una sociología de las instituciones burocráticas. Una burocracia tiene una jerarquía claramente definida de funcionarios, su esfera de competencia está bien delineada, sus sistema de selección y promoción es público, etc. Ninguna de estas reglas tiene nada que ver con la creencia. Weber no reflexiona sobre los males del Estado burocrático, problema tan importante para Marcuse y otros. Las implicaciones represivas de un sistema racionalista no son consideradas por Weber. Las reglas también pueden ocultar algunas prácticas menos laudables: la arbitrariedad, la autonomización del cuerpo administrativo, la irresponsabilidad en nombre de la obediencia al sistema. El sistema administrativo, pues, puede no sólo despojar al individuo de la responsabilidad personal sino que hasta puede encubrir crímenes cometidos en nombre del bien administrativo.

Sí, a cuestión es saber quién controla la maquinaria burocrática; se dice que el ciudadano medio no es competente para discutir estas materias. Se supone que los especialistas las conocen mejor que nosotros. El ciudadano es colocado en una especie de exterritorialidad por los tecnicismos de la maquinaria burocrática. Los tecnócratas pueden hacerse cargo de la máquina política porque los políticos son incompetente para hacerlo. A veces esto puede ser bueno porque los especialistas suelen ser más racionales que los políticos, pero en definitiva nadie sabe quién controla a estos tecnócratas.

El auge de la burocracia también crea otras dificultades. Weber hace notar la conexión que hay entre la burocracia y el sistema capitalista. El intento de rebajar el nivel de burocracia, de acercarla a los ciudadanos es una cuestión central de las modernas utopías. La creciente distancia entre la maquinaria burocrática y el individuo es ya un problema en sí mismo. Weber agrega que este problema no puede atribuirse solamente al capitalismo. Una forma socialista de organización no altera la necesidad de una administración burocrática efectiva. Lo que se pregunta Weber es sólo “si en un sistema socialista sería posible crear condiciones para llevar a cabo una organización burocrática tan rigurosa como fue posible en el orden capitalista”.

No sólo la burocratización tiene aspectos represivos sino que hasta el sistema más racional posee una racionalidad propia. Esta es una observación sumamente importante. Todo intento de perpetuar la pretensión de racionalidad en medio de las cualidades represivas e irracionales de la burocracia exige la existencia de la creencia. Weber interpreta aquí la irracionalidad como el conflicto entre racionalidad formal y racionalidad sustantiva. Un sistema formalizado es independiente de los individuos. Los sistemas formalizados son poco claros, opacos, tocante a los papeles que asignan y a las significaciones que ofrecen al individuo y a la vida colectiva. Este es el punto en que la creencia no corresponde a la pretensión porque la pretensión a la racionalidad está eclipsada por una nube de irracionalidad que la creencia arrastra consigo.

Max Weber
Weber describe más explícitamente el límite de su análisis en el caso de un criterio particular de burocracia, el criterio de la libre selección. Weber reconoce que en el sistema capitalista hay algo fundamental que escapa a la libre selección: la selección de los poseedores de capital. Los poseedores de capital no son seleccionados por el sistema sobre la base de sus méritos técnicos, sino que alcanzan sus posiciones por su propia cuenta. El cuerpo económico de un sistema capitalista escapa a la racionalidad del Estado burocrático y se apoya e cambio en otra forma de racionalidad, la de los beneficios en el sentido de ganancias. En la medida en que el empresario capitalista no está libremente seleccionado y tiene además el poder de cabildear e influir en las decisiones políticas, esta cumbre del personal administrativo no es tanto administrativa como política. Puesto que los poseedores de capital influyen en los líderes políticos, la jerarquía capitalista también se enmaraña con la jerarquía política. La empresa capitalista tiene en su cima una estructura monárquica que está en completa contradicción con las pretensiones de democracia en la esfera política. En lugar de presentar la estructura de organización del todo, la racionalidad burocrática es una racionalidad que funciona dentro de un sistema que sigue las reglas completamente diferentes. Estos problemas habrán de ser recogidos por Habermas y otros posmarxistas; la misma tecnología puede funcionar ideológicamente; en Weber no tiene cabida semejante discusión.

Weber no analiza el persistente papel de la dominación con las misma precisión con que examina las reglas del sistema. Weber desdeña incorporar en su análisis la dimensión política, la cual tiende a quedar absorbida en una cuestión administrativa.

Yo propongo la hipótesis de que el tipo legal continúa siendo una forma de dominación en la medida en que conserva algo de las otras dos estructuras de pretensiones y en la medida en que la arbitrariedad sirve para ocultar este residuo de lo tradicional y de  lo carismático. En realidad pudiera ser que el tipo legal funcione sólo sobre la base de lo que queda de los tipos tradicional y carismático. Weber presenta los tres tipos y los describe separadamente de conformidad con diferentes criterios. Podría uno preguntarse si el poder legal no se apoya en algunos rasgos de lo tradicional y lo carismático a fin de ser un poder y no sólo legal. Hemos descrito lo que lo hace legal, pero lo que lo hace un poder puede en definitiva ser tomado siempre de las otras dos clases de poder.

Volvamos a las definiciones que da Weber de los tipos tradicional y carismático para determinar sus fuentes de poder, elementos que dependen de nuestra creencia. En cuanto al tipo tradicional, Weber dice: “La autoridad se llamará tradicional si se cree que su legitimidad está dada en virtud de la santidad de antiguos poderes y reglas”. La palabra “santidad” es sumamente importante pues indica que un elemento casi religioso se manifiesta no sólo en el tipo carismático sino también en el tipo tradicional; podemos llamarlo un elemento ideológico.

Existe una red de relaciones más personalizadas basada en la creencia de que lo que procede del pasado tiene más dignidad que lo que se instituye en el presente. Hay un prejuicio a favor de la tradición, de nuestros antepasados, del peso del pasado.

Como veremos con Geertz, ésta puede ser la primera función de un sistema ideológico: conservar la identidad del grupo a través del tiempo. Una comunidad política es un fenómeno histórico; es un proceso acumulativo que reivindica y utiliza algo de su pasado y que anticipa algo de su futuro. Un cuerpo político existe no sólo en el presente sino también en el pasado y en futuro y su función consiste en conectar pasado, presente y futuro. El cuerpo político tiene más memoria y esperanzas que un sistema tecnológico. La clase de racionalidad implícita en lo político es pues más integradora en cuanto a la dimensión temporal. Eric Weill desarrolló este contraste entre racionalidad tecnológica y racionalidad. La tecnología y la economía tienen que ser “racionales”, aquí tiene que haber una conexión técnica entre medios y fines, mientras que en política la racionalidad es lo “razonable”, es la capacidad de integrar un todo. Es algo diferente de agregar un medio a otro medio.

Pero desgraciadamente cuando Weber trata el funcionamiento de una autoridad tradicional atiende tan sólo a sus medios y sólo por comparación con los medios del Estado legal. Weber analiza el tipo tradicional atendiendo a su técnica para imponer el orden en lugar de atender a la motivación de la creencia en su racionalidad. Weber no hace lo que pretende hacer porque considera lo tradicional y lo carismático sólo por comparación con lo legal y lo burocrático. Weber va desde lo más racional a los menos racional. Lo carismático precede siempre a lo tradicional y que lo tradicional precede a lo racional. El análisis se desarrolla en un orden histórico inverso, que es el orden de la decreciente racionalidad. Weber expone todo cuanto espera de la naturaleza de la racionalidad en la sociedad.

Weber trata la tradición por contraste negativo. El problema de la ideología subyacente en la tradición se le escapa porque la burocracia es el término de comparación y ella misma es analizada de la manera menos ideológica posible. En cuanto al tipo carismático nuestra cuestión es la de saber si se trata de un tipo que ha sido superado o si es, en cambio, a médula oculta de todo poder. Siempre hay un elemento que toma decisiones en un sistema de poder y este elemento es hasta cierto punto siempre personal. Hegel expresa esta idea en el texto de una monarquía que ejemplifica más claramente que ningún otro sistema el hecho de que el problema del líder nunca puede quedar completamente excluido. Hasta en un sistema democrático como la forma de gobierno británica, el pueblo vota por tres cosas al mismo tiempo: un programa, un partido y un líder. Por eso nunca podemos pasar completamente por alto el elemento del liderazgo: la política es la esfera en que se toman decisiones para el todo. La necesidad de tomar decisiones conserva por lo menos como electo residual lo carismático.

Si no podemos prescindir de la autoridad carismática, debemos pues considerar los méritos y títulos del líder. No hay ningún líder, ningún profeta que no profeta, que no pretenda ser el verdadero profeta y que por lo tanto busque nuestra creencia. La creencia es necesaria y sin embargo, continúa diciendo Weber, el líder no se apoya en la creencia. Por e contrario, porque el líder formula una pretensión, los demás deben creer.

La relación entre creencia y pretensión queda sencillamente reemplazada por una creencia en el signo. En el signo está la prueba dada por el líder. Esta es la validez del carisma. El valor religioso del carisma es aprovechado y puesto al servicio de la estructura política. Esta puede ser en definitiva la primera ideología del poder: la creencia de que el poder es divino, de que no proviene de nosotros mismos, sino que proviene de Dios. El origen del poder que está es en pueblo es hurtado en la misma medida en que, para decirlo en términos marxistas, la plusvalía del trabajo parecer pertenecer al capital; se dice que tanto el poder como el capital funcionan sobre sus propias bases. La pretensión no se apoya en la creencia, sino que la creencia es arrancada por la pretensión.

Volvemos a la cuestión de por qué, aun cuando el marco conceptual de Weber es adecuado para el estudio de la ideología, Weber no analiza este tema. Podemos resumir la importancia del marco de Weber considerando un ejemplo de su aplicación. Weber trata un problema parecido al que se planteó Marx; Weber muestra que existe cierta reciprocidad entre la ética del protestantismo y la ideología del empresario. Existe cierta circularidad entre la estructura de clases y la ideología religiosa. Gran parte de la controversia suscitada por la tesis de Weber se concentra en esta relación entre la ética protestante y el capitalismo y en establecer cuál de estos fenómenos dio nacimiento al otro. Preguntarse si la ética protestante produjo la mentalidad capitalista o viceversa significa permanecer en un marco inapropiado. Diría yo que la ética suministra la estructura simbólica dentro de la cual operan algunas fuerzas económicas. No es posible preguntar lo que se la primero porque una fuerza opera dentro de cierto marco de significación y ese marco no puede formularse en términos de infraestructura y superestructura. Weber nos da, no tanto una solución alternativa de la marxista, como un mejor marco para abordar el mismo problema. El hecho de que nuestras relaciones estén petrificadas, congeladas, y ya no se nos manifiestan como lo que son; hay una reificación de las relaciones humanas. Es posible que el elemento antimarxista de Weber le impidiera tratar el problema de la reificación de sus propias categorías. El marco conceptual de Weber puede rescatarse empero para mostrar que el proceso de reificación se produce dentro de un sistema simbólico. Sólo un sistema simbólico puede alterarse de manera tal que parezca un sistema determinista. Weber siempre creyó que estaba tratando con estructuras transparentes, en tanto que nosotros sabemos que esas estructuras no son transparentes.

Esta pudiera ser una razón por la que Weber debió recurrir a los tipos ideales puesto que la transparencia no existe. La única manera de recobrar la significación es permanecer fuera del proceso deformador y manejarse con las abstracciones de tipos ideales. La supuesta falta de participación del sociólogo le permitiría no quedar atrapado en el proceso deformador. Weber no describe acabadamente el proceso deformador a través del cual se mueve si propio análisis. La existencia de un sistema de poder descansa en nuestras creencias, pero no lo reconocemos inmediatamente. Weber no indica que esta transparencia se da sólo al final de un proceso crítico. Sólo al terminar un proceso de crítica recuperamos como nuestro propio trabajo lo que se manifiesta como la productividad del capital, recuperamos como creencias motivadoras propias de nosotros lo que se manifiesta como el poder del Estado. El marco conceptual del Weber nos permite ver la brecha que hay entre pretensión y creencia, pero las razones de ello y la importancia de esta discrepancia no son factores que el propio Weber considere.

Marx dice que la clase no es un hecho dado sino que es un resultado de la acción, de la interacción, un resultado que no reconocemos como consecuencia de nuestra acción. En Weber, en ningún momento tenemos la idea de que algo es reprimido en esta experiencia de motivación, de que está perdida nuestra competencia comunicativa, para emplear el vocabulario de Habermas. Weber no ve que precisamente porque esta competencia comunicativa se ha perdido sólo podemos describir tipos o estructuras.