sábado, 6 de abril de 2013

Resúmenes Cambio Social I Parte 5


En la asignatura de Cambio Social I del primer cuatrimestre del Grado en Sociología de la UNED curso 2012/13, algunos compañeros realizamos los resúmenes de los capítulos de la bibliografía obligatoria Sociología del cambio social de Piotr Sztompka. Derechos reservados, sus autores.

Capítulo 1 Conceptos fundamentales en el estudio del cambio social. Tomás Javier Prieto González // Capítulo 2 Vicisitudes de la idea de progreso. Tomás Javier Prieto González // Capítulo 3 La dimensión temporal de la sociedad: El tiempo social. Víctor Riesgo // Capítulo 4 Modalidades de tradición histórica. Tomás Javier Prieto González // Capítulo 5 La modernidad y más allá. Víctor Riesgo // Capítulo 6 La globalización de la sociedad humana. Tomás Javier Prieto González // Capítulo 7 El evolucionismo clásico – Julia Ortega Trovar  // Capítulo 8 El neoevolucionismo - Julia Ortega Trovar // Capítulo 9 Teorías viejas y nuevas de la modernización – Andrea Fuente Fernández // Capítulo 10 Las teorías de los ciclos históricosBlas García Ruiz // Capítulo 11 El materialismo histórico - Blas García Ruiz  //Capítulo 12 Contra el desarrollismo, la crítica moderna Julio Monteagudo Diz // Capítulo 13 La historia como producto humanoGalaaz Vaamonde (9 octubre) // Capítulo 14 La nueva Sociología histórica - Galaaz Vaamonde // Capítulo 15 El devenir socialJesús Sánchez Azañedo // Capítulo 16 Las ideas como fuerzas históricas - Carlos Catalán Serrano // Capítulo 17 El surgimiento de lo normativo – María Purificación Moreno Moreno // Capítulo 18 Los grandes individuos como agentes de cambio social - María Purificación M. Moreno  

El mecanismo de progreso

Hay una variedad igual de puntos de vista acerca del mecanismo del progreso:

1.    Las fuerzas motrices o agencias del progreso: ¿qué empuja los procesos sociales en una dirección progresiva? ¿Cuáles son los agentes sociales que activan el proceso?
2.    Tenemos que considerar la forma o el perfil que toma el proceso: ¿Cuál es la trayectoria del progreso, de acuerdo con qué itinerario se mueve?
3.    Tenemos que examinar el modo de operar de un sistema social que produce progreso: ¿cómo se alcanza el progreso, por qué medios se logra?

Al hablar de la agencia del progreso podemos distinguir tres estadios consecutivos en la historia del pensamiento social:

1.    Los primeros pensadores localizaban la fuerza motriz en el dominio sobrenatural: las deidades, los dioses, la providencia, el destino.
2.    Pensadores posteriores colocaron la agencia en el dominio natural. Esta secularización (naturalización) de la agencia condujo a la consideración del progreso como un despliegue natural e inexorable de potencialidades, que demandaba adaptación o ajuste como la única reacción humana concebible.
3.    Pensadores modernos se inclinan a considerar a los agentes humanos como productores, constructores, del progreso, como algo que ha de alcanzarse, construirse, desarrollarse, y que requiere un esfuerzo creativo, una lucha, una búsqueda, como actitudes humanas apropiadas.

La diferencia más fundamental es la que divide la noción de progreso mecánico, automático de la noción activista de progreso:

1.    Postula una agencia extrahumana. Afirma la necesidad del progreso. El progreso acontece. Estimula una actitud pasiva, de “esperar a ver qué pasa”, adaptativa.
2.    Se concentra en la gente y en sus acciones. Admite la contingencia del progreso, que puede ocurrir. El progreso se consigue. Demanda un compromiso activo, creativo, constructivo.

Una dimensión de la trayectoria de un proceso de uniformidad, su suavidad. El progreso como un movimiento gradual, incrementando poco a poco. Pero hay otra imagen, alternativa, del progreso, como un proceso irregular, que opera a través de súbitos acelerones y congestiones, tras períodos de acumulación cuantitativa, experimentando un movimiento cualitativo hacia un nivel superior. Ésta es la imagen revolucionaria o dialéctica del progreso. La concepción moderna adelantada por Thomas Kuhn afirma que el progreso científico se logra a través de una serie de revoluciones científicas, cambios radicales de una concepción científica dominante, en lugar de mediante el mero incremento de añadidos al mismo cuadro de un dominio determinado. El rechazo de una paradigma anterior y la adopción de uno nuevo abren un período en el cual se produce trabajo acumulativo normal. Entonces es inevitablemente reemplazado por el nuevo paradigma. En la visión marxiana del progreso social y económico, las revoluciones sociales producen un cambio radical, cualitativo de las “formaciones socioeconómicas”. En los largos períodos entre las revoluciones el progreso se afirma a sí mismo de forma lenta, acumulativa, puramente cuantitativa. Los primeros evolucionistas como Comte, Spencer y Durkheim parecen ser de la primera opinión, lineal. Si tomamos a Karl Marx encontramos una imagen completamente diferente. Dentro de cada formación socioeconómica observamos regresiones regulares, sistemáticas. La revolución significa un salto progresivo de primera magnitud, pero entonces ese mismo proceso de regresión interna y de decadencia comienza de nuevo dentro de una nueva formación socioeconómica. A largo plazo, la trayectoria de la historia es progresiva; a corto plazo incorpora fases transitorias de regresión.

Si consideramos la manera de funcionar del sistema social que da lugar al progreso, aparece otro par de imágenes opuestas:

·      Una imagen enfatiza el despliegue “pacífico”, armonioso de potencialidades progresivas.
·      Se centra en las tensiones internas, en los torcimientos, contradicciones y conflictos, cuya resolución mueve al sistema en la dirección progresiva.

El tema de la lucha entre fuerzas opuestas del bien y del mal, ya está presente en la dicotomía de san Agustín, entre la Ciudad del Hombre y la Ciudad de Dios. En el periodo moderno es característica de la dialéctica de Hegel y Marx. La encontramos en el darwinismo; de la lucha por la existencia y la supervivencia de los mejor adaptados y de la progresiva evolución de las especies. También está presente en el psicoanálisis freudiano, que afirma la tensión permanente entre el “id” y el “superego” dentro de la personalidad humana, y entre la naturaleza y la cultura en el mundo extrapersonal, exterior.

El derrumbe de la idea de progreso

La idea de progreso parece haber entrado en declive durante el SXX; el siglo “espantoso”. Es un siglo que ha sido testigo del holocausto nazi y de los gulags de Stalin, de dos guerras mundiales, de más de 100 millones de asesinatos en conflictos locales y globales, de la tensión del desempleo y la pobreza, de hambres y epidemias, de la adicción a la droga y al crimen, de la destrucción ecológica y el agotamiento de recursos, de tiranías y dictaduras de toda laya desde el fascismo al comunismo, y por último pero no por ello menos importante, de las omnipresentes posibilidades de aniquilación nuclear y de catástrofe ambiental global. No sorprende que se haya extendido la desilusión y el desencanto con la idea de progreso. El progreso es una noción reflexiva: interactúa con la realidad social, florece en los períodos de progreso observable, decae en los periodos en los que el progreso real se vueve controvertido.

Robert Nisbet ha desvelado las principales premisas de la idea de progreso, y afirma que todas ellas son atacadas por el pensamiento contemporáneo. Durante años ha existido la convicción de la superioridad de la civilización occidental, recientemente hemos observado el “desplazamiento de Occidente”. Nisbet encuentra sus síntomas:

1.    En la extensión del irracionalismo, el renacimiento del misticismo, la rebelión contra la razón y contra a ciencia.
2.    En el subjetivismo y en el narcisismo egotista típico de la cultura de consumo.
3.    En el pesimismo reinante, en la imagen dominante de degeneración, de deterioro, de decadencia.

Otra premisa que subyace a la idea de progreso era la afirmación de un crecimiento sin límites de la economía y de la tecnología, la ilimitada expansión de los poderes humanos. La repetida idea de los “límites del crecimiento”, las barreras de la expansión. La siguiente permisa proclamaba la fe en la razón y en la ciencia como las únicas fuentes de conocimiento válido y aplicable. En su lugar observamos tanto el ataque a la ciencia, en nombre del relativismo epistemológico, y el ataque a la razón en nombre de la emoción, la intuición y la cognición extraempírica así como del irracionalismo absoluto. El concepto de progreso en sus versiones secularizadas modernas estaba enraizado en la “creencia en la importancia intrínseca, en el inefable valor de la vida sobre la tierra” (Nisbet). En su lugar, en la sociedad moderna, la cultura de consumo reinante con su énfasis en el tiempo libre y ene le placer hedonista, parece agotar su potencial de gratificación y movilización y aparecen el “hastío del aburrimiento”, el sentimiento de sinsentido, la experiencia de la anomia o de la alienación.

Dos premisas más a la lista de Nisbet el utopismo: la articulación de imágenes generales idealizadas de la mejor sociedad, de la sociedad deseada. Ahora estamos siendo testigos de un clima antiutópico, por ejemplo con la caída del sistema comunista, el último de los intentos fallidos de realizar una visión utópica en el mundo. Lo que queda es la incertidumbre e impredecibilidad del futuro, visto como contingente, abierto a la fortuna y a desarrollos fortuitos. No hay proyecto orientado hacia el futuro capaz de atrapar la imaginación humana y movilizar la acción colectiva. No hay una visión de un mundo mejor; en su lugar tenemos tanto profecías catastróficas o simples extrapolaciones de las tendencias presentes. No hay un programa de mejoramiento socia, no hay líneas maestras sobre cómo escapar a los problemas contemporáneos. No sorprende que la gente olvide su futuro y adopte actitudes presentistas, enfocadas a la gratificación inmediata, de breve horizonte temporal y de existencia meramente cotidiana.

El concepto de progreso ha sido reemplazado por el concepto de crisis como lema del SXX. Dominan las visiones pesimistas de las realidades sociales. La gente llega a acostumbrarse a pensar en términos de crisis económicas, políticas o culturales recurrentes o endémicas. Como dice John Holton: “El pensamiento social contemporáneo ha llegado a estar dominado, si no obsesionado, por la idea de la crisis”. Estamos siendo testigos de una curiosa “normalización de la crisis”. Este concepto deriva en su origen del teatro, o de la medicina, donde significaba el cruce de caminos, los puntos de bifurcación, los momentos en los que la intensificación de un proceso requiere alguna resolución, tanto del tipo positivo (la cicatrización del paciente), o de tipo negativo (la muerte). Por tanto la crisis es temporal, y conduce tanto a la mejora como al desastre. En contraste con ese significado, la gente es capaz de concebir la crisis social como crónica, endémica, y no vislumbrar su eliminación futura.

El derrumbe de la noción de progreso, y su reemplazo por la idea de la crisis crónica, da un clima intelectual y una ambiente popular en el que la “experiencia social es cada vez menos parte de una épica, y cada vez más parte de una comedia… Uno de los síntomas más llamativos de esta época de chácara sobre la crisis, y de normalización de la crisis es la ruptura de as narrativas optimistas del cambio social y de la evolución histórica”.

¿Significa esto que el progreso ha muerto?. La idea de progreso es demasiado importante para el pensamiento humano, demasiado fundamental para e alivio de las tensiones e incertidumbres existenciales como para eliminarla por las buenas. Está sufriendo un colapso temporal, pero tarde o temprano recuperará su sitio en la imaginación humana, Pero para salvaguardar la continuación de su viabilidad, necesita ser revisada y reformulada, purificada de algunas premisas anticuadas y confundentes. Una dirección posible de tal tarea será sugerida en la discusión que sigue, final, sobre el progreso.

viernes, 5 de abril de 2013

Jürgen Habermas Razones que cuenten


Artículo de Luisa del Rosario publicado en el canarias7.es el 10 de febrero de 2013

Jürgen Habermas pronunció en 1984
un discurso en el Congreso de los Diputados. Foto C7.es
Resulta paradójico que alguien que dedica sus esfuerzos al «trato comunicativo» sea tan poco accesible en sus textos. Aunque más que al propio Jürgen Habermas, autor de la Teoría de la acción comunicativa, podría achacarse a la falta de práctica lectora de textos tan precisos en el vocabulario, tan esmerados en las estructuras y tan kantianos en la construcción del discurso. Y quizás, también, a que la política y el espacio público, uno de sus campos de investigación, se ven hoy reducidos a un esperpéntico circo en el que solo se intercambian eslóganes y fotos de inauguraciones.  O como él mismo dice: «Los despiertos moderadores de los talks shows disponen, con sus invitados de siempre, una papilla de opiniones que quita hasta al último espectador toda esperanza de que todavía puedan existir, cuando se trata de temas políticos, razones que cuenten».

Pese a las complejidades, Habermas es reconocido como uno de los filósofos más importantes de las últimas décadas. Y por sus diversas contribuciones ha recibido multitud de premios, entre ellos el Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales. El último,  aún por recoger, el  Erasmus Prize 2013, que se entrega en octubre y que este año versaba sobre El futuro de la democracia. Un reconocimiento que se le otorga por «su visión humanista y compromiso con el futuro de Europa», además de porque lleva más de 50 años enfatizando «la importancia del diálogo, la democracia y la dignidad humana».

En el campo de la filosofía, la palabra marxista no asusta, como ocurre en otros ámbitos. Y Habermas, con salvedades de calado, especialmente porque sustituye el paradigma de la producción por el comunicativo, es marxista. De hecho el filósofo alemán es «el representante» de la segunda generación de la Escuela de Frankfurt, que es como se suele denominar a los pensadores del Instituto de Investigación Social que impulsaron Horkheimer y Adorno a finales de los años 20. Hegel, Marx y Freud fueron los principales inspiradores teóricos de un proyecto que continua aún hoy en multitud de ramas que van desde Estados Unidos (Seyla Benhabib) hasta España (Adela Cortina), aunque sigue teniendo su base en Alemania. 

La violencia, destrucción y atrocidad que supuso la I Guerra Mundial marcó a aquella primera generación de frankfurtianos que, llegada la segunda Gran Guerra, huyó de Alemania y el terror nazi. Y fue la cesura de 1945, que desveló una vida cotidiana «normal» como una forma patológica y criminal, la que impulsó a Habermas a confrontar el presente con el pasado ante el «temor ante una recaída política». Algo que permaneció en él, según confiesa en Entre naturalismo y religión, hasta los años ochenta.

Enfrascado entonces en el estudio de la esfera pública, que hace arrancar en los albores de la Modernidad, Habermas afirma que «las sociedades complejas solo pueden mantenerse unidas sobre la base de la solidaridad abstracta y mediada jurídicamente entre ciudadanos». Esto significa que no es la cultura o la religión lo que nos une, sino el «patriotismo constitucional», un término que en España llevó al lodazal José María Aznar. Por ello se habla del filósofo alemán como un demócrata radical, pues Habermas no defiende la democracia representativa que conviene a la clase política asida al poder, sino la democracia deliberativa, que se basa en la legitimidad fundada en razones públicas derivadas de un proceso de discusión en el cual todos los ciudadanos pueden participar libre e igualitariamente. Esto, obvio es decirlo, nada tiene que ver con el «asamblearismo» al que es condenada toda propuesta que se salga del plato del status quo. Para que este debate suceda hay un «procedimiento» teórico que se secunda de las propias reglas internas de la comunicación humana. Un tema, por otro lado, que le impulsó en una primera etapa de su filosofía a revisar el modelo  materialista desde la perspectiva del la pragmática del lenguaje. Fruto de este empeño nació la teoría de la acción comunicativa.

«Me acuerdo de las dificultades a las que me enfrenté cuando en el aula y en el patio de la escuela me tuve que hacer entender con una nasalización y con una articulación distorsionada, de las que yo mismo apenas era consciente», escribe Habermas, que sufre una malformación que le impedía hablar con claridad. Y se dio cuenta de lo que después sería una de las vertientes más importantes de su trabajo, «la fuerza del lenguaje», porque existe, afirma, «para la comunicación» y es con ella, a través de ella, por la que «se instaura la comunidad».

Europa es otro de los grandes temas que jalonan las investigaciones de Habermas. Decenas de artículos en los diarios más prestigiosos del Continente -además de libros como ¡Ay, Europa! (Trotta, 2009) o La constitución de Europa (Trotta, 2012), entre otros, exponen su visión y defensa de la política europea tan carente, en estos últimos años, de figuras capaces de hacer frente al neoliberalismo que «mercados» y neoburguesía han impuesto. En este sentido, Habermas ha sido un verdadero azote para Angela Merkel, a la que junto a Sarkozy el filósofo acusó de llevarnos hacia una «postdemocracia».  

Recientemente en el  Frankfurter Allgemeine Zeitung, junto a  Peter Bofinger y Julian Nida-Rümelin, advertía Habermas contra una situación inédita hasta ahora en la historia del capitalismo. Los ciudadanos deben pagar los desmanes de la banca que es la que ha causado la crisis actual. «Se ha traspasado un límite entre procesos sistémicos [los económicos] y procesos propios del mundo de la vida. Y eso es algo que, con razón, indigna a los ciudadanos», afirmaba.

En general, apunta la filósofa española Adela Cortina, la obra de Habermas puede entenderse «como un intento de encontrar formas de convivencia que armonicen la libertad individual con la dependencia social sin sacrificar los logros de la modernidad social, cultural y económica, esto es, sin volver a las comunidades sustanciales premodernas». Por ello ha desarrollado una teoría de la sociedad «con intención práctica», donde la intersubjetividad es fundamental. Por eso su visión de Europa es tan distinta a la actual Unión en la que los países ricos imponen sus condiciones a los que están en problemas y sin que éstos, ni sus ciudadanos, participen en las decisiones. Por lo que se podría decir que recibirá el Erasmus Prize por lo que «debería ser» Europa y la democracia, y no por «lo que es».

Artículo de Luisa del Rosario publicado en el canarias7.es el 10 de febrero de 2013

jueves, 4 de abril de 2013

Polanyi, La Gran Transformación. Cambio social Parte 4


Autor: Víctor Riesgo Gómez

El texto que es presentado a continuación ha sido realizado en el marco universitario y ha sido realizado por un alumno de la UNED. Se encuadra en la asignatura Cambio Social I de dicha universidad. Es intención del autor comprobar en qué medida la exposición y tesis que presentó en su momento Karl Polanyi puede ser observada mediante el enfoque proporcionado por las diversas teorías del Cambio Social y a cuál de ella o de ellas resulta más cercano.

También resulta sorprendente, y en cierto modo alarmante, la vigencia que cobran en el presente los análisis y la evolución de los hechos que presenta Polanyi. Los tipos de encrucijadas que han de afrontar las sociedades europeas y norteamericanas del siglo XIX y principios del XX se asemejan en gran medida a las actuales. Las decisiones y los intereses de los agentes en permanente “conflicto negociado” que interactúan en el campo sociocultural les acaba conduciendo a situaciones poco deseadas por la gran mayoría. De cómo se desarrollan estos procesos, de por qué desembocan en lo que desembocan y de quiénes son los agentes que actúan y en base a qué interese lo hacen es de lo que trata este trabajo. Estas fuerzas interactuando son las que, en resumidas cuentas, desarrollan diversos cambios sociales llenos de ambivalencias.

Tesis

La tesis principal ha quedado ya expuesta a lo largo del presente texto. El propio Polanyi en varios pasajes de su obra no tiene problema en explicitarla de manera clara y concreta. Así por ejemplo, escribe en la página 49 de la edición en español en Fondo de Cultura Económica: “Nuestra tesis es que la idea de un mercado autorregulado implicaba una utopía total. Tal institución no podía existir durante largo tiempo sin aniquilar la sustancia humana y natural de la sociedad; habría destruido físicamente al hombre y transformado su ambiente en un desierto. Inevitablemente la sociedad tomó medidas para protegerse, pero estas medidas afectaban a la regulación del mercado, desorganizaban la vida industrial, y así ponían en peligro a la sociedad en otro sentido. Fue este dilema el que impuso el desarrollo del sistema de mercado en forma definitiva y finalmente perturbó la organización social basada en él.”

Unas páginas más adelante, en la página 77, afirma que: “Esto conduce a nuestra tesis (…): que el origen del cataclismo se encontraba en el esfuerzo utópico del liberalismo económico por establecer un sistema de mercado autorregulado.”

Extenderme mucho más en este apartado no sería posible sin pecar de reiterativo. La tesis de Polanyi en La Gran Transformación constituye su argumento central de manera fidedigna. Los esfuerzos realizados por los partidarios del liberalismo, y la misma cotidianidad del momento en que realizó su obra, implican desarrollar un esfuerzo hercúleo para demostrar su tesis. De ahí que el trabajo de La Gran Transformación se centre de manera principal, sirviéndose de una amplia gama de detalles y razonamientos,  en demostrarla. 

Balance crítico

Cualquier trabajo de la extensión que contiene el que tenemos entre manos está sujeto a incurrir en errores, tiene puntos flacos en los razonamientos que construye, en los datos que aporta para sostener sus tesis o en la interpretación de los mismos que realiza. Podría atribuirse al texto que nos ocupa un cierto grado de actitud negativa ante el progreso y el avance de las sociedades por el camino del cambio social. La innumerable cantidad de artilugios que han sido creados y producidos en cadena desde el tiempo en que los cercamientos de los Tudor echan a andar quedan fuera de toda discusión. Que en cierto modo estos artilugios son el resultado del avance tecnológico y científico que se opera en el seno de las sociedades capitalistas parece también exento de demostración. Por tanto podría atribuirse un cierto grado de quietismo y conservadurismo a las premisas y las conclusiones que Polanyi nos presenta. No cabe duda de que los partidarios de la escuela económica de Chicago, o los miembros de diversos Think Tank neoliberales, o aquellos que se dan cita de manera anual en Davos, suscribirán sin dudarlo estas afirmaciones.

Sin embargo, en mi opinión, este conservadurismo que se podría atribuir a Polanyi no sería ajustado del todo a su manera de ver la transformación. Parece claro que las sociedades en sí mismas contienen el cambio, más que un ente duro y pétreo que se modifica de manera inmanente y compulsiva por sus propias condiciones intrínsecas, son espacios de acción entre agentes con desigual grado de poder. El cambio es, por tanto, el resultado de la lucha y la negociación de fuerzas que tensionan en diferentes direcciones este campo social. Lo que se abandona en el tránsito, o lo que permanece, no es de por sí ni positivo ni negativo, sino más bien el resultado de este “conflicto negociado” de manera permanente. De ahí que cualquier cambio en sí no pueda ser tachado de positivo, puesto que cada supuesto avance lo es a costa de dejar “cadáveres” por el camino.  Es conservador, porque lamenta que, en el cambio, no se haya podido conservar la urdimbre que dotaba de sentido y protección a los integrantes menos favorecidos de las sociedades.

Sin embargo, en este sentido el análisis polanyano modifica el punto principal del enfoque. No fía el análisis de los resultados al campo de lo material. Tener más objetos distintos para usos cada vez más excéntricos no supone para él un avance. Acuñar un hombre nuevo, el hombre económico, dotarlo de condición de naturalidad, modificar el conjunto de las estructuras y las instituciones sociales con el objetivo de ponerlas a su servicio, para finalmente acabar descubriendo que ese hombre nuevo, que supuestamente latía oculto en el núcleo más profundo de nuestra humanidad, no es más que el producto de un proyecto político, al servicio de unos intereses de clase determinados, penetrado hasta el fondo de un etnocentrismo radical y paleto, no es visto por el autor como un proceso de progreso social.  Más bien al contrario. Desarrollar este proyecto provoca arrancar al humano de su verdadera naturaleza, la sociedad, que le da sentido, en la que se forma, de la que obtiene el sustento físico, pero también el moral y el emocional y el cultural. En la que se hace, en definitiva, un ser completo, con sus innumerables imperfecciones también. Por tanto aquí los calificativos de progresismo o conservadurismo se tornan grises y ambiguos. Son tantas los matices que requieren para ser empleados que puede que sea más aconsejable apartarlos a un lado.

Un aspecto que provoca asombro de la descripción que realiza el autor del conjunto de instituciones que sostenían el orden internacional en el momento de mayor esplendor del liberalismo es la semejanza entre aquellas y las que sujetan el orden internacional del presente. Lo cual, además de asombro, a la luz de las consecuencias que nos muestra Polanyi, provoca un cierto grado de temor. Dos monedas de manera principal, el euro y el dólar, juegan el mismo papel que en ese tiempo jugaba el patrón oro. En este sentido hoy hay mayor heterogeneidad debido a que la hegemonía de las potencias centrales ya no es la misma que entonces. Pero los discursos que se articulan contra aquellos que no se pliegan a las leyes del mercado autorregulado contienen el mismo tipo de argumentación.

El estado liberal parece fuera de toda discusión, se admiten grados y matices, pero los estándares se tienden a homologar. El sistema de balanza de poder tiene fuertes semejanzas con el papel que la ONU desarrolla en nuestros días. El poder real de la  haute finance parece mayor aún en el presente. Pero el punto que más temor provoca es la similitud profunda que existe entre los discursos legitimadores del liberalismo que reinaba en aquel momento y el que reina en el presente.

Cuando hoy en día hablamos de los mercados para buscar apoyo a las políticas puestas en marcha, cuando las deudas públicas devienen en mecanismos para perjudicar a los menos favorecidos en el seno de las sociedades occidentales, -por no mencionar las consecuencias que estas deudas han tenido y siguen teniendo para millones de habitantes del llamado tercer mundo-, cuando el desempleo corroe las entrañas mismas de los estados liberales y se sigue hablando de “mercado de trabajo”, cuando la desigualdad se amplia y extiende por el globo, cuando las únicas opciones posibles para todo esto se presentan por la vía de ampliar las bases de negocio y esperar que de esta manera el goteo haga fluir recursos de arriba a abajo, cuando el deterioro ambiental amenaza a la especie sin distinción última de fronteras humanas..., cuando todo esto sucede, se acentúa y cronifica, es imposible no evocar las consecuencias que Polanyi nos expone en su obra. Las condiciones de la imposibilidad se hacen presentes del mismo modo que lo hicieron en los finales del siglo XIX.

El proyecto político, disfrazado de cientificidad, que supuso la imposición, por la fuerza cuando fue necesario, del orden liberal, fiaba la transformación a la consecución de unos objetivos colectivos, al menos en teoría. El crecimiento económico, -concepto del presente que contiene fuertes resonancias de aquello que Polanyi denomina el mejoramiento-, la competencia, la productividad y el mercado autorregulado, por sí mismos traerán la prosperidad. Si todo se fía a lograr este objetivo cuasi mágico los problemas sociales se resolverán por mor de la resolución de los económicos. Sólo hay que sentar las bases para que esto suceda. El lastre del que haya que deshacerse en este tránsito será un pago que retornará con rendimientos sobrados. Y sin embargo, el autor austriaco nos enseña que el pago no mereció la pena, al menos para generaciones enteras que fueron molidas en el “molino satánico” del mejoramiento. Del campesino laborioso e integrado que es expulsado de las tierras comunales a causa de los cercamientos a las generaciones que pierden su vida en las dos contiendas mundiales o en las múltiples revueltas o en los campos que el nazismo y el estalinismo pusieron en marcha. Desde un punto hasta el otro del espacio tiempo es claro que la mejora material tuvo lugar, es claro que el número de habitantes creció como muestra de la mejora de la productividad. Sin embargo, no es menos claro que las condiciones subjetivas de vida sufrieron un deterioro:  jamás se dio tanta abundancia material objetiva en medio de tanta escasez subjetiva.

El universo de las necesidades no cesa en su expansión, ese sistema de organización social erigido en torno al lucro y la ganancia nunca encuentra satisfacción. Las frustraciones emocionales o sociales son canalizadas al consumo compulsivo. El encanto que prometen numerosos artilugios se evapora en el mismo momento de ser adquiridos. El mercado siempre tiene una novedad que deja obsoleto, aunque siga siendo funcional, el aparato que ya tenemos. Y en este trasiego la satisfacción personal queda cada vez más lejos del alcance. Hemos pasado de ser integrantes de una comunidad a ser consumidores como mecanismo principal de identificación personal y social en una espiral de suma cero permanente.

Por último hay en las reflexiones de Polanyi un ingrediente excepcional para el momento histórico en el que realizó sus trabajos. Él ya vislumbró el deterioro ambiental que suponía el auge y la extensión del sistema social organizado en torno al principio de mercado autorregulado, este deterioro es hoy mucho más patente de lo que era a mediados del pasado siglo. Como señala el autor, el liberalismo necesita expandirse de manera perpetua para poder seguir procurando satisfacción a unas necesidades que se extienden sin final. Funcionó bien mientras las fronteras físicas estaban por limitarlo, el colonialismo o el ejemplo de los Estados Unidos extendiéndose de este a oeste fueron los referentes empleados para su legitimación. No se trata de que no estuviesen habitados estos nuevos espacios, simplemente sus habitantes fueron sometidos o exterminados y los asientos físicos de sus culturas, algunas milenariamente equilibradas con su hábitat, fueron expoliados sin miramientos.

Hoy somos conscientes del peligro ambiental provocado por el tipo de civilización alumbrada en la gran transformación: el calentamiento global, las alteraciones introducidas artificialmente en el ADN de ciertas especies, residuos de alta peligrosidad para la vida y con millones de años de actividad, la desertización, la deforestación, la reducción de la biodiversidad y un largo etcétera no nos son desconocidos. Sus consecuencias arrojan una alta indeterminación sobre el tipo de vida que futuras generaciones o que los más jóvenes en el presente puedan soportar en el medio plazo.

Romper los vínculos de la actividad humana con el medio natural que la sustenta y romper los vínculos naturales entre humanos, sustituyendo ambos lazos por contratos mercantiles de propiedad y derecho de explotación sin límites, (o muy escasos al menos), contiene un peligro implícito que no se quiere afrontar. Para unos pocos el negocio es lo principal, alterarlo o limitarlo en exceso es el mayor pecado que se puede cometer. Para grandes mayorías la actividad frenética que es necesario desarrollar para lograr el sustento básico no deja tiempo para la reflexión sobre este respecto. Si fueron necesarias varias generaciones para culminar el cambio desarraigador, de la tierra y de las relaciones sociales que daban satisfacción, serán necesarias algunas más para provocar un nuevo cambio que revise de manera crítica y fértil los conceptos sobre los que se realizó la gran transformación. Que haya un espacio para la esperanza no es algo claro. 


Autor: Víctor Riesgo Gómez

miércoles, 3 de abril de 2013

Polanyi, La Gran Transformación. Cambio social Parte 3


Autor: Víctor Riesgo Gómez

El texto que es presentado a continuación ha sido realizado en el marco universitario y ha sido realizado por un alumno de la UNED. Se encuadra en la asignatura Cambio Social I de dicha universidad. Es intención del autor comprobar en qué medida la exposición y tesis que presentó en su momento Karl Polanyi puede ser observada mediante el enfoque proporcionado por las diversas teorías del Cambio Social y a cuál de ella o de ellas resulta más cercano.

También resulta sorprendente, y en cierto modo alarmante, la vigencia que cobran en el presente los análisis y la evolución de los hechos que presenta Polanyi. Los tipos de encrucijadas que han de afrontar las sociedades europeas y norteamericanas del siglo XIX y principios del XX se asemejan en gran medida a las actuales. Las decisiones y los intereses de los agentes en permanente “conflicto negociado” que interactúan en el campo sociocultural les acaba conduciendo a situaciones poco deseadas por la gran mayoría. De cómo se desarrollan estos procesos, de por qué desembocan en lo que desembocan y de quiénes son los agentes que actúan y en base a qué interese lo hacen es de lo que trata este trabajo. Estas fuerzas interactuando son las que, en resumidas cuentas, desarrollan diversos cambios sociales llenos de ambivalencias.

Análisis del argumento central

Como ya vengo exponiendo a lo largo de este trabajo, el argumento central del autor se puede resumir de la siguiente manera: a lo largo del siglo XIX y principios del XX tiene lugar una profunda transformación del orden institucional y relacional que había operado hasta entonces. La fuente de la transformación encuentra su inspiración en motivaciones utilitaristas, racionalistas y economicistas. En el campo material es el surgimiento de la máquina y la industria a ella asociada lo que favorece este cambio social, esto supone que la esfera de las relaciones económicas es independizada, por agentes con cierto grado de poder, del conjunto de relaciones sociales en las que siempre se había encontrado inserta.

Las consecuencias de esta emancipación de la economía, como supuesta ciencia independiente y racional, provoca profundas dislocaciones en la urdimbre de la sociedad en su conjunto. Todas las demás relaciones sociales se ven profundamente modificadas, a gran velocidad, con resultados dramáticos para numerosos renglones sociales. Las relaciones no contractuales se ven erosionadas en sus bases y la aparente mejora económica supone un deterioro del ambiente cultural en el sentido más amplio. Finalmente tal proyecto tropieza en su desarrollo con los diversos mecanismos que grupos sociales perjudicados por él ponen en marcha con la función de protegerse de la dislocación a la que se ven sometidos. Este proyecto incompleto de sociedad resulta menos habitable que aquel que la utopía liberal proponía y que el tipo de sociedad anterior. El resultado final es una serie de conflictos violentos posteriores al último intento de reorientar a las sociedades de occidente en una senda de prosperidad y paz.

Polanyi adopta una perspectiva crítica del proceso de mejoramiento material que experimenta occidente como consecuencia de la Revolución Industrial. Duda, por tanto, de los glorificados efectos beneficiosos obtenidos en tal proceso. Su duda no es tanto en un sentido material estricto como en las consecuencias culturales y sociales que dicho proceso llevan aparejadas. Se acerca a la visión de Tonnies y su separación entre comunidad y sociedad. Esta crítica no se basa en meros aspectos especulativos o idealistas. Encuentra refrendo en averiguaciones antropológicas e históricas.

Su análisis se centra inicialmente en los aspectos institucionales que se ven sometidos al cambio forzado. Un determinado orden institucional resulta fundamental en la explicación y en la formación de las acciones que los agentes realizan. En contraposición con las posturas liberales a ultranza él mantiene que este orden institucional no es el resultado de un orden espontáneamente surgido en el curso de acciones individuales, por contra, es el resultado de un proceso forzado de cambio orientado al fin de modificar las condiciones y las reglas de juego. Como consecuencia de esta modificación las conductas sociales que no se adaptan o que son claramente señaladas tienden a su desaparición, lo opuesto sucede con las conductas y los intereses de los actores beneficiados.

Podemos inferir que el concepto de sociedad que alberga Polanyi contiene un cierto grado de organicismo al considerar que dicha sociedad actúa como un todo interrelacionado entre sí. Cabe pensar en este sentido que no resulta extraño para la época en que realizó sus trabajos y la fuerte orientación antropológica que contienen los mismos, si bien, es un organicismo algo peculiar que se podría enclavar en la perspectiva del conflicto. A lo largo de los razonamientos y las exposiciones que despliega en todo el trabajo, el conflicto entre diversas posiciones sociales es una causa explicativa fundamental.  Sin el recurso al conflicto y a la coerción desde posiciones institucionales de poder, ya sea mediante modificaciones legislativas, ya sea mediante el recurso a la violencia, no se puede explicar en absoluto su tesis.

La visión de Polanyi contiene una cierta perspectiva cíclica del acontecer social, si bien los ciclos que se infieren resultan ausentes de determinación intrínseca y hacen suponer un cierto componente de pendularidad. Lo cual evoca una suerte particular de aplicación de la dialéctica hegeliana, las contradicciones se acumulan y provocan respuesta por parte de los sectores o agentes perjudicados por ellas. Lo que en ningún caso nos debe hacer pensar que el resultado del conflicto dialéctico pueda devenir en un orden mejor o superior, pues la contingencia de los acontecimientos y el papel jugado por los diversos agentes son las causas principales que explican el nuevo orden resultante.

Es por tanto difícil de enclavar en una escuela de pensamiento exclusiva respecto al cambio social al combinar elementos de distintas perspectivas de manera singular. Esto sin duda se debe al eclecticismo conceptual que despliega en esta obra. Se sirve de la economía política, de la antropología, de la sociología, de la historia, así como de las teorías de los ciclos históricos o del materialismo dialéctico marxiano para construir sus argumentos y extraer una lógica de los hechos y los acontecimientos y de la evolución de los mismos. Sí parece claro que pone el acento en el papel de los agentes sociales como base explicativa del cambio. 

Otro aspecto que encierra su obra es el análisis del aparato conceptual que alberga el liberalismo puro del laissez-faire. A lo largo de varios capítulos disecciona este conjunto de ideas y orientaciones para la acción que, en la época en que se centra, permanecía revestido de una imparcialidad y objetividad científica. Sin embargo él descompone los principios en que se basa reduciéndolos a un conjunto coherente de presupuestos ideológicos, en ocasiones carentes de refrendo empírico, e incluso yendo contra la evidencia histórica y social. Para esto resulta de una importancia central la perspectiva holística y comparada que emplea, frente al reduccionismo individualista y etnocentrista en el que se origina el credo liberal.

El humano que dibuja Polanyi es un ser inserto en su cultura y resultado de un conjunto amplio de relaciones que le dan sentido, en contraposición al humano que los individualistas metodológicos construyen, el cual se asemeja a una máquina racional de elaborar cálculos estratégicos, con fines exclusivamente instrumentales, y cuyas preferencias no se originan en un ambiente social, son simple función y consecuencia de supuestas condiciones objetivas orgánicas, a las que el utilitarismo encuentra un sistema de medición. El resultado de tal engendro, el “homo económicus”, es un ser aislado cultural y socialmente, solo se vincula con los demás átomos igualmente aislados del sistema social a través de contratos mercantiles, y el motivo de toda acción es la posibilidad de obtener ganancia en metálico. 

Autor: Víctor Riesgo Gómez


martes, 2 de abril de 2013

Polanyi, La Gran Transformación. Cambio social Parte 2


Autor: Víctor Riesgo Gómez

El texto que es presentado a continuación ha sido realizado en el marco universitario y ha sido realizado por un alumno de la UNED. Se encuadra en la asignatura Cambio Social I de dicha universidad. Es intención del autor comprobar en qué medida la exposición y tesis que presentó en su momento Karl Polanyi puede ser observada mediante el enfoque proporcionado por las diversas teorías del Cambio Social y a cuál de ella o de ellas resulta más cercano.

También resulta sorprendente, y en cierto modo alarmante, la vigencia que cobran en el presente los análisis y la evolución de los hechos que presenta Polanyi. Los tipos de encrucijadas que han de afrontar las sociedades europeas y norteamericanas del siglo XIX y principios del XX se asemejan en gran medida a las actuales. Las decisiones y los intereses de los agentes en permanente “conflicto negociado” que interactúan en el campo sociocultural les acaba conduciendo a situaciones poco deseadas por la gran mayoría. De cómo se desarrollan estos procesos, de por qué desembocan en lo que desembocan y de quiénes son los agentes que actúan y en base a qué interese lo hacen es de lo que trata este trabajo. Estas fuerzas interactuando son las que, en resumidas cuentas, desarrollan diversos cambios sociales llenos de ambivalencias.

Conceptos

Desde el enfoque analítico del cambio social el primer concepto con el que tropezamos antes aún de abrir el libro es el de transformación. La transformación que él vislumbra es una profunda modificación del orden institucional, -las estructuras que moldean a las sociedades y determinan las acciones de los integrantes- acaecida de manera intencional por parte de agentes específicos con el objetivo final de condicionar y limitar las dinámicas que contienen dichas sociedades.

Esta transformación es un conjunto de procesos complejos. Es intencional y dirigida desde arriba. Esto resulta importante, pues supone contradecir con hechos históricos y datos concretos a quienes sostienen que el cambio hacia la mercantilización de todos los ámbitos de la vida social es un resultado natural inmanente a la naturaleza del ser humano.

Del mismo modo la transformación que describe nos es presentada como direccional. En un principio, al menos, aquellos que presionan para provocar el cambio pretenden que sea irreversible y la muestran como un estadio superior de la sociedad. Es por tanto vista por los agentes promotores del cambio como un proceso de progreso social.

Polanyi por el contrario cuestiona que este proceso albergue progreso. O más bien duda de las consecuencias últimas de un progreso material, el cual parece menos discutible. En varios capítulos propone una contradicción entre dos conceptos: mejoramiento contra habitación. Ese mejoramiento material, cuantificable y objetivable, es opuesto así a la idea de habitación en un sentido amplio. Con ello se refiere al hecho de que las condiciones de vida de los humanos no sólo están mediadas y determinadas por las condiciones materiales. La habitación representa aquí al lugar donde habitan los humanos y al conjunto de relaciones sociales que establecen entre sí y que les proveen de cobijo.

Buena parte de los conceptos que emplea el autor provienen del campo de la economía; mercado autorregulado, como ente producto de relaciones entre humanos y que fija los precios de las mercancías en función de la oferta y demanda de las mismas. Entre estas mercancías quedan subsumidas “mercancías ficticias”, como son el trabajo humano, la naturaleza y el dinero. He aquí un cambio sustancial con respecto a otros tiempos en los que estos conceptos no quedaban sujetos a leyes de mercado. El motivo principal de que esto no hubiese sucedido en el pasado según Polanyi tiene que ver con el hecho de que estas tres “mercancías ficticias” se diferenciaban principalmente de las mercancías reales en que no habían sido producidas para ser intercambiadas. 

En este plano resulta interesante destacar la tipología que establece de principios de comportamiento humano orientados a la satisfacción de las necesidades materiales básicas que contiene cualquier organización social existente a lo largo de la historia. Frente al dominio exclusivo y preponderante del principio del mercado, organizado entorno al intercambio con miras puesta en la ganancia, opone los principios de reciprocidad, redistribución y el principio del hogar o producción orientada al consumo propio en el núcleo formado por familias extensas. Estos principios de comportamiento humano no surgen de la nada, son el resultado del registro producido por múltiples antropólogos a lo largo de diversos lugares del globo, o de la observación de la historia de los imperios y civilizaciones precedentes en el tiempo. 

Para Polanyi estos principios de comportamiento cumplen la función de orientar la producción y la distribución de bienes materiales necesarios para el sustento, si bien  los mismos permanecen insertos en un conjunto de relaciones sociales más amplio que el específico de la economía formal de mercado, y necesitan de un universo de patrones institucionales más extenso para desarrollarse de manera satisfactoria. Es la organización social completa la que se sirve de ellos, en lugar de ser principios articuladores de relaciones sociales, como se pretende que sea el resultado de la transformación a una sociedad de mercado, en la que el mercado autorregulado organiza y articula al resto de relaciones sociales.

Interés clasista. El autor identifica, como una de las claves fundamentales para explicar el cambio social, el interés de las clases en su acción, transformadora o conservadora. Cualquiera que sea la fuente o el medio del cambio, son los agentes que desarrollan acciones estratégicas o defensivas los que, finalmente, operan para que éste llegue a su fin, si bien en el largo plazo, los intereses exclusivos de clase no sirven para explicar por qué el cambio llegó a su fin. Determinadas clases ponen en marcha los procesos, pero su éxito final depende de la interrelación con las demás clases que entran en juego, de las condiciones objetivas materiales y el grado en qué estas propician o no su éxito. Para Polanyi también, y esto resulta fundamental en su planteamiento, las motivaciones económicas no son las principales para orientar el comportamiento. Estas tienen importancia en un primer momento, una vez alcanzado determinado umbral de satisfacción, son motivaciones sociales las que orientan la acción. La posición social, el rango, el estatus, la percepción subjetiva de seguridad o el grado de poder acumulado son más determinantes en la construcción de motivaciones que las meras inspiraciones materiales, las cuales, como mucho, constituyen una representación objetiva de las anteriores.

Autor: Víctor Riesgo Gómez

lunes, 1 de abril de 2013

Polanyi, La Gran Transformación. Cambio social Parte 1


Autor: Víctor Riesgo Gómez

El texto que es presentado a continuación ha sido realizado en el marco universitario y ha sido realizado por un alumno de la UNED. Se encuadra en la asignatura Cambio Social I de dicha universidad. Es intención del autor comprobar en qué medida la exposición y tesis que presentó en su momento Karl Polanyi puede ser observada mediante el enfoque proporcionado por las diversas teorías del Cambio Social y a cuál de ella o de ellas resulta más cercano.

También resulta sorprendente, y en cierto modo alarmante, la vigencia que cobran en el presente los análisis y la evolución de los hechos que presenta Polanyi. Los tipos de encrucijadas que han de afrontar las sociedades europeas y norteamericanas del siglo XIX y principios del XX se asemejan en gran medida a las actuales. Las decisiones y los intereses de los agentes en permanente “conflicto negociado” que interactúan en el campo sociocultural les acaba conduciendo a situaciones poco deseadas por la gran mayoría. De cómo se desarrollan estos procesos, de por qué desembocan en lo que desembocan y de quiénes son los agentes que actúan y en base a qué interese lo hacen es de lo que trata este trabajo. Estas fuerzas interactuando son las que, en resumidas cuentas, desarrollan diversos cambios sociales llenos de ambivalencias.

Síntesis

De la mano de Karl Polanyi somos sumergidos en la descripción del proceso histórico acaecido en el seno de los países pertenecientes a Europa occidental, y de manera más concreta en Inglaterra, durante el tránsito del Antiguo Régimen hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Este tiempo es modelado de manera crítica y determinante por la aparición, auge y derrumbe de una serie de ideas instrumentalizadas por clases sociales concretas que resultan beneficiarias directas de las mismas. El papel explicativo no recae de manera exclusiva sobre las ideas, éstas son producto, entre otras causas, del cambio en el campo de los hechos materiales, que a su vez resultan modificados posteriormente.


Ideas y hechos, en simbiosis cuasi perfecta, ejecutados por agentes determinados, van pergeñando cambios en los órdenes institucionales, culturales y políticos desde la esfera de lo económico, la cual ha sido previamente emancipada del resto de relaciones sociales en las que permaneció subsumida en el pasado y a la que las sociedades, por su tendencia natural de autoprotección, procuran retornar mediante mecanismos defensivos variados.

El eje central de esta obra de Polanyi es, por tanto, la descripción de los mecanismos empleados para imponer a las sociedades en su conjunto una visión estrecha e irreal de la economía. Ésta es presentada a modo de ciencia exacta que descubre y describe una serie de leyes universales inmanentes e invariables, en torno a las cuales se pretende constituir el único elemento motivacional del comportamiento humano. Tal imposición actúa como motor principal del cambio, provocando profundas dislocaciones en las urdimbres sociales tejidas históricamente con la función de mantener lazos y relaciones que procuran protección, cobijo o razón de ser a los individuos que forman las comunidades.

Consecuencia de esta ruptura, provocada por un cambio social a excesiva velocidad y con cierto poder destructor, los actores perjudicados desarrollan diversos mecanismos de autodefensa que obstaculizan el avance y la hegemonía de los principios y resortes que iniciaron la transformación. El resultado final del conflicto causado por  fuerzas contradictorias luchando en el campo social de manera enconada nos lleva al  auge de los fascismos y, de ahí, a la solución final representada de manera dramática por la Segunda Guerra Mundial.

La obra se divide en tres partes diferenciadas, pero interrelacionadas. En la primera de ellas es descrita la situación institucional internacional que da lugar a lo que Polanyi denomina “la paz de los cien años”. Este periodo, que alcanza de 1815 a 1915, contempla alguna guerra colonial y un par de breves guerras, -la Guerra de Crimea y  la Guerra Franco-Prusiana-, si bien, no hay en este tiempo ninguna guerra de gran duración y que implique a las potencias centrales de aquel momento luchando entre sí. En comparación con cualquier periodo anterior, jalonado de guerras interminables entre los países de la vieja Europa y culminado por las Guerras Napoleónicas, este espacio temporal puede ser considerado como una paz prolongada. Aunque su inicio coincide con el Congreso de Viena y las restauraciones monárquicas por medio de la fuerza, las bases que sustentan y legitiman este período de paz van desplazándose de fuentes sacras e imperiales hacia otras más pragmáticas.

Cuatro son las instituciones principales en que se fundamenta el orden en la cumbre de este periodo: Patrón oro, y mercado autorregulado son las instituciones económicas; sistema de balance de poder y Estado liberal como instituciones políticas. No obstante para el autor la principal, y a la que sirven las otras tres, es el mercado autorregulado, institución ésta que deviene en piedra fundacional sobre la que se erige el cambio social que mayor transformación y en menor tiempo ha contemplado la humanidad.

Del origen, auge, hegemonía, deterioro y derrumbe de la idea del mercado autorregulado trata la parte central del libro. Si bien, insisto, de la idea como tal y de los hechos materiales a los que da lugar o de los hechos materiales que procuran soporte y apoyo para el nacimiento y la extensión de dicha idea y de las consecuencias que en el mismo campo de las ideas tiene.

Su origen parte de un conjunto de concepciones axiomáticas especulativas sin demostración empírica que tiene lugar en la Inglaterra de finales del XVIII y que se extienden al resto de Europa de manera desigual. Tales concepciones son enunciadas por Adam Smith y refinadas y completadas por los posteriores seguidores de sus principios. Utilitaristas como Bentham o moralistas como Malthus aprovechan las elaboraciones teóricas del escocés para seguir construyendo el castillo en el aire que condena a las sociedades, y de manera especial a la británica, a sufrir las “consecuencias de la imposibilidad”. La incipiente economía política reviste de pretendida veracidad objetiva mitos no demostrados como el de la tendencia natural del humano al comercio o la racionalidad pura como guía exclusiva de las acciones del individuo. Una racionalidad concebida sin marco de referencia social ni cultural alguno en su construcción, tornándose por tanto en universal.

Y sin embargo Polanyi muestra como excepción histórica en la producción y el suministro de bienes materiales de las diversas sociedades el mecanismo de mercado. Reciprocidad, redistribución, y el “principio del hogar” son principios que de manera sustancial han venido empleado las sociedades para regir sus sistemas económicos. En ellos la motivación del lucro queda desterrada antes aún de haberse hecho presente. Diversas instituciones sociales, costumbre, derecho, magia, ética o un principio de reconocimiento social por el trabajo bien realizado, mantenían en pie y unidas a las comunidades y aseguraban el funcionamiento económico, integrando a su vez éste en el conjunto de relaciones sociales de las que eran una mera función.

En aquellos lugares donde con posterioridad al siglo XVI se empiezan a generalizar los mercados la institución resultante nada tiene que ver con el mito posteriormente construido de un mercado autorregulado. Estos mercados son sometidos a fuertes restricciones con el fin de evitar desabastecimientos de bienes básicos o monopolios, y consecuentes alzas sostenidas de precios.

Sin embargo, la idea del mercado autorregulado era útil para una serie de clases sociales emergentes en los inicios del siglo XIX. Resultaba un mecanismo que, en su totalidad o en algunos de sus componentes, contenían beneficios para estas clases emergentes. Debido al poder asimétrico que acaparaban de partida, o debido a su capacidad de trazar alianzas estratégicas con otras clases en determinados momentos circunstanciales, fue cuajando su auge y hegemonía. Resultando para Polanyi un proceso para nada espontáneo y sí producto de un conjunto de procesos forzados y artificiales en los que las posiciones previas de los agentes que promueven y fuerzan el cambio resultan determinantes para su desenlace. 

Para que la maquinaria de la Revolución Industrial se desarrollase era necesario contar con una mano de obra abundante, disponible y fluctuante. Era necesario que la mano de obra, y los que la encarnaban, -una incipiente clase obrera-, quedasen sometidos de manera exclusiva a las leyes del mercado autorregulado. Las medidas de protección social fueron arrinconadas y limitadas, por cosficadoras o alienantes que resultasen. La leyenda de la isla de las cabras y los perros revestía de naturalidad el antinatural proceso, a la luz de lo observado en otras culturas, de abandono a su suerte a pobres y desempleados. Spencer o Malthus se encargaban de dotar de sentido práctico esta “evolución”. El hambre se convertía en el mecanismo que empujaba a los humanos al mercado. Los procesos de cercamientos y expropiaciones habían sentado las bases previas para la existencia de este hambre.

Para que los alimentos fluyeran en abundancia y sus precios disminuyesen era necesario levantar aranceles sobre los granos. Se sometía así a la tierra también a las leyes del mercado autorregulado. Poco importaba que como resultado de estos mecanismos los propietarios y trabajadores del agro fuesen sometidos a una elevada indeterminación respecto de sus propias vidas. Como poco importaba que los cercamientos pasados y los que habían de venir deteriorasen las condiciones objetivas de la tierra, del agua y de los humanos que las poblaban. Entre habitación y mejoramiento se elegía mejoramiento, aunque las consecuencias sociales de dicha elección fuesen dramáticas.  Ahora ya, hombre y naturaleza habían sido sometidos a las leyes del mercado.

El último eslabón necesario para culminar la transformación era el del dinero. El patrón oro constituía el resorte empleado para tal fin. Una equivalencia de cada moneda nacional al sistema del patrón oro arrebataba por completo a las instituciones políticas nacionales cualquier capacidad de decisión sobre sus finanzas. Del mismo modo quedaban conectadas las economías que aceptaban este tránsito a un mercado internacional autorregulado. Las consecuencias últimas para la misma industria de este paso final eran también cada vez más negativas. Pero había surgido una nueva clase que acumulaba poder por encima de las demás, suficiente como para ser capaz de someter al resto de poderes a sus dictados. La haute finance era el gran inspirador y máximo beneficiario de esa paz de los cien años antes señalada.

El patrón oro y las tasas de cambio fluctuantes restaban importancia a la denominación que adquiriese cada moneda o la figura que estuviese representada en el billete. Este sistema institucional había dado a luz una nueva clase con poder más allá de las fronteras nacionales. El poder acumulado por esta nueva clase había sido gestado en un proceso prolongado en el tiempo, no lineal, y que había consistido en una serie de cambios en, para culminar con un cambio de, sistema institucional. El resultado del mismo para amplias capas sociales era claramente degradante. Las consecuencias de la degradación iban más allá del campo de lo material y lo económico formal. La desintegración completa del ambiente cultural de las víctimas era patente.

No obstante el autor sostiene que este proceso nunca resultó perfecto y acabado, conforme se iban dando nuevos pasos en su avance integrantes de otros renglones sociales, que resultaban perjudicados por el cambio, articulaban medidas de defensa para detener dicho avance. Las medidas defensivas son tachadas de intervencionistas para su descalificación por parte de los adalides del cambio, ignorando o soslayando que el mismo proceso de cambio era resultado de un tipo concreto de intervención deliberada y, en ocasiones impuesto por la fuerza, y no la consecuencia de un orden natural y espontáneo. Este intervencionismo creciente va socavando las bases de la confianza en que se sustentaba el conjunto de instituciones que apuntalaban el orden anterior existente, lo cual provoca su declive paulatino. Las tensiones destructivas comienzan a acumularse y conducen a los estados de Europa al clima prebélico que reina en los inicios del siglo XX.

Comienza aquí la tercera parte del libro que el autor titula la “transformación en progreso”. En ella se detiene en detallar los enfrentamientos políticos transcurridos durante el periodo en que sucede la modificación dirigida del orden institucional.  La lucha de los cartistas por conseguir extender el sufragio universal y como las clases que acumulan poder político se enfrentan a este objetivo, hasta que las clases obreras y campesinas han quedado suficientemente diferenciadas en intereses en su seno lo que, en un principio, las convierte en agentes inofensivos para el orden resultante.

También se describe como, tras la Primera Guerra Mundial, a la que atribuye ser el final real del siglo XIX, las condiciones objetivas resultantes propician el auge de movimientos populistas y demagógicos de corte fascista, el cual se extiende por todo occidente, adopta diversas posiciones estratégicas que van del nacionalismo extremo al pacifismo populista. Una economía de mercado que no acababa de funcionar, y a la que en su gestación se habían fiado las instituciones que daban abrigo a la población, unido a las tensiones contrarevolucionarias y el revisionismo nacional que se extiende por toda Europa, contienen el germen de los movimientos fascistas.

En el primer periodo, tras la Gran Guerra, las revueltas obreras, que persiguen un cambio de orden, inspiradas en el socialismo marxista y por el ejemplo soviético, son contestadas  por milicias fascistas que no tienen inconveniente en realizar la tarea sucia de la burguesía y las clases acomodadas. El espejismo económico de los años veinte parece hacer que retorne la calma. Restablecer el patrón oro vuelve a ocupar a los gobernantes y la misma URSS comienza a integrarse en el sistema de mercado de manera progresiva. Tras la crisis del 29, y el abandono en cadena del patrón oro por parte de los diversos estados de Europa, los conflictos vuelven a estar en el centro de las agendas. Reaparece, con mayor fuerza si cabe, el fenómeno del fascismo en respuesta a los descontentos internos y a las tensiones internacionales provocadas por el hundimiento de las instituciones que habían dado sentido y articulado el orden internacional.

Patrón oro, y mercados autorregulados habían quedado disueltos por la crisis. En su caída arrastraban el balance de poder, ya maltrecho tras la paz de Versalles, y a los propios estado liberales. El New Deal, los planes quinquenales de la URSS o la preparación de la guerra en Alemania habían pasado a ocupar el papel que se reservó durante un siglo al Laiseez-Faire. 

En el capítulo final Polanyi reflexiona acerca del tipo de libertad que resultó de este orden institucional transformador que imperó durante el siglo XIX y principios del XX. De las consecuencias que se derivaron de este axioma conceptual. Así como de las lecciones que cabe aprender con el fin de no repetir errores similares en el futuro. Es decir, contiene una dimensión normativa orientadora de la acción.

Autor: Víctor Riesgo Gómez