jueves, 4 de abril de 2013

Polanyi, La Gran Transformación. Cambio social Parte 4


Autor: Víctor Riesgo Gómez

El texto que es presentado a continuación ha sido realizado en el marco universitario y ha sido realizado por un alumno de la UNED. Se encuadra en la asignatura Cambio Social I de dicha universidad. Es intención del autor comprobar en qué medida la exposición y tesis que presentó en su momento Karl Polanyi puede ser observada mediante el enfoque proporcionado por las diversas teorías del Cambio Social y a cuál de ella o de ellas resulta más cercano.

También resulta sorprendente, y en cierto modo alarmante, la vigencia que cobran en el presente los análisis y la evolución de los hechos que presenta Polanyi. Los tipos de encrucijadas que han de afrontar las sociedades europeas y norteamericanas del siglo XIX y principios del XX se asemejan en gran medida a las actuales. Las decisiones y los intereses de los agentes en permanente “conflicto negociado” que interactúan en el campo sociocultural les acaba conduciendo a situaciones poco deseadas por la gran mayoría. De cómo se desarrollan estos procesos, de por qué desembocan en lo que desembocan y de quiénes son los agentes que actúan y en base a qué interese lo hacen es de lo que trata este trabajo. Estas fuerzas interactuando son las que, en resumidas cuentas, desarrollan diversos cambios sociales llenos de ambivalencias.

Tesis

La tesis principal ha quedado ya expuesta a lo largo del presente texto. El propio Polanyi en varios pasajes de su obra no tiene problema en explicitarla de manera clara y concreta. Así por ejemplo, escribe en la página 49 de la edición en español en Fondo de Cultura Económica: “Nuestra tesis es que la idea de un mercado autorregulado implicaba una utopía total. Tal institución no podía existir durante largo tiempo sin aniquilar la sustancia humana y natural de la sociedad; habría destruido físicamente al hombre y transformado su ambiente en un desierto. Inevitablemente la sociedad tomó medidas para protegerse, pero estas medidas afectaban a la regulación del mercado, desorganizaban la vida industrial, y así ponían en peligro a la sociedad en otro sentido. Fue este dilema el que impuso el desarrollo del sistema de mercado en forma definitiva y finalmente perturbó la organización social basada en él.”

Unas páginas más adelante, en la página 77, afirma que: “Esto conduce a nuestra tesis (…): que el origen del cataclismo se encontraba en el esfuerzo utópico del liberalismo económico por establecer un sistema de mercado autorregulado.”

Extenderme mucho más en este apartado no sería posible sin pecar de reiterativo. La tesis de Polanyi en La Gran Transformación constituye su argumento central de manera fidedigna. Los esfuerzos realizados por los partidarios del liberalismo, y la misma cotidianidad del momento en que realizó su obra, implican desarrollar un esfuerzo hercúleo para demostrar su tesis. De ahí que el trabajo de La Gran Transformación se centre de manera principal, sirviéndose de una amplia gama de detalles y razonamientos,  en demostrarla. 

Balance crítico

Cualquier trabajo de la extensión que contiene el que tenemos entre manos está sujeto a incurrir en errores, tiene puntos flacos en los razonamientos que construye, en los datos que aporta para sostener sus tesis o en la interpretación de los mismos que realiza. Podría atribuirse al texto que nos ocupa un cierto grado de actitud negativa ante el progreso y el avance de las sociedades por el camino del cambio social. La innumerable cantidad de artilugios que han sido creados y producidos en cadena desde el tiempo en que los cercamientos de los Tudor echan a andar quedan fuera de toda discusión. Que en cierto modo estos artilugios son el resultado del avance tecnológico y científico que se opera en el seno de las sociedades capitalistas parece también exento de demostración. Por tanto podría atribuirse un cierto grado de quietismo y conservadurismo a las premisas y las conclusiones que Polanyi nos presenta. No cabe duda de que los partidarios de la escuela económica de Chicago, o los miembros de diversos Think Tank neoliberales, o aquellos que se dan cita de manera anual en Davos, suscribirán sin dudarlo estas afirmaciones.

Sin embargo, en mi opinión, este conservadurismo que se podría atribuir a Polanyi no sería ajustado del todo a su manera de ver la transformación. Parece claro que las sociedades en sí mismas contienen el cambio, más que un ente duro y pétreo que se modifica de manera inmanente y compulsiva por sus propias condiciones intrínsecas, son espacios de acción entre agentes con desigual grado de poder. El cambio es, por tanto, el resultado de la lucha y la negociación de fuerzas que tensionan en diferentes direcciones este campo social. Lo que se abandona en el tránsito, o lo que permanece, no es de por sí ni positivo ni negativo, sino más bien el resultado de este “conflicto negociado” de manera permanente. De ahí que cualquier cambio en sí no pueda ser tachado de positivo, puesto que cada supuesto avance lo es a costa de dejar “cadáveres” por el camino.  Es conservador, porque lamenta que, en el cambio, no se haya podido conservar la urdimbre que dotaba de sentido y protección a los integrantes menos favorecidos de las sociedades.

Sin embargo, en este sentido el análisis polanyano modifica el punto principal del enfoque. No fía el análisis de los resultados al campo de lo material. Tener más objetos distintos para usos cada vez más excéntricos no supone para él un avance. Acuñar un hombre nuevo, el hombre económico, dotarlo de condición de naturalidad, modificar el conjunto de las estructuras y las instituciones sociales con el objetivo de ponerlas a su servicio, para finalmente acabar descubriendo que ese hombre nuevo, que supuestamente latía oculto en el núcleo más profundo de nuestra humanidad, no es más que el producto de un proyecto político, al servicio de unos intereses de clase determinados, penetrado hasta el fondo de un etnocentrismo radical y paleto, no es visto por el autor como un proceso de progreso social.  Más bien al contrario. Desarrollar este proyecto provoca arrancar al humano de su verdadera naturaleza, la sociedad, que le da sentido, en la que se forma, de la que obtiene el sustento físico, pero también el moral y el emocional y el cultural. En la que se hace, en definitiva, un ser completo, con sus innumerables imperfecciones también. Por tanto aquí los calificativos de progresismo o conservadurismo se tornan grises y ambiguos. Son tantas los matices que requieren para ser empleados que puede que sea más aconsejable apartarlos a un lado.

Un aspecto que provoca asombro de la descripción que realiza el autor del conjunto de instituciones que sostenían el orden internacional en el momento de mayor esplendor del liberalismo es la semejanza entre aquellas y las que sujetan el orden internacional del presente. Lo cual, además de asombro, a la luz de las consecuencias que nos muestra Polanyi, provoca un cierto grado de temor. Dos monedas de manera principal, el euro y el dólar, juegan el mismo papel que en ese tiempo jugaba el patrón oro. En este sentido hoy hay mayor heterogeneidad debido a que la hegemonía de las potencias centrales ya no es la misma que entonces. Pero los discursos que se articulan contra aquellos que no se pliegan a las leyes del mercado autorregulado contienen el mismo tipo de argumentación.

El estado liberal parece fuera de toda discusión, se admiten grados y matices, pero los estándares se tienden a homologar. El sistema de balanza de poder tiene fuertes semejanzas con el papel que la ONU desarrolla en nuestros días. El poder real de la  haute finance parece mayor aún en el presente. Pero el punto que más temor provoca es la similitud profunda que existe entre los discursos legitimadores del liberalismo que reinaba en aquel momento y el que reina en el presente.

Cuando hoy en día hablamos de los mercados para buscar apoyo a las políticas puestas en marcha, cuando las deudas públicas devienen en mecanismos para perjudicar a los menos favorecidos en el seno de las sociedades occidentales, -por no mencionar las consecuencias que estas deudas han tenido y siguen teniendo para millones de habitantes del llamado tercer mundo-, cuando el desempleo corroe las entrañas mismas de los estados liberales y se sigue hablando de “mercado de trabajo”, cuando la desigualdad se amplia y extiende por el globo, cuando las únicas opciones posibles para todo esto se presentan por la vía de ampliar las bases de negocio y esperar que de esta manera el goteo haga fluir recursos de arriba a abajo, cuando el deterioro ambiental amenaza a la especie sin distinción última de fronteras humanas..., cuando todo esto sucede, se acentúa y cronifica, es imposible no evocar las consecuencias que Polanyi nos expone en su obra. Las condiciones de la imposibilidad se hacen presentes del mismo modo que lo hicieron en los finales del siglo XIX.

El proyecto político, disfrazado de cientificidad, que supuso la imposición, por la fuerza cuando fue necesario, del orden liberal, fiaba la transformación a la consecución de unos objetivos colectivos, al menos en teoría. El crecimiento económico, -concepto del presente que contiene fuertes resonancias de aquello que Polanyi denomina el mejoramiento-, la competencia, la productividad y el mercado autorregulado, por sí mismos traerán la prosperidad. Si todo se fía a lograr este objetivo cuasi mágico los problemas sociales se resolverán por mor de la resolución de los económicos. Sólo hay que sentar las bases para que esto suceda. El lastre del que haya que deshacerse en este tránsito será un pago que retornará con rendimientos sobrados. Y sin embargo, el autor austriaco nos enseña que el pago no mereció la pena, al menos para generaciones enteras que fueron molidas en el “molino satánico” del mejoramiento. Del campesino laborioso e integrado que es expulsado de las tierras comunales a causa de los cercamientos a las generaciones que pierden su vida en las dos contiendas mundiales o en las múltiples revueltas o en los campos que el nazismo y el estalinismo pusieron en marcha. Desde un punto hasta el otro del espacio tiempo es claro que la mejora material tuvo lugar, es claro que el número de habitantes creció como muestra de la mejora de la productividad. Sin embargo, no es menos claro que las condiciones subjetivas de vida sufrieron un deterioro:  jamás se dio tanta abundancia material objetiva en medio de tanta escasez subjetiva.

El universo de las necesidades no cesa en su expansión, ese sistema de organización social erigido en torno al lucro y la ganancia nunca encuentra satisfacción. Las frustraciones emocionales o sociales son canalizadas al consumo compulsivo. El encanto que prometen numerosos artilugios se evapora en el mismo momento de ser adquiridos. El mercado siempre tiene una novedad que deja obsoleto, aunque siga siendo funcional, el aparato que ya tenemos. Y en este trasiego la satisfacción personal queda cada vez más lejos del alcance. Hemos pasado de ser integrantes de una comunidad a ser consumidores como mecanismo principal de identificación personal y social en una espiral de suma cero permanente.

Por último hay en las reflexiones de Polanyi un ingrediente excepcional para el momento histórico en el que realizó sus trabajos. Él ya vislumbró el deterioro ambiental que suponía el auge y la extensión del sistema social organizado en torno al principio de mercado autorregulado, este deterioro es hoy mucho más patente de lo que era a mediados del pasado siglo. Como señala el autor, el liberalismo necesita expandirse de manera perpetua para poder seguir procurando satisfacción a unas necesidades que se extienden sin final. Funcionó bien mientras las fronteras físicas estaban por limitarlo, el colonialismo o el ejemplo de los Estados Unidos extendiéndose de este a oeste fueron los referentes empleados para su legitimación. No se trata de que no estuviesen habitados estos nuevos espacios, simplemente sus habitantes fueron sometidos o exterminados y los asientos físicos de sus culturas, algunas milenariamente equilibradas con su hábitat, fueron expoliados sin miramientos.

Hoy somos conscientes del peligro ambiental provocado por el tipo de civilización alumbrada en la gran transformación: el calentamiento global, las alteraciones introducidas artificialmente en el ADN de ciertas especies, residuos de alta peligrosidad para la vida y con millones de años de actividad, la desertización, la deforestación, la reducción de la biodiversidad y un largo etcétera no nos son desconocidos. Sus consecuencias arrojan una alta indeterminación sobre el tipo de vida que futuras generaciones o que los más jóvenes en el presente puedan soportar en el medio plazo.

Romper los vínculos de la actividad humana con el medio natural que la sustenta y romper los vínculos naturales entre humanos, sustituyendo ambos lazos por contratos mercantiles de propiedad y derecho de explotación sin límites, (o muy escasos al menos), contiene un peligro implícito que no se quiere afrontar. Para unos pocos el negocio es lo principal, alterarlo o limitarlo en exceso es el mayor pecado que se puede cometer. Para grandes mayorías la actividad frenética que es necesario desarrollar para lograr el sustento básico no deja tiempo para la reflexión sobre este respecto. Si fueron necesarias varias generaciones para culminar el cambio desarraigador, de la tierra y de las relaciones sociales que daban satisfacción, serán necesarias algunas más para provocar un nuevo cambio que revise de manera crítica y fértil los conceptos sobre los que se realizó la gran transformación. Que haya un espacio para la esperanza no es algo claro. 


Autor: Víctor Riesgo Gómez