lunes, 1 de abril de 2013

Polanyi, La Gran Transformación. Cambio social Parte 1


Autor: Víctor Riesgo Gómez

El texto que es presentado a continuación ha sido realizado en el marco universitario y ha sido realizado por un alumno de la UNED. Se encuadra en la asignatura Cambio Social I de dicha universidad. Es intención del autor comprobar en qué medida la exposición y tesis que presentó en su momento Karl Polanyi puede ser observada mediante el enfoque proporcionado por las diversas teorías del Cambio Social y a cuál de ella o de ellas resulta más cercano.

También resulta sorprendente, y en cierto modo alarmante, la vigencia que cobran en el presente los análisis y la evolución de los hechos que presenta Polanyi. Los tipos de encrucijadas que han de afrontar las sociedades europeas y norteamericanas del siglo XIX y principios del XX se asemejan en gran medida a las actuales. Las decisiones y los intereses de los agentes en permanente “conflicto negociado” que interactúan en el campo sociocultural les acaba conduciendo a situaciones poco deseadas por la gran mayoría. De cómo se desarrollan estos procesos, de por qué desembocan en lo que desembocan y de quiénes son los agentes que actúan y en base a qué interese lo hacen es de lo que trata este trabajo. Estas fuerzas interactuando son las que, en resumidas cuentas, desarrollan diversos cambios sociales llenos de ambivalencias.

Síntesis

De la mano de Karl Polanyi somos sumergidos en la descripción del proceso histórico acaecido en el seno de los países pertenecientes a Europa occidental, y de manera más concreta en Inglaterra, durante el tránsito del Antiguo Régimen hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Este tiempo es modelado de manera crítica y determinante por la aparición, auge y derrumbe de una serie de ideas instrumentalizadas por clases sociales concretas que resultan beneficiarias directas de las mismas. El papel explicativo no recae de manera exclusiva sobre las ideas, éstas son producto, entre otras causas, del cambio en el campo de los hechos materiales, que a su vez resultan modificados posteriormente.


Ideas y hechos, en simbiosis cuasi perfecta, ejecutados por agentes determinados, van pergeñando cambios en los órdenes institucionales, culturales y políticos desde la esfera de lo económico, la cual ha sido previamente emancipada del resto de relaciones sociales en las que permaneció subsumida en el pasado y a la que las sociedades, por su tendencia natural de autoprotección, procuran retornar mediante mecanismos defensivos variados.

El eje central de esta obra de Polanyi es, por tanto, la descripción de los mecanismos empleados para imponer a las sociedades en su conjunto una visión estrecha e irreal de la economía. Ésta es presentada a modo de ciencia exacta que descubre y describe una serie de leyes universales inmanentes e invariables, en torno a las cuales se pretende constituir el único elemento motivacional del comportamiento humano. Tal imposición actúa como motor principal del cambio, provocando profundas dislocaciones en las urdimbres sociales tejidas históricamente con la función de mantener lazos y relaciones que procuran protección, cobijo o razón de ser a los individuos que forman las comunidades.

Consecuencia de esta ruptura, provocada por un cambio social a excesiva velocidad y con cierto poder destructor, los actores perjudicados desarrollan diversos mecanismos de autodefensa que obstaculizan el avance y la hegemonía de los principios y resortes que iniciaron la transformación. El resultado final del conflicto causado por  fuerzas contradictorias luchando en el campo social de manera enconada nos lleva al  auge de los fascismos y, de ahí, a la solución final representada de manera dramática por la Segunda Guerra Mundial.

La obra se divide en tres partes diferenciadas, pero interrelacionadas. En la primera de ellas es descrita la situación institucional internacional que da lugar a lo que Polanyi denomina “la paz de los cien años”. Este periodo, que alcanza de 1815 a 1915, contempla alguna guerra colonial y un par de breves guerras, -la Guerra de Crimea y  la Guerra Franco-Prusiana-, si bien, no hay en este tiempo ninguna guerra de gran duración y que implique a las potencias centrales de aquel momento luchando entre sí. En comparación con cualquier periodo anterior, jalonado de guerras interminables entre los países de la vieja Europa y culminado por las Guerras Napoleónicas, este espacio temporal puede ser considerado como una paz prolongada. Aunque su inicio coincide con el Congreso de Viena y las restauraciones monárquicas por medio de la fuerza, las bases que sustentan y legitiman este período de paz van desplazándose de fuentes sacras e imperiales hacia otras más pragmáticas.

Cuatro son las instituciones principales en que se fundamenta el orden en la cumbre de este periodo: Patrón oro, y mercado autorregulado son las instituciones económicas; sistema de balance de poder y Estado liberal como instituciones políticas. No obstante para el autor la principal, y a la que sirven las otras tres, es el mercado autorregulado, institución ésta que deviene en piedra fundacional sobre la que se erige el cambio social que mayor transformación y en menor tiempo ha contemplado la humanidad.

Del origen, auge, hegemonía, deterioro y derrumbe de la idea del mercado autorregulado trata la parte central del libro. Si bien, insisto, de la idea como tal y de los hechos materiales a los que da lugar o de los hechos materiales que procuran soporte y apoyo para el nacimiento y la extensión de dicha idea y de las consecuencias que en el mismo campo de las ideas tiene.

Su origen parte de un conjunto de concepciones axiomáticas especulativas sin demostración empírica que tiene lugar en la Inglaterra de finales del XVIII y que se extienden al resto de Europa de manera desigual. Tales concepciones son enunciadas por Adam Smith y refinadas y completadas por los posteriores seguidores de sus principios. Utilitaristas como Bentham o moralistas como Malthus aprovechan las elaboraciones teóricas del escocés para seguir construyendo el castillo en el aire que condena a las sociedades, y de manera especial a la británica, a sufrir las “consecuencias de la imposibilidad”. La incipiente economía política reviste de pretendida veracidad objetiva mitos no demostrados como el de la tendencia natural del humano al comercio o la racionalidad pura como guía exclusiva de las acciones del individuo. Una racionalidad concebida sin marco de referencia social ni cultural alguno en su construcción, tornándose por tanto en universal.

Y sin embargo Polanyi muestra como excepción histórica en la producción y el suministro de bienes materiales de las diversas sociedades el mecanismo de mercado. Reciprocidad, redistribución, y el “principio del hogar” son principios que de manera sustancial han venido empleado las sociedades para regir sus sistemas económicos. En ellos la motivación del lucro queda desterrada antes aún de haberse hecho presente. Diversas instituciones sociales, costumbre, derecho, magia, ética o un principio de reconocimiento social por el trabajo bien realizado, mantenían en pie y unidas a las comunidades y aseguraban el funcionamiento económico, integrando a su vez éste en el conjunto de relaciones sociales de las que eran una mera función.

En aquellos lugares donde con posterioridad al siglo XVI se empiezan a generalizar los mercados la institución resultante nada tiene que ver con el mito posteriormente construido de un mercado autorregulado. Estos mercados son sometidos a fuertes restricciones con el fin de evitar desabastecimientos de bienes básicos o monopolios, y consecuentes alzas sostenidas de precios.

Sin embargo, la idea del mercado autorregulado era útil para una serie de clases sociales emergentes en los inicios del siglo XIX. Resultaba un mecanismo que, en su totalidad o en algunos de sus componentes, contenían beneficios para estas clases emergentes. Debido al poder asimétrico que acaparaban de partida, o debido a su capacidad de trazar alianzas estratégicas con otras clases en determinados momentos circunstanciales, fue cuajando su auge y hegemonía. Resultando para Polanyi un proceso para nada espontáneo y sí producto de un conjunto de procesos forzados y artificiales en los que las posiciones previas de los agentes que promueven y fuerzan el cambio resultan determinantes para su desenlace. 

Para que la maquinaria de la Revolución Industrial se desarrollase era necesario contar con una mano de obra abundante, disponible y fluctuante. Era necesario que la mano de obra, y los que la encarnaban, -una incipiente clase obrera-, quedasen sometidos de manera exclusiva a las leyes del mercado autorregulado. Las medidas de protección social fueron arrinconadas y limitadas, por cosficadoras o alienantes que resultasen. La leyenda de la isla de las cabras y los perros revestía de naturalidad el antinatural proceso, a la luz de lo observado en otras culturas, de abandono a su suerte a pobres y desempleados. Spencer o Malthus se encargaban de dotar de sentido práctico esta “evolución”. El hambre se convertía en el mecanismo que empujaba a los humanos al mercado. Los procesos de cercamientos y expropiaciones habían sentado las bases previas para la existencia de este hambre.

Para que los alimentos fluyeran en abundancia y sus precios disminuyesen era necesario levantar aranceles sobre los granos. Se sometía así a la tierra también a las leyes del mercado autorregulado. Poco importaba que como resultado de estos mecanismos los propietarios y trabajadores del agro fuesen sometidos a una elevada indeterminación respecto de sus propias vidas. Como poco importaba que los cercamientos pasados y los que habían de venir deteriorasen las condiciones objetivas de la tierra, del agua y de los humanos que las poblaban. Entre habitación y mejoramiento se elegía mejoramiento, aunque las consecuencias sociales de dicha elección fuesen dramáticas.  Ahora ya, hombre y naturaleza habían sido sometidos a las leyes del mercado.

El último eslabón necesario para culminar la transformación era el del dinero. El patrón oro constituía el resorte empleado para tal fin. Una equivalencia de cada moneda nacional al sistema del patrón oro arrebataba por completo a las instituciones políticas nacionales cualquier capacidad de decisión sobre sus finanzas. Del mismo modo quedaban conectadas las economías que aceptaban este tránsito a un mercado internacional autorregulado. Las consecuencias últimas para la misma industria de este paso final eran también cada vez más negativas. Pero había surgido una nueva clase que acumulaba poder por encima de las demás, suficiente como para ser capaz de someter al resto de poderes a sus dictados. La haute finance era el gran inspirador y máximo beneficiario de esa paz de los cien años antes señalada.

El patrón oro y las tasas de cambio fluctuantes restaban importancia a la denominación que adquiriese cada moneda o la figura que estuviese representada en el billete. Este sistema institucional había dado a luz una nueva clase con poder más allá de las fronteras nacionales. El poder acumulado por esta nueva clase había sido gestado en un proceso prolongado en el tiempo, no lineal, y que había consistido en una serie de cambios en, para culminar con un cambio de, sistema institucional. El resultado del mismo para amplias capas sociales era claramente degradante. Las consecuencias de la degradación iban más allá del campo de lo material y lo económico formal. La desintegración completa del ambiente cultural de las víctimas era patente.

No obstante el autor sostiene que este proceso nunca resultó perfecto y acabado, conforme se iban dando nuevos pasos en su avance integrantes de otros renglones sociales, que resultaban perjudicados por el cambio, articulaban medidas de defensa para detener dicho avance. Las medidas defensivas son tachadas de intervencionistas para su descalificación por parte de los adalides del cambio, ignorando o soslayando que el mismo proceso de cambio era resultado de un tipo concreto de intervención deliberada y, en ocasiones impuesto por la fuerza, y no la consecuencia de un orden natural y espontáneo. Este intervencionismo creciente va socavando las bases de la confianza en que se sustentaba el conjunto de instituciones que apuntalaban el orden anterior existente, lo cual provoca su declive paulatino. Las tensiones destructivas comienzan a acumularse y conducen a los estados de Europa al clima prebélico que reina en los inicios del siglo XX.

Comienza aquí la tercera parte del libro que el autor titula la “transformación en progreso”. En ella se detiene en detallar los enfrentamientos políticos transcurridos durante el periodo en que sucede la modificación dirigida del orden institucional.  La lucha de los cartistas por conseguir extender el sufragio universal y como las clases que acumulan poder político se enfrentan a este objetivo, hasta que las clases obreras y campesinas han quedado suficientemente diferenciadas en intereses en su seno lo que, en un principio, las convierte en agentes inofensivos para el orden resultante.

También se describe como, tras la Primera Guerra Mundial, a la que atribuye ser el final real del siglo XIX, las condiciones objetivas resultantes propician el auge de movimientos populistas y demagógicos de corte fascista, el cual se extiende por todo occidente, adopta diversas posiciones estratégicas que van del nacionalismo extremo al pacifismo populista. Una economía de mercado que no acababa de funcionar, y a la que en su gestación se habían fiado las instituciones que daban abrigo a la población, unido a las tensiones contrarevolucionarias y el revisionismo nacional que se extiende por toda Europa, contienen el germen de los movimientos fascistas.

En el primer periodo, tras la Gran Guerra, las revueltas obreras, que persiguen un cambio de orden, inspiradas en el socialismo marxista y por el ejemplo soviético, son contestadas  por milicias fascistas que no tienen inconveniente en realizar la tarea sucia de la burguesía y las clases acomodadas. El espejismo económico de los años veinte parece hacer que retorne la calma. Restablecer el patrón oro vuelve a ocupar a los gobernantes y la misma URSS comienza a integrarse en el sistema de mercado de manera progresiva. Tras la crisis del 29, y el abandono en cadena del patrón oro por parte de los diversos estados de Europa, los conflictos vuelven a estar en el centro de las agendas. Reaparece, con mayor fuerza si cabe, el fenómeno del fascismo en respuesta a los descontentos internos y a las tensiones internacionales provocadas por el hundimiento de las instituciones que habían dado sentido y articulado el orden internacional.

Patrón oro, y mercados autorregulados habían quedado disueltos por la crisis. En su caída arrastraban el balance de poder, ya maltrecho tras la paz de Versalles, y a los propios estado liberales. El New Deal, los planes quinquenales de la URSS o la preparación de la guerra en Alemania habían pasado a ocupar el papel que se reservó durante un siglo al Laiseez-Faire. 

En el capítulo final Polanyi reflexiona acerca del tipo de libertad que resultó de este orden institucional transformador que imperó durante el siglo XIX y principios del XX. De las consecuencias que se derivaron de este axioma conceptual. Así como de las lecciones que cabe aprender con el fin de no repetir errores similares en el futuro. Es decir, contiene una dimensión normativa orientadora de la acción.

Autor: Víctor Riesgo Gómez