Mostrando entradas con la etiqueta individualismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta individualismo. Mostrar todas las entradas

lunes, 17 de febrero de 2014

UNA APROXIMACIÓN A LA MODERNIDAD LÍQUIDA DE ZYGMUNT BAUMAN Parte 1


En este ensayo se propone elaborar una aproximación al texto Modernidad Líquida de Zygmunt Bauman -Polonia, 1925-. Para ello se desarrollará un análisis de esta obra a través de los cinco paradigmas que ordena el autor en la solidificación de lo liquido: Emnancipación, Individualidad, Espacio/Tiempo, Trabajo y Comunidad. Se realizará en constante diálogo con otros autores, incluyendo mi propia argumentación sobre los asuntos tratados, tal como se establece en las orientaciones que se encuentran en la guía de estudio de la asignatura.

0. Prólogo. Acerca de lo leve y lo líquido

La modernidad líquida emana de las elecciones entre lo individual y lo colectivo, y se va desgranando del racimo social y dando forma a un nuevo fruto de germen inclasificable. La familia, el estado, el trabajo, las concepciones de espacio y tiempo, etc., hasta las propias leyes y normas o dogmas religiosos pasan a mirarse con una perspectiva más volátil, menos pesada o sólida, maleable y/o modificable. No obstante, todos estos moldes de lo pesado, de lo sólido no desaparecen en virtud de un futuro no-moldeable, es imposible, sino que se sustituyen por otros moldes derivados de la acción de quebrar los moldes.
Las claves de la modernidad, pues se establecen en unos parámetros determinados. Y estos se perfilan con la ruptura inicial del continuum práctica vital/espacio-tiempo. A partir de aquí salen a la palestra otros parámetros como velocidad, flexibilidad, sociedad, independencia, individualidad…, en concreto cinco órdenes o ejes que se establecen como capítulos en el texto de Bauman, y que diseccionan el concepto enfrentándolo frontalmente a su antecesor, el de la modernidad sólida.

1. Emancipación

“El final de la segunda Guerra Mundial abrió paso a tres décadas gloriosas de crecimiento sin precedente y de afianzamiento de la riqueza y de la seguridad económica del próspero Occidente” (Bauman, 2012:21), arranca así el primero de los capítulos, y su título coincide con uno de los parámetros o pilares que sustentan la teoría de la modernidad líquida. Estos treinta años representaron el punto de partida a una revolución no planeada, basada en la sociedad grupal, en la construcción de un universo social basado en el dinero, en la escala por el bienestar, y en la materialización de normas que trazaban el croquis de una nueva perspectiva, nacida del caos producido por la Guerra, y del estado en el que occidente quedó tras ella. Nada podía ser peor.

Y a partir de aquí la libertad individual comenzó a gestarse en diferentes escenarios, los subjetivos y los objetivos. Estas diferentes posibilidades de libertad, la subjetiva y la objetiva, sirvieron como herramientas de construcción de las nuevas realidades. La libertad subjetiva pasaba por vivir un estado de libertad oculto en unas circunstancias reales que no lo son. Es decir, los esclavos viven libres dentro de su propio cautiverio, y se conforman. Hasta que llega el momento de percibir que esa libertad es subjetiva y pasan a necesitar una libertad objetiva, en la que las decisiones no sean tomadas por otros, sino por ellos mismos. Es el análisis del mito de la Odisea y los Puercos de Circe, en el que los propios marineros de Odiseo son felices, seguros, siendo cerdos y no marineros como su propia naturaleza así lo indicaba.

Llega el momento pues de la “liberación”, de la adopción real de ese cauce que enfrenta al ser humano a sus propias decisiones, circunstancias y acciones. Y con él llegan las dudas, otra vez, de si todos los miembros de la sociedad estarán preparados para adoptar ese paso libertario o liberador, o por el contrario se hallarán desvalidos ante situaciones insospechadas a las que deberán enfrentarse: “(…) poniéndose bajo el ala de la sociedad se vuelve, en cierta medida, dependiente de ella. Pero se trata de una dependencia liberadora, no hay contradicción en ello” (Bauman, 2012:25), el autor cita a Durkheim para concluir que en este caso “(…) no existe otra manera de alcanzar la liberación más que someterse a la sociedad y seguir sus normas” (Ibídem: 25).

El argumento, pesado, no deja de ser peregrino por contradictorio. Sin embargo, el peso de siglos sobre las conductas humanas no permite, a priori, esa liberalización objetiva: “La ausencia de normas o su mera oscuridad –anomia- es lo peor que le puede ocurrir a la gente en su lucha por llevar adelante sus vidas” (Ibídem: 26), indica y recalca a través de una cita de Hennet “ (…) imaginar una vida de impulsos momentáneos, de acciones a corto plazo, carente de rutinas sostenibles, una vida sin hábitos, es imaginar, justamente, una existencia insensata” (Ibídem:26). Sin embargo este hándicap se supera, la propia evolución así lo manifiesta, y Touraine lo adelanta: “(…) la muerte de la definición del ser humano como ser social, definido por su lugar en una sociedad que determina sus acciones y comportamientos” (Ibídem: 26), ha llegado, o lo hará tarde o temprano. No obstante, esa independencia irradiada de la libertad individual sigue sin constatarse como un hecho realizado óptimamente:

“ (…) estamos quizás mucho más predispuestos críticamente [fruto de la libertad
individual claro está], más atrevidos e intransigentes en nuestra crítica de lo
que nuestros ancestros pudieron estarlo en su vida diaria, pero nuestra crítica,
por así decirlo no tiene dientes, es incapaz de producir efectos en el programa
establecido para nuestras opciones de política de vida”
(Bauman, 2012:26)

En definitiva una especie de crítica blanda, que es capaz de no molestarse si algo funciona aunque sea criticable y denunciable. Es lo que Bauman denomina una crítica estilo consumidor frente a una antecesora crítica de estilo productor. Todo ello, y el paso escalonado de diferentes situaciones sociales vividas de manera diacrónica llevan a afirmar que “La sociedad que ingresa en el siglo XXI no es menos moderna que la que ingresó en el XX; a lo sumo se puede decir que es moderna de manera diferente” (Bauman, 2012:33), y éste quizás sea un axioma que maneja el contenido completo de este ensayo: los cambios no sustituyen ni innovan, difieren.

martes, 6 de agosto de 2013

“La esperanza es revolucionaria, si se pierde solo queda el estallido”


Artículo de Jaime Prats publicado en El Pais el 26 de mayo de 2013
Joaquín García Roca / MÓNICA TORRES

Conversar con Joaquín García Roca sobre su experiencia vital es como embarcarse en un viaje por etapas. Del activismo social en el (ya no tan) estigmatizado barrio de La Coma a los tiempos más duros de El Salvador, cuando en 1989 murieron asesinados siete jesuitas y dos mujeres en la Universidad Centroamericana a manos del ejército. De los doctorados (en sociología y teología) en Roma en los 70, al año y medio que estuvo de párroco en Millares —“me mandaron para que ganara en humildad”, recuerda divertido—. De la desinstitucionalización de los centros de protección de menores y sus responsabilidades como director técnico de las políticas sociales de la recién inaugurada autonomía, a su apuesta decidida por el Sur, que le llevó a dirigir el Centro de Estudios para la Integración Social y Formación de Inmigrantes.
 
Todo ello y mucho más salió a relucir en el homenaje que le tributaron recientemente compañeros y amigos en Valencia. Fue con ocasión de su 70 aniversario, en un acto en el que se presentó el libro Brújulas de lo social. Voces para un futuro solidario, que recoge conversaciones con García Roca y decenas de artículos de otros tantos compañeros de viaje. Entre ellos, el experto en historia económica Ramir Reig, el diputado socialista Ramón Jáuregui o el catedrático de Geografía Humana Joan Romero. “Desde luego que fue emocionante y el afecto está ahí, pero tienes que hacer un esfuerzo para devolver el afecto de forma que sea un proyecto colectivo”, explica con su característica modestia en un encuentro que tiene lugar días más tarde de esta particular celebración de su aniversario.
El título del libro alude al compromiso de García Roca con los más vulnerables y su “capacidad de construir esperanzas y articular propuestas que permitan estar de pie aunque estemos rodeados de escombros”, como recoge el dorso de la obra.
“Primero hay que acertar en el diagnóstico”, responde cuando se le pregunta por la crisis y sus efectos. “Es de naturaleza política, económica y social: la democracia ya no es capaz de gobernar las necesidades básicas ni de garantizar determinados derechos; el sistema económico está expulsando a la gente del sistema o creando una enorme brecha de desigualdad y hay una tercera crisis social o cultural que ha creado un manto de impotencia, de desesperanza y de desconfianza”, relata. “La gente se siente expulsada, olvidada e impotente”.
“Hay quien se centra en la economía, o quien cree que la solución vendrá solo por la regeneración democrática, pero lo que hay que hacer es conjuntar los tres factores”, añade. Y pone un ejemplo: “Las ONG se dedican a la vía social, son las que acompañan a la gente, la alivian, pero tienen que descubrir que la participación en política es esencial así como abordar el aspecto económico”, explica. “El diagnóstico tiene que pasar por el estudio y el abordaje de los tres factores a la vez”.
No es fácil afrontar el nuevo escenario que define la gran recesión que afecta a España. En parte, por el desánimo que ha calado en la sociedad. “Hay que tener en cuenta que el empoderamiento de la derecha y la capacidad de los medios de comunicación tradicionales en crear un miedo atroz han conseguido hacer pensar que el futuro es una amenaza, mientas que para nosotros, el futuro siempre fue una esperanza”.
Llegados a este punto, García Roca remite a su experiencia latinoamericana. “Allí elaboramos un pensamiento que planteaba que la esperanza es lo más revolucionario que hay, y que si se pierde la esperanza, lo has perdido todo”. Por eso, es tan peligroso desactivar las ilusiones de la gente, una circunstancia que corre paralela al avance de la pobreza, la exclusión y, sobre todo, la desigualdad social. “Cuando se pierde la esperanza, solo queda el estallido”.
Por ello, el sociólogo abre puertas a la ilusión. “Frente a la cultura hegemónica del individualismo y la competitividad, que tiene su reflejo en la privatización de lo publico, por ejemplo, se está abriendo paso un sustrato muy lento en el que crecen las actitudes de indignación y de rechazo, que son cualidades morales”, relata. ¿Cómo se puede transmitir esperanza a la gente que se siente más golpeada por la recesión? “La esperanza no es un territorio al que se llega ni un futuro utópico, es un camino, un potencial que nos acompaña. Utopía y decepción están unidas, son caras de una misma moneda. Cuando se participa en una concentración contra un desahucio o en una manifestación en defensa del derecho a la educación pública, ahí está la esperanza”.
“No esperemos grandes movimientos, sino respuestas locales que irán convergiendo. Tampoco grandes líderes, ¿dónde está el liderazgo de la protesta sanitaria? En el propio movimiento”, responde.
García Roca comenta que a estas alturas de su vida se siente como si estuviera jugando en el tiempo de prórroga, “pero me consuelo porque en ese momento es cuando se deciden algunos partidos”, bromea. Quizás se refiera a la cristalización de las respuestas a la crisis de las que habla. A este sociólogo, que se define como “custodio de la esperanza”, nadie le va a quitar la ilusión. Ni las ganas de transmitirla.

Artículo de Jaime Prats publicado en El Pais el 26 de mayo de 2013

martes, 27 de marzo de 2012

John Stuart Mill - El Individuo y la sociedad Parte 2

Comentario de texto - Historia de las Ideas Políticas - Grado en Sociología UNED


El individuo y la sociedad
Cada persona se hace más valiosa para sí misma en proporción al desarrollo de su individualidad, y es por consiguiente capaz de ser más valiosa para los demás. Hay mayor plenitud de vida en su existencia, y cuando hay más vida en las unidades, hay también más vida en la masa que componen. (…) Para jugar limpio con la naturaleza de cada uno, es esencial que se permita a personas diferentes llevar vidas diferentes. Una época será digna de mención para la posteridad según la proporción en que se haya practicado esa tolerancia. Ni siquiera el despotismo produce sus peores efectos en la medida en que subsiste la individualidad; pero cualquier cosa que aplaste la individualidad es despotismo, sea cual sea el nombre que se le dé, tanto si se pretende estar haciendo cumplir la voluntad de Dios como si se pretende hacer cumplir mandatos de los hombres.
John Stuart Mill – Sobre la libertad

La “libertad” como vocablo polisémico, Mill desde el comienzo de su ensayo, se afana en localizarlo no como sentido ético o metafísico, sino al contrario, como “la libertad social o civil”[1]. En clara dicotomía con la posición hobbesiana, por cuanto el Estado es consignatario de la coerción, por tanto de la antilibertad. Una nueva perspectiva de la idea de libertad que ofrece Stuart Mill, y que no necesariamente se ajusta con la que el Estado liberal simbolizaba. El mercado como ente exigente de una concepción atomista y mecanicista de la sociedad; la utopía liberal. Un marco que impulsó la figura del homo aeconomicus, como verdadero átomo de la teoría individualista, la racionalidad concebida en la medida de los propósitos economicistas, cientificistas y liberales; un preferidor racional orientado a la satisfacción individual.


Los actores no actúan en el vacío, un medio físico y social acoge siempre la acción, imponiendo restricciones, ya sea por su naturaleza física o a nuestras capacidades personales. La acción de un individuo va siempre asociada a un medio social integrado por otros actores y por instituciones, normas, costumbres, “(…) Una época será digna de mención para la posteridad según la proporción en que se haya practicado esa tolerancia”. Un medio así obliga al actor a considerar el significado que cobrarán sus actos para los otros actores, así como evaluar el significado de los actos de los demás. La acción cotidiana discurre, de la mano de patrones de conducta repetitivos, ofreciéndonos esquemas de acción y conocimiento socialmente reconocidos y reconocibles[2]. El individualismo relacionado con el redescubrimiento de la vida privada, de la pluralidad de los estilos de vida. Una concepción atomista, la suma de individuos en el mundo social, la antítesis de la sociedad de clases prevista por Max Weber; individualismo religioso, ascetismo intramundano y al capitalismo o, Karl Marx, desde su perspectiva de una sociedad sin clases, donde las personas se inclinan a verse simplemente como individuos y no como parte de una clase social.

Tocqueville ya delimitó su sentido sociopolítico; “(…) los americanos combatieron el individualismo, el fruto de la igualdad, con la libertad, y vencieron[3]”. Emilie Durkheim se refirió a un culto al individuo legatario de los derechos individuales y Georg Simmel en su distinción del individualismo del siglo XVII en su batalla por la igualdad y el XIX, enaltecedor de la particularidad y la diferencia. Simmel afirma “el ego puede llegar a ser más claramente consciente de su unidad, en la medida en que se vea más obligado a reconciliarse consigo mismo dentro de una diversidad de grupos de intereses”[4]. La separación el individualismo en descriptivo y valorativo, los intereses, deseos y felicidad del individuo frente a los individuos sin adhesión a los valores del individualismo competitivo, por ejemplo desde la ideología liberal de Adam Smith, que contribuyó al desarrollo de la noción abstracta de mercado, la imagen de un hombre volcado en el intercambio económico de bienes y servicios desde una posición de egoísmo utilitarista e interés crematístico (del dinero o relativo a él)[5]. O el antagónico punto de vista del individualismo socialista que enfatiza la naturaleza sustancialmente cooperativa de la autorrealización humana de Emile Durkheim.



[1] Sobre la libertad. Stuart Mill, John. Prólogo de Antonio Rodríguez Huescar. Aguilar.
[2] Vid. Metodología de las Ciencias Sociales. Una introducción crítica. Castro Nogueira, Luis Castro et alia. Tecnos. Madrid 2008.
[3] De la Democracia en América. Tocqueville, Alexis De. Imprenta José Trujillo. Madrid 1854.
[4] Siete teorías de la sociedad. Campbell, Tom. Cátedra, séptima edición. Madrid 2007.
[5] Vid. Metodología de las Ciencias Sociales. Una introducción crítica. Castro Nogueira, Luis Castro et alia. Tecnos. Madrid 2008.

lunes, 26 de marzo de 2012

John Stuart Mill - El Individuo y la sociedad Parte 1

Comentario de texto - Historia de las Ideas Políticas - Grado en Sociología UNED


El individuo y la sociedad
Cada persona se hace más valiosa para sí misma en proporción al desarrollo de su individualidad, y es por consiguiente capaz de ser más valiosa para los demás. Hay mayor plenitud de vida en su existencia, y cuando hay más vida en las unidades, hay también más vida en la masa que componen. (…) Para jugar limpio con la naturaleza de cada uno, es esencial que se permita a personas diferentes llevar vidas diferentes. Una época será digna de mención para la posteridad según la proporción en que se haya practicado esa tolerancia. Ni siquiera el despotismo produce sus peores efectos en la medida en que subsiste la individualidad; pero cualquier cosa que aplaste la individualidad es despotismo, sea cual sea el nombre que se le dé, tanto si se pretende estar haciendo cumplir la voluntad de Dios como si se pretende hacer cumplir mandatos de los hombres.
John Stuart Mill – Sobre la libertad


John Stuart Mill (1806-1873) fue la tercera gran figura de la teoría económica clásica después de Adam Smith y David Ricardo. Un reconocido seguidor del utilitarismo que defendió apasionadamente las libertades individuales en su breve y célebre ensayo Sobre la libertad (1859)[1]. Un utilitarismo que no obedece únicamente a principios egoístas, sino fundamentalmente en la búsqueda de la felicidad de todos, pues la felicidad es un bien en sí misma[2]. Aunque la concepción individualista como tal y sobre las instituciones, afirma que el egoísmo individual, la búsqueda del interés personal y el propio enriquecimiento es, precisamente, el origen de la bondad de lo público y lo colectivo.

El ensayo Sobre la libertad es, quizá, con El utilitarismo, la obra más divulgada de Stuart Mill[3], para muchos una obra profética donde Mill fijó su atención sobre la emergencia de la amenaza a las libertades individuales y que hoy paradójicamente, parece que se confirmaban sus temores y previsiones. La libertad e independencia del individuo, en una forma más maliciosa e intensa, localizando no sólo al Estado como oponente principal; “(…) pero cualquier cosa que aplaste la individualidad es despotismo”, sino la propia sociedad como entidad que ejerce su acción coercitiva sobre el individuo; “el nuevo poder que inicia su marcha ascendente (…) sobre el horizonte del mundo civilizado”[4]. Los utilitaristas ingleses J. Bentham y el propio Mill se encuentran entre los más acérrimos defensores del individualismo, y sus ideas, tanto en lo relativo a las concepciones teóricas como metodológicas, constituyen las bases de los desarrollos posteriores del individualismo metodológico.

Este extracto del texto de Mill, sitúa notoriamente las bases de lo que actualmente es el individualismo metodológico, al considerar que toda explicación de la realidad social debe iniciarse por el individuo y sus deseos/intenciones. Podemos estar pues ante una actitud, un posicionamiento deliberado, una conducta que podría explicarse en términos de una teoría de la naturaleza humana. Puede estar enlazado con los principios del hedonismo, el interés de libertad contractual, la iniciativa individual, el laissez faire[5]. El individuo guiado por su propio interés y haciendo uso de su racionalidad, eligiendo los mejores medios para satisfacer sus fines. El individualismo permitió construir un vigoroso edificio lógico-matemático, pero soportado sobre un imaginario poco efectivo, como se ha comprobado con el paso del tiempo.


[1] Diccionario de Sociología. Giner, Salvador et alia. Alianza Editorial segunda edición. Madrid 2006
[2] Ideas y formas políticas: del triunfo del absolutismo a la posmodernidad. González Cuevas, Pedro Carlos et alia. UNED Madrid 2010.
[3] Sobre la libertad. Stuart Mill, John. Prólogo de Antonio Rodríguez Huescar. Aguilar.
[4] Sobre la libertad. Stuart Mill, John. Prólogo de Antonio Rodríguez Huescar. Aguilar.
[5] Vid. Diccionario de Sociología. Pratt Fairchild, Henry. Fondo de Cultura Económica Quinta reimprensión México 2010

viernes, 13 de mayo de 2011

Metodología de las Ciencias Sociales. Capítulo 8 Parte I

Metodología de las Ciencias Sociales es una asignatura del grado de Sociología del segundo cuatrimestre de este curso 2010/11 de la UNED. El libro “Metodología de las ciencias sociales. Una introducción crítica” de Luis Castro Nogueria et alia Tecnos 2008, tiene un cuestionario al final de cada capítulo, que estoy subiendo estos días a este blog, sus correspondientes respuestas.
Los capítulos propuestos por el quipo docente para el estudio de este manual son exclusivamente los siguientes:

Capítulo 8. La explicación desde la teoría de la acción social (I): Las raíces históricas del individualismo metodológico. La disputa por el Método y la solución weberiana.


1.-Resuma las diferencias que se siguen de la distinción entre sociologías del sistema social y sociologías de la acción en relación con la noción de explicación científica. Pág. 265 a 267                          

Para la sociología del sistema social, el individuo aparece como una instancia pasiva; se ve determinado en sus formas materiales de existencia, como en sus relaciones sociales o en su misma libertad personal, por el sistema social. Los sujetos son criaturas manipulables en cuyas conciencias se imprimen los valores y estímulos de conducta que habrán de dirigir su acción concretadamente, aunque el propio sujeto no lo viva de esta manera. La naturaleza humana exige, la imposición de un orden, el sometimiento a una autoridad que permita encauzarla hacia una conducta personal y socialmente constructiva por la intervención de una realidad externa y superior.
Para las sociologías de la acción social, conciben o social como un derivado de la acción individual y de la interacción entre los individuos. El mundo social es como un producto humano y, en él, los sujetos de la acción cobran un perfil distinto: se trata ahora de seres activos y creadores. Lo social se concibe como la obra del hombre, su creación y su responsabilidad donde emerge la humana capacidad de proyectar e interpretar el sentido subjetivo que atribuimos a las cosas e incorporarlo conscientemente a su propia acción.
Ambas concepciones de la naturaleza humana son deudoras de un fenómeno de singular importancia: el nacimiento del individuo moderno, fuera del sagrado orden de la sociedad medieval. Ambos paradigmas sociológicos arrancan de la necesidad de dar respuesta a los interrogantes que plantean el individuo y su acción. La sociología del sistema social, respondiendo a la ambigüedad de la acción individual por la vía de la coerción externa, mientras que la sociología de la acción imagina la cooperación como resultado, pretendido o no, de la voluntad del hombre, verdadero origen del orden social.

2.-Sintetice en qué sentido pueden encontrarse las raíces del individualismo metodológico en las doctrinas del utilitarismo inglés. Pág. 269 a 271

Los utilitaristas ingleses J. Bentham y J. S. Mill se encuentran entre los más radicales defensores del individualismo, y sus ideas, tanto en lo relativo a las concepciones teóricas como metodológicas, constituyen las bases de los desarrollos posteriores del individualismo metodológico. Smith contribuyó al desarrollo de la noción abstracta de mercado, la imagen de un hombre volcado en el intercambio económico de bienes y servicios desde una posición de egoísmo utilitarista e interés crematístico (del dinero o relativo a él).
El mercado exigía una concepción atomista y mecanicista de la sociedad; la utopía liberal. Un marco que impulso la figura del homo aeconomicus; un individuo guiado por su propio interés y haciendo uso de su racionalidad, eligiendo los mejores medios para satisfacer sus fines. El homo aeconomicus como verdadero átomo de la teoría individualista, es una racionalidad concebida a la medida de las pretensiones economicistas, cientificistas y liberales, es un preferidos racional orientado a la satisfacción individual. El individualismo permitió construir un poderoso y parsimonioso edificio lógico-matemático, pero soportado sobre un imaginario poco realista.
La concepción individualista sobre las instituciones afirma que el egoísmo individual, la búsqueda del interés personal y el propio enriquecimiento es, precisamente, el origen de la bondad de lo público y lo colectivo.