lunes, 9 de abril de 2012

Historia de las Ideas Políticas Resúmenes Parte 8

En la asignatura de Historia de las Ideas Políticas del primer cuatrimestre del Grado en Sociología de la UNED, algun@s compañer@s realizamos un trabajo coral; resúmenes del libro Ideas y Formas Políticas: Del triunfo del Absolutismo a la Posmodernidad, bibliografía básica de esta asignatura. Quiero agradecer el esfuerzo, compromiso y dedicación desplegado por tod@s.  Derechos reservados, sus autores.

José Rodrigo Crespo - Tema 1 El triunfo del absolutismo // Elisa Ruiz Rodríguez - Tema 2 De la Ilustración al Estado Liberal // Alejandro Gessé Ponce - Tema 3 Los fundamentos de la democracia: de Rosseau a la Revolución Francesa // María Hernando García - Tema 4 El idealismo // Tomás Javier Prieto González - Tema 5 Tradicionalismo y Conservadurismo // Mónica Platero - Tema 6 El pensamiento político norteamericano: de los Founding Fathers a la consolidación de la nación americana // Juan José Amate Ruiz - Tema 7 El liberalismo posrevolucionario // Víctor Riesgo Gómez - Tema 8 Utilitarismo y liberalismo en Inglaterra // Pedro Medina Charavía - Tema 9 Del socialismo utópico al anarquismo // Carla Torres Segura - Tema 10 El anarquismo // Antonio Jesús Acevedo Blanco - Tema 11 Karl Marx y el Marxismo // José Bargallo Roges - Tema 12 El nacionalismo en el siglo XXI // Julio Monteagudo Diz – Tema 13 Totalitarismo (I): Fascismo y Nacional-Socialismo // Inocencia González Fernández Tema 14 Totalitarismo (II): El Comunismo Marxista-Leninista // Eva Del Riego Eguiluz – Tema 15 Los Liberalismo de posguerra // Carolina Judith Rabazo Pérez - Tema 16 Políticas del posmodernismo


1.  Juan Jacobo Rousseau


Sus obras alcanzaron un éxito sin precedentes y le ganaron innumerables afectos. Supo dar voz a una nueva generación, que se apartaba de la Ilustración y su culto por la razón y a la ciencia y buscaba un modo de traducir las exigencias crecientes del corazón. Su gusto por la naturaleza, íntimamente ligado a las emociones, su reivindicación de la sensibilidad como cualidad fundamental de su personalidad y prácticamente como base de su moralidad.

1.1. Las obras breves

Su Discurso sobre las ciencias y las artes parte de la hipótesis de que las ciencias y las artes tejen “guirnaldas de flores” sobre las cadenas, así consolidan tronos que elevo la fuerza, haciendo que los esclavos del despotismo se sientan felices y, en consecuencia, corrompiendo a la humanidad. El saber es un arma peligrosa y la ignorancia es “venturosa”, nos acerca al estado de naturaleza. Con los conocimientos la vida se hace más refinada, progresan las artes y crece el lujo, y en ese ambiente, el valor y la moralidad decaen hasta desvanecerse. Afirma que en este ilustrado siglo ya no tenemos ciudadanos. Se rebela contra un tiempo que dedica toda clase de alabanzas a los logros de la inteligencia pero, al mismo tiempo, menosprecia la virtud, y juzga que los progresos en la educación lejos de hacer más felices a los hombres los hace embarcarse en una persecución frustrante de metas ilusorias.

El discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres lo dedica a la republica de Ginebra. Partiendo de la base de que en el estado de naturaleza los hombres solo disponen de su cuerpo y son todos iguales, diferentes solo en fuerzas y capacidades, deduce que todo perfeccionamiento que lleve asociados otros privilegios no puede ser sino fuente de desgracias., puesto que se opone a la igualdad natural. Los “hombres salvajes” son buenos porque los sentimientos priman sobre la racionalidad, y se manifiestan mas piadosos y compasivos. La razón separa y establece distinciones, rompe la primitiva armonía. Una vez que el hombre empieza a razonar, comienzan sus desdichas, y la mayor de todas es el nacimiento del derecho de la propiedad, verdadero origen de la sociedad, pero fuente al mismo tiempo de todo tipo de desdichas. La propiedad fue primero colectiva fomentando los sentimientos de solidaridad.

Lo mismo sucedía con la vida social: las reuniones primero parecen favorecer el mutuo cariño, pero luego empiezan a establecer preferencias, y así va naciendo al envidio, la ambición y demás vicios que envenenan la bondad natural del hombre y le hacen desgraciado. Con el nacimiento de la agricultura y la metalurgia, las capacidades y la fuerza resultan decisivos a la hora de procurar subsistencia, y así nacen las diferencias entre pobres y ricos. Desde ese momento, la usurpación, el latrocinio, el abuso y todo tipo de pasiones, “sofocando la piedad natural y la voz de la justicia, hicieron a los hombres avaros, ambiciosos y perversos”. Provoca esto un estado de guerra, movidos por la necesidad de preservar vidas y haciendas, deciden los hombres sacrificar su libertad sometiéndose al yugo de la autoridad, y nacieron así los gobiernos.

Los pobres, con menos que perder, no se hubieran adherido a ella de no ser porque adopto, al principio, la forma de un pacto, un “verdadero contrato entre el pueblo y los jefes que por si eligió, contrato por el cual las dos partes se obligaban al cumplimiento de las leyes” con miras a un beneficio común. Lo que sucedió fue que algunos grupos siguieron sometidos a las leyes y otros pasaron pronto a obedecer a otros hombres que no se guiaban sino por su criterio de voluntad, y esa primera imperfección de los gobiernos no ha hecho sino empeorar, corromperse más y generalizar el despotismo y la injusticia, haciendo olvidar las condiciones del pacto primitivo. Por eso la desigualdad ha llegado a hacerse intolerable.  Compara la vida feliz y tranquila que llevan los pueblos que no se han alejado mucho del estado de naturaleza, viviendo trabajando lo menos posible. Los civilizados tienen necesidades falsas que les obligan a agitarse día y noche, trabajando sin parar y sin colmar nunca sus ambiciones. Los gobiernos no pueden tratar de justificarse alegando que se apoyan en el derecho natural, porque toda sociedad nace de la decisión humana y de la creación de unas normas, o sea, del derecho positivo, que a menudo es contrario a las leyes de la naturaleza.

1.2. El contrato social

La obra comienza con una declaración de intenciones: quiere averiguar si es posible alguna norma para la convivencia que sea legítima, teniendo en cuenta como son los hombres y como pueden ser las leyes, y se considera autorizado por el hecho de haber nacido en un Estado libre.

Esa es la condición humana: “el hombre ha nacido libre” y, sin embargo, por todas partes se encuentra encadenado. Porque no se sacude el yugo, la respuesta es que el orden social es un derecho sagrado, pero un derecho que no se basa en la naturaleza, sino en una convención. La asociación humana es una obra de los hombres, no de la naturaleza. En consecuencia, los derechos y leyes no pueden basarse en la naturaleza, sino sobre convenciones justas, pues el hombre en cuanto a simple animal racional, no está sujeto al derecho. El derecho se deriva del hecho social, y todos los derechos y libertades, todos los deberes, las leyes, la autoridad, se basan en una convención, así que, para establecer una sociedad justa, habrá que asentar esa convención social sobre bases que lo sean.

Esto suponía una tremenda revolución en el pensamiento, ya que se echaba por tierra el derecho natural como base de los derechos particulares. Por otra parte, establecía el concepto diferente de libertad. Ya no pertenecía al individuo como tal, sino que correspondía al ciudadano. Con el nuevo planteamiento, ya no es posible invocar ese exceso de la libertad individual  fuera de cualquier norma, ya que no es el hombre, sino solo el ciudadano el que es libre, y su libertad, como basada en una convención, tiene desde su origen el límite de la ley,  y así no solo las capacidades públicas, sino la conducta privada, tienen como origen de su legitimación la condición de ciudadano. Para acabar con la injusticia era preciso establecer la sociedad sobre nuevas bases, presuponía la necesidad de un cambio radical, de una revolución.

Coloca el origen de la sociedad en un acuerdo, un pacto, para mutua protección y beneficio, y que se origina en la voluntad de los hombres, en su deseo, no en la “naturaleza humana”. Este pacto es el contrato social y produce “un cuerpo moral y colectivo” convirtiendo a cada individuo en ciudadano. Este pacto es el origen de toda asociación política. Cada ciudadano queda ligado y comprometido a todos los demás como particulares y al todo que ha construido. Cuando se ataca a un particular, se lesiona todo el cuerpo social.

Los ciudadanos particulares pueden tener una voluntad que sea contraria o simplemente distinta a la voluntad general, y eso  puede llevarlo a sentirse desvinculado de un pacto que no ofrece tantas ventajas, Para evitar la disolución del cuerpo social, este puede y debe obligar al disidente a acatar la voluntad general, se le obligara a ser libre, pues la libertad incluye el acatamiento de aquellas leyes y normas que el colectivo se ha dado, sustituyendo el instinto y el capricho por la moralidad y la justicia, que se basan en un acuerdo primitivo que les otorga legitimidad y funda el derecho. Así que el estado civil fundamenta “la libertad moral. El cuerpo social garantiza la propiedad, ya que los individuos se incorporan al pacto social con aquello que poseen, y así lo que antes se tenía simplemente por haberlo ocupado se legitima esta adhesión y se convierte en legítima propiedad.

El segundo libro, La soberanía es colectiva, tiene por objeto el bien común y no es otra cosa que el ejercicio de la voluntad general; es inalienable y tampoco puede cederse ni delegarse. Una voluntad particular puede concordar con la general, pero esa armonía será frágil y poco duradera. Además, la voluntad general es indivisible, recta, nunca se equivoca y siempre procura el bien común.

El Estado es “una persona moral cuya vida consiste en la unión de sus miembros”, y los lazos y obligaciones que con él nos ligan son sagrados y obligatorios porque son mutuos. Procurando el bienestar común se procura y obtiene el propio. Cada acto de soberanía no pone en ejecución un contrato entre superior y sus súbditos, sino de la comunidad con cada unos de sus miembros.

Los castigos a los criminales se explican por el hecho de que estos han violado el pacto social y se han colocado fuera de él: ya no son miembros de la comunidad.

Las leyes son las normas que la comunidad se da a sí misma. Por eso, todo gobierno legítimo es republicano. Puede haber, eso sí, un gran legislador que se haga interprete de la voluntad general y de expresión formal a sus normas.

 El objetivo de las leyes: la libertad y la igualdad. Junto a las leyes escritas, hay otras que residen en el corazón de los ciudadanos y que son las que hacen la fuerza de los estados: son las buenas costumbres, los rectos hábitos y la sana opinión. Las leyes escritas determinan la forma del edifico, y las normas implícitas sus cimientos.

El libro tercero se ocupa del gobierno, que es el cuerpo “encargado de la ejecución de las leyes y del mantenimiento de la libertad, tanto civil como política”. Puede adoptar diversas formas: monarquía (paraqué fuera buena debería ser un persona con dotes excepcionales), aristocracia (encierra en sí una desigualdad) y democracia (conviene a comunicadas pequeñas y muy puras).  Habrá que buscar formulas mixtas, adecuadas al carácter de los pueblos, en los que también influyen factores climáticos, grado de civilización alcanzado y el peso de su propia historia.

Todos los gobiernos tienden a degenerar. Y hay una fuerza que los regenera y refunda: volver a su fuente, a la soberanía popular, que reside especialmente en el poder legislativo.

Por eso las asambleas son la savia del Estado, lo que le proporciona su fuerza vital. Las asambleas son periodos de suspensión y fortalecimiento donde se vuelven a anudar los lazos de la cohesión social, renovándose.

La soberanía no puede ser representada. Por lo tanto “los diputados del pueblo no son ni pueden ser sus representantes; no son sino sus emisarios. Toda ley no ratificada en persona por el pueblo es nula, no es una ley”. Y lo mismo pasa con los gobiernos: ya sean monárquicos o republicanos. Todo gobierno no legitimado por el expreso consentimiento popular se puede considerar usurpador.

Cuando los hombres se reconocen como un solo cuerpo social, con una sola voluntad que procura el bienestar general, es decir, cuando son conscientes de su soberanía, el Estado se asienta sobre resortes “vigorosos y sencillos”, sobre leyes justas, pocas y claras, y no precisa de sutilezas políticas ni de ardides. La voluntad general es la norma suprema y a la vez el territorio ideal de la soberanía: cuando la voluntad de un particular se opone a ella, debe someterse, o se excluye el mismo de la ciudad, se convierte en extranjero. Se puede discrepar, pero una vez tomada la decisión por parte de la voluntad popular, es preciso no solo acatarla, sino hacerla nuestra. La libertad de cada cual se garantiza precisamente por esa identificación. El ciudadano al votar refrenda y ratifica la soberanía de la voluntad general y se somete ya implícitamente a ella.

Opina Rousseau que la fe religiosa es algo bueno para la moral privada, pero que en un Estado bien constituido se necesita una especie de religión civil y de moral ciudadana, cuyos artículos inculquen el amor a la justicia, a la patria y al deber y que alimenten a cumplir todo lo que exija el bien común y a ser un ciudadano libre, consciente y responsable.