miércoles, 6 de marzo de 2013

Resúmenes Sociología del Trabajo Parte 20


En la asignatura de Sociología del Trabajo del primer cuatrimestre del Grado en Sociología de la UNED curso 2012/13, algunos compañeros realizamos los resúmenes de los capítulos de la bibliografía obligatoria. Derechos reservados, sus autores.

Tema 1.- La educación profesional para el empleo - Antonio Jesús Acevedo Blanco // Tema 2.- Para una definición social de la juventud  Tomás Javier Prieto González y Ruth Cardedal Fernández // Tema 3.- La ocupabilidad en la familia María Lourdes Ruiz Garde // Tema 4.- Dinámica de la desocupación  Irene Ibañez Sánchez // Tema 5.- Elementos de contexto Blas García Ruiz // Tema 6.- La temporalidad, pacto intergeneracional o imposición Pedro Medina Charavia // Tema 7.- Biografías laborales por sexo y nivel de estudios  Victoria Aguilera Izquierdo // Tema 8.- Dinámica laboral de la inmigración en España Tomás Javier Prieto González 

El profesor Luis Garrido analiza la temporalidad en el mercado laboral español desde la perspectiva del año 1995. Un mercado laboral cuyas características vienen condicionadas principalmente por cuatro hechos: la inercia heredada del régimen franquista, la transición política a la democracia, la reconversión estructural impuesta por la crisis de 1976-85, y la crisis de 1992-94.

LAS INERCIAS DEL PASADO

   La estructura del sistema productivo español durante el franquismo se caracteriza tanto por la descualificación de los trabajadores como de gran parte de las empresas. Los trabajadores no disponían, en su mayoría, de una formación profesional adecuada, y las empresas carecían del capital organizativo para generar una tecnología propia, lo cual significaba una notable impotencia para competir en el mercado internacional. La supervivencia de las empresas se lograba mediante el aislamiento comercial y un pacto social implícito que aseguraba la estabilidad en el empleo a cambio de la renuncia a derechos laborales básicos. La falta de productividad se compensaba con una organización de la producción intensiva en mano de obra.

   A la apertura exterior de la economía española le siguió una crisis internacional, y la reconversión sectorial, social y organizativa que confluyó con la transición a la democracia, golpeó duramente a la ya de por sí poco preparada población ocupada. Las respuestas a la crisis tuvieron que esperar hasta los Pactos de la Moncloa de 1977, y cuando en 1979 se produjo una segunda convulsión en los precios relativos de la energía, la caída del número de asalariados y de empleadores puso en evidencia las debilidades del tejido productivo y las insuficiencias en el cumplimiento de las reformas propugnadas en los pactos. Los trabajadores que perdieron su puesto se vieron compensados por las altas indemnizaciones de los despidos, aunque esto no era suficiente para mitigar el daño objetivo y la frustración del desempleo. Los empresarios, por su parte, aprendieron a temer los costes del despido como uno de los enemigos de su propia supervivencia. Los sindicatos dedujeron que la protección de los trabajadores era irrenunciable pues en muchos casos, ante la incapacidad para emigrar o reconvertirse, el desempleo significaba la “muerte laboral” de muchos trabajadores. Nos encontramos pues, ante una mortalidad de los puestos de trabajo y de las empresas en el marco de un espacio productivo notablemente rígido.

   Las respuestas que la sociedad y el Estado han dado a la regulación del mercado de trabajo parecen altamente condicionadas por la experiencia de la reconversión estructural que impuso la crisis de 1976-85. En las sucesivas legislaciones se ha actuado fundamentalmente sobre la entrada en el trabajo multiplicando las formas de contratación, pero no sobre las condiciones del despido que en las nuevas contrataciones indefinidas no han sufrido apenas modificación. Se ha mantenido la alternativa entre contratos temporales con muy escasos derechos y unos contratos indefinidos que se blindan progresivamente con la antigüedad. La política del paro y de gestión de la jubilación ha tenido más un carácter de adaptación económica y política a las convulsiones laborales y a la inercia de la mortalidad de puestos y empresas, que a una dirección ejecutiva sobre la estructura social y el sistema productivo.

   En 1995 la extensión de la contratación temporal en España es notoria.

LOS JÓVENES Y LOS MAYORES

   Durante la aguda crisis de empleo de 1976-85 el paro juvenil y, sobre todo, el del colectivo que buscaba su primer empleo creció de forma vertiginosa en el sector privado, y esto generaba una imagen de bloqueo en la inserción laboral de los jóvenes. Sin embargo, la expulsión de los mayores de la ocupación era anterior y más continuada, aunque no hubo una percepción coherente de la magnitud del problema. Solo parecía preocupar su reflejo en el crecimiento del número de pensionistas. Con la recuperación económica de 1986-91 los jóvenes recobran parte del terreno perdido mientras los mayores siguen descendiendo su proporción de ocupación, y la llegada de la crisis de 1992-94 agrava aún más la situación de los mayores de 54 años. Hoy en día (1995) la desocupación del grupo de edad de 53 a 64 años ha alcanzado el 47,1% de la que 7,5 puntos pertenecen al paro, mientras que el 39,6% ha pasado a la inactividad. Pero dicho 47% de no-ocupación no se distribuye de forma homogénea entre todos los varones en función de su edad; los menos cualificados pierden antes su trabajo y lo recuperan con mayor dificultad. Quienes no cursaron estudios están fuera de la ocupación en un 61% (72% en el caso de los analfabetos) mientras que los   universitarios de dicha horquilla de edad (53-64 años) el 78% mantiene su ocupación; la expulsión de los mayores se ha producido asociada a su escasa cualificación. Cuando se comparan las ocupaciones que tenían los que han dejado de trabajar con los que siguen haciéndolo, dentro del mismo grupo de edad, se constata que los puestos de trabajo también requerían menor cualificación. Cuando la transformación social y tecnológica hace desaparecer los puestos de menor cualificación, los conocimientos y hábitos adquiridos no sirven de base para las nuevas cualificaciones necesarias.

   Las mayores proporciones de temporalidad afectan obviamente a los jóvenes (superiores al 30% hasta los 35 años) y hasta los 55 años en el caso de las mujeres, en cuyo caso no está asociada a la entrada y salida del empleo sino de la actividad. Pero a pesar de que las diferencias por edad siguen siendo decisivas, la temporalidad entre los adultos ha crecido de forma apreciable.