lunes, 22 de julio de 2013

Conocimiento e imaginario social - David Bloor Parte 21


La lógica azande y la ciencia occidental

El libro de Evans-Pritchard sobre los azande describe una sociedad que es profundamente diferente de la nuestra; un azande nunca hace algo de cierta importancia sin consultar al oráculo. Para los azande, toda calamidad humana se debe a la brujería, las brujas o brujos son personas cuya mala voluntad y poderes maléficos son la causa de las desgracias. Un brujo transmitiría la sustancia brujesca a todos sus hijos y una bruja a todas sus hijas.

Parece así una inferencia lógica clara que basta con tener un único caso de brujería, que fuera decisivo e incontestable, para establecer que toda una rama de parientes ha estado integrada con brujos. De igual manera, la decisión de que un hombre no es brujo debería bastar para exonerar a todos sus parientes. Pues bien, los azande no actúan de acuerdo con estas inferencias.

En teoría, todo el clan al que pertenece un brujo debería estar compuesto por brujos. En la práctica, sólo se consideran brujos a los parientes paternos próximos de un brujo conocido. ¿A qué se debe esto?

Evans-Piritchard lo explica señalando que los azande dan prioridad a los ejemplos específicos y concretos de brujería sobre los principios abstractos y generales. Éstos nunca preguntan a un oráculo la cuestión general de si tal cual persona es un brujo. Lo que preguntan es si tal o cual persona está embrujada aquí y ahora. Así, los azande no perciben la contradicción tal como la percibimos nosotros porque no tienen ningún interés teórico en el tema, y las situaciones en las que expresan sus creencias en la brujería no les llevan a plantearse el problema.

Este análisis conlleva claramente dos ideas centrales:

1.    Existe realmente una contradicción en la manera azande de ver las cosas, la perciban ellos o no; los azande han institucionalizado un error lógico, o al menos un cierto grado de ceguera lógica.
2.    En caso de que los azande percibieran el error, una de sus principales instituciones sociales se volvería insostenible, pues quedaría amenazada de ser contradictoria o lógicamente defectuosa y, por tanto, su supervivencia estaría en peligro.

Es vital para los azande mantenerse en su error lógico so pena de convulsiones sociales u de implicar un cambio radical en sus modos de vida.

A veces Wittgenstein equipara la extracción de una conclusión lógica con la convicción de que algo no puede ser de otra manera: los encadenamientos lógicos son aquellos que nos parecen evidentes. Ahora son los azande quienes consideran evidente que todo el clan de un brujo no puede estar integrado por brujos; para ellos esto no puede ser de otra manera. Es lógico, por tanto, que no saquen esa conclusión. Pero como para nosotros ésa es la conclusión que debe sacarse, debe haber más de una lógica: la de los azande y la de los occidentales.

Para subrayar la autosuficiencia de la visión azande, Winch dirige la atención hacia ciertas diferencias entre la analogía del juego y el caso en cuestión. El antiguo juego se volvía efectivamente obsoleto cuando aparecía nueva información; una vez que se conoce el truco, el juego se derrumba bajo el impacto del conocimiento. Pero los azande no se limitan a descartar la brujería cuando se les llama la atención sobre (las que consideramos que son) todas sus implicaciones lógicas; no quedan sumidos en la confusión. Winch sugiere que esto prueba que la brujería y la lógica azandes no se pueden comparar con la perspectiva occidental, que no se relacionan entre sí como partes de un todo. El suyo es un juego diferente que no se prolonga en el nuestro de un modo natural.

La discusión de Winch atañe sólo a la unicidad de la lógica pero no discute su poder. De hecho, parece compartir la creencia en ese poder. Pese a su crítica, parece dar por supuesto que, si hubiera habido una contradicción lógica en las creencias azande, la institución de la brujería se habría visto efectivamente amenazada.

Si Mill tiene razón, la lógica está en el extremo opuesto al poder, La aplicación de los esquemas lógicos es sólo una manera de reordenar a posteriori nuestras reflexiones, y siempre está sujeta a negociación.

Lord Mansfield se hubiera sentido orgulloso de los azande, pues siguen fielmente su consejo: expresan sus decisiones rotundamente sin preocuparse por aportar una elaborada estructura que las justifique. Siguen los pronunciamientos de su oráculo cuando éste decide quién es o no un brujo y saben, con la misma confianza, que no todos los miembros del clan afectado son brujos. Ambas creencias son estables y centrales en sus vidas. Si alguna vez llegara a plantearse el problema de la inferencia, negociarían la amenaza con habilidad para rechazarla sin mayor dificultad. Todo lo que necesitarían serían unas cuentas distinciones sutiles. Uno de ellos puede haber sido acusado de brujería sin que por ello se le trate siempre como brujo; en ese caso dicen que la sustancia brujesca se ha “enfriado”, y ya no es más un brujo a ningún efecto. La lógica no amenaza la institución de la brujería porque in razonamiento lógico siempre se puede sustituir por otro.

(Ver figura 11, página 213) Los factores realmente importante son los dos elementos de la situación que se dan socialmente por supuestos: el uso del oráculo y la inocencia general del clan en su conjunto, Ambos están sancionados por la tradición y son centrales en la forma de vida azande, por lo que ninguna extrapolación meramente lógica que pueda seguirse de uno de ellos va a perturbar al otro. Si una estructura de justificación no cumple su función, siempre se puede inventar otra.

El que nosotros sí podemos imaginar que la acusación de brujería pueda generalizarse a todo un clan se debe simplemente a que no experimentamos verdaderamente la presión que se ejerce contra esa conclusión.

Las principales variables sociales de una situación así son de dos tipos: las instituciones, que se dan por supuestas, y el grado de elaboración y desarrollo de las ideas que mantienen unidas a estas instituciones entre sí. En el caso de los azande esa elaboración es mínima, aunque en otras culturas puede estar muy desarrollada. (Ver ejemplo página 213-214). Las instituciones son estables y nuestros razonamientos informales hacen los ajustes necesarios. Si percibimos la fuerza de las inferencias lógicas es porque ya tenemos cierta disposición crítica hacia las instituciones. Así, la asimilación inductiva entre casos distintos puede llegar a imponerse sobre las deducciones formales que nos llevarían de un modo lógico a expresar nuestra condena.

Este proceso de reelaboración es una característica general de nuestra cultura, e interviene tanto en la ciencia como en el sentido común. (Ver otro ejemplo página 215). La compulsión lógica que se sigue de un modelo elemental de sustracción se consigue rodear con un modelo de sustitución.

Gay-Lussac había descubierto una regularidad estrictamente empírica en la manera de combinarse los gases. Si dos gases Ay B se combinan para formar un gas C, él encontró que 1 volumen del gas A siempre se combinaba con 1, 2, 3 o un pequeño número entero de volúmenes del gas B, suponiendo que los volúmenes se han medido en iguales condiciones de presión y temperatura. La teoría atómica de Dalton había mostrado a los científicos la utilidad de pensar las combinaciones químicas en términos de combinaciones directas de átomos. Con ello, el resultado de A se combinaba con, por ejemplo, 1 volumen de B era porque el mismo volumen de cada gas contenía el mismo número de átomos.

El único problema de esta idea estaba en que, a veces, si se combinaba 1 volumen de A con 1 volumen de B daba lugar a un gas C que ocupaba 2 volúmenes, a la misma presión y temperatura. La idea de que cada volumen contenía el mismo número de átomos sólo podía mantenerse ahora si los átomos se dividían por la mitad; si no, ese volumen doble sólo tendía la mitad de átomos por unidad de volumen.

Es fácil evitar la conclusión de que los átomos deban dividirse sin dejar de mantener esa idea de que hay un mismo número de ellos en un mismo volumen. La combinación se lleva a cabo, no por simple adición, sino por sustitución.

Todo esto sugiere que los azande piensan de un modo muy parecido al nuestro. Su aparente rechazo a comportarse lógicamente tiene la misma base que a nosotros nos permite desarrollar estructuras teóricas altamente refinadas. Sus creencias en torno a la brujería reaccionan ante los mismos imperativos que las nuestras, si bien esos imperativos actúan en diferentes grados y direcciones. Su comportamiento y el nuestro se parecen lo suficiente como para esforzarnos en trazar una teoría explicativa sobre las reelaboraciones intelectuales que dé razón tanto de los azande como de los científicos atómicos.

Los azande tienen la misma psicología que nosotros pero instituciones muy diferentes. Si asociamos la lógica con la psicología del razonamiento, tendremos a decir que tienen la misma lógica; si, por el contrario, la asociamos con el marco institucional de pensamiento, nos decantaremos más bien por ver que las dos culturas tienen lógicas diferentes. Nuestras tendencias naturales a la inferencia, como cualesquiera otras tendencias naturales, no constituyen por sí mismas un sistema ordenado y estable, sino que se necesita algún tipo de estructura impersonal que trace límites y sitúe cada tendencia en un ámbito propio que la delimite.

Las fronteras y el contenido de nuestros conceptos son tan poco susceptibles de ser descubiertos como lo son las fronteras de nuestros países o el contenido de nuestras instituciones: son creaciones.